EL ESTADO NATURAL


 
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Un punto fundamental en el sistema del dzogchen es el reconocimiento de la base-de-todo y el reconocimiento de las apariencias que emergen de dicha base y que en ambos casos se denomina rigpa. A falta de ese reconocimiento las técnicas más avanzadas de trekchö (contemplación) y de thögal (retiro de oscuridad, contemplación del cielo, el sol, etcétera) sólo sirven de mero entretenimiento. Por eso, es fundamental comprender qué es el estado natural. Sin embargo, la comprensión intelectual es un mero preliminar ya que para acceder a la contemplación del dzogchen hace falta mucho más que una mera comprensión intelectual. Las enseñanzas y las distintas traducciones hablan mucho del rigpa, utilizándose distintas expresiones para tratar de definirlo. De ese modo, se ha vertido el término rigpa como «inteligencia primordial» (Chögyam Trungpa), «pura y total presencia cognitiva» (Namkhai Norbu), «cognición prístina» (Dudjom Rinpoche) e incluso «gnosis».

Rigpa (vidya, en sánscrito) es un vocablo que constituye el opuesto de avidya, la ignorancia o desconocimiento, que es, según el budismo, el primer eslabón de dodúcuple cadena de origen interdependiente. Para hacernos una idea aproximada del significado de este término fundamental, tal vez sea mejor que comencemos estableciendo su etimología sánscrita y tibetana. En sánscrito, el término vidya se aplica, en un sentido general, a toda clase de conocimiento, mundano o extramundano, al dominio de un arte o de una determinada ciencia. La etimología indoeuropea de la palabra vidya está relacionada con la palabra «visión» (en latín videre) y es la misma raíz que encontramos en otros términos sánscritos como Vedas, etcétera. Teniendo en cuenta todos esos sentidos, tal vez la traducción más adecuada de vidya sería la de visión no-dual. De hecho, el verdadero camino del dzogchen sólo comienza una vez se ha arribado a la percepción directa del significado de este término. Así pues, la visión, en el contexto de estas enseñanzas, equivale al reconocimiento del estado de libertad y despertar natural de la mente.

La base del dzogchen se define como el estado natural de la mente, primordialmente puro y espontáneamente perfecto, la unión de claridad y vacuidad, la bodhicitta o el despertar primordial. Pero, si bien el estado natural se halla presente en todos los seres, es imprescindible reconocerlo, afianzar dicho reconocimiento e integrarlo con todas las facetas de la existencia. La circunstancia ideal para la práctica del dzogchen es recibir la introducción directa de una persona que lo haya experimentado. Dicha introducción puede ser mental, simbólica u oral. Aquí no funciona el principio de la iniciación tántrica, sino un tipo de transmisión mucho más pedestre y ordinario —pero muy real— que es la transmisión experiencial y la instrucción señaladora. Esta instrucción es seguida por la contemplación y el posterior cotejamiento de las experiencias alcanzadas.

En las enseñanzas dzogchen es muy importante, como decíamos, lo que se conoce con el nombre de la base-de-todo (kunzhi). Es el no-reconocimiento (avidya) de la base el que sumerge a los seres en el océano de la inestabilidad y el sufrimiento. Por el contrario, el reconocimiento de la base y de sus manifestaciones, que tiene lugar mediante el vidya o rigpa, nos libera de la rueda repetitiva del sufrimiento. Según explican las enseñanzas, cuando la base-de-todo no es reconocida, se convierte en la base de lo puro y lo impuro, la base de manifestación de samsara y nirvana, la base de la ignorancia y la sabiduría, pero eso no significa que sea un estado neutro, como el alayavijñana. En un sentido más técnico, es la base de la práctica del tantra y el dzogchen. También se denomina la base porque, en sí misma, carece de soporte o porque más allá de ella no hay ninguna base.

Se dice que el estado natural es primordialmente puro (khadag) porque está vacío de identidad inherente y no se le puede añadir ni sustraer nada. Es decir, es completamente simple puesto que no le podemos agregar ningún concepto ni atributo definitivo, ya sea ser, no-ser, positivo, negativo, etcétera.

