EL LIBRO DE LA
MUJER 
  
Sobre el poder de lo femenino

 



 

Mujer

 

 

 

Me da la sensación de que eres en verdad el primer hombre de este planeta que realmente comprende a las mujeres y las acepta. Por favor, comenta

 

Os he dicho que a la mujer hay que amarla, no comprenderla. Eso es lo primero que hay que comprender. La vida es tan misteriosa que" nuestras manos no pueden alcanzar sus cimas, nuestros ojos no pueden observar su misterio más profundo. Comprender cualquier expresión de la existencia —los hombres o las mujeres o los árboles o los animales o los pájaros— es la función de la ciencia, no la de un místico. Yo no soy un científico. Para mí, la ciencia misma es un misterio, y ahora los científicos han empezado a darse cuenta de ello. Están abandonando su vieja actitud obstinada y supersticiosa de que un día sabrán todo lo que se puede saber.

Con Albert Einstein, la historia entera de la ciencia ha tomado una ruta muy diferente, porque cuanto más penetró en el núcleo de la materia, más perplejo se fue quedando. Toda la lógica quedó atrás, toda la racionalidad quedó atrás. No puedes dar órdenes a la existencia, porque no sigue tu lógica. La lógica es un producto hu­mano. Llegó un punto en la vida de Albert Einstein en que recuer­da que estaba dudando si debía insistir en ser racional... pero eso sería estúpido. Sería humano, pero no inteligente. Incluso si insis­tes en la lógica, en la racionalidad, la existencia no va a cambiar de acuerdo con tu lógica; tu lógica tiene que cambiar de acuerdo conla existencia. Y cuanto más profundizas, la existencia se vuelve más y más misteriosa. Y llega un punto en que tienes que abandonar la lógica y la racionalidad y simplemente escuchar a la naturaleza. Yo lo llamo el entendimiento supremo, pero no en el sentido corrien­te de entendimiento. Lo sabes, lo sientes, pero no hay manera de decirlo.

El hombre es un misterio, la mujer es un misterio, todo lo que existe es un misterio, y todos nuestros esfuerzos para comprender­lo van a fracasar.

 

Recuerdo a un hombre que estaba comprando un regalo para su hijo en una tienda de juguetes por Navidad. Era un conoci­do matemático, así que, naturalmente, el dependiente le trajo un rompecabezas. El matemático trató de resolverlo... era un bello rompecabezas. Lo intentó y lo intentó y lo intentó, y empezó a sudar. La situación se estaba volviendo incómoda. Los clientes y los vendedores y el dependiente estaban mirando, y él no logra­ba resolver el rompecabezas. Finalmente, abandonó la idea y gri­tó al dependiente: «Soy matemático, y si ni siquiera yo puedo resolver el rompecabezas, ¿cómo cree que va a poder mi hijo pe­queño?»

El dependiente dijo: «Usted no comprende. Está hecho de tal manera que nadie puede resolverlo, matemático o no matemá­tico.»

El matemático dijo: «Pero, ¿por qué lo han hecho así?»

El dependiente dijo: «Está hecho de esa forma para que el mu­chacho empiece a comprender desde el principio que la vida no se puede resolver, no se puede comprender.»

 

Puedes vivirla, puedes regocijarte en ella, puedes hacerte uno con el misterio, pero la idea de comprender como observador no es posible en absoluto.

Yo mismo no comprendo. El mayor misterio para mí soy yo mismo. Pero te puedo dar unas cuantas pistas:

 

Un psiquiatra es un tipo que te hace muchas preguntas muy caras que tu esposa te hace gratis.

 

La clave de la felicidad: puedes hablar de amor y de ternura y de pasión, pero el verdadero éxtasis es descubrir que no has perdi­do las llaves después de todo.

 

Las mujeres comienzan resistiéndose a las tentativas del hom­bre y acaban bloqueando su retirada.

 

Si quieres que una mujer cambie de idea, muéstrate de acuer­do con ella.

Si quieres saber lo que realmente piensa una mujer, mírala; no la escuches.

 

La señora se acercó al policía y le dijo: «Oiga, ese hombre de la esquina me está molestando.»

«He estado observando todo el tiempo —dijo el poli— y ese hom­bre ni siquiera la ha mirado.»

«Y, bueno —dijo la mujer—, ¿no es eso molesto?»

 

Un joven romántico se volvió a la bella joven que había en su cama y le preguntó: «¿Soy el primer hombre con el que has hecho el amor?»

Ella pensó un momento y luego dijo: «Es posible, tengo una memoria horrible para las caras.»

 

 

Todo es misterioso: es mejor disfrutarlo en vez de tratar de comprenderlo. Al final, el hombre que sigue tratando de compren­der la vida resulta ser un tonto, y el hombre que disfruta la vida se vuelve sabio y sigue disfrutando la vida, porque se hace más y más consciente del misterio que nos rodea.

El mayor entendimiento es saber que no se puede comprender nada, que todo es misterioso y milagroso. Para mí, ese es el inicio de la religión en tu vida.  The Great Pilgrimage: From Here to Here, cap. 2. 1

 

 

Por favor, ¿podrías explicar cuáles son las verdaderas diferencias entre los hombres y las mujeres?

 

La mayoría de las diferencias entre los hombres y las mujeres se deben a miles de años de condicionamiento. No son fundamen­tales por naturaleza, pero hay unas pocas diferencias que les dan una belleza única, individualidad. Esas diferencias se pueden con­tar muy fácilmente.

Una de ellas es que la mujer es capaz de producir vida; el hom­bre no lo es. En ese aspecto, él es inferior, y esa inferioridad ha ju­gado un gran papel en el dominio de las mujeres por el hombre. El complejo de inferioridad funciona de esta manera: pretende ser su­perior para engañarse a sí mismo y para engañar al mundo entero. Por eso, a lo largo de los siglos el hombre ha estado destruyendo la genialidad, el talento, las capacidades de la mujer, para, de esta forma, poder probar que él es superior, ante sí mismo y ante el mundo.

A causa de que la mujer da a luz, durante nueve meses o más permanece absolutamente vulnerable, dependiente del hombre. Los hombres han explotado esto de una forma muy fea. Y esa es una diferencia fisiológica; da exactamente igual.

La psicología de la mujer ha sido corrompida por el hombre diciéndole cosas que no son ciertas, convirtiéndola en una esclava del hombre, reduciéndola a la categoría de ciudadano secunda­rio del mundo. Y la razón de ello es que él es más poderoso muscularmente. Pero el poder muscular es parte de la animalidad. Si es eso lo que va a decidir la superioridad, entonces cualquier ani­mal es más musculoso que un hombre.

Pero las verdaderas diferencias existen ciertamente, y tenemos que buscarlas detrás del montón de diferencias inventadas. Una dife­rencia que veo es que una mujer es más capaz de amor que un hom­bre. El amor del hombre es más o menos una necesidad física; el amor de la mujer, no. Es algo más grande y más elevado, es una ex­periencia espiritual. Por eso, la mujer es monógama y el hombre es polígamo. Al hombre le gustaría tener a todas las mujeres del mun­do, y aun no estaría contento con ello. Su insatisfacción es infinita.

La mujer puede sentirse satisfecha con un amor, absolutamen­te satisfecha, porque no mira el cuerpo del hombre, mira sus cua­lidades más profundas. No se enamora de un hombre que tiene un hermoso cuerpo musculoso, se enamora de un hombre que tiene carisma —algo indefinible, pero inmensamente atractivo—, que es un misterio a explorar. No quiere que su hombre sea tan sólo un hombre, sino una aventura en el descubrimiento de la conciencia.

El hombre es muy débil en lo concerniente a la sexualidad; sólo puede tener un orgasmo. La mujer es infinitamente superior; pue­de tener orgasmos múltiples. Y este ha sido uno de los asuntos más molestos. El orgasmo del hombre es local, confinado a los ge­nitales. El orgasmo de la mujer es total, no está confinado a los genitales. Todo su cuerpo es sexual, y puede tener una bella expe­riencia orgásmica mil veces mayor, más profunda, más enriquecedora, más nutritiva que la que puede tener un hombre.

Pero la tragedia radica en que todo su cuerpo tiene que ser ex­citado, y el hombre no está interesado en ello, nunca ha estado in­teresado en ello. Ha utilizado a la mujer como una máquina sexual para aliviar sus propias tensiones sexuales. En cuestión de segun­dos ya ha terminado. Y para cuando ha terminado, la mujer ni si­quiera ha comenzado. En cuanto el hombre termina de hacer el amor, se da la vuelta y se duerme. El acto sexual le ayuda a dormir bien, más relajado, con todas las tensiones liberadas en la actividad sexual. Y toda mujer ha llorado y gemido cuando ha visto esto. Ella ni siquiera ha comenzado, no se ha movido. Ha sido utilizada, y eso es lo más feo que hay en la vida: cuando se te utiliza como una cosa, como un mecanismo, como un objeto. Ella no puede perdo­nar al hombre por utilizarla.

Para hacer que también la mujer sea una compañera orgásmica, el hombre tiene que aprender juegos preliminares, tiene que aprender a no tener prisa por ir a la cama. Tiene que convertir ha­cer el amor en un arte. Pueden tener un lugar —un templo de amor— en donde se queme incienso, sin luces fuertes, sólo velas. Y él debería acercarse a la mujer cuando esté en un estado bello, ale­gre, para poder compartirlo con ella. Lo que sucede normalmente es que los hombres y las mujeres se pelean antes de hacer el amor. Eso envenena el amor. El amor es una especie de tratado de paz que dice que la lucha ha terminado, al menos por una noche. Es un soborno, es una trampa.

Un hombre debería hacer el amor de la misma forma que pin­ta un pintor —cuando siente que un vivo deseo llena su corazón— o como un poeta compone poesía, o como un músico toca música. El cuerpo de la mujer debería ser tratado como un instrumento musical; lo es. Cuando el hombre se siente alegre, entonces el sexo no es simplemente una descarga de la tensión, una relajación, un método para dormir. Entonces hay juego preliminar. Él baila con la mujer, canta con la mujer, con la hermosa música que vibra en el templo del amor, con el incienso que les gusta. Debería ser algo sagrado, porque no hay nada sagrado en la vida corriente a no ser que hagáis sagrado el amor. Y eso será el comienzo de la apertura de la puerta a todo el fenómeno de la supraconciencia.

El amor nunca debería ser forzado, nunca debería intentarse. No debería estar en la mente en absoluto. Estáis jugando, bailan­do, cantando, disfrutando... es parte de esta prolongada alegría. Si sucede, es bello. Cuando el amor sucede, tiene belleza. Cuando se hace que suceda, es feo.

Y cuando haces el amor con el hombre encima de la mujer... se conoce esto como la postura del misionero. Oriente se dio cuenta de esa fealdad, ya que el hombre es más pesado, más alto y más musculoso; está aplastando a un ser delicado. En Oriente siempre se ha hecho de la manera opuesta: la mujer encima. Aplastada bajo el peso del hombre, la mujer no tiene movilidad. Sólo se mueve el hombre, de manera que llega al orgasmo en unos segundos, y la mujer simplemente llora. Ha sido parte de ello, pero no ha toma­do parte en ello. Ha sido utilizada.

Cuando la mujer está encima, tiene más movilidad, el hombre tiene menos movilidad, y eso hará que los orgasmos de ambos se acerquen más. Y cuando ambos entran en la experiencia orgásmica al mismo tiempo, es algo del otro mundo. Es la primera visión del samadhi, es cuando ves por vez primera que el ser humano no es el cuerpo. Se olvida el cuerpo, se olvida el mundo. Tanto el hom­bre como la mujer entran en una nueva dimensión que nunca ha­bían explorado.

La mujer tiene capacidad para tener orgasmos múltiples, por lo que el hombre tiene que ser lo más lento posible. Pero la realidad es que tiene tanta prisa en todo que destruye toda la relación. De­bería estar muy relajado, para que la mujer pueda tener orgasmos múltiples. El orgasmo del hombre debería llegar al final, cuando el orgasmo de la mujer ya ha alcanzado su cima. Es una simple cues­tión de entendimiento.

Estas son diferencias naturales, no tienen nada que ver con el condicionamiento. Hay otras diferencias. Por ejemplo, una mujer está más centrada que un hombre... Es más serena, más silencio­sa, más paciente, es capaz de esperar. Quizá a causa de estas cua­lidades, la mujer tiene más resistencia a las enfermedades y vive más que el hombre. A causa de su serenidad, su delicadeza, puede traer una plenitud inmensa a la vida del hombre. Puede rodear la vida de un hombre de una atmósfera muy relajante, muy cálida. Pero el hombre tiene miedo, no quiere estar rodeado por la mujer, no quiere dejarle que cree su calidez cariñosa en torno a él. Tiene miedo, porque de esa forma se volverá dependiente. Así que, du­rante siglos, ha estado manteniéndola a distancia. Y tiene miedo porque en lo profundo de sí sabe que la mujer es más que él. Ella puede dar nacimiento a la vida. La naturaleza la ha elegido a ella para reproducir, no al hombre.

La función del hombre en la reproducción es casi nula. Esta in­ferioridad ha creado el mayor problema, el hombre ha empezado a cortar las alas de la mujer. Ha empezado a reducirla y condenarla de todas las maneras, para al menos poder creer que él es superior. El hombre ha tratado a la mujer como si fuera ganado, incluso peor. En China, durante cientos de años, se consideraba que la mujer no tenía alma, de forma que el marido podía matarla y la ley no interfería. La mujer era posesión del marido. Si él quería destruir sus muebles, no era ilegal. Si quería destruir a su mujer, no era ile­gal. Este es el insulto supremo: que la mujer no tiene alma.

El hombre ha privado a la mujer de educación, de independen­cia económica. La ha privado de movilidad social porque tiene miedo. Sabe que ella es superior, sabe que ella es bella, sabe que darle independencia creará peligro. Por eso, durante siglos la mu­jer no ha tenido independencia. La mujer musulmana tiene que llevar la cara tapada, para que nadie, excepto su marido, pueda ver la belleza de su rostro, la profundidad de sus ojos.

En el hinduismo, la mujer tenía que morir cuando moría su marido. ¡Qué celos tan enormes! La has poseído durante toda tu vida, e incluso quieres poseerla después de la muerte. Tienes mie­do. Ella es hermosa, y cuando tú ya no estés, ¿quién sabe? Puede que encuentre otro marido, quizá mejor que tú. Así que el sistema del sati ha permanecido durante miles de años, el fenómeno más feo que uno pueda imaginar.

El hombre es muy egoísta. Por eso lo llamo chovinista, machista. El hombre ha creado esta sociedad, y en esta sociedad no hay lugar para la mujer. ¡Y ella tiene tremendas cualidades propias! Por ejemplo, si el hombre tiene la posibilidad de la inteligencia, la mujer tiene la posibilidad del amor. Esto no significa que ella no pueda tener inteligencia; puede tenerla, simplemente hay que dar­le la posibilidad de que la desarrolle. Pero el amor es algo con lo que ha nacido, ella tiene más compasión, más dulzura, más com­prensión... El hombre y la mujer son dos cuerdas de una misma arpa, pero ambos sufren cuando están separados el uno del otro. Y como están sufriendo y no saben por qué, empiezan a vengarse el uno del otro.

La mujer puede aportar una ayuda inmensa para crear una so­ciedad orgánica. Ella es diferente del hombre, pero a un nivel igual. Ella es tan igual a un hombre como cualquier otro hombre. Ella tiene talentos propios que son absolutamente necesarios. No es su­ficiente ganar dinero, no es suficiente llegar a tener éxito en el mundo; es más necesario un bello hogar, y la mujer tiene la capacidad de transformar cualquier casa en un hogar. Ella lo puede lle­nar de amor; ella tiene esa sensibilidad. Ella puede rejuvenecer al hombre, ayudarle a relajarse.

 

En los Upanishads hay una bendición muy extraña dedicada a las nuevas parejas. Una nueva pareja acude al vidente de los Upa­nishads y éste les da su bendición. A la chica le dice específica­mente: «Espero que llegues a ser madre de diez niños y que, fi­nalmente, tu marido sea tu onceavo hijo. Y a no ser que te hagas la madre de tu marido, no habrás triunfado como esposa verdadera.» Es muy extraño, pero tiene una inmensa profundidad psicológica, porque esto es lo que descubre la psicología moderna, que todo hombre está buscando a su madre en la esposa, y toda mujer está buscando a su padre en el marido.

Es por eso que todos los matrimonios fracasan: no es posible encontrar a tu madre. La mujer con la que te has casado no ha ve­nido a tu casa para ser tu madre, quiere ser tu esposa, una aman­te. Pero la bendición de los Upanishads, que tiene casi cinco o seis mil años de antigüedad, ofrece una visión similar a la de la psico­logía moderna. Una mujer, quienquiera que sea, es básicamente una madre. El padre es una institución inventada, no es natural... Pero la madre seguirá siendo indispensable. Se han probado cier­tos experimentos: han dado a los niños todo tipo de facilidades, me­dicación, toda la comida... toda perfección proveniente de diferen­tes ramas de la ciencia, pero, extrañamente, los niños siguen encogiéndose y mueren en tres meses. Entonces descubrieron que el cuerpo de la madre y su calidez son absolutamente necesarios para que crezca la vida. Esa calidez en este enorme universo frío es absolutamente necesaria al principio, de otra forma el niño se sen­tirá abandonado. Se encogerá y morirá...

