Mi encuentro con Krishnamurti

John E. Coleman


  

En un caluroso día de julio, John E. Coleman, un agente de espionaje de la CIA comisionado en Bangkok, buscó la frescura y quietud de un templo budista. En ese momento no calculaba el extraño incidente sobrenatural que allí había de ocurrirle, ni el efecto que éste iba a ocasionarle. A partir de entonces se despertó en él un interés especial por los procesos ocultos de la mente, lo inexplicado e inexplicable, que lo llevó a emprender una investigación a través de casi todo el mundo sobre filosofía oculta y religión. A dicha investigación aplicó su estrenada mente analítica de espía profesional a través de la India, Japón, Birmania, el Tibet, el Nepal, Tailandia, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos. Su investigación lo llevó a una confrontación personal con algunos de los líderes mundiales de la cultura oriental, incluyendo al doctor D.T. Suzuki y al extraordianrio Krishnamurti. Todas estas experiencias la consignó en su libro "The Quite Mind" (La Mente Quieta), de donde hemos extraído un fragmento sobre el célebre líder religioso de la India.

Mientras esperaba mi avión para salir de Benarés a Nueva Delhi, me fijé en un hindú que se despedía de un grupo de amigos. Era una figura impresionante, entrado en años -quizá cerca de los 70-, alto, con una cabeza poblada de cabello gris. Vestía el tradicional y sencillo vestido de verano de lino blanco. Su partida indudablemente entristecía a sus amigos, quienes le deseaban calurosamente un feliz viaje y un pronto regreso. Supuse que se trataba de alguna celebridad o un huésped honorable.

Marchamos juntos a tomar el avión y pronto me encontré en mi sitio; absorto en la lectura de un libro que había comprado en la librería del aeropuerto, inconsciente de lo que me rodeaba, excepto el hecho de que una guapa joven americana ocupaba el asiento contiguo.

Luego no presté atención al hombre del traje blanco y, de hecho, me olvidé de él en esa parte del viaje. Sin embargo, me di cuenta de algo raro; quizá no tendría importancia, pero él no llevaba ningún equipaje.


"SOY UNA ESPECIE DE FILÓSOFO"


El avión hizo una parada en Lucknow. Los pasajeros salieron y todos nos encaminamos al restaurante del aeropuerto para tomar el almuerzo. Me fijé en que los europeos se reunían en una mesa y me sentí inclinado a unirme a ellos, pero cambié de idea cuando vi que el hombre que había observado a la salida del avión, se dirigía a una pequeña mesa ocupada solamente por un hindú oficial de la Armada. Después de todo, yo estaba en la india para conocer a los hindúes y ésta era una buena oportunidad para ello. Cambiamos las usuales cortesías y me senté presentándome yo mismo. El me dijo que su nombre era Krishnamurti. "Soy una especie de filósofo", dijo.

Si en ese momento hubiera sabido lo que después supe acerca de Krishnamurti, me hubiera sentido agradecido por el significado de tal oportunidad, porque éste era mi primer encuentro con un hombre que por más de 40 años había fascinado a miles de seres en todo el mundo con su sabiduría, un maestro reverenciado, no sólo en su nativa India, sino también en Europa y en los Estados Unidos; un hombre que en su juventud había sido preparado como la reencarnación de un Mesías, por gente muy significativa.

Yo no sabía nada de esto; él era un compañero de viaje en el avión y nos habíamos encontrado casualmente en la misma mesa. Al principio nuestra conversación fue general. Hablamos del clima, de la guerra y de otros tópicos casuales. Me pidió que le pasara la sal; se nos había dado a elegir entre un plato de carne y otro de vegetales, y él escogió este último. Como asunto de interés y por hacer conversación, le pregunté por qué había optado por la ensalada y me contestó que simplemente porque prefería ese alimento, y que en ello no estaba involucrado ningún principio moral. Igual que muchos hindúes, él había sido criado con alimentos vegetales y esa era la razón de su preferencia


"LA VERDAD VIENE DE ADENTRO"


Sabiendo que "Krishna" es una palabra hindú que significa Dios, me aventuré a preguntarle cuál era el significado de su nombre, Krishnamurti. En el sur de la India es costumbre que el octavo hijo, si es varón, se le dé el nombre de Krishna, y su nombre, según me dijo sin la menor traza de autoconciencia, significa "a semejanza de Dios". A partir de allí, nuestra conversación empezó a cambiar de rumbo alejándose de la habitual charla entre compañeros de viaje y me sentí, si no de hecho alentado, tampoco desalentado para dar un paso más hacia adelante. Como ambos teníamos algún tiempo disponible, no vi ningún inconveniente en desarrollar la conversación y había, de mi parte, una sensación particular acerca de aquel hombre, una cualidad indefinible, un aura que parecía alentar las preguntas y una extraña garantía de que sus respuestas serían valiosas; me arriesgaría, de todos modos.