No posee dentro, afuera, arriba, abajo, ni ninguna otra referencia dimensional. No es una condición temporal dotada de principio, medio y final. No ocupa tiempo alguno. No es algo compuesto que pueda ser dividido en pasado, presente y futuro. Por eso, la memoria no sirve para la contemplación del estado natural. La memoria acaso sirve para encontrar el estado natural, pero no para retenerlo, razón por la cual éste debe ser descubierto a cada instante. Es, por así decirlo, un reconocimiento que se renueva espontáneamente. No depende de un momento de conciencia anterior, como ocurre con el resto de percepciones mentales. El estado natural carece de moldes o fórmulas fijas.

Tampoco es algo compuesto en el sentido de que no se le puede añadir ni sustraer nada. El estado natural es extremadamente simple, tan simple que no podemos manipularlo de ninguna manera, tan absolutamente sencillo que no podemos aplicarle siquiera las categorías de ser o de no-ser. No puede ser elaborado ni analizado en modo alguno. No es algo compuesto porque, en ese caso, estaría dividido y, en consecuencia, también sería parcial y dual. Resulta imposible asignar ninguna etiqueta definitiva —tanto al estado natural como al resto de los fenómenos— en tanto que permanente, transitorio, singular, plural, espiritual, material, subjetivo, objetivo, exterior, interior, verdadero, falso, positivo, negativo... Pero está más allá de toda dualidad y, por eso, incluye a todos los pares de opuestos. De hecho, su carácter completamente no-dual hace que no se oponga siquiera a la dualidad ni a la multiplicidad.

El estado natural no es una experiencia o una condición mental fabricada, sino que está presente en todos nosotros. Si fuese un estado mental nuevo, sería por lo mismo transitorio y perecedero. Ese estado carece de principio en el tiempo y así se dice que es no-nacido. Es por ello que, tal como sostienen las enseñanzas, los seres iluminados no acceden jamás a dicho estado y las personas comunes no se apartan de él ni un ápice.

El estado natural está más allá de las teorías parciales y es, en ese sentido, que se puede decir que trasciende las opiniones sectarias de una determinada escuela o visión filosófica, ya se trate del budismo o de cualquier otra tradición sapiencial. Tal como sostiene Namkhai Norbu, el dzogchen es nuestra condición primordial y eso no tiene nada que ver con ninguna escuela. En cualquier caso, el estado natural es la inteligencia básica que da origen tanto al budismo como al resto de movimientos filosóficos o religiosos pero no pertenece a una religión o una filosofía concreta. El estado natural no se decanta por ninguna posición particular porque es completamente ecuánime y está más allá del apego y el rechazo, de la unión y la separación. Todas las posiciones particulares se disuelven en el estado natural que, si bien es la esencia no-dual del conocimiento que hace posible la existencia de cada conocimiento particular, no puede ser convertido, sin embargo, en un objeto de conocimiento.

Contra lo que pudiera parecer a primera vista, el llamado estado natural tampoco es un estado interior o introspectivo. De hecho, la contemplación dzogchen no escinde la dimensión externa de la dimensión interna. No es ni objeto ni sujeto, sino que los contiene, al tiempo que los trasciende a ambos.

El estado natural no es una experiencia perteneciente a los cinco agregados (forma, sensación, conceptos, impulsos y conciencia) y, en consecuencia, no puede ser convertido en un contenido de la conciencia. El estado natural no es conciencia puesto que la conciencia siempre es intencional y, por tanto, dual y referida a sujeto u objeto. Está más allá de la conciencia y más allá de la búsqueda intencional. Es imposible prestarle atención o concentrarse en él. La única opción es dejar las cosas tal cual son.

Si la conciencia es esencialmente dual, siempre es conciencia de, entonces, el estado natural no es conciencia porque no escinde la realidad en objetos de conocimiento ni la considera una propiedad del sujeto que conoce. No se puede aislar el estado natural como si se tratase de una entidad. No es un objeto de conocimiento, ni un concepto ni información intelectual. El estado natural es tan diferente de la conciencia ordinaria que podemos decir que no es conciencia. Sin embargo, tampoco es inconsciencia porque, además de ser una espaciosa vacuidad donde todo tiene cabida, el estado natural también es claridad. De hecho, atraviesa los estados de vigilia, ensueño y sueño profundo, los estados de ignorancia y de sabiduría.