No hay necesidad de que el hombre se sienta inferior a la mu­jer. Toda esa idea surge porque pensáis en el hombre y en la mujer como dos especies distintas. Pertenecen a una misma humanidad, y ambos tienen cualidades complementarias. Ambos se necesitan mutuamente, y sólo cuando están juntos están enteros... La vida hay que tomársela con calma. Las diferencias no son contradicciones.Pueden ayudarse mutuamente y realzarse inmensamente. La mujer que te ama puede realzar tu creatividad, puede inspirarte a alcanzar cimas que nunca has soñado. Y ella  no te pide nada. Sim­plemente quiere tu amor, que es su derecho básico.

 

La mayoría de las cosas que hacen diferentes a los hombres y  a las mujeres son condicionales. Las diferencias deberían mantener­se porque hacen a los hombres y a las mujeres atractivos mutua­mente, pero no deberían utilizarse como reprobaciones. Me gusta­ría que ambos se hicieran un todo orgánico, permaneciendo al mismo tiempo absolutamente libres, porque el amor nunca crea ataduras, da libertad. Entonces podremos crear un mundo mejor. A la mitad del mundo se le ha negado su contribución, y esa mitad, las mujeres, tiene una inmensa capacidad para contribuir al mun­do. Lo hubiera convertido en un bello Paraíso.

La mujer debería buscar en su propia alma su propio potencial y desarrollarlo, y tendrá así un hermoso futuro. El hombre y la mu­jer no son ni iguales ni desiguales, son únicos. Y el encuentro de dos seres únicos trae algo milagroso a la existencia. The Sword and the Lotus, cap. 5.


 

Capítulo 2

La historia es la del hombre1 En el original: His Story. Juego de palabras intraducibie al castellano. El sustantivo History (historia, en el sentido de texto que recoge sucesos significati­vos del pasado de la colectividad) se descompone en el adjetivo posesivo masculi­no singular His y el sustantivo Story (historia, en el sentido de relato). (N. del T.)

 

 

 

 

En El profeta, de Khalil Gibran, una mujer pide a Almustafa que hable sobre el dolor. ¿Podrías comentar este fragmento?

Y una mujer habló, diciendo «Háblanos del dolor».

Y Almustafa dijo:

Tu dolor es la ruptura del caparazón

que encierra tu entendimiento.

Así como el hueso del fruto debe romperse

para que su núcleo pueda exponerse al sol,

así tú debes conocer el dolor.

Y si pudieras mantener tu corazón maravillado

ante los milagros diarios de tu vida,

tu dolor no te parecería menos maravilloso que tu alegría.

Y aceptarías las estaciones de tu corazón,

así como siempre has aceptado las estaciones

que pasan sobre tus campos.

Y observarías con serenidad

a través de los inviernos de tu sufrimiento.

Gran parte de tu dolor es tu propia elección.

Es una poción amarga

con la que el médico que hay en ti cura tu ser enfermo.

Por lo tanto, confía en el médico,

y bebe su remedio con silencio y tranquilidad:

porque su mano, aunque pesada y dura,

está guiada por la mano tierna de lo invisible,

y el cáliz que trae,

aunque quema tus labios,

ha sido hecho del barro

que el Alfarero ha humedecido

con Sus propias lágrimas sagradas.

 

Parece muy difícil, incluso para un hombre del calibre de Khalil Gibran, olvidar una actitud machista profundamente arraigada. Digo esto porque las afirmaciones de Almustafa son correctas en cierta forma, pero, sin embargo, olvidan algo muy esencial.

Almustafa olvida que la pregunta la ha hecho una mujer, y su respuesta es muy general, aplicable tanto al hombre como a la mu­jer. Pero la verdad es que el dolor y el sufrimiento que han padeci­do las mujeres del mundo es mil veces mayor que el que ha cono­cido el hombre. Por eso digo que Almustafa está respondiendo la pregunta, pero no a quien la formula. Y a no ser que se responda a quien pregunta, la respuesta es superficial, no importa lo profunda que pueda sonar... La respuesta parece académica, filosófica.

No tiene en consideración lo que el hombre ha hecho a la mu­jer, y no es cuestión de un día, sino de miles de años. Almustafa ni siquiera lo menciona. Al contrario, continúa haciendo lo mismo que los sacerdotes y los políticos han estado haciendo siempre, ofreciendo frases de consuelo. Detrás de las bellas palabras no hay nada más que consuelos. Y los consuelos no pueden ser un susti­tuto de la verdad.

 

Y una mujer habló...

¿No es extraño que de toda esa entera multitud ningún hom­bre pregunte acerca del dolor? ¿Es puramente accidental? No, ab­solutamente no. Es muy significativo que una mujer haya hecho la pregunta Háblanos del dolor, porque solamente la mujer sabe cuántas heridas ha estado llevando, cuánta esclavitud —física, men­tal y espiritual— ha estado sufriendo y continúa aún sufriendo.

La mujer está sufriendo en el centro más profundo de su ser. Ningún hombre sabe lo profundo que puede entrar en ti el dolor y destruir tu dignidad, tu orgullo, tu humanidad misma.

Almustafa dice: Tu dolor es la ruptura del caparazón que en­cierra tu entendimiento.

Una afirmación muy pobre, tan superficial que a veces me  aver­güenzo de Khalil Gibran. Cualquier idiota puede decirlo. No está a la altura de Khalil Gibran: Tu dolor es la ruptura del caparazón que encierra tu entendimiento. Es una afirmación muy simple y general.

Así como el hueso del fruto debe romperse para que su núcleo pueda exponerse al sol, así tú debes conocer el dolor. Odio esta afirmación. Está apoyando la idea de que debes pasar por el dolor. Es un truismo, pero no una verdad. Es muy objetivo, una semilla tiene que pasar por un gran sufrimiento, porque a no ser que la se­milla muera en ese sufrimiento, el árbol nunca nacerá, y el gran fo­llaje y la belleza de las flores nunca llegarán a existir. Pero ¿quién recuerda a la semilla y su valor para morir para que pudiera nacer lo desconocido?

También es verdad que si ...el caparazón que encierra tu entendimiento... atraviesa el sufrimiento, se rompe, da la libertad a tu entendimiento, habrá cierto dolor. Pero ¿qué es el caparazón? Así es como los poetas han evitado las crucifixiones; él debería haber explicado qué es el caparazón: todos tus conocimientos, todos tus condicionamientos, el proceso entero de tu formación, tu educa­ción, tu sociedad y civilización, todo ello constituye el caparazón que te mantiene a ti, y a tu entendimiento, aprisionados. Pero él no menciona una sola palabra respecto a lo que quiere decir con «ca­parazón».

 

 

Gautama el Buda es un hombre; sus grandes discípulos —Mahakashyap, Sariputta, Moggalayan— son todos hombres. ¿No había ni una sola mujer que pudiese haber alcanzado el mismo nivel de conciencia? Pero el mismo Gautama Buda negaba la iniciación a las mujeres, como si no fueran una especie de la humanidad sino de algún estado subhumano. ¿Para qué molestarse por ellas? Pri­mero, que logren llegar a ser hombres.

La afirmación de Gautama Buda es que el hombre es la encru­cijada desde la que puedes ir a cualquier parte: a la iluminación, a la libertad suprema. Pero a la mujer no la menciona en absoluto. Ella no es una encrucijada, sino tan sólo una calle oscura en la que ninguna corporación municipal ha puesto ni siquiera luces; no conduce a ninguna parte. El hombre es una autopista. Así que pri­mero deja que la mujer venga a la autopista, que llegue a ser un hombre, que nazca en el cuerpo de hombre, entonces habrá algu­na posibilidad de que se ilumine.

Dice Almustafa ...así tú debes conocer el dolor. Pero ¿para qué? Si la mujer no se puede iluminar, ¿para qué tiene que pasar por el dolor? Ella no es oro, así que atravesar el fuego de esa forma no va a hacerla más pura.

 

Y si pudieras mantener tu corazón maravillado ante los mila­gros diarios de tu vida, tu dolor no te parecería menos maravillo­so que tu alegría... Es verdad, pero a veces la verdad puede ser muy peligrosa, un arma de dos filos. Por un lado, protege, por el otro destruye. Es verdad que si mantienes el asombro en tus ojos te sor­prenderá saber que incluso el dolor tiene su propia dulzura, su pro­pio milagro, su propia alegría. No es menos maravilloso que la ale­gría misma. Pero lo extraño es que la mujer siempre es más como un niño, siempre está más llena de asombro que el hombre. El hombre siempre va en busca de conocimientos, y ¿qué son los co­nocimientos? Los conocimientos son simplemente un medio de li­brarse del asombro. La ciencia entera está tratando de resolver el misterio de la existencia, y la palabra «ciencia» significa conoci­mientos. Y es un hecho muy simple que cuanto más sabes, menos te asombras y te maravillas...

Según vas haciéndote mayor, pierdes la sensibilidad para el asombro, te vas embotando más y más. Pero la razón de ello es que ahora lo sabes todo. No sabes nada, pero ahora tu mente está llena de conocimientos cogidos de aquí y de allá, y ni siquiera has pen­sado que debajo de todo eso no hay más que oscuridad e igno­rancia...

Almustafa no menciona el hecho de que las mujeres siempre permanecen más como los niños que los hombres. Eso es una par­te de la belleza de las mujeres, su inocencia; no saben. El hombre no les ha permitido que sepan nada. Saben pequeñas cosas —acerca de mantener la casa y la cocina y cuidar a los hijos y al marido—, pero esas no son cosas que puedan impedir que... Esos no son gran­des conocimientos; pueden ser puestos de lado muy fácilmente.

Por eso, cuando una mujer viene a escucharme, me oye más profundamente, más íntimamente, más amorosamente. Pero cuando un hombre viene a oírme por primera vez, pone mucha re­sistencia, está muy alerta, tiene miedo de que le pueda influir, de que le hiera si sus conocimientos no se ven respaldados. O, si es muy astuto, va interpretando todo lo que digo según sus propios conocimientos, y dirá: «Ya sé todo eso, no ha sido nada nuevo.» Esta es una medida para proteger su ego, para proteger el duro ca­parazón. Y a no ser que se rompa el caparazón y te encuentre asombrado como un niño, no hay ninguna posibilidad de que al­cances un estado que siempre hemos conocido como el alma, tu propio ser.

Esta ha sido mi experiencia en todo el mundo, que la mujer es­cucha, y que puedes ver el brillo del asombro en sus ojos. No es algo superficial, sus raíces están en lo profundo de su corazón. Pero Khalil Gibran no menciona este hecho, a pesar de que la pre­gunta la ha hecho una mujer. De hecho, el hombre es tan cobarde que tiene miedo a hacer preguntas, porque tus preguntas prueban tu ignorancia.

Todas las preguntas mejores en El profeta son formuladas por mujeres —sobre el amor, sobre el matrimonio, sobre los niños, so­bre el dolor—, auténticas, reales. No acerca de Dios, no acerca de ningún sistema filosófico, sino acerca de la vida misma. Puede que no parezcan grandes preguntas, pero en realidad son las preguntas más grandes, y la persona que puede resolverlas ha entrado en un nuevo mundo. Pero Almustafa responde como si la pregunta la hubiera hecho cualquiera, cualquier XYZ, no está respondiendo a quien pregunta. Y mi enfoque es siempre que la pregunta real es quién la pregunta...

¿Por qué ha surgido la pregunta en una mujer y no en un hom­bre? Porque la mujer ha sufrido la esclavitud, la mujer ha sufrido la humillación, la mujer ha sufrido la dependencia económica y, sobre todo, ha sufrido un estado constante de embarazo. Durante siglos ha vivido con dolor y dolor y dolor. El niño que crece en su interior no le permite comer; siempre está sintiendo vómitos. Cuando el niña ha llegado a los nueve meses, el nacimiento del hijo es casi la muerte de la mujer. Y cuando aún no se ha liberado de un embarazo, el marido está listo para embarazarla de nuevo. Parece que la única función de la mujer es la de ser una fábrica para producir multitudes.

¿Y cuál es la función del hombre? Él no participa en el dolor de la mujer. Durante nueve meses ella sufre, durante el naci­miento del niño ella sufre, y ¿qué hace el hombre? Por lo que respecta al hombre, él simplemente usa a la mujer como un ob­jeto para satisfacer sus deseos y su sexualidad. A él no le preocu­pa en absoluto cuáles serán las consecuencias para la mujer. Y él aún sigue diciendo: «Te amo.» Si realmente la hubiera amado, el mundo no estaría superpoblado. Su palabra «amor» es absoluta­mente vacía. Ha estado tratando a la mujer casi como si fuera ga­nado.

 

Y aceptarías las estaciones de tu corazón, así como siempre has aceptado las estaciones que pasan sobre tus campos. Verdad, y, sin embargo, no absolutamente verdad. Es verdad si olvidas quién ha preguntado, pero no es verdad si te acuerdas de ella. Sim­plemente como afirmación filosófica, es cierta.

Y aceptarías las estaciones de tu corazón... A veces hay placer, y a veces hay dolor, y a veces hay tan sólo indiferencia, ni dolor, ni placer. Él está diciendo: «Si aceptas las estaciones de tu corazón, como siempre has aceptado las estaciones que pasan sobre tus campos...»

Superficialmente, es verdad. La aceptación de cualquier cosa te da cierta paz, cierta calma. No estás demasiado preocupado; sabes que también esto pasará. Pero por lo que respecta a la mujer, hay una diferencia. Ella está viviendo constantemente en una estación, dolor y dolor. Las estaciones no cambian de verano a invierno, o a la lluvia. La vida de la mujer es realmente dura.

No es tan dura hoy en día, pero sólo en los países avanzados. El 80 por 100 de la población de la India vive en pueblos, en los que se pueden ver las verdaderas dificultades que sufre la mujer. Ha ve­nido sufriendo esas dificultades durante siglos, y la estación no cambia. Si tienes en cuenta este hecho, entonces esta afirmación se vuelve antirrevolucionaria, esta afirmación se vuelve una frase de consuelo: «Acepta la esclavitud a que te somete el hombre, acep­ta la tortura a que te somete el hombre...»

La mujer ha vivido con tanto dolor... y, sin embargo, Almustafa olvida completamente quién está haciendo la pregunta. Es posi­ble aceptar el cambio de las estaciones, pero no diez mil años de es­clavitud. La estación no cambia...

La mujer necesita rebelión, no aceptación.

 

El hombre es el animal más lascivo de la tierra. Cada animal tiene una época en la que el macho se interesa por la hembra. A ve­ces esa época es de sólo unas semanas, a veces de un mes o dos, y luego, durante el resto del año se olvidan completamente del sexo, se olvidan completamente de la reproducción. Esa es la razón por la que no se encuentran en una situación de superpoblación. Sólo el hombre es sexual durante todo el año, y si es estadounidense es sexual por la noche y es sexual por la mañana. ¿Y estás pidiendo a la mujer que acepte el dolor?

Yo no puedo pediros que aceptéis semejante dolor, un dolor que otros os imponen. Necesitáis una revolución.

 

 

Y observarías con serenidad a través de los inviernos de tu su­frimiento.

¿Por qué? Cuando podemos cambiarlo, ¿por qué íbamos a ob­servar? Observa sólo lo que no se puede cambiar. Observa sólo lo que es natural, sé un testigo de ello. Pero esto es astucia poética. Bellas palabras: y observa con serenidad...

Observa con serenidad todo lo que es natural, y rebélate contra todo sufrimiento impuesto por cualquiera. Sea hombre o mujer, sea tu padre o tu madre, sea el sacerdote o el profesor, sea el go­bierno o la sociedad, ¡rebélate!

A no ser que tengas un espíritu rebelde, no estás vivo en el ver­dadero sentido de la palabra.

 

 

Gran parte de tu dolor es tu propia elección. Eso es verdad. Toda tu tristeza, todo tu dolor... gran parte de ello no está im­puesto por los demás. Contra lo que te imponen los demás, rebé­late, pero lo que tú mismo has elegido, suéltalo. No hay necesi­dad de observar. Simplemente comprender que «Yo me lo he impuesto a mí mismo» es suficiente, deshazte de ello. ¡Deja que los demás observen cómo te deshaces de ello! Al verte deshacién­dote de ello, quizá también ellos comprenderán: «¿Por qué sufrir innecesariamente?, los vecinos están deshaciéndose de su sufri­miento.»

Tus celos, tu ira, tu avaricia, todos traen dolor. Tus ambiciones, todas traen dolor. Y todo ello lo eliges tú mismo.

 

 

Es una poción amarga con la que el médico que hay en ti cura tu ser enfermo.

De nuevo vuelve con los consuelos. No está haciendo una dis­tinción clara. Hay dolores impuestos por otros, rebélate contra ellos. Y hay dolores que son naturales, obsérvalos, y obsérvalos con serenidad, porque son la medicina amarga que la naturaleza, el médico que hay en ti, usa para curar tu ser enfermo.

 

 

Por lo tanto, confía en el médico, y bebe su remedio con si­lencio y tranquilidad.