-Usted ha dicho que es "una especie de filósofo" aunque, sabiendo el significado de su nombre, diría que usted es un hombre religioso -sugerí.

-Si por esa palabra usted quiere decir que yo sigo una religión, la respuesta sería "No, señor" -dijo él. Tampoco sigo una filosofía particular. Creo que todas las filosofías y las religiones están equivocadas. La palabra escrita o hablada no es la verdad. La verdad puede tan sólo experimentarse directamente en el momento en que ocurre. Cualquier pensamiento o proyección intelectual de la verdad es un paso fuera de ella, señor.

Hice una pausa momentánea para tratar de comprender lo que había dicho. Hablaba rápida y directamente, con un impecable acento de Oxford; y no pude evitar sentirme divertido aunque un tanto embarazado por la forma en que se dirigía a mí, llamándome formalmente "señor" aunque yo tenía 27 años para sus 65 ó más. Podía ver al hindú, oficial de la armada, sentado a nuestra mesa, algo más que sorprendido del giro que estaba tomando nuestra conversación, pero quizá con algo de rudeza yo no le dediqué atención y él siguió su comida en silencio.

-Ya que usted no sigue ninguna de las religiones establecidas, ¿cuál de los grandes líderes religiosos, en su opinión, es el que más se acerca a enseñar y realizar la última verdad? -le pregunté.

-¡Oh, el Buda! -replicó Krishnamurti sin vacilación y un tanto para mi sorpresa. Esperaba que él hubiera mencionado alguno de los dioses hindúes o quizá a Cristo. El Buda -continuó- se acerca más a las verdades básicas y a los hechos de la vida que ningún otro, aunque yo mismo no soy un budista, por supuesto.

-¿Por qué no? -pregunté tan cortésmente como me permitía mi deseo de ir directamente a los asuntos.

-Ninguna organización, no importa lo antigua o reciente que sea, puede llevar al hombre a la Verdad. La organización es un obstáculo y sólo puede causar impedimento. Bloquea a un hombre para el estudio sincero. La Verdad viene de adentro, viendo por usted mismo. Es cierto que la forma convencional de adquirir conocimiento es leyendo o escuchando, pero para comprender tiene usted que penetrar directamente por la observación silenciosa. Sólo entonces usted comprende.

Hizo una pausa y yo esperé que continuara.

-Evidentemente, si va usted a construir un puente debe estudiar las tensiones y compresiones de la materia, pero cuando se trata de comprender la verdad o el concepto del amor o de determinados pensamientos filosóficos o religiosos (todo lo relacionado con la realidad), ello tiene que ser penetrado y experimentado directamente sin interpretación intelectual. La Verdad viene de adentro. Una vez que usted ha llegado a la comprensión, es capaz de hablar acerca de ella, pero de ahí no se sigue que alguien que escuche ha de comprender.

-Si usted escribe un libro, o fabrica un carro de motor o el aeroplano en que estamos viajando, yo comprendería.

-Ése es el propósito del intelecto, señor: comunicar -replicó Krishnamurti-. Las cosas mecánicas o materiales pueden ser comprendidas, pero si yo trato de decirle a usted lo que es Dios o lo que son la Verdad o el Amor, usted no entenderá por completo. Quizá yo sepa lo que es el Amor, lo que son la Realidad y Dios; es más, puedo escribir un libro acerca de ello y usted puede leerlo y comprenderlo intelectualmente, pero ello no implica automáticamente que usted sepa lo que es el Amor o lo que es la Realidad. Esto debe comprenderlo sólo por experiencia directa, sin interpretación y sin intelectualización. El pensamiento y la palabra no son lo real, ellos distorsionan la realidad.