La conciencia no es sino un aferramiento —o una actividad mental— de naturaleza muy sutil. Según el esquema budista de la dodúcuple cadena de origen interdependiente, la conciencia es tan sólo el tercer eslabón de dicha cadena y está supeditada a la ignorancia y el karma. Así, según este esquema, el dominio de las tendencias habituales más profundas queda fuera del alcance de la conciencia. Por eso se afirma que la conciencia debe relajarse o disolverse completamente en el dharmata del estado natural. Es la clara luz hija que salta al regazo de la clara luz madre, la mente que no se posa en ningún lado, el ave garuda que surca el espacio sin dejar rastro ni posarse sobre nada.

Asimismo, el estado natural está más allá de las ocho absorciones meditativas con forma y de las cuatro absorciones sin forma: espacio, conciencia, nada y ni percepción ni no-percepción. Dicho de otro modo, trasciende los estados místicos y meditativos y no distingue entre estados ordinarios y extraordinarios de conciencia.

Si intentamos visualizar, analizar o «meditar» sobre nuestra verdadera naturaleza, sólo nos alejaremos cada vez más de ella. El estado natural de la mente no es un subproducto de la concentración y ni siquiera de la atención puesto que no puede ser convertido en un objeto de atención que, por lo mismo, estaría separado del sujeto y no podría ser, en consecuencia, un estado integral o pleno.

La realización del estado natural trasciende la acumulación y el esfuerzo intencional. Nuestra auténtica naturaleza no puede ser el resultado de una mayor o menor comprensión intelectual, como tampoco depende de las obras piadosas ni de las disciplinas espirituales de ningún tipo. Es cuestión de desaprender más que de aprender. Desaprender significa, en el presente contexto, relajar la percepción y el pensamiento, abandonar la mente y el cuerpo y soltar cualquier idea, sensación o preconcepción que podamos tener acerca de la realidad y de nosotros mismos. Hay que aflojar todos los nudos externos e internos en la Gran Relajación.

Una noción consubstancial al dzogchen —y muy especialmente en el trekchö— es la de relajación (lhodpa). En este caso, la relajación se refiere en última instancia a la relajación del yo, de la autoconciencia, de la conciencia del observador separado de lo observado. Relajación es otro sinónimo de libertad. Se trata del aflojamiento de los nudos que constriñen nuestra verdadera naturaleza. No en vano la palabra tibetana trekchö se traduce como «cortar completamente» y alude al acto de cortar la cuerda que sujeta a un puñado de leña que, en ese mismo instante, cae desparramado por el suelo. Es la relajación súbita de la actividad de la conciencia.

Para el budismo, en el nivel ordinario samsárico, no existe ningún fenómeno unitario, ni siquiera la conciencia que no esté dividido en diferentes estratos. El único dharma no-dual, es decir, no-compuesto o no-dividido, es el nirvana o la integración de todos los fenómenos con la
base de su manifestación.

El estado natural no es —como afirma Lopön Tenzin Namdak— nada en especial. No hay nada extraordinario que descubrir en él. No reside en los libros ni en las explicaciones. No puede ser mostrado a través del razonamiento ni del ejemplo. Es inefable. Nada puede mostrarlo salvo él mismo.

Así pues, el estado natural carece de forma, color o materialidad, aunque como el rayo de luz que atraviesa el cristal de roca es capaz de asumir cualquier color. Al igual que el cielo, no tiene centro ni periferia y no se ve alterado ni modificado por los objetos que puedan emerger en él. Pero, si bien no se ve alterado por el curso de los fenómenos, no se halla al margen o desconectado de ellos, puesto que también se afirma que es su fuente.

Como hemos dicho, el estado natural no es sujeto ni objeto. No reside en el interior ni en el exterior, pero eso no significa que sea algo aparte de ellos o que sea «algo» en modo alguno. Afirmar que el estado natural está «separado» de la realidad ordinaria ya es un modo de ubicarlo y de reducirlo a una categoría concreta. Porque, si bien está más allá de la conciencia dual ordinaria, no se halla al margen de ésta, de acuerdo con la visión budista de que la trascendencia del samsara no se halla fuera del mismo o de que forma y vacuidad no están separadas.