Pero recuerda que se trata del médico, no de tu marido, no del gobierno. Ellos te imponen dolor, no para curarte, sino para des­truirte, para aplastarte. Porque cuanto más destruida estás, más fá­cil resulta dominarte. Entonces no hay miedo de que te rebeles. Así que recuerda quién es el médico. La naturaleza cura, el tiempo cura, simplemente espera, observa. Pero ten mucha claridad res­pecto a lo que es natural y lo que es artificial.

 

 

Porque su mano, aunque pesada y dura, está guiada por la mano tierna de lo invisible, y el cáliz que trae, aunque quema tus labios, ha sido hecho del barro que el Alfarero ha humedecido con Sus propias lágrimas sagradas.

Todo lo que sea natural, contra lo que no hay rebelión posible... entonces no estés triste ni sufras; entonces acéptalo con gratitud. Es la mano invisible de lo divino que quiere curarte, que quiere lle­varte a un estado más alto de conciencia. Pero lo que no sea natu­ral... Ceder a cualquier tipo de esclavitud es destruir tu propia alma. Es mejor morir que vivir como un esclavo. (The messiah: Commentaries on Kalil Gibran`”The Profet”, vol 2 cap 4)

 

 

 

 

He sentido dentro de mí una rabia fría, profundamente escondida y llena de deseos de venganza contra todos los hombres que alguna vez han forzado, violado, matado o herido a las mujeres. Es algo que parece que he llevado dentro durante vidas. Por favor, ayúdame a dejar al des­cubierto a esta vieja bruja y a hacerme amiga de ella

 

Lo primero que hay que tener en claro es que fue el cristianis­mo el que condenó la palabra «bruja»; por lo demás, era una de las palabras más respetadas, tan respetadas como «místico», un hom­bre sabio. Significaba simplemente una mujer sabia, el paralelo de un hombre sabio.

Pero en la Edad Media el cristianismo se vio enfrentado a un peligro. Había miles de mujeres que eran mucho más sabias que los obispos y los cardenales y el Papa. Conocían el arte de transfor­mar la vida de las personas.

Toda su filosofía se basaba en el amor y la transformación de la energía sexual, y una mujer puede hacer esto mucho más fácil­mente que un hombre. Después de todo, es una madre y siempre es una madre. Incluso una niña muy pequeña tiene la cualidad de los sentimientos maternales.

La cualidad de los sentimientos maternales no es algo relacio­nado con la edad, forma parte de ser mujer. Y la transformación necesita una atmósfera muy amorosa, una transferencia muy ma­ternal de energías. Para el cristianismo, era un competidor. El cristianismo no tenía nada que ofrecer que pudiese compararse a eso, pero el cristianismo estaba en el poder.

Era un mundo del hombre hasta entonces; y decidieron des­truir a todas las brujas. Pero ¿cómo destruirlas? No era cuestión de matar a una mujer, sino a miles de mujeres. Así que se creó una corte especial para investigar, para descubrir quién era una bruja.

Cualquier mujer de la que los cristianos decían que había teni­do influencia en la gente y a la que la gente respetaba, era captu­rada y torturada, tanto que tenía que confesar. No dejaban de tor­turarla hasta que confesaba que era una bruja. Y habían cambiado el significado de «bruja» según la mente cristiana, según la teolo­gía cristiana: una bruja es alguien que tiene una relación sexual con el diablo.

Ya no se oye más de ningún diablo que tenga una relación con alguna mujer. O el diablo se ha hecho monje cristiano, célibe, o... ¿qué ha pasado con el diablo? ¿Quién era el que estaba teniendo re­laciones sexuales con miles de mujeres? Y estas mujeres eran en su mayoría mujeres mayores. No parece algo racional. Habiendo dis­ponibles mujeres jóvenes y bellas, ¿por qué iba el diablo a acudir a las mujeres mayores, viejas?

Pero hacerse bruja era un adiestramiento muy largo, una dis­ciplina muy larga, una experiencia muy larga. De forma que para cuando una mujer era una bruja —una mujer sabia—, era ya vieja; lo había sacrificado todo para lograr esa sabiduría, esa alquimia.

Forzaron a estas pobres mujeres a decir que estaban teniendo relaciones sexuales con el diablo. Muchas de ellas se resistieron mucho... pero la tortura era demasiado.

Torturaron a estas pobres mujeres mayores de maneras muy feas, sólo para lograr una cosa: que confesaran. Las mujeres si­guieron tratando de decir que no tenían nada que ver con el dia­blo, que no había nada que confesar. Pero nadie las escuchaba; con­tinuaban torturándolas.

Puedes hacer que cualquiera confiese cualquier cosa si sigues torturándolo. Llega un punto en que siente que es mejor confesar que sufrir innecesariamente la misma tortura cada día. Y hubiera continuado durante toda su vida. Una vez que una mujer confesa­ba que era una bruja y tenía una relación sexual con el diablo, de­jaban de torturarla y la llevaban a los tribunales —una corte espe­cial creada por el Papa— y ahora tenía que confesar ante la corte. Y una vez que confesaba ante la corte, la corte podía castigarla, por­que el suyo era el mayor crimen a los ojos del cristianismo.

En realidad, incluso si la mujer hubiera tenido una relación se­xual con el diablo, eso no es asunto de nadie más, y no es un deli­to, porque no está haciendo daño a nadie. Y el diablo jamás ha pre­sentado una denuncia en ninguna comisaría: «Esa mujer es peligrosa.» ¿Con qué autoridad estaba quemando a esas mujeres el cristianismo?

El único castigo era ser quemada viva, para que ninguna otra mujer se atreviese a ser una bruja de nuevo. Destruyeron a miles de mujeres e hicieron desaparecer completamente una parte muy significativa de la humanidad. Y la sabiduría que estas mujeres contenían, sus libros, sus métodos, sus técnicas de transformar al hombre, de transformar la energía del hombre...

 

No pienses que bruja es una mala palabra. Es más respetable que Papa, porque yo no creo que un papa sea un hombre a quien podemos llamar sabio; no son más que loros. Es posible que esto pueda estar conectado con tu vida pasada, y que la herida haya sido tan profunda que aún una memoria en tu inconsciente te lo sigue recordando. Y eso crea el odio a los hombres, porque lo que te hi­cieron te lo hicieron hombres.

Así que es una simple asociación, pero tienes que librarte de esa asociación. No te lo hicieron los hombres, te lo hicieron los cristianos. Y los cristianos han cometido tantos crímenes, y conti­núan cometiéndolos. Es increíble... Y siguen hablando de verdad, hablando de Dios... y diciendo mentiras... Y son personas religiosas que,tratan por todos los medios de engañar al mundo, de engañar a la mente humana, de polucionar con feas mentiras.

Así que no estés contra los hombres en sí; estar contra las atro­cidades cristianas es suficiente...

Durante dos mil años la cristiandad ha estado matando a la gente en nombre de la religión, en nombre de Cristo, en nombre de la nación, así que es perfectamente correcto condenarlos. Aun­que no todos los hombres son cristianos.

Pero será conveniente que pases por un proceso hipnótico para averiguar qué pasó con más claridad. Quizá puedas recordar cuáles eran las técnicas de las brujas —cómo actuaban, cómo se las arre­glaban para cambiar a la gente—, porque a no ser que fueran un pe­ligro para el cristianismo, el cristianismo no las habría matado.

Era un peligro real, porque el cristianismo no tenía nada que ofrecer que pudiera compararse. The transmission o fthe Lamp, cap. 2.


 

Capítulo 3

El movimiento de liberación de la mujer

 

 

 

¿Qué consideras la mayor necesidad de la mujer con­temporánea?

 

       A causa de que la mujer ha sido dominada, torturada y reducida a un cero a la izquierda, se ha vuelto fea. Cuando no se per­mite que tu naturaleza siga sus necesidades internas, se vuelve amarga, se envenena; se queda como lisiada, paralizada, se per­vierte. La mujer que podemos encontrar en el mundo no es tam­poco una mujer verdadera, porque la han corrompido durante si­glos. Y cuando se corrompe a la mujer, el hombre tampoco puede permanecer natural, porque, después de todo, el hombre nace de la mujer. Si ella no es natural, sus hijos no serán naturales. Si ella no es natural —ella va a cuidar al hijo o hija—, naturalmente esos niños serán afectados por su madre.

La mujer necesita ciertamente una gran liberación, pero lo que está sucediendo en nombre de la liberación es estúpido. Es imita­ción, no es liberación.

Aquí conmigo hay muchas mujeres que han estado en el mo­vimiento de liberación, y cuando llegan aquí por vez primera son muy agresivas. Y puedo comprender su agresividad: siglos y siglos de dominación las han vuelto violentas. Es una simple venganza. Han perdido la cordura, y el único responsable es el hombre. Pero poco a poco, lentamente, se van suavizando, adquieren gracia; su agresividad desaparece. Se vuelven, por primera vez, femeninas.

La liberación real hará que la mujer sea auténticamente una mujer, no una imitación del hombre. Ahora mismo, eso es lo que está sucediendo: las mujeres están intentando ser iguales que los hombres. Si los hombres fuman cigarrillos, entonces la mujer tie­ne que fumar cigarrillos. Si ellos llevan pantalones, entonces la mujer tiene que llevar pantalones. Si ellos hacen ciertas cosas, en­tonces la mujer tiene que hacerlas. Ella se está volviendo simple­mente un hombre de segunda categoría.

Esto no es liberación, esto es una esclavitud mucho más pro­funda, mucho más profunda porque la primera esclavitud se la im­pusieron los hombres. Esta segunda esclavitud es más profunda porque la han creado las mujeres mismas. Y cuando otra persona te impone una esclavitud, puedes rebelarte contra ella, pero si tú mismo te impones una esclavitud en nombre de la liberación, no hay nunca una posibilidad de rebelión.

Me gustaría que la mujer se volviera realmente una mujer, por­que es mucho lo que depende de ella. Ella es mucho más impor­tante que el hombre, porque ella lleva en sus entrañas tanto a la mujer como al hombre. Ella da a luz a ambos, al niño y a la niña; ella nutre a ambos. Si ella está envenenada, entonces su leche está envenenada, entonces su manera de criar a los hijos está envene­nada.

Si la mujer no es libre para ser realmente una mujer, el hom­bre nunca será libre para ser realmente un hombre tampoco. La libertad de la mujer es una condición indispensable para la liber­tad del hombre; es más fundamental que la libertad del hombre. Y si la mujer es una esclava —como lo ha sido durante siglos—, ella hará que también el hombre sea un esclavo de maneras muy sutiles; las maneras de la mujer son sutiles. Ella no luchará direc­tamente; su lucha será indirecta, será femenina. Ella llorará y ge­mirá. No te golpeará, se golpeará a sí misma, y al golpearse a sí misma, al llorar y gemir, incluso el más fuerte de los hombres acaba siendo dominado por su mujer. Una mujer muy delgada y débil puede dominar a un hombre muy fuerte... La mujer necesita una libertad total, para que también pueda dar libertad al hombre.

Esto es algo fundamental que hay que recordar: si esclavizas a alguien, al final te verás reducido a la esclavitud; no puedes per­manecer libre. Si quieres permanecer libre, da libertad a los demás; ésa es la única manera de ser libre.

 

 

 

 

¿Estás en contra del movimiento de liberación de la

mujer?

 

El movimiento de liberación es feo, y ya sé que la responsabili­dad recae en los chovinistas masculinos, los machistas. Ellos han venido haciendo tanto daño a las mujeres a lo largo de los siglos que ahora la mujer quiere vengarse. Pero siempre que empiezas a tomar venganza te vuelves destructivo. Resulta inútil seguir dando atención a heridas pasadas. Resulta inútil vengarse a causa del pa­sado. Hay que aprender a perdonar y olvidar. Sí, lo pasado estuvo muy mal, esto está aceptado. Lo que se ha hecho a las mujeres a lo largo de los siglos ha sido absolutamente erróneo. El hombre ha reducido a las mujeres a la categoría de esclavas; más aún, las ha reducido a la categoría de cosas, de posesiones. Pero ¿para qué sir­ve tomar venganza? Entonces te conviertes en la perseguidora y el hombre en el perseguido. Entonces otro tipo de chovinismo comienza a tomar forma y cuerpo. Entonces surge la mujer chovi­nista, y esto no va a arreglar las cosas. Entonces la mujer empeza­rá a hacer daño a los hombres, y tarde o temprano éstos se venga­rán. ¿Dónde va a parar esto? Es un círculo vicioso.

Y tengo la sensación de que en vez de que lo paren los hom­bres, es mucho más fácil que lo paren las mujeres, que sean ellas las que se salgan del círculo vicioso, porque ellas son más amoro­sas, más compasivas. El hombre es más agresivo, más violento. No tengo mucha esperanza en los hombres, pero espero mucho de las mujeres. Por eso no estoy a favor de la actitud y el enfoque agresi­vo del movimiento de liberación de la mujer... Los problemas de la vida pueden resolverse con amor, no se pueden resolver con un enfoque violento.

 

El hombre y la mujer son mundos diferentes; por eso es difícil que se comprendan mutuamente. Y el pasado ha estado lleno de malentendidos, pero esto no tiene que continuar así necesaria­mente en el futuro. nosotros podemos aprender una lección del pasado, y la única lección es que el hombre y la mujer tienen que volverse más comprensivos uno respecto al otro y aceptar mejor sus diferencias. Estas diferencias son valiosas, no es necesario que generen ningún conflicto; de hecho, son las causas de la atracción entre ellos.

Si todas las diferencias entre los hombres y las mujeres desa­parecieran, si ambos tuvieran el mismo tipo de psicología, también desaparecería el amor, porque ya no existiría la polaridad. El hom­bre y la mujer son como los polos negativo y positivo de la electri­cidad: se atraen entre sí magnéticamente. Son polos opuestos; por eso el conflicto es natural. Pero mediante la comprensión, me­diante la compasión, mediante el amor, mirando el mundo del otro y tratando de adoptar una actitud favorable hacia él, todos los pro­blemas se pueden resolver. No hay necesidad de crear más conflic­to, ya basta.

El hombre necesita la liberación tanto como la mujer. Ambos necesitan la liberación, liberación respecto a la mente. Deberían cooperar mutuamente y ayudar al otro a que se libere de la mente. Ese será un verdadero movimiento de liberación.

 

 

 

¿Crees que sólo las mujeres son las responsables del movimiento de liberación?

 

El movimiento de liberación que está sucediendo en el mundo es un fenómeno creado por el hombre, una creación masculina. Esto os sorprenderá, que sea, de nuevo, una conspiración masculi­na. Ahora el hombre quiere librarse de las mujeres. No quiere te­ner ninguna responsabilidad. Quiere disfrutar de las mujeres, pero sólo para divertirse. No quiere tomar todas las demás responsabili­dades que esto trae consigo.

Ahora bien, se trata de una conspiración sutil. El hombre está tratando de persuadir a las mujeres de todo el mundo de que la mujer tiene que volverse independiente. Es un truco sutil. Y la mente masculina es astuta, y la mente masculina está ganando. Y ahora muchas mujeres han sido envenenadas con esta idea.

¿Lo sabéis? Las primeras personas que empezaron a hablar de la igualdad entre el hombre y la mujer fueron hombres, no muje­res. Las primeras personas que empezaron a hablar de ello, que de­berían tener la misma libertad, fueron hombres, no mujeres. La se­milla proviene de la mente masculina. Y siempre ha sido así. Cuando el hombre se da cuenta de lo que le conviene, se las arre­gla para que suceda. Su astucia es muy sutil. Y a veces se las arregla de tal manera que la mujer piensa que ella lo está hacien­do por sí misma.

En el pasado también ha sido así. En el pasado el hombre ha persuadido a las mujeres de que ellas son seres puros, ángeles. El hombre es sucio, los chicos son traviesos, ¿y la mujer? Ella es divi­na. El hombre ha puesto a la mujer sobre un alto pedestal; ese fue su truco para controlar a la mujer. El hombre la ha adorado, y me­diante la adoración la ha controlado. Y, naturalmente, cuando la mujer estaba en el pedestal pensaba que era divina, ella no podía hacer esas cosas que hacen los hombres, no podía, porque iba con­tra el ego de la mujer. Ese elevado pedestal satisfacía mucho a su ego. Ella era la madre, era divina; ella tenía más cualidades divinas que el hombre. El hombre es feo, inmoral, y todo eso. Al hombre hay que perdonarle.

De esta forma, el hombre ha seguido haciendo lo que quería a lo largo de los siglos. Y la mujer estaba en una posición elevada. Pero esto era un truco; convencía al ego de la mujer. Y una vez que tu ego está convencido, te han capturado. Ya no puedes cambiar de postura. Pedir la igualdad sería una especie de caída, tendrías que descender para ser igual. Era una estrategia, y la mujer cayó en ella. Permaneció pura, permaneció virgen hasta el matrimonio.

En Occidente, el hombre ha persuadido a las mujeres: «Ahora tenéis que ser libres, tenéis que ser iguales.» Como ahora las cosas han cambiado, los tiempos han cambiado, al hombre le gustaría disfrutar de más mujeres que sólo de su esposa. Ahora él quiere una libertad absoluta. Y la única manera de tener una li­bertad absoluta es dar una libertad absoluta a la mujer. Y la ha convencido de nuevo. Y ahora las mujeres que protestan y las del movimiento de liberación van gritando con toda su alma por la li­bertad y la igualdad. Y no saben que están de nuevo bajo el mis­mo control: de nuevo, el hombre las está persuadiendo. Ahora el hombre quiere usarlas y tirarlas, sin que ello entrañe ninguna responsabilidad.