"LAS COSAS SIMPLEMENTE SUCEDEN"


La corriente de palabras del hombre era por entero fascinante. Yo me sentí muy ansioso de continuar el diálogo. Cuando la comida terminó y nuestros compañeros empezaron a volver al avión, le pregunté si podía ocupar el asiento a su lado para continuar hablando. Pareció alegrarse de tener un compañero, pero una sombra de duda pasó por su faz.

-Pero, ¿qué pasará con la linda muchacha con la que usted estaba sentado cuando abordamos el avión? -me preguntó-. Podría sentirse ofendida si usted la abandona.

Su preocupación por la muchacha -aun el hecho de que él la hubiera notado- me sorprendieron. Yo no la conocía en absoluto y había intercambiado con ella solamente algunas cuantas palabras de cortesía. Le expliqué al anciano lo anterior y cambié mi equipaje a la red cercana a su asiento.

-Veo que no trae maletas; usted viaja ligero -le dije.

-Voy únicamente hasta Nueva Delhi -me contestó. No necesito posesiones y no cargo nada. Tampoco llevo dinero, nunca lo manejo.

-¿Qué hará usted sin dinero y sin ropas en Delhi? -le pregunté. ¿Cómo se las arreglará para alimentos y acomodo?

-Estaré entre amigos -me contestó-. He sido invitado para hablar y la gente que desea que dé mis pláticas también paga el viaje y los alimentos y cualquiera otra cosa que se requiera. Ellos, asimismo, me hospedan en su casa y puede usted estar seguro que estaré cómodo y que nada necesitaré.

-De hecho -continuó- yo no tengo un hogar permanente y ninguna posesión; paso mi vida viajando de un lugar a otro y en todas partes mis amigos cubren todas mis necesidades. No pertenezco a ningún lugar, aunque pertenezco a todos y mis amigos están en todas partes. Mis necesidades son sencillas.

Me pareció que Krishnamurti estaba divertido por la expresión de incredulidad que seguramente se reflejaba en mi cara. Hasta ese momento yo no había adivinado que él era un místico renovador del mundo con multitudes de seguidores en casi toda la Tierra, listos para darle la bienvenida en sus visitas como líder espiritual. A pesar de todas mis lecturas y estudios de filosofía oriental y creencias religiosas, no había encontrado el nombre de Krishnamurti y para él ha de haber sido una novedad encontrarse con un hombre tan serio quien, obviamente, nunca había oído hablar de él.

No obstante, reconocí que estaba en presencia de una notable personalidad, un hombre cuya palabra me penetraba y tenía algún significado. Mi búsqueda de la Verdad, y de la "mente quieta", por fin empezaba a mostrar un destello de resultados. Mirando hacía atrás me parece que el hecho de que yo no era uno de sus admiradores, debe haber sido precisamente lo que indujo a Krishnamurti a hablar conmigo libremente. Mi forma de preguntar era prueba imperdonable de que era un perfecto extraño, aunque sus respuestas fueron detalladas y francas y, lejos de desanimarme o hacerme sentir culpable por mi autosuficiencia y riguroso examen, parecía que lo gozaba y aún me invitaba a hablar más.

Su hablar era vívido y fluyente y las imágenes y gestos que lo acompañaban eran poderosos y expresivos. Los motores del avión sonaban acompasadamente y mientras los otros pasajeros leían o dormían, nosotros sosteníamos nuestra vigorosa discusión.

- ¿Cómo vive usted? -pregunté volviendo al tema del principio.

- ¡Oh, las cosas simplemente suceden!; estoy bien provisto. Soy feliz sin tener bienes propios. La gente me da las cosas, pero yo puedo tomarlas o dejarlas. ¿Para qué queremos posesiones? Cuando usted no quiere las cosas, ellas vienen a usted. Cuando usted quiere las cosas, está en conflicto y sufre cuando no las obtiene. Cuando las logra, entonces desea algo más que le causa un sufrimiento posterior. Mis necesidades son sencillas; todo lo que necesito es algo que comer cada día, unas pocas calorías, la ropa suficiente para mantenerme abrigado. Y de todo esto se me provee adecuadamente. La única ropa que tengo es la que estoy usando -y sonrió.

