Del capítulo 2º
El Buda ha dicho que el encuentro con lo que nos agrada nos produce
alegría, y que la despedida de lo que no nos agrada también
produce alegría; que la despedida del ser querido que amamos nos
produce dolor, y que el encuentro con el ser no querido también
nos produce dolor. Así se creía y así se entendía.
Pero más tarde llegamos a comprender que aquel al que llamamos ser
querido puede convertirse en el ser no querido, y que aquel al que considerábamos
el ser no querido puede convertirse en el ser querido. Así, con
la evocación de los recuerdos pasados, las situaciones existentes
cambiarán radicalmente; se verán desde un punto de vista
completamente diferente.
Estas evocaciones son posibles, aunque no son ni necesarias ni inevitables;
y en algunas ocasiones estos recuerdos también pueden aparecer de
improviso cuando practicamos la meditación. Si los recuerdos de
las vidas pasadas llegan a presentarse de pronto (sin estar practicando
ningún experimento; simplemente, en vuestra meditación normal),
no os intereséis demasiado por ellos. Limitaos a mirarlos, a ser
testigo de ellos; pues, normalmente, la mente es incapaz de soportar de
pronto una turbulencia tan grande. SI uno intenta aguantarla, corre el
claro peligro de volverse loco.
Una vez me trajeron a una niña que tenía unos once años
y que, inesperadamente, había recordado tres de sus vidas anteriores.
No había experimentado con nada; pero a veces se producen errores.
Éste fue un error por parte de la naturaleza, y no una bendición
que ésta otorgase a la niña: de algún modo, la naturaleza
se había equivocado en su caso. Es como si alguien tuviera tres
ojos o cuatro brazos: es un error. Cuatro brazos serían mucho más
débiles que dos brazos; cuatro brazos no podrían funcionar
tan bien como dos. El cuerpo con cuatro brazos sería más
débil, no más fuerte. De modo que la niña, de once
años, recordaba tres de sus vidas anteriores, y su caso se estudió
mucho. En su última vida anterior había vivido a unos ciento
treinta kilómetros de donde yo vivo ahora, y en aquella vida había
muerto a los sesenta años de edad. Las personas con las que vivió
entonces viven ahora en mi ciudad, y ella los reconocía a todos.
Entre una multitud de millares de personas fue capaz de reconocer a sus
antiguos parientes: a su propio hermano, a sus hijas, a sus nietos, a sus
hijas y a sus yernos. Fue capaz de reconocer a sus parientes lejanos y
a contar muchas cosas de ellos que ellos mismos habían olvidado.
Su hermano mayor vive todavía. Tiene en la frente la cicatriz
de una herida pequeña. Yo pregunté a la niña si sabía
algo acerca de aquella cicatriz. La niña se rió y dijo: "Ni
siquiera mi hermano lo sabe. Que él te diga cuándo y cómo
se hizo aquella herida". El hermano no era capaz de recordar nada cuándo
se había hecho la herida. Dijo que no tenía la menor idea.
La niña dijo: "El día de su boda, mi hermano se cayó
del caballo del cortejo nupcial. Tenía entonces diez años".
Los ancianos del pueblo confirmaron el relato, pues recordaban que, en
efecto, el hermano se había caído del caballo. Y el hombre
no recordaba aquel suceso. La niña mostró también
un tesoro que había enterrado en la casa en la que había
vivido en su vida anterior.
En aquella vida anterior había muerto a los sesenta años
de edad, y en la vida anterior a aquella había nacido en un pueblo
de la región de Assam. En aquella vida había muerto a los
siete años. No sabía el nombre del pueblo ni su dirección,
pero conocía la lengua de Assam, tal como la podía hablar
una niña de siete años. También sabía bailar
y cantar como una niña de siete años. Se hicieron muchas
pesquisas, pero no fue posible localizar a la que fue su familia en aquella
vida…