Si examinas con profundidad todo el asunto, te sorprenderá. La mente masculina es una mente astuta. La mujer es más inocente; ella no puede ser tan estratégica, tan política. Ella siempre ha creí­do al hombre. Y te sorprenderá darte cuenta: ¡estas mujeres del movimiento de liberación de nuevo están creyéndole al hombre! Nada ha cambiado. Ahora, esto es lo que le conviene al hombre, que la mujer sea libre y no pida ningún tipo de compromiso. Él no quiere comprometerse, él quiere tener toda la libertad. Él no quie­re tomar la responsabilidad por tus hijos. Él no quiere vivir conti­go para siempre, quiere cambiar de mujer cada día.

Pero ahora, de nuevo, el hombre está creando bellas palabras: hay que vivir sin compromisos; hay que vivir sin ataduras; no hay que ser posesivos, no hay que ser celosos. Ahora, una vez más, el hombre está creando bellas filosofías. Ya lo había hecho antes, y también entonces las mujeres fueron engañadas, y van a ser enga­ñadas de nuevo. Las mujeres confían. La confianza les resulta fácil; el amor les resulta más fácil que la lógica. Y están muy involucra­das con lo inmediato. El hombre piensa siempre en términos de es­trategia, táctica, qué sucederá, cómo sucederá, él piensa en el fu­turo, él planea el futuro...

El ambiente ahora es que la mujer tiene que ser igual al hom­bre. A ella ya no tiene que interesarle el hogar, la familia, los hijos, la maternidad. Tiene que interesarse por la poesía, la literatura, la pintura, la ciencia, la tecnología, esto y aquello. Ahora se reúnen grupos de mujeres por todo el mundo para concienciarse. Y todas sus sesiones de concienciación consisten en una sola cosa: que tie­nen que destruir algo profundo en su femineidad. Sólo entonces pueden competir con los hombres.

Ellas son suaves, naturalmente suaves. No pueden competir con los hombres. Si quieren competir con los hombres tendrán que volverse duras. Y así, cada vez que te encuentras con una mu­jer del movimiento de liberación puedes ver que su cara ha perdi­do suavidad. Es muy difícil llamar «nena» a una de estas mujeres, muy difícil. Y, además, ella se enfadará, no le gustará. ¿Por qué «nena»?, ella es igual a ti. Surge la dureza.

 

Cualquier tipo de lucha produce dureza. Y puede que intentes que no te interese el hogar, porque si te interesas por el hogar no puedes competir en el mundo. Si te interesas por los niños no pue­des competir en el mundo; todo eso se convierte en una distrac­ción. Y si quieres competir en el mundo y probar que eres tan fuer­te como los hombres, de alguna forma tienes que volverte más como los hombres.

Y esto será una pérdida. Esto es una pérdida, porque la úni­ca esperanza para la humanidad es la suavidad de la mujer, no la dureza del hombre. Hemos sufrido ya suficiente a causa de la du­reza del hombre. Lo que se necesita es que el hombre se haga más como la mujer, en vez de que la mujer se haga más como el hombre.

Las mujeres están yendo en contra de sí mismas, intentando arreglárselas a toda costa. Pero eso no es natural. Lo natural es el útero de la mujer, ese útero anhela un bebé, ese útero anhela un hogar. El hogar es el útero visible que hay fuera de la mujer, es una proyección del útero interno.

Cuando a la mujer ya no le interesa el hogar, ya no le intere­sa su útero. Pero el útero sigue ahí. Y los hombres y las mujeres no son iguales, porque al hombre le falta ese útero. ¿Cómo van a ser iguales? No digo que estén a niveles diferentes, pero sí digo que no son iguales. Son tan diferentes, ¿cómo van a ser iguales? Son polos opuestos. Son tan diferentes que no pueden ser com­parados en términos de igualdad o desigualdad. Una mujer es una mujer, un hombre es un hombre. Y deberían seguir siendo hombre y mujer. A la mujer debería seguir interesándole el ho­gar, porque cuando deje de interesarle el hogar le dejará de inte­resar el útero, el hijo. Y entonces naturalmente se volverá les­biana.

Mi propio entendimiento es que el hombre tiene que volverse un poco más femenino. Ha ido demasiado lejos en lo de hacerse un hombre, ha perdido cualquier vestigio de humanidad. No lo sigas, no compitas con él, de otra forma entrarás en el mismo bache, en la misma rutina. Te volverás belicosa. Y las mujeres del movimien­to de liberación gritando y voceando y protestando por las calles son algo simplemente feo. Están mostrando los peores rasgos de la mente masculina.

 

 

 

Me resulta imposible comprender tus generaliza­ciones sobre los tipos masculino y femenino. A veces reconoces los principios masculino y femenino sin re­lación con el sexo de la persona. Pero la mayor parte del tiempo hablas de que la mujer es más «primitiva» Que el hombre, y encuentras al «lobo» en el hombre. ¿Qué pasa con la mujer que se encuentra a sí misma siendo naturalmente la que toma la iniciativa, o que ve al gato, y no al lobo, en su hombre? Algunos hom­bres están realmente deseosos de ser pasivos. Puede que algunas mujeres necesiten reafirmarse a sí mis­mas para crecer. ¿Cómo va a ser simplemente una cuestión de que el movimiento de liberación está ha­ciendo a las mujeres «sofisticadas» y excesivamente racionales?

 

Mi afirmación de que las mujeres son más primitivas que  los hombres no es para condenarlas, es para condenar  a  los hombres. Al decir «primitiva» quiero decir más natural, más en armonía con la existencia. La civilización es una falsificación, civilización significa salirse de la naturaleza. Cuanto más civilizado se hace el hombre, más se cuelga de la cabeza. Pierde el contacto con su co­razón. El corazón aún es primitivo. Y es bueno que las universi­dades aún no hayan encontrado la forma de enseñar al corazón y civilizarlo. Esa es la única esperanza de que sobreviva la huma­nidad.

¡Abandonad esas ideas de ser hombres y mujeres! Somos todos seres humanos. Ser un hombre o una mujer es tan sólo algo muy superficial. No le prestes mucha atención, no es algo muy impor­tante; no le des mucha importancia.

Y lo que digo a veces pueden parecer generalizaciones porque no puedo señalar cada vez todas las condiciones; de otra forma, lo que os digo estaría muy cargado de notas a pie de página. ¡Y yo odio los libros con notas a pie de página! Simplemente, no los leo. En cuanto veo notas a pie de página, tiro el libro, está escrito por al­guna lumbrera, algún erudito, algún tonto.

 

 

Tú dices: «Me resulta imposible comprender tus generaliza­ciones sobre los tipos masculino y femenino...»

 

Siempre hablo sobre tipos; el género no va incluido. Cuando digo «hombre» me refiero al tipo masculino, y cuando digo «mu­jer» me refiero al tipo femenino. Pero no puedo decir cada vez «tipo masculino», «tipo femenino». Y tienes razón en que hay mu­jeres que no son mujeres, que son lobos; y hay hombres que no son lobos, que son gatos. Pero entonces, todo lo que digo sobre el tipo masculino será aplicable a las mujeres que son lobos, y lo que digo sobre las mujeres será aplicable a los hombres que son gatos.

No estoy hablando de la distinción biológica entre el hombre y la mujer, estoy hablando de la distinción psicológica. Sí, hay hom­bres mucho más femeninos que cualquier mujer, y hay mujeres mucho más masculinas que cualquier hombre. Pero esto no es algo bello; esto es feo, porque crea una dualidad dentro de ti.  Si tie­nes cuerpo de hombre y mente de mujer, habrá un conflicto, una lucha social dentro de ti, una guerra civil en tu interior. Estarás continuamente en guerra, luchando, tenso.

Si eres una mujer fisiológicamente y tienes la mente de un hombre, tu vida derrochará mucha energía en conflicto innecesa­rio. Es mucho mejor estar en armonía. Si eres hombre corporalmente, entonces mejor ser hombre mentalmente; si eres mujer corporalmente, mejor ser mujer mentalmente.

Y el movimiento de liberación de la mujer está creando pro­blemas innecesarios. Está haciendo lobos a las mujeres, les está en­señando a luchar. El hombre es el enemigo, ¿cómo vas a amar al enemigo? ¿Cómo vas a relacionarte íntimamente con el enemigo? El hombre no es el enemigo.

La mujer, para ser realmente una mujer, tiene que ser más y más femenina, tiene que alcanzar las cimas de la suavidad y la vul­nerabilidad. Y el hombre, para ser realmente un hombre, tiene que ahondar en su masculinidad lo más profundamente posible. Cuan­do un hombre auténtico entra en contacto con una mujer auténti­ca, son polos opuestos, extremos. Pero sólo los extremos se pueden enamorar, y sólo los extremos pueden disfrutar de intimidad. Sólo los extremos pueden atraerse mutuamente.

Lo que está sucediendo ahora es una especie de unisexo: los hombres volviéndose más y más femeninos, las mujeres volviéndo­se más y más masculinas. Tarde o temprano, se perderán todas las diferencias. Será una sociedad muy sosa, será aburrido.

Me gustaría que la mujer fuera lo más femenina posible, sólo entonces puede florecer. Y el hombre necesita ser lo más masculi­no posible, sólo entonces puede florecer. Cuando son polos opues­tos, surge entre ellos una gran atracción, un gran magnetismo. Y cuando se juntan, cuando se encuentran en la intimidad, aportan dos mundos diferentes, dos dimensiones diferentes, dos riquezas diferentes, y ese encuentro es un tremendo beneficio, una bendi­ción.

 

 

¿Cuál consideras el siguiente paso que las mujeres ne­cesitan dar?

 

Quiero decir a las mujeres del mundo entero que vuestro mo­vimiento de liberación no ha hecho nada, porque está en manos de mujeres muy estúpidas. Son reaccionarias, no revolucionarias. De otra forma, lo más simple e importante, la primera prioridad, es que las mujeres deberían exigir un voto separado, para que las mu­jeres sólo puedan votar por mujeres, y los hombres sólo puedan vo­tar por hombres. Sólo un simple y único paso, y la mitad de todos los parlamentos del mundo estará ocupado por mujeres. Y las mu­jeres estarán naturalmente en el poder, porque el hombre, por na­turaleza, tiene tendencia a luchar. Él creará partidos, partidos po­líticos, ideologías religiosas, en torno a cosas pequeñas, menores, triviales.

De forma que si las mujeres de un parlamento forman un solo voto, la otra mitad, la de los hombres, estará dividida al menos en ocho o diez partidos. El mundo entero puede llegar a manos de las mujeres. Y las mujeres no están interesadas en las guerras, las mu­jeres no están interesadas en las armas nucleares, las mujeres no están interesadas en el comunismo o el capitalismo.

Todos estos «ismos» salen de la cabeza. A las mujeres les inte­resa estar alegres, las pequeñas cosas de la vida: una casa bonita, un jardín, una piscina.

La vida puede ser un Paraíso, pero va a seguir siendo un in­fierno a no ser que se retire al hombre del poder de una vez por  to­das. Y se le puede retirar muy fácilmente.


 

Capítulo 4

Sexualidad

 

 

 

Me siento aprisionada por el miedo a la intimidad y a perder totalmente el control con Un hombre. Hay una mujer salvaje encerrada en mi interior. Cuando sale de vez en cuando, normalmente los hombres flipan, así que vuelve a la hibernación, no toma riesgos, y se sien­te totalmente frustrada. Por favor, ¿podrías hablar de este miedo a la intimidad?

 

       La humanidad, sobre todo las mujeres, sufre muchas enfermeda­des. Hasta ahora, todas las llamadas civilizaciones y culturas han estado psicológicamente enfermas. Ni siquiera se atrevieron nunca a reconocer su enfermedad; y el primer paso del tratamien­to es reconocer que estás enfermo. Especialmente la relación entre hombre y mujer no ha sido natural.

Hay que recordar varios hechos. Primero, el hombre tiene capa­cidad para tener sólo un orgasmo; la mujer tiene capacidad para tener múltiples orgasmos. Esto ha creado un tremendo problema. No habría habido ningún problema si no se hubiera impuesto el matrimonio y  la monogamia; no parece que fuera esta la intención de la naturaleza. El  hombre se asusta de la rnujer por la sencilla razón de que si  provoca un orgasmo en ella, entonces ella está lista para tener al menos media docena de orgasmos rnás, y él es incapaz de satisfacerla

La salida que el hombre ha encontrado es: no des a la mujer ni

siquiera un orgasmo. Prívala incluso de la idea de que puede tener um orgasmo.

Segundo, el sexo del hombre es local, genital. Esto no es así en la mujer. Su sexualidad, su sensualidad se extiende por todo su cuerpo. Se necesita mucho tiempo para calentarla, e incluso antes de que ella se caliente, el hombre ya ha terminado. Él le da la es­palda y empieza a roncar. Durante miles de años, millones de mu­jeres por todo el mundo han vivido y se han muerto sin conocer el mayor regalo natural, el gozo orgásmico. Era una protección del ego del hombre. La mujer necesita un largo jugueteo previo para que todo su cuerpo empiece a vibrar con sensualidad, pero enton­ces surge el peligro: ¿qué hacer con su capacidad de tener orgas­mos múltiples?

Mirándolo de manera científica, ninguno de los sexos debería ser tomado tan en serio, y se debería invitar a los amigos para dar a la mujer toda su gama de orgasmos, o se debería usar algún vibrador científico. Pero en ambos casos hay problemas. Si usas vi­bradores científicos, pueden dar todos los orgasmos que la mujer es capaz de tener; pero una vez que una mujer ha conocido esto... entonces el órgano del hombre parece tan pobre que puede que ella elija un instrumento científico, un vibrador, en vez de un novio. Si dejas que se te unan unos cuantos amigos, entonces es un escán­dalo social: te dedicas a las orgías.

Así que la salida más sencilla que ha encontrado el hombre es que la mujer no debe siquiera moverse mientras él le está hacien­do el amor; ella debe permanecer casi como un cadáver. La eyaculación del hombre es rápida, dos, tres minutos como mucho; en ese tiempo la mujer no llega a darse cuenta de lo que se ha perdido.

En lo que respecta a la reproducción biológica, el orgasmo no es necesario. Pero en lo que respecta al crecimiento espiritual, el orgasmo sí es necesario.

En mi opinión, es la experiencia orgásmica del gozo lo que ha dado a la humanidad en los primeros días la idea de la meditación, de buscar algo mejor, más intenso, más vital. El orgasmo es la in­dicación de la naturaleza de que tienes dentro de ti una cantidad tremenda de gozo. Sencillamente te deja que lo pruebes, luego puedes iniciar tu búsqueda.

El estado orgásmico, incluso el reconocimiento de ese estado,es algo muy reciente. Tan sólo en este siglo los psicólogos se die­ron cuenta de los problemas a los que se enfrenta la mujer. A tra­vés del psicoanálisis y de otras escuelas psicológicas se llegó a la misma conclusión, que se está privando a la mujer del crecimien­to espiritual; que ella no pasa de ser una sirvienta doméstica.

Por lo que respecta a la reproducción, la eyaculación del hom­bre es suficiente, así no hay problema biológico; pero sí psicológi­co. Las mujeres son más irritables, criticonas, descontentas, y la razón de ello es que se las ha privado de algo que es su derecho na­tural; y ni siquiera saben qué es. Sólo en las sociedades occidenta­les la generación joven ha tomado conciencia del orgasmo. Y no es una coincidencia que la generación joven haya iniciado la búsque­da de la verdad, del éxtasis, porque el orgasmo es momentáneo, pero te permite vislumbrar el más allá.

Dos cosas suceden en el orgasmo: una es que la mente detiene su chachara constante, durante un momento se vuelve no mente; y lo segundo es que el tiempo se detiene. Ese momento único del gozo orgásmico es tan inmenso y tan pleno que es igual a la eter­nidad.

En los primeros tiempos, el hombre se dio cuenta de que esas son las dos cosas que te dan el mayor placer posible, en lo que res­pecta a la naturaleza. Y fue una conclusión simple y lógica que si puedes detener tu mente parlanchína y volverte tan silencioso que todo se detenga —incluso el tiempo—, entonces eres libre de la se­xualidad. Ya no necesitas depender de la otra persona, hombre o mujer; eres capaz de alcanzar este estado de meditación tú solo. Y el orgasmo no puede ser más que momentáneo, pero la meditación se puede extender durante las veinticuatro horas del día.

Un hombre como Gautama el Buda vive cada momento de su vida en el gozo orgásmico, no tiene nada que ver con el sexo.

Me han preguntado una y otra vez por qué tan pocas mujeres se han iluminado. Entre otras razones, la más importante es: nunca saborearon el orgasmo. La ventana al enorme cielo nunca se abrió. Ellas vivieron, produjeron niños y murieron. Fueron utilizadas por la biología y el hombre como fábricas, para producir niños.

En Oriente, incluso ahora, es muy difícil encontrar a una mujer que sepa lo que es el orgasmo. Se lo he preguntado a mujeres muy inteligentes, educadas, cultas, no tienen ni idea. De hecho, en las lenguas orientales no hay ninguna palabra que se pueda usar como traducción de «orgasmo». No era necesaria; sencillamente, ese tema nunca se tocó.