-Las necesidades del hombre son sencillas, y es bastante fácil satisfacerlas. Las televisiones y los automóviles no son necesarios para mantener la vida y seguramente que ellos llevan al conflicto. Cuando usted los desea, y dedica su devota atención para adquirirlos, es allí donde el conflicto entra en su vida. Usted nunca está satisfecho. Tendemos a vivir en confusión en vez de claridad. Esto es destructivo. De la confusión nace más confusión; pero si estamos alertas a la confusión podemos detenernos y examinar. Nunca empiece la acción partiendo de la confusión, señor, base su acción en la claridad.


"LA OBSERVACIÓN SILENCIOSA"

 

-¿Cómo puede uno lograr la claridad? -le pregunté.
-Tenemos que comprender el vivir -me contestó-, el vivir de nuestra vida diaria con todas sus miserias, confusiones y conflictos. ¡Esto no es fácil! Si podemos entender cómo vivir, lo siguiente es la muerte. Sin morir no hay vivir. Debemos observarnos constantemente; vernos a nosotros mismos, nuestra envidia, ambición, amargura, cinismo, creencias y observar todo esto. No podremos verlas si queremos cambiarlas. El hecho de ver requiere energía activa y constante observación.

- ¿Qué le recomendaría usted a una persona que pidiera su consejo para el desenvolvimiento espiritual?

-y al preguntarle esto, la faz de Krishnamurti se tomó muy seria.

-Simplemente la observación silenciosa de usted mismo todo el tiempo, en todas sus acciones, pensamientos y ambiente. Estar silenciosamente alerta de las cosas, como ellas surgen, sin interpretación.

-Pero, yo no puedo dar consejos -continuó, riendo repentinamente-. Cuando la gente me pide consejo o seguridad, es como si pidieran una medicina. Yo no puedo darla. La respuesta está dentro de vosotros mismos. Ustedes deben buscarla. Están buscando seguridad y no hay tal cosa. Por eso creen en una religión o tratan de llegar a Dios; esto es por el deseo de sentirse seguros. Un hombre es su propia salvación y es únicamente a través de sí mismo que él puede encontrar la Verdad, no por medio de religiones, pensamientos o teorías y, ciertamente, no por seguir a un líder. Líderes y seguidores se explotan mutuamente. Yo no tengo nada que ver con tales actividades.

-Es a causa de esa urgencia de sentirse seguros por lo que nosotros ponemos nuestra fe en los líderes y, ¿por qué? Porque no queremos hacer cosas equivocadas. El miedo, y no la claridad, es la causa de que sigamos a otro. Queremos una idea permanente, un bien permanente. Cuando llega la claridad no la queremos seguir. Mi enseñanza no envuelve fe alguna, sino una mente que sea libre para examinar.

-Entonces, ¿no tiene valor seguir una religión? -le pregunté.

-Toda organización religiosa es una forma de escape, señor. Ellas ofrecen confort y le dicen qué hay que hacer. "Si usted se comporta apropiadamente, será recompensado."- Esto es infantil. Es un bloqueo para la comprensión.

Hubo muchas otras preguntas que sentí debían ser planteadas al viejo sabio hindú cuyas palabras habían levantado, por vez primera, un coro de respuestas en mi mente. Pero escuchamos que los motores del avión indicaban -demasiado pronto- que el viaje terminaba y que en pocos minutos al aterrizar, marcharíamos por caminos diferentes.

- ¿Podré encontrarlo en Delhi? -le pregunté.

- Me iré dentro de pocos días -contestó.

- ¿A dónde irá usted después?

- A América, o quizá a Suiza -me dijo vagamente-, prefiero un clima templado.

Al levantarse para abandonar el avión, me di cuenta por primera vez que llevaba un libro bajo el brazo. Cuando vio que yo echaba una mirada al título, sonrió un tanto avergonzado.

-Ésta es la única clase de literatura que leo. Todo lo demás me fastidia.

El libro era una obra de detectives.

Recogí mis maletas y me dirigí a los edificios del aeropuerto por la primera puerta que decía "Salida". Me volví a mirarlo, pero ya no había trazas del hombre vestido de lino blanco. Tan sólo vi una multitud de hombres, mujeres y fotógrafos de prensa, que es lo que aguarda a Krishnamurti dondequiera que va.