Y el hombre ha enseñado a la mujer que sólo las prostitutas dis­frutan del sexo. Ellas gimen y gritan, y casi se vuelven   locas; si quie­res ser una dama respetable no debes hacer tales cosas. Así, la mu­jer permanece tensa, y en lo más hondo de sí se siente humillada, ha sido utilizada. Y muchas mujeres me han contado que después de hacer el amor, cuando su marido se pone a roncar, ellas lloran.

Una mujer es casi como un instrumento musical; todo su cuer­po tiene una inmensa sensibilidad, y habría que despertar esa sen­sibilidad. Así que son necesarios los preliminares, el jugueteo pre­vio. Y después de hacer el amor, el hombre no debería dormirse; eso es feo, no es de personas civilizadas, cultas. Una mujer que te ha dado semejante gozo necesita también cariños después de hacer el amor, simplemente por gratitud.

Tu pregunta es muy importante, y se va a volver más y más im­portante en el futuro. Hay que solucionar este problema; pero el matrimonio es una barrera, la religión es una barrera, vuestras vie­jas ideas podridas son una barrera. Están impidiendo que media humanidad esté gozosa, y toda su energía —que debería haber al­canzado su plenitud en flores de alegría— se vuelve amarga, vene­nosa, en quejas, en críticas. De otra forma, toda esa actitud quejica y criticona desaparecería.

Los hombres y las mujeres no deberían estar ligados por un contrato como el matrimonio. Deberían estar unidos por el amor, pero deberían conservar su libertad. No se deben nada el uno al otro.

Y la vida debería ser más móvil. Lo que debería ser la regla es sencillamente la mujer entrando en contacto con muchos amigos, el hombre entrando en contacto con muchas mujeres. Pero esto sólo es posible si el sexo se considera como algo alegre, juguetón. No es pecado, es disfrute. Y desde la aparición de la pildora ya no hay miedo de tener niños.

La pildora, en mi opinión, es la mayor revolución que ha suce­dido en la historia. Todas sus implicaciones aún no se han vuelto manifiestas para el hombre. En el pasado era difícil, porque hacer el amor significaba tener más y más hijos. Eso estaba destruyendo a la mujer, siempre estaba embarazada. Y permanecer embarazada y dar a luz a doce o veinte hijos es una experiencia como una tor­tura. A las mujeres se las utilizaba como ganado.

Pero el futuro puede ser totalmente diferente, y la diferencia no vendrá del hombre. Como dijo Marx acerca del proletariado: «Proletarios del mundo, uníos, no tenéis nada que perder», y todo por ganar... Él había visto una sociedad dividida en dos clases, los ricos y los pobres.

Yo veo la sociedad dividida en dos clases, el hombre y la mujer.

El hombre ha sido el amo durante siglos, y la mujer la esclava. Ella ha sido vendida al mejor postor, ella ha sido quemada viva. Todo lo inhumano que puede hacerse se lo han hecho a las muje­res, y constituyen la mitad de la humanidad...

Tú preguntas: «Me siento aprisionada por el miedo a la intimi­dad y a perder totalmente el control.» Toda mujer tiene miedo, porque si pierde el control con un hombre, al hombre le da pavor. Él no puede con ello; su sexualidad es muy pequeña. Como él es un donante, pierde energía al hacer el amor. La mujer no pierde ener­gía al hacer el amor, al contrario, se siente nutrida.

Estos son hechos que tienen que ser tomados en cuenta. Du­rante siglos, el hombre ha forzado a la mujer a que se controle a sí misma y la ha mantenido a distancia, sin permitirle nunca que sea demasiado íntima. Todas esas charlas sobre el amor son tonterías.

«Hay una mujer salvaje encerrada en mi interior. Cuando sale de vez en cuando, normalmente los hombres flipan, así que vuelve a hibernación, no toma riesgos, y se siente totalmente frustrada.» Ésta no es sólo tu historia; es la historia de todas las mujeres. Es­tán viviendo en un estado de profunda frustración.

Al no encontrar salida, desconociendo de qué han sido priva­das, ellas sólo tienen una puerta abierta: las encontrarás en las igle­sias, en los templos, en las sinagogas, rezando a Dios. Pero ese Dios también es un machista.

En la Trinidad cristiana no hay lugar para una mujer. Son to­dos hombres: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. Es un club de hombres gays.

Y el mayor daño que se le ha hecho a la mujer es el matrimo­nio, porque ni el hombre ni la mujer son monógamos; psicológi­camente son polígamos. Así que toda su psicología ha sido forzada en contra de su naturaleza. Y como la mujer dependía del hombre, ha tenido que sufrir todo tipo de insultos, porque el hombre era el amo, era el dueño, tenía todo el dinero.

Para satisfacer su naturaleza polígama, el hombre creó a las prostitutas. Las prostitutas son una consecuencia del matrimonio.

Y esta fea institución de la prostitución no desaparecerá del mundo a no ser que desaparezca el matrimonio. Es su sombra, por­que el hombre no quiere estar atado a una relación monógama, y él tiene libertad de movimientos, tiene el dinero, tiene la educa­ción, tiene todo el poder. Él inventó las prostitutas; y destruir a una mujer convirtiéndola en una prostituta es el asesinato más feo que se puede cometer.

Lo extraño es que todas las religiones están en contra de la prostitución, y ellas son su causa. Todas están a favor del matri­monio, y no pueden ver un simple hecho, que la prostitución apa­reció con el matrimonio.

Ahora, el movimiento de liberación de la mujer está tratando de imitar todas las estupideces que han hecho los hombres. En Londres, en Nueva York, en San Francisco, se pueden encontrar hombres prostitutos. Este es un fenómeno nuevo. Este no es un paso revolucionario, es un paso reaccionario.

El problema radica en que a no ser que pierdas el control al ha­cer el amor, no tendrás una experiencia orgásmica. Así que, al me­nos mi gente debe comprender mejor que la mujer suspire y gima y grite. Es porque todo su cuerpo participa, una participación total.

No es necesario que os asustéis de eso. Es tremendamente cu­rativo: ella ya no se mostrará criticona contigo, y no te perseguirá con sus quejas, porque toda la energía que se vuelve queja ha sido transformada en un gozo inmenso. Y no os asustéis por los veci­nos. Es su problema si se preocupan por vuestros suspiros y gemidos, no es vuestro problema. Vosotros no se lo estáis impidiendo...

Que hacer el amor sea para vosotros un acto festivo, que no sea algo apresurado. Bailad, cantad, tocad música, y no dejéis que el sexo sea cerebral. El sexo cerebral no es auténtico; el sexo debe ser espontáneo. Cread la situación. Vuestro dormitorio debería ser un lugar tan sagrado como un templo. No hagáis nada más en vuestro dormitorio; cantad y bailad y jugad, y si el amor sucede por sí  mis­mo, espontáneamente, os sorprenderá inmensamente que la biolo­gía os haya dejado vislumbrar la meditación.

Y no os preocupéis de que la mujer se vuelva loca. Tiene que volverse loca, todo su cuerpo está en un espacio totalmente dife­rente. No puede permanecer bajo control; si lo controla será como un cadáver.

Millones de personas están haciendo el amor con cadáveres.

 

 

He oído una historia sobre Cleopatra, la mujer más hermosa. Cuando murió, según los antiguos rituales egipcios su cuerpo no fue enterrado durante tres días. Ella fue violada en esos tres días, un cuerpo muerto. Cuando lo oí por primera vez me sorprendió, ¿qué tipo de hombre la habría violado? Pero luego sentí que quizá no fuera algo tan extraño. Todos los hombres han reducido a las mujeres a cadáveres, al menos mientras están haciendo el amor.

El tratado sobre amor y sexo más antiguo es el Kama Sufra de Vatsyayana, aforismos sobre el sexo. Describe ochenta y cuatro pos­turas para hacer el amor. Y cuando los misioneros cristianos llega­ron a Oriente, les sorprendió darse cuenta de que ellos sólo cono­cían una postura: el hombre encima, porque así el hombre tiene más movilidad, y la mujer está tumbada como un cadáver debajo de él.

La sugerencia de Vatsyayana es muy precisa, que la mujer de­bería estar encima. El hombre encima es muy poco civilizado; la mujer es más frágil. Pero la razón por la que los hombres han ele­gido estar encima es porque así pueden mantener a la mujer bajo control. Aplastada bajo la bestia, la bella se ve obligada a permane­cer bajo control. La mujer ni siquiera debe abrir los ojos, porque eso es de prostitutas. Ella tiene que comportarse como una dama. Esta postura, la del hombre encima, se conoce en Oriente como la Postura del misionero.

Se aproxima una gran revolución en la relación entre el hom­bre y la mujer. Están surgiendo institutos por todo el mundo, en los países avanzados, en los que enseñan a hacer el amor. Es la­mentable que incluso los animales sepan cómo tienen que amar, y que al hombre haya que enseñarle. Y en esa enseñanza lo básico es el jugueteo previo y el posterior. Entonces el amor se vuelve una experiencia inmensamente sagrada...

Deberías abandonar el miedo a la intimidad y a perder total­mente el control con un hombre. Deja que el muy idiota tenga miedo; si él quiere tener miedo, eso es asunto suyo. Tú deberías ser auténtica y fiel a ti misma. Te estás mintiendo a ti misma, te estás engañando a ti misma, te estás destruyendo a ti misma.

¿Qué hay de malo en que el hombre flipe y salga corriendo de la habitación desnudo? ¡Cierra la puerta! Que todo el barrio se en­tere de que ese hombre está loco. Pero tú no necesitas controlar tu posibilidad de tener una experiencia orgásmica. La experiencia orgásmica es la experiencia de fundirse y disolverse, del estado sin ego, sin mente, sin tiempo.

Esto puede provocar tu búsqueda para encontrar una manera en que, sin ningún hombre, sin necesidad de pareja, puedas dejar la mente, puedas dejar el tiempo, y puedas entrar en el gozo orgásmico por tu cuenta. A eso lo llamo meditación auténtica...

No te preocupes, disfruta del juego en su totalidad, diviértete con ello. Si un hombre flipa, hay millones de hombres más. Un día encontrarás algún tío loco que no flipe. The Razor's Edge, cap. 26.

 

 

 

Te he oído decir que el 98 por 100 de las mujeres de Oriente nunca ha conocido el orgasmo. ¿Cuál es la ra­zón por la que parecen tan llenas de encanto, y no frustradas como las mujeres occidentales?

 

Es una lógica extraña de la vida, pero en cierta manera muy sencilla. En Oriente, el 98 por 100 de las mujeres no ha conocido el orgasmo. Tu pregunta es: «¿Cuál es la razón por la que parecen tan llenas de encanto, y no frustradas como las mujeres occidenta­les?»

¡Esa es la razón!

Tienes que estar en la situación de experimentar algo y que luego te lo nieguen; sólo entonces surge la frustración. Si no tie­nes ni idea de que existe algo como el orgasmo, entonces no es po­sible la frustración. Tampoco en Occidente, antes de este siglo, la mujer estaba frustrada, porque la situación aquí era la misma. Fue gracias al psicoanálisis y a las investigaciones profundas de las energías humanas que se descubrió que durante un milenio hemos vivido bajo una falacia. La falacia era que la mujer tiene un orgas­mo vaginal, lo que se ha descubierto que no es cierto; ella no tiene un orgasmo vaginal en absoluto.

De hecho, la vagina de la mujer es totalmente insensible, no siente nada. Su orgasmo se produce en el clítoris, y esa es una par­te completamente separada. Ella puede producir niños sin tener ningún orgasmo, puede hacer el amor sin tener ningún orgasmo. Por eso, durante siglos, tanto en Oriente como en Occidente la  mu­jer se sentía satisfecha con ser madre. En cierta manera, ella esta­ba en contra del sexo, porque no le proporcionaba ningún gozo, tan sólo le daba un problema: el embarazo. Durante siglos, las mu­jeres han vivido como si fueran fábricas, reproduciendo hijos. El hombre las ha usado como fábricas, no como seres humanos, por­que nueve de cada diez niños solían morir; de forma que si quieres dos o tres niños, la mujer tiene que producir dos o tres docenas de niños. Eso significa que durante toda su vida sexual, mientras es capaz de dar a luz la vida, ella queda embarazada una y otra vez; y el embarazo es sufrimiento.

Ella nunca ha estado a favor del sexo. Lo ha sufrido, lo ha  tole­rado. Ha participado en ello porque era su deber; y por dentro ha odiado a su marido porque es igual que un animal. ¿Por qué pen­sáis que las mujeres siempre han adorado a los santos célibes? La razón más profunda es que su celibato probaba que ellos eran se­res más elevados. Ella no puede respetar a su propio marido de la misma forma.

Una vez que has tenido una relación sexual con una mujer, ella ya no puede respetarte. Es el precio, porque sabe que la has uti­lizado.

En todas las lenguas la expresión lo deja muy en claro: es el hombre el que hace el amor a la mujer, no viceversa. Es extraño... están haciendo el amor juntos, mutuamente, pero en todas las len­guas es siempre el hombre el que hace el amor; la mujer es sólo un objeto. La mujer sólo lo tolera y participa porque ha sido condicio­nada para que piense que es su obligación: el marido es el dios y ella tiene que procurar hacerle la vida lo más placentera posible.

Pero el sexo no le ha dado nada a la mujer. Y la han manteni­do ignorante... porque el hombre debe de haberse dado cuenta muy pronto, cuando no existía el matrimonio y cuando los hombres y las mujeres eran libres como pájaros, el hombre debe de haberse dado cuentay las primeras mujeres también— de que ella tiene ca­pacidad de orgasmo múltiple.

Para el marido es una señal muy peligrosa despertar las ener­gías orgásmicas de la mujer. El marido no puede satisfacerla, nin­gún marido puede satisfacer a una mujer. Parece ser una dispari­dad, un error de la naturaleza, que ella pueda tener orgasmos múltiples mientras que el hombre sólo puede tener un orgasmo. Esa es la razón por la que en Oriente aún se da esa situación, en particular en las partes más interiores de la región. Hay que dejar de lado las ciudades modernas, en las que algunas mujeres puede que lo hayan descubierto a través de sus estudios, puede que hayan oído hablar de Masters y Johnson, que hayan descubierto la capa­cidad de la mujer de tener orgasmos múltiples.

Pero en Occidente se ha convertido en un problema, porque el descubrimiento del orgasmo múltiple se ha dado a la vez que la toma de conciencia de que el hombre ha estado engañando a la mujer durante siglos. El movimiento de liberación de la mujer es­taba surgiendo al mismo tiempo, y las mujeres estaban tratando de descubrir todas las injusticias que los hombres habían cometido contra ellas. De pronto descubrieron este nuevo fenómeno, esta in­vestigación, y las mujeres más fanáticas del movimiento de libera­ción se han vuelto lesbianas; porque sólo una mujer puede ayudar a otra mujer a tener orgasmos múltiples, porque no tiene nada que ver con la vagina.

Los cuerpos de los hombres y de las mujeres son muy simila­res, excepto que el hombre sólo tiene señales de los pechos y la mujer tiene pechos verdaderos; pero el hombre tiene las señales en su fisiología. El clítoris es sólo una señal del pene del hombre; es sólo un pequeño desarrollo, pero está fuera de la vagina. Los niños nacen de la vagina, y el hombre no necesita tocar el clítoris, y sin jugar con el clítoris la mujer no puede tener un orgasmo; así que resultaba muy sencillo evitarlo.

La mujer oriental parece más contenta porque no se da cuen­ta de lo que se está perdiendo. Tiene más encanto porque ni si­quiera ha empezado a pensar en liberación alguna. Oriente, en su conjunto, ha vivido bajo el condicionamiento de estar contentos —tanto el hombre como la mujer— en la pobreza, en la esclavitud, en la enfermedad, en la muerte.

La idea de la revolución era imposible en la mente oriental por­que el condicionamiento era tan fuerte y de tantos siglos de anti­güedad: que lo que eres es la consecuencia de tus propias acciones en vidas pasadas...

La cuestión de por qué las mujeres parecen tan llenas de en­canto, y no frustradas como en Occidente, es muy fácil de com­prender: ellas han aceptado su destino. La mujer occidental, por primera vez en la historia, se está rebelando contra todas estas ideas ficticias sobre el destino, la ley del karma, las vidas pasadas... La mujer occidental ha tenido que pasar por un período muy revolucionario que destruyó su contento, el encanto que siempre había tenido. Y la ha llevado al extremo; ha empezado a compor­tarse de una manera fea y desagradable. No es una rebelión con en­tendimiento, es sólo una actitud reaccionaria.

Entre las causas que determinaron el cambio entre la mujer occidental y la oriental, la primera es Karl Marx. Él propuso, y con­venció a la intelligentsia del mundo entero, que la pobreza no tie­ne nada que ver con ninguna vida pasada, ni con el destino; que no está decidido por Dios quién debe ser pobre y quién debe ser rico. Es la estructura social, la estructura económica lo que decide quién va a ser pobre. Y esta estructura se puede cambiar, porque no está creada por Dios —no hay Dios, como tal—, está creada por el hombre...

Así que el primer martillazo vino de Karl Marx. El segundo martillazo vino de Sigmund Freud. Él declaró que hombres y mu­jeres son iguales, pertenecen a la misma especie, y cualquier teo­ría o filosofía que condene a las mujeres es simplemente inhuma­na y machista. Y luego el tercer y último martillazo vino de las investigaciones de Masters y Johnson, que revelaron que la mujer ha sido privada del orgasmo durante siglos. Probaron que el com­portamiento del hombre ha sido realmente inhumano. En lo re­ferente a sus propias necesidades sexuales, el hombre utilizó a la mujer, pero no permitió que la mujer disfrutara del sexo.

Estas tres cosas han cambiado toda la atmósfera en Occidente; pero estas tres cosas aún no han penetrado en la mente oriental, tradicional. Como consecuencia, la mujer occidental está en pie de guerra. Pero es un fenómeno reaccionario; por eso no estoy a favor de lo que pasa en nombre de la liberación de la mujer.

Quiero que las mujeres se liberen, pero no que se vayan al otro extremo, ya que eso es tratar de ser vengativas, es tratar de hacer al hombre exactamente lo mismo que el hombre le ha hecho a ella.

Esto es una pura estupidez. El pasado es el pasado, ya no exis­te, y lo que ha hecho el hombre ha sido hecho inconscientemente. No se trataba de algo consciente contra las mujeres. Ni él era cons­ciente, ni la mujer era consciente.

El movimiento de liberación de la mujer está declarando que no quieren tener ninguna relación con los hombres, romped todas las relaciones con los hombres. Están promoviendo el lesbianismo, un paralelo de la homosexualidad, que las mujeres sólo deberían amar a otras mujeres y boicotear a los hombres. Esto es pura perversión. Y como reacción, las mujeres deberían hacer al hombre todo lo que él les ha hecho a ellas: portarse mal, maltratar, decir obscenidades como siempre ha hecho el hombre, fumar cigarrillos como siempre ha hecho el hombre.

Naturalmente, están perdiendo su encanto, su belleza... se vis­ten como siempre ha vestido el hombre. Pero es un extraño fenómeno que la manera de vestir tenga tanta influencia. La ropa de la mujer oriental tiene encanto, y da encanto a todo su cuerpo. La mujer occidental está tratando de competir con los vaqueros: pan­talones téjanos, ropas de aspecto estúpido, cortes de pelo muy feos.

Quizá piensen que se están vengando, pero se están destruyen­do a sí mismas. La venganza siempre te destruye, la reacción siem­pre te destruye. Me gustaría que se comportaran como rebeldes2.

 

 

 

Me siento atraída casi siempre por mujeres y sólo en muy raras ocasiones profundamente por un hombre. Esto me molesta un poco. Por favor, ¿podrías decir algo sobre esto?

 

El sexo ha sido llamado el pecado original, no es ni original ni pecado. Incluso antes de que Adán y Eva comieran el fruto del ár­bol del conocimiento ya tenían relaciones sexuales, y todos los de­más animales del jardín del Edén, también. Lo único que sucedió después de comer el fruto del conocimiento fue la conciencia: se dieron cuenta de ello. Y al darse cuenta les dio vergüenza.

¿Por qué les dio vergüenza? ¿De dónde vino la vergüenza? Les dio vergüenza porque vieron que se estaban comportando igual que los demás animales. Pero ¿qué hay de malo en comportarse como los demás animales? El hombre también es un animal. Pero apareció el ego: la fruta del conocimiento creó el ego. Creó la superioridad, la idea de la superioridad: «Somos seres humanos su­periores. Estos animales estúpidos, si hacen ciertas cosas se les puede perdonar. Pero a nosotros no se nos puede perdonar, esto está por debajo de nuestra dignidad.» The Rebel, cap. 29

El sexo es una actividad tan fundamental en la naturaleza que el ego del hombre empezó a intentar librarse de él.

Lo primero que me gustaría que recordaras es: el sexo es natural. No hay ninguna necesidad de hacer esfuerzo alguno para li­brarse de él, aunque sé que llega un momento en que lo trascien­des, pero eso es algo totalmente diferente. No puedes librarte de él mediante tu esfuerzo. Si tratas de librarte de él, serás víctima de perversiones. El hombre ha creado muchos tipos de perversiones porque durante siglos ha estado tratando de librarse del sexo. La homosexualidad ha surgido porque hemos privado a la gente de la heterosexualidad. La homosexualidad surgió como fenómeno reli­gioso en los monasterios porque forzamos a los monjes a vivir jun­tos en un lugar y a las monjas a vivir en otro lugar, y los separamos con grandes muros.

Todavía ahora hay monasterios católicos en Europa en  los que no ha entrado una sola mujer durante mil doscientos años, ni si­quiera se permitió que entrara un bebé de seis meses, una bebita. ¿Qué tipo de personas viven ahí que tienen miedo de una niña de seis meses? ¿Qué tipo de personas? Deben de haberse pervertido muchísimo, deben de tener miedo de que podrían hacer algo. No pueden fiarse de sí mismos.

La homosexualidad tiene que suceder. Sucede sólo en los mo­nasterios y en el ejército, porque estos dos son los sitios en los que no se permite que se mezclen los hombres y las mujeres. O sucede en los internados de chicos y de chicas; tampoco ahí se les permi­te mezclarse. El fenómeno entero de la homosexualidad es una consecuencia de esa educación estúpida. La homosexualidad desa­parecerá del mundo el día que se permita a hombres y mujeres en­contrarse de manera natural.

Desde la misma infancia empezamos a separarlos. Si un chico juega con chicas lo condenamos. Decimos: «¿Qué haces? ¿Eres un mariquita? ¡Eres un chico, eres un hombre! ¡Sé un hombre, no juegues con las chicas!» Si un chico juega con muñecas, inmedia­tamente lo condenamos: «Eso es de chicas.»

Si una chica trata de subirse a un árbol, la paramos inmedia­tamente: «Eso no está bien; eso va contra el encanto femenino.» Y si una chica intenta persistir y se rebela, la llamamos marimacho; no se la respeta. Empezamos a crear estas feas divisiones. A las chi­cas les gusta subirse a los árboles; es una experiencia muy hermosa. ¿Y qué tiene de malo jugar con muñecas? ¡Un chico puede te­ner muñecas, porque en su vida tendrá que conocer a muñecas y entonces no se le ocurrirá qué hacer!

Todo este fenómeno no tiene nada que ver contigo personal­mente. Es una enfermedad social extendida por todo el mundo.

 

Dos caballeros ingleses de la vieja escuela hablaban  una noche sobre viejos conocidos en su club de Londres.

¿Qué ha sido —preguntó uno— del viejo Cholmondeley?

¿Cómo? ¿No te has enterado? Cholmondeley fue a África de cacería y, ¡por Júpiter, el tío se lió con un mono!

¿Un mono? ¿El viejo es maricón?

¡No, por Dios! Era una hembra.

Si es una hembra, incluso de mono, entonces todo está perfec­tamente bien.

Creamos estos condicionamientos tan profundamente que de tanto condicionamiento la gente a veces empieza a rebelarse con­tra ellos. El sexo debería tomarse de forma muy natural, nos lo he­mos estado tomando muy en serio. O lo condenamos como feo y animal, o lo elevamos a la categoría de algo divino, pero nunca lo aceptamos como humano y nunca lo aceptamos como diversión. ¡Básicamente, es algo divertido, es un buen deporte! Y la humani­dad va a seguir cargada con feas tonterías si no aceptamos su be­lleza como deporte. Es también una buena actividad física, y el  me­jor de los ejercicios.

Podéis preguntar a los especialistas del corazón. Ahora dicen que la actividad sexual previene los ataques al corazón. Una cosa es cierta, que ningún hombre ha tenido nunca un ataque al corazón mientras hacía el amor. En cualquier otro tipo de actividad se han producido ataques al corazón, pero nunca haciendo el amor. ¿Has oído alguna vez que alguien haya tenido un ataque al corazón ha­ciendo el amor y se haya muerto? No, nunca. Es una actividad físi­ca natural, y divertida, un buen deporte.

Si no te lo tomas de manera seria, no hay necesidad de preocu­parse, incluso si te sientes atraída por mujeres. No te preocupes, porque tu preocupación no te va a ayudar. Está perfectamente bien. En un mundo realmente libre, no condicionado por el pasado primitivo e ignorante, en un mundo realmente iluminado, aceptaremos todas estas cosas. Sí, de vez en cuando puede que ames a una mujer o a un hombre. No hay nada de malo en ello, porque dentro de ti están los dos. Cada hombre es hombre y mujer, y cada mujer es mujer y hom­bre, porque todos nacemos del encuentro de un hombre y una mu­jer. De forma que la mitad de ti viene de tu padre y la otra mitad vie­ne de tu madre; parte de ti es hombre y parte de ti es mujer.

Así que no hay nada de qué preocuparse. Puede que tu parte masculina se sienta atraída por otras mujeres, pero como biológi­camente eres una mujer, te da miedo. ¡No hay necesidad de tener miedo! Tómatelo todo con calma, ese es mi enfoque básico. Tóma­telo con calma. Y tomándose las cosas con calma, uno puede tras­cenderlas más cómoda, conveniente y rápidamente que tomándo­selas muy en serio. Si te las tomas en serio, te quedas liado en ellas, se vuelven una carga para ti.

Y lo que cuentas no es un gran problema. Hay problemas mu­cho mayores...

Dices: «Me siento atraída casi siempre por mujeres y sólo en muy raras ocasiones profundamente por un hombre.»

Bien, por lo menos te sientes atraída por alguien. Existe la po­sibilidad del amor. Hay personas tan embotadas, tan muertas, tan insensibles, que sólo se sienten atraídas por el dinero o el  poder  po­lítico, o por la fama. Pero no se las considera pervertidas. Estos son los verdaderos pervertidos: el dinero lo es todo en su vida, es su de­voción: el dinero es su Dios. Tú estás en una situación muchísimo mejor; por lo menos no estás enamorada del dinero.

Te sientes atraída por mujeres: perfectamente bien. Profun­diza en tu relación con mujeres. Si lo conviertes en una ansie­dad no podrás profundizar en la relación con una mujer. Si en­tras en relación profunda con mujeres, mi entendimiento es que tarde o temprano descubrirás que esta relación no puede ser muy satisfactoria, porque dos mujeres son similares entre sí. Y una relación necesita una cierta tensión para ser satisfactoria, una cierta polaridad para ser satisfactoria. Dos mujeres enamoradas, o dos hombres enamorados, tendrán una buena relación, pero no será muy picante. Será un poco apagada, monótona, un poco aburrida.

Pero si profundizas, sólo entonces te darás cuenta de estas cosas. Tu ansiedad no te permitirá profundizar, y entonces du­rante toda tu vida permanecerás interesada y atraída por las mu­jeres.

Mi enfoque respecto a todos los problemas es que si hay algo, entra en profundidad en ello, de forma que o bien encuentres el te­soro, si tiene algún tesoro, o bien descubras que está vacío. En am­bos casos, te has enriquecido. Si encuentras el tesoro, por supues­to que te has enriquecido. Si descubres que está vacío, ya has acabado con ello.

Dos mujeres en una relación no pueden tener una gran histo­ria de amor. Permanecerá en tierra lisa; no tendrá cimas y no ten­drá profundidades. De forma que la gente que tiene miedo a las ci­mas y las profundidades la encontrarán muy cómoda, conveniente. Por eso a los homosexuales se les llama gay, alegres.  El significado original de la palabra inglesa gay (utilizada para designar a los homosexuales) es «alegre». (N. del T.)

Parecen ale­gres; parecen mucho más alegres que los heterosexuales. Los he­terosexuales siempre tienen muchos más líos, más conflictos, más peleas, menos comprensión. Tiene que ser así, porque dos mujeres pueden comprenderse mutuamente mucho mejor que un hombre y una mujer. Dos hombres pueden comprenderse mutuamente mucho mejor, porque son del mismo tipo, pero faltará la chispa. Sí, habrá una cierta alegría, pero no gran poesía, no un gran roman­ce, suave. La relación será homeopática. No tendrá aventura, sor­presas: prudente, segura, con más comprensión, menos conflicto, menos críticas persistentes...

Una relación homosexual es como un poco de sacarina, dema­siado dulce, un poco nauseabunda. Pero una relación hombre/mu­jer siempre está en dificultades. No te puedes dormir, tu pareja no te dejará. Están siempre pinchándose el uno al otro. Y son mundos tan diferentes; esa es la atracción.

Profundiza todo lo posible en tu relación con mujeres, no te preocupes. Pronto verás que hay un tipo diferente de relación que sólo puede existir entre polos opuestos. Entonces entra en una relación profunda con un hombre, porque sólo entrando en una relación profunda con un hombre podrás llegar a saber que ninguna relación satisface plenamente. Ni siquiera la rela­ción hombre/mujer es suficiente; nunca da la satisfacción que promete.

Y sólo a través de tu propia experiencia —no a través de lo que dicen los budas, no a través de lo que yo digo—, sólo a través de tu propia experiencia podrás trascender todas las relaciones un día. Entonces podrás ser feliz sola. Y la persona que puede ser  feliz  sola es realmente un individuo. Si tu felicidad depende de otra persona, eres un esclavo; no eres libre, estás atado.

Cuando eres feliz solo, cuando puedes vivir contigo mismo, no hay necesidad intrínseca de mantener una relación. Eso no significa que no te relacionarás. Pero relacionarse es una cosa, y tener una relación es otra bien distinta. Una relación es un tipo de atadura, relacionarse es compartir. Te relacionarás con mu­chas personas, compartirás tu alegría con muchas personas, pero no dependerás de nadie en particular y no dejarás que nadie de­penda de ti. No serás dependiente, y no dejarás que nadie sea dependiente de ti. Entonces vives desde la libertad, desde la ale­gría, desde el amor.

Dices: «Esto me molesta un poco.»

Que no te moleste en absoluto, ni siquiera un poco. Disfrútalo. No es culpa tuya. Habéis sido educados por cristianos, jainistas, hindúes, budistas, no es culpa vuestra. ¿Qué puedes hacer? Llegas a un mundo que ya está condicionado, y llegas tan inocente, tan limpia, sin darte cuenta de lo que te va a suceder. Y tus padres em­piezan a escribir en ti, y la sociedad entera empieza a escribir co­sas en ti. No es culpa tuya, es simplemente sintomático de una so­ciedad enferma.

Tenemos que transformar la sociedad. Pero la única forma de transformarla es transformar a los individuos; no hay otra manera, no hay ningún atajo. Disfrútalo, está bien, no es suficiente, pero aun así está bien. Te llevará a una relación heterosexual; eso es un poco mejor. Ni siquiera eso te va a satisfacer. Entonces eso te lle­vará al estado de meditación, a la soledad, a esa belleza, esa bendi­ción que sólo sucede cuando estás solo. (Be Still and Know, cap. 1).


 

Capítulo 5

 

Matrimonio

 

 

 

 

¿Por qué es tan difícil que los hombres y las mujeres sean amigos? Parece algo tan corriente, y luego resul­ta ser casi imposible. O hay un arreglo feo —como ser marido y mujer—, o bien pasión que con el tiempo se convierte en odio. ¿Por qué hay siempre fealdad entre los hombres y las mujeres?

 

       ES muy fácil de comprender. El matrimonio es la institución más fea que ha inventado el hombre. No es natural; ha sido inven­tado para que podáis monopolizar a una mujer. Habéis estado tra­tando a las mujeres como si fueran trozos de tierra, o billetes de banco. Habéis reducido a la mujer a una cosa.

Y recuerda que si reduces a cualquier ser humano a una cosa —ignorante, inconsciente—, también tú quedas reducido al mismo estado; de otra forma, no podrás comunicarte. Si puedes hablar con una silla, tú también debes ser una silla.

El matrimonio va en contra de la naturaleza.

Sólo puedes estar seguro acerca del momento presente. Todas las promesas para mañana son mentiras, y el matrimonio es una promesa para toda la vida, que permaneceréis juntos, que os ama­réis, que os respetaréis mutuamente hasta exhalar el último suspiro.

Y esos sacerdotes, que son los inventores de tantas cosas feas, os dicen que los matrimonios se hacen en el cielo. Nada se hace en el cielo; el cielo no existe.

Si escuchas a la naturaleza, tus problemas, tus preguntas, simplemente se evaporarán. El problema es el siguiente: biológica­mente el hombre se siente atraído por la mujer, pero esa atracción no puede permanecer igual para siempre. Te sientes atraído por algo cuya consecución es un desafío. Ves a un hombre guapo, a una mujer guapa; te sientes atraído. No hay nada de malo en ello. Sien­tes que tu corazón late más rápido. Te gustaría estar con esa mu­jer o ese hombre, y la atracción es tan tremenda que en ese mo­mento piensas que te gustaría vivir con ese alguien para siempre.

Los amantes no engañan, están diciendo la verdad, pero esa verdad pertenece al momento. Cuando los amantes se dicen el uno al otro: «No puedo vivir sin ti», no es que él esté mintiendo o que ella esté mintiendo, lo dicen en serio. Pero no conocen la natu­raleza de la vida. Mañana esta misma mujer no parecerá tan bella. Según pasen los días, tanto el hombre como la mujer se sentirán presos.

Han conocido la geografía del otro completamente. Primero era un territorio desconocido que descubrir, ahora no queda nada por descubrir. Y seguir repitiendo las mismas palabras y los mis­mos actos: resulta mecánico, feo. Por eso la pasión se convierte en odio. La mujer te odia, porque vas a volver a hacer lo mismo de nuevo. Para impedírtelo, en cuanto el marido entra en casa ella se va a la cama, tiene dolor de cabeza. Lo que quiere es evitar de al­guna forma caer en la misma rutina. Y el hombre está ligando con su secretaria en la oficina; ahora ella es un territorio desconocido.

Para mí, todo es naturaleza. Lo que no es natural es atar a la gente en nombre de la religión, en nombre de Dios, para toda la vida.

En un mundo mejor, más inteligente, la gente amará, pero no hará contratos. ¡No es un negocio! Se comprenderán mutuamen­te, y comprenderán el flujo cambiante de la vida. Serán sinceros. En cuanto el hombre sienta que su amada ya no le produce ningu­na alegría, le dirá que ha llegado el momento de separarse. No hay necesidad de matrimonio, no hay necesidad de divorcio. Entonces será posible la amistad.

Me preguntas por qué no es posible la amistad entre los hom­bres y las mujeres... No es posible la amistad entre el carcelero y el prisionero. La amistad es posible entre seres humanos iguales, to­talmente libres de todas las ataduras de la sociedad, la cultura, la civilización, que viven de acuerdo con su auténtica naturaleza.

No es ningún insulto a la mujer decirle: «Cariño, se acabó la luna de miel.» No es ningún insulto al hombre si la mujer dice: «Ahora las cosas ya no pueden ser bonitas. El viento que soplaba ya no está aquí. Ha cambiado la estación, ya no es primavera entre no­sotros; no salen las flores, no surgen las fragancias. Es hora de se­pararse.» Y como no existe la atadura legal del matrimonio, no sur­ge la cuestión del divorcio.

Es muy feo que los tribunales y la ley y el Estado interfieran en tu vida privada, tienes que pedirles permiso. ¿Quiénes son ellos? Es una cuestión entre dos individuos, un asunto privado.

Serán sólo amigos, no maridos, no esposas. Por supuesto, si sólo hay amistad, la pasión nunca se convertirá en odio. En cuan­to sientas que la pasión desaparece, dirás adiós, y se comprenderá. Incluso si duele, no hay nada que se pueda hacer, así es la vida.

Pero el hombre ha creado sociedades, culturas, civilizaciones, normas, reglas, y ha hecho que la humanidad ya no sea natural. Por eso los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. Y los hombres y las mujeres se vuelven maridos y esposas, lo cual es algo absolutamente feo; empiezan a poseerse el uno al otro.

Las personas no son cosas, no puedes ser su dueño. Si creo que tu mujer es hermosa, y me acerco a ella, te enfadas, estás dispues­to a luchar porque me estoy acercando a tu propiedad. Ninguna es­posa es propiedad de nadie, ningún marido es propiedad de nadie. ¿Qué tipo de mundo habéis creado? Las personas se ven reducidas a propiedades; entonces hay celos, odio.

Tú mismo sabes que te sientes atraído por la mujer del vecino. Naturalmente, también puedes adivinar lo que le pasa a tu mujer. Tu mujer sabe perfectamente bien que se siente atraída por otra  perso­na, pero no puede acercarse a esa persona a causa del marido. ¡Él está ahí con una pistola! El amor se volverá necesariamente odio, y durante toda la vida se va acumulando el odio. ¿Y piensas que de este odio van a nacer niños hermosos? No nacen del amor, sino de la obligación. Es obligación de la mujer permitirte que la utilices.

A decir verdad, no hay diferencia entre las esposas y las prosti­tutas. La diferencia es como la que hay entre tener tu propio coche o ir en taxi.

A una prostituta la compras sólo por unas horas; las esposas son un asunto a largo plazo, es más económico. A las familias rea­les no se les permite casarse con alguien que no tenga sangre real: posición, dinero, poder... Nadie puede amar a nadie en semejantes circunstancias, en las que la relación es financiera.

La mujer depende de ti porque tú ganas dinero. Y durante si­glos los hombres no han permitido que las mujeres tengan una educación, que entren en el mundo de los negocios, que tengan trabajo, por la sencilla razón de que si la mujer tiene su propia po­sición financiera, su propia cuenta bancaria, no puedes reducirla a una cosa. Así que ella tiene que depender de ti. ¿Y piensas que al­guien que tiene que depender de ti te amará?

 

Toda mujer quiere matar a su marido. Es otra cuestión que no lo mate, porque si lo mata, ¿qué hará? No tiene estudios, no tiene experiencia en la sociedad, no tiene ninguna forma de ganarse la vida. El marido —todos los maridos, no hago ninguna excepciónquiere librarse de su mujer. Pero no puede librarse de ella. Están los niños, y él mismo le ha prometido a la mujer miles de veces que la quiere. Cuando se va a trabajar besa a la esposa. No hay ningún amor en ello, sólo dos esqueletos que se tocan. Nadie está presente.

El hombre ha creado una sociedad en la que la amistad entre el hombre y la mujer es imposible.

 

Recuerda que la amistad es tan valiosa que, sean cuales sean las consecuencias, sigue siendo amigo incluso de tu esposa, incluso de tu marido, y permitios una libertad absoluta y total el uno al otro.

No veo ningún problema. Si amo a una mujer y un día me dice que se ha enamorado de otro y que se siente muy feliz, yo seré fe­liz. La amo, y quisiera que sea feliz, ¿cuál es el problema? La ayu­daré en todo lo que pueda para que pueda ser más feliz. Si ella pue­de ser más feliz con otro, ¿qué es lo que me duele?

Lo que duele es el ego: ella ha encontrado a otro que es mejor que tú. No es cuestión de que sea mejor, puede que se trate tan sólo de tu chófer, es cuestión de un pequeño cambio. Y si os dais libertad completa el uno al otro, quizá podáis permanecer juntos toda la vida, o toda la eternidad, porque no hay necesidad de librarse el uno del otro.

El matrimonio crea la necesidad de librarse el uno del otro, por­que significa que te quitan la libertad, y la libertad es el valor más elevado en la vida humana. Haz que todas las parejas sean libres y te sorprenderás: este mismo mundo se convierte en el Paraíso.

Hay otros problemas. Tenéis hijos, ¿qué hacer con los hijos? Mi respuesta es que los hijos no deberían pertenecer a sus padres, de­berían pertenecer a la comuna. Entonces no hay problema. Los pa­dres pueden estar con los hijos, pueden invitarlos, pueden ser ami­gos de sus hijos; y sin embargo, los hijos no dependen de ellos, pertenecen a la comuna. Y esto destruirá muchos problemas psi­cológicos.

Si un niño sólo conoce a su madre, la personalidad de la madre se convierte en una marca psicológica para él. Ahora se pasará toda la vida intentando encontrar una mujer que sea como su madre, y nunca encontrará una mujer así. Una niña nunca encontrará a otro hombre que sea una copia exacta de su padre. Entonces no puedes estar satisfecho con ninguna mujer, con ningún hombre.

Pero si los niños pertenecen a la comuna, entrarán en contac­to con muchísimos tíos y tías, no llevarán una imagen única en sus mentes. Tendrán una idea vaga de la femineidad o la masculinidad, y a esa idea habrá contribuido mucha gente de la comuna; será multidimensional. Existe la posibilidad de encontrar a alguien, porque sólo tienes una idea vaga. Puedes encontrar a alguien, y esa persona convertirá tu idea vaga en sólida, en una realidad. Ahora mismo tienes una idea sólida en tu interior, y encuentras a una persona vaga. Tarde o temprano llega la decepción.

Y al pertenecer los niños a la comuna aprenderán mucho, serán más amistosos, estarán más abiertos a todo tipo de influencias. Serán más ricos. Un niño criado por una pareja es muy pobre. No sabe que existen millones de personas con mentes diferentes, con diferentes ti­pos de belleza. Si un niño entra en la comuna, naturalmente será mu­cho más rico. Y habrá aprendido mucho mejor, antes de decidir estar con alguien, que existe la posibilidad de una larga amistad.

¿Qué sucede ahora? Ves a una chica en la playa y te enamoras. No sabes nada sobre ella, sólo conoces su maquillaje. Mañana por la mañana cuando os levantéis y el maquillaje ya no esté, dirás: «¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¡Ésta no es la mujer con la que me casé» es otra!» Pero tampoco puedes faltar a tu palabra. Y si lo ha­ces, entonces ahí está el Gobierno, ahí están los tribunales para de­volverte al buen camino. Esta es una situación muy fea, enferma.

A las personas debería dárseles libertad para que se conozcan, para que conozcan a tanta gente como sea posible, porque cada persona es tan única que no es posible la comparación. Dejad que el niño beba de muchas fuentes, y tendrá una idea más clara sobre quién va a ser la persona adecuada con la que vivir.

Nadie se enamorará; todos decidirán conscientemente que «ésta es la persona». Ha conocido a mucha gente, comprende que ésta es la persona que tiene esas características, esas cualida­des Que ama. Y también entonces va a ser sólo una amistad. No hay miedo. Si mañana cambian las cosas, no pasa nada.

La sociedad no debería vivir de manera rutinaria, de una ma­nera fija —estática, letárgica—; debería ser un flujo en movimiento. Una mujer puede darte un cierto tipo de alegría, otra mujer puede darte otro tipo de gozo. Una tercera mujer será una sorpresa. Así que ¿por qué permanecer pobre?, ¿sólo porque Jesús ha dicho: «Bienaventurados son los pobres»?

Sé más rico en todas las dimensiones, y permanece abierto y disponible. Y con quienquiera que estés, haz que esa persona com­prenda claramente que «Entre nosotros hay libertad, no un con­trato de matrimonio. Nos unimos con libertad, sin promesas para el futuro, porque ¿quién conoce el futuro?»

Cuando yo era estudiante en la universidad en el último curso del máster, había una chica muy interesada en mí. Era muy guapa, pero mi interés no estaba en las mujeres en aquellos momentos. ¡Estaba buscando a Dios como un loco!

Después de los exámenes, cuando ella se iba de la universidad... Ella había esperado —yo lo sabía—, ella había esperado y esperado que yo me aproximara a ella. Esa es la manera habitual, que el hornbre se aproxime a la mujer; es elegante que no sea la mujer la que se aproxime al hombre. Una idea extraña... no la entiendo. Quienquiera que se aproxime, es elegante. De hecho, quienquiera que empiece es valiente.

Cuando nos íbamos de la universidad, se dijo: «Ya no hay  nin­guna posibilidad.» Me llevó aparte y dijo: «Durante dos años he es­tado esperando continuamente. ¿Es que no podemos estar juntos para toda la vida? Te amo.»

Yo dije: «Si me amas, entonces por favor déjame en paz. Yo también te amo, por eso te dejo en paz, porque sé lo que ha estado sucediendo en nombre del amor. La gente se vuelve prisionera, en­cadenada; pierden toda su alegría, la vida se vuelve un mal rollo. Así que éste es mi consejo de despedida para ti —le dije: "Nunca trates de aterrarte a una persona para toda la vida."»

Si dos personas quieren estar juntas hoy, es más que suficien­te. Si mañana quieren estar juntos de nuevo, bien. Si no quieren, es un asunto privado; nadie debe interferir.

Hasta ahora, siempre ha surgido el problema de los hijos. Mi respuesta es que los hijos deberían pertenecer a la comuna. Pue­den acudir a sus padres, no importa si éstos están juntos o separa­dos. Y deberían aprender de sus padres que el amor no es una es­clavitud, es libertad. Y deberían entrar en la comuna, probando, disfrutando cualidades diferentes de personas diferentes.

Para que cuando llegue el momento de decidir, su decisión no sea del tipo tonto de «enamorarse»; será un fenómeno muy consi­derado, reflexionado, meditado. Existe la posibilidad de que per­manezcan juntos durante toda la vida. De hecho, la posibilidad es mayor; más personas permanecerán juntas.

Si desaparece el matrimonio, el divorcio desaparece automáti­camente. Es una consecuencia del matrimonio. Nadie toma nota de este simple hecho: ¿por qué ha habido prostitutas durante si­glos? ¿Quién las creó? ¿Quién es el responsable de estas pobres mu­jeres? Es la institución del matrimonio.

Estás aburrido de tu esposa; sólo para variar vas a una mujer que no va a suponer una atadura, porque una ya es suficiente, dos sería ya demasiado. Es un encuentro temporal, de unas pocas horas. Puedes mostrarte encantador por unas pocas horas, amoroso por unas pocas horas. Ella puede mostrarse encantadora y amorosa por unas pocas horas. Y además, ha sido pagada para eso.

Por todo el mundo millones de mujeres se ven reducidas a ven­der su cuerpo. ¿Quién lo ha hecho? Vuestros líderes políticos,   vues­tros líderes religiosos. Yo considero criminales a esas personas. Y no criminales corrientes, porque durante siglos toda la humanidad ha estado sufriendo a causa de estos pocos idiotas.

Pero tienes que empezar contigo mismo, no hay otra forma. Si amas a alguien, entonces la libertad debería ser el lazo conectar entre vosotros. Y si ves a tu mujer abrazando a otra persona ma­ñana, no es necesario estar celoso. Ella se está enriqueciendo, está probando un poco de novedad, ¡al igual que de vez  en cuando vas a un restaurante chino! Eso es bueno. Volverás a tu propia comida, pero el restaurante chino te ha ayudado; ahora puedes apreciar más tu propia comida.

Pero después de unos pocos días, de nuevo —así es la mentevas hacia un restaurante italiano... ¡espaguetis!

 

La vida es tan sencilla y tan bella, sólo falta una cosa: libertad. Si tu esposa está con otras personas, pronto volverá a ti enriqueci­da, habiendo comprendido cosas nuevas. Y descubrirá en ti algo que nunca había descubierto antes. Y mientras tanto, no es nece­sario que tú te quedes sentado en tu silla comiéndote el coco. Tú también debes ganar experiencia, para que cuando vuelva tu espo­sa tú también seas nuevo. Tú también has estado en el restaurante chino.

La vida debería ser alegría, gozo. Y sólo entonces puede haber amistad entre los hombres y las mujeres; si no, van a seguir sien­do enemigos íntimos'. (From the False to the Truth, cap1)

 

 

Si el amor queda destruido en el matrimonio, ¿cómo debemos vivir si deseamos compartir el amor y nuestros pensamientos cotidianamente, y también criar ni­ños con la madre y el padre?

 

Yo nunca he dicho que el amor sea destruido por el matrimo­nio. ¿Cómo puede el matrimonio destruir el amor? Sí, es destrui­do en el matrimonio, pero lo destruyes tú, no el matrimonio. Lo destruyen los miembros de la pareja. ¿Cómo puede el matrimonio destruir el amor? Eres tú quien lo destruye, porque no sabes lo que es el amor. Simplemente haces como si supieras, simplemente confías en que sabes, sueñas que sabes, pero no sabes lo que es el amor. El amor hay que aprenderlo; es el mayor arte que existe.

Si hay gente bailando y alguien te pide: «Ven a bailar», tú di­ces: «No sé.» No saltas sin más y te pones a bailar y haces que todo el mundo piense que eres un gran bailarín. Lo que harás es quedar como un payaso. No probarás que sabes bailar. Hay que aprender, la gracia del baile, su movimiento. Tienes que entrenar el cuerpo para ello.

No vas y te pones a pintar sin más porque hay un lienzo dispo­nible y hay un pincel y colores. No te pones a pintar sin más. No dices: «Están todos los requisitos, así que puedo pintar.» Puedes pintar, pero no serás un gran pintor de esa manera.

Conoces a una mujer, ahí está el, lienzo. Inmediatamente te vuelves un amante, empiezas a pintar. Y ella empieza a pintar en ti. Por supuesto, los dos acabaréis quedando como dos tontos —tontos pintados— y tarde o temprano comprenderéis lo que sucede. Pero nunca pensaste que el amor es un arte. No has nacido con ese arte, no tiene nada que ver con tu nacimiento. Tienes que aprenderlo. Es el arte más sutil.

Has nacido con sólo una capacidad. Por supuesto, has nacido con un cuerpo; puedes ser bailarín porque tienes cuerpo. Puedes mover tu cuerpo y puedes ser bailarín, pero tienes que aprender a bailar. Se necesita mucho esfuerzo para aprender a bailar. Y bailar no es tan difícil porque estás implicado tú solo en ello.

El amor es mucho más difícil. Es bailar con otra persona. El otro también es necesario para saber lo que es bailar. Encajar con alguien es un gran arte. Crear una armonía entre dos personas... dos personas significa dos mundos diferentes. Cuando dos mundos se acercan, habrá un choque si no sabes cómo armonizar. El amor es armonía. Y la felicidad, la salud, la armonía, todo ello sale del amor. Aprende a amar. No tengas prisa por el matrimonio, apren­de a amar. Primero vuélvete un gran amante.

¿Y cuál es el requisito? El requisito es que un gran amante siempre está dispuesto a dar amor y no se preocupa si se lo de­vuelven o no. Siempre es devuelto, esa es la naturaleza de las co­sas. Es como si vas a las montañas y cantas una canción, y los va­lles responden. ¿Has visto un sitio con eco en las montañas, en las colinas? Gritas y los valles gritan, o cantas y los valles cantan. Cada corazón es un valle. Si viertes tu amor en él, responderá.

 

La primera lección del amor es no pedir amor, sino simplemen­te darlo. Da siempre. Y la gente está haciendo justo lo contrario. In­cluso cuando dan, sólo dan con la idea de que el amor debería vol­ver a ellos. Es un negocio. No comparten, no comparten libremente. Comparten con una condición. Siguen mirando con el rabillo del ojo a ver si vuelve o no. Gente muy pobre... no conocen el funcio­namiento natural del amor. Tú simplemente da, y ya vendrá.

Y si no viene, no hay nada de qué preocuparse, porque un amante sabe que amar significa ser feliz. Si viene, bien; entonces la felicidad se multiplica. Pero incluso si nunca viene de vuelta, el acto mismo de amar te hace tan feliz, tan extático... ¿qué importa si viene o no?

El amor tiene su propia felicidad intrínseca. Sucede cuando amas. No hay necesidad de esperar el resultado. Simplemente, em­pieza a amar. Poco a poco verás que mucho más amor vuelve a ti. Tan sólo amando uno ama y llega a saber lo que es el amor. Igual que uno aprende a nadar nadando, amando uno ama.

Y la gente es muy tacaña. Esperan que llegue algún gran ama­do, y entonces amarán. Permanecen cerrados, permanecen ensi­mismados. Simplemente, esperan. De alguna parte llegará alguna Cleopatra y entonces abrirán su corazón, pero para entonces ya han olvidado completamente cómo abrirlo.

 

No pierdas ninguna oportunidad de amar. Incluso paseando por la calle puedes ser amoroso. Incluso con un mendigo puedes ser amoroso. No es necesario que tengas que darle algo; puedes son­reír, al menos. No cuesta nada, pero tu sonrisa misma abre tu co­razón, hace que tu corazón esté más vivo. Toma a alguien de la mano, un amigo o un extraño. No esperes pensando que sólo ama­rás cuando aparezca la persona apropiada. Entonces la persona apropiada no aparecerá nunca. Sigue amando. Cuanto más amas, mayor es la posibilidad de que aparezca la persona adecuada, por­que tu corazón comienza a florecer. Y un corazón en flor atrae a muchas abejas, a muchos amantes.

Te han educado de una manera muy equivocada. Primero, todo el mundo vive con la falsa impresión de que todo el mundo ya sabe amar. Sólo por haber nacido crees que ya sabes amar. No es tan sencillo. Sí, hay potencial, pero el potencial hay que entrenarlo, disciplinarlo. Existe una semilla, pero tiene que florecer. Con­viértete en una flor, no te quedes en semilla.

 

Dos personas que no son felices por separado, harán que el otro esté aún peor cuando se junten. Eso es matemático. Tú no eras fe­liz, tu esposa no era feliz, ¿y esperáis que estando juntos vais a ser felices los dos? Esto es una aritmética muy sencilla, como que dos y dos son cuatro. Es así de simple. No forma parte de ninguna arit­mética más elevada; es muy corriente, lo puedes contar con los de­dos. Ninguno de los dos será feliz.

 

¿Ya no me amas? —preguntó la esposa de Mulla Nasrudin—.  Ya nunca me dices nada agradable como solías hacer cuando nos ha­cíamos la corte. —Ella enjugó una lágrima de uno de sus ojos con el borde de su delantal.

Te amo, te amo —replicó Mulla Nasrudin—.  Y ahora, por favor, ¿vas a callarte de una vez y dejarme beber mi cerveza en paz?

 

Hacer la corte es una cosa. No te fíes de eso. De hecho, antes de casarte, deja eso de la corte. Mi sugerencia es que el matrimo­nio debería suceder después de la luna de miel, nunca antes. Sólo si todo va bien, sólo entonces debería suceder el matrimonio.

La luna de miel después del matrimonio es algo muy peligroso. Que yo sepa, el 99 por 100 de los matrimonios ya han acabado para cuando termina la luna de miel. Pero entonces estás atrapado, ya no hay manera de escapar. Entonces toda la sociedad, la ley, los tribu­nales, todos están contra ti si abandonas a tu esposa, o tu esposa te abandona a ti. Entonces, toda la moralidad, la religión, el cura, to­dos están contra ti. De hecho, la sociedad debería crear todas las ba­rreras posibles para el matrimonio y ninguna para el divorcio.

La sociedad no debería permitir que la gente se casara tan fácil­mente. Los tribunales deberían crear barreras: vive con esa mujer al menos dos años, y entonces el tribunal puede permitirte que te ca­ses. Ahora mismo están haciendo justo lo contrario. Si te quieres casar, nadie pregunta si estás preparado o si sólo es un capricho, y es sólo porque te gusta la nariz de esa mujer. ¡Qué insensatez! Uno no puede vivir simplemente con una nariz larga. Pasados dos días habrás olvidado la nariz. ¿Quién mira la nariz de la propia esposa?

 

 

Lo he oído: un cierto pabellón de un hospital estaba entera­mente provisto de enfermeras que parecían finalistas del concurso de Miss Mundo, pero cada vez que uno de los pacientes las veía, se quedaba mirando fijamente y decía: «¡Qué birria!»

El hombre de la cama de al lado no lograba entenderlo en ab­soluto.

Enfermeras guapísimas como éstas cuidándote y todo lo que se te ocurre decir es «¡Qué birria!». ¿Por qué?

No pensaba en las enfermeras —dijo el otro con tristeza—, pen­saba en mi mujer.

 

La esposa nunca parece guapa, el marido nunca parece guapo. Una vez que os conocéis, la belleza desaparece.

No se debería permitir que dos personas vivieran juntas el tiempo suficiente para conocerse, para familiarizarse. E incluso si quieren casarse, esto no se les debería permitir. Entonces los di­vorcios desaparecerían del mundo. Los divorcios existen porque los matrimonios son erróneos y forzados. Los divorcios existen porque los matrimonios se llevan a cabo en un estado romántico.

Un estado romántico es bueno si eres poeta, y no se conoce a los poetas como buenos maridos o buenas esposas. De hecho, los poetas casi siempre son solteros. Juguetean mucho, pero nunca los atrapan, y por eso su romance permanece vivo. Siguen escri­biendo poesía, bella poesía.

Uno no debería casarse con una mujer o con un hombre por es­tar de humor poético. Dejad que llegue el humor de la prosa, en­tonces podéis asentaros. Porque la vida cotidiana se parece más a la prosa que a la poesía. Hay que ser suficientemente maduro.

La madurez significa que uno ya no es un tonto romántico. Uno comprende la vida, uno comprende la responsabilidad de la vida, uno comprende los problemas de estar con otra persona. Uno acepta todas las dificultades y aun así decide vivir con esa persona. Uno no espera que todo vaya a ser siempre un Paraíso, que todo van a ser rosas. Uno no espera esas tonterías; uno sabe que la realidad es difícil. Es dura. Hay rosas, pero muy pocas; hay muchas, muchas espinas.

Cuando ya seas consciente de todos estos problemas y aun así decidas que merece la pena arriesgarse y estar con alguien en vez de estar solo, entonces cásate. Entonces los matrimonios nunca matarán el amor, porque este amor es realista. El matrimonio sólo mata el amor romántico. Y el amor romántico es lo que la gente llama «amor de cachorros», de jóvenes. Uno no debería fiarse de eso. Uno no debería pensar que eso le va a nutrir. Puede que sólo sea como un helado. Puedes comerte uno de vez en cuando, pero no depender de ello para tu nutrición. La vida tiene que ser más realista, más en prosa.

Y el matrimonio mismo nunca destruye nada. El matrimonio simplemente trae a la superficie lo que está oculto en ti, lo saca. Si hay amor oculto tras de ti, dentro de ti, el matrimonio lo saca a la superficie. Si el amor era sólo una pretensión, sólo un cebo, en­tonces tarde o temprano tiene que desaparecer. Y entonces tu rea­lidad, tu fea personalidad, aparece. El matrimonio es simplemente una oportunidad para que salga todo lo que tenías que sacar.

Yo no digo que el amor sea destruido por el matrimonio. El amor es destruido por la gente que no sabe lo que es el amor. El amor es destruido porque, para empezar, no hay amor. Habéis estado viviendo en un sueño. La realidad destruye ese sueño. De otra forma, el amor es algo eterno, forma parte de la eternidad. Si creces, si conoces el arte y aceptas las realidades de la vida amoro­sa, entonces el amor sigue creciendo cada día. El matrimonio se convierte en una tremenda oportunidad para llegar al amor.

 

Nada puede destruir el amor. Si está ahí, sigue creciendo. Pero tengo la impresión de que no está ahí para empezar. No te enten­diste a ti mismo; era otra cosa lo que había ahí. Quizá había sexo, atracción sexual. Entonces va a destruirse, porque una vez que has amado a una mujer, la atracción sexual desaparece, porque la atracción sexual sólo sucede con lo desconocido. Una vez que has saboreado el cuerpo de esa mujer o de ese hombre, la atracción se­xual desaparece. Si tu amor era solamente atracción sexual, en­tonces está destinado a desaparecer.

Así que nunca confundas el amor con alguna otra cosa. Si el amor es realmente amor... ¿A qué me refiero cuando digo «real­mente amor»? Quiero decir que con sólo estar en presencia del otro te sientes feliz de repente, con sólo estar juntos te sientes en éxtasis, la mera presencia del otro llena algo profundo en tu cora­zón... algo empieza a cantar en tu corazón, entras en armonía. La mera presencia del otro te ayuda a serenarte. Te vuelves más indi­vidual, más centrado, con los pies más en el suelo. Entonces, eso es amor.

El amor no es una pasión, el amor no es una emoción. El amor es una profunda comprensión de que alguien, de alguna manera, te completa. Alguien hace de ti un círculo completo. La presencia del otro realza tu presencia. El amor te da libertad para ser tú mis­mo; no es posesión.

Así que observa. Nunca pienses que el sexo es amor; si no, se­rás engañado. Permanece alerta, y cuando empieces a sentir con alguien que su presencia, su mera presencia —nada más, no se ne­cesita nada más; no pides nada—, sólo su presencia, sólo lo que el otro es, es suficiente para hacerte feliz... algo empieza a florecer en ti, mil y un lotos florecen... entonces estás enamorado, y en­tonces puedes pasar por todas las dificultades que crea la reali­dad. Muchas angustias, muchas ansiedades, serás capaz de pasar por todas ellas, y tu amor florecerá más y más, porque todas esas situaciones se volverán desafíos. Y tu amor, al superarlos, se hará más y más fuerte.

El amor es eternidad. Si está ahí, entonces sigue creciendo y creciendo. Conoce el principio pero no conoce un fin.The Discipline ofTranscendence, vol. 1, cap. 2.

 

 

 

¿Está bien casarse y tener hijos?

 

Tan sólo medita sobre algunos de los sutras de Murphy.

Primero: es bueno estar casado de vez en cuando.

Segundo: un hombre listo le dice a una mujer que la com­prende, un hombre estúpido trata de demostrarlo.

Tercero: el matrimonio es un circo de tres anillos: anillo de pe­dida, anillo de boda y anillo de sufrir. Juego de palabras intraducibie al castellano. Osho juega con la polisemia dela palabra inglesa ring. Primero aparece en la expresión «threeringed circus» (cir­co de tres pistas), para pasar luego a su acepción como «anillo»: «engagementring» (anillo de pedida) y «wedding ring» (anillo de boda). Finalmente, jugandocon la palabra suffering (sufrimiento), se crea el neologismo «sufferring», que vendría a significar «anillo de sufrir». (N. del T.)

 

Cuarto: puede que el matrimonio haga girar al mundo, pero eso también lo hace un puñetazo en la nariz.

Quinto: cómo salvar un matrimonio del divorcio: la única ma­nera es no presentarse a la boda.

Sexto: la mujer es el segundo error de Dios —el hombre es el primero, obviamente—, y dos errores juntos no crean un acierto.

Y el último: una mujer tiene derecho a la vida, la libertad y la persecución del hombre.

¡Así que ten cuidado! Si quieres casarte, ¿quién soy yo para ob­jetar? Sólo puedo hacerte un poco más consciente. ¡Piensa antes de saltar! Zen:Zest, Zip, Zap and Zing, cap. 5.


 

Capítulo 6

 

 

Amor

 

 

 

¿Qué es el amor?

 

       Depende. Hay tantos amores como personas. El amor es una es­cala jerárquica, del peldaño más bajo al más elevado, del sexo a la supraconciencia. Hay muchos niveles, muchos planos de amor. Todo depende de ti. Si existes en el peldaño más bajo, tendrás una idea del amor totalmente diferente que la persona que existe en el peldaño más elevado.

Adolf Hitler tendrá una idea del amor; Gautama el Buda, otra; y serán diametralmente opuestas, porque están en dos extremos.

En el punto más bajo, el amor es una especie de política, una política de poder. Siempre que el amor está contaminado por la idea de dominar, es política. No importa que lo llames política o no; es política. Y millones de personas nunca conocen del amor más que esta política, la política que existe entre los maridos y las es­posas, los novios y las novias. Es política, todo el asunto es políti­co, quieres dominar al otro.

Disfrutas el dominio, y el amor no es otra cosa que política recubierta con una capa de azúcar, una pildora amarga recu­bierta con una capa de azúcar. Hablas de amor, pero el deseo pro­fundo es explotar al otro. Y no estoy diciendo que lo hagas de­liberada o conscientemente, aún no eres suficientemente cons­ciente. No puedes hacerlo deliberadamente; es un mecanismo inconsciente.

Por eso tanta posesión y tantos celos se vuelven una parte, una parte intrínseca, de tu amor. Por eso el amor crea más sufrimien­to que alegría. El 99 por 100 es amargo; hay sólo una capa del 1 por 100 que has puesto encima. Y tarde o temprano ese azúcar desa­parece.

Cuando estás al principio de una historia de amor, esos días de luna de miel, saboreas algo dulce. Pronto ese azúcar se gasta, y las realidades empiezan a aparecer en toda su desnudez y todo el asun­to se vuelve feo.

Millones de personas han decidido no volver a amar a seres humanos. Es mejor amar a un perro, a un gato, a un loro, es mejor amar un coche, porque puedes dominarlos bien, y nunca tratan de dominarte a ti. Es sencillo; no es tan complicado como tratar de es­tar con seres humanos.

 

 

En un cóctel, la anfitriona no pudo evitar oír por casualidad la conversación de un amable caballero.

Oh, la adoro, la venero —declaró el caballero.

Yo también la adoraría si fuera mía —asintió su amigo.

Su manera de andar y de moverse. Sus hermosos grandes ojos castaños, su cabeza tan orgullosa y erguida...

Eres muy afortunado —comentó su amigo.

¿Y sabes lo que me fascina realmente? La manera en que me mordisquea la oreja.

Señor —interrumpió la anfitriona—.  No he podido evitar oír esas palabras tan cariñosas. En estos tiempos con tantísimos di­vorcios, admiro a un hombre que ama tan apasionadamente a su esposa.

¿Mi esposa? —dijo el caballero, sorprendido—.  No, ¡mi yegüa ganadora en las carreras!

 

La gente se está enamorando de caballos, perros, animales, má­quinas, cosas. ¿Por qué? Porque estar enamorado de seres huma­nos se ha vuelto un completo infierno, un conflicto continuo, car­gado de críticas, siempre por el cuello del otro.

Esta es la forma más baja de amor. No hay nada de malo en ella si puedes usarla como trampolín, si puedes usarla como una meditación. Si puedes observarla, si tratas de comprenderla, en esa comprensión misma llegarás a otro peldaño, empezarás a elevarte.

Sólo en la cima más alta, cuando el amor ya no es una rela­ción, cuando el amor se vuelve un estado de tu ser, el loto se abre totalmente y desprende un gran perfume, pero sólo en la cima más alta. En su punto más bajo, el amor es tan sólo una relación política. En su punto más elevado, el amor es un estado religioso de conciencia.

Yo también os amo, Buda ama, Jesús ama, pero su amor no exi­ge nada a cambio. Su amor lo dan por la pura alegría de darlo; no es un negocio. De ahí su belleza radiante, de ahí su belleza tras­cendental. Supera todos los gozos que hayas podido conocer.

Cuando yo hablo sobre el amor, hablo del amor como estado. No se dirige a nadie en concreto: no amas a esta persona o a aqué­lla, simplemente amas. Eres amor. En vez de decir que amas a al­guien, será mejor decir que eres amor. De forma que quien sea ca­paz de participar, puede participar. Ante quien sea capaz de beber de tus fuentes infinitas de ser, tú estás disponible, estás disponible incondicionalmente.

Eso sólo es posible si el amor se vuelve más y más meditativo.

«Medicina» y «meditación» provienen de la misma raíz. El amor tal como tú lo conoces es una especie de enfermedad: nece­sita la medicina de la meditación. Si pasa por la meditación, se pu­rifica. Y cuanto más purificado está, más extático es.

 

 

Nancy estaba tomando café con Helen. Nancy preguntó:

¿Cómo sabes que tu marido te ama?

Saca la basura todas las mañanas.

Eso no es amor. Eso es buen trabajo doméstico.

Mi marido me da todo el dinero que necesito para mis gastos.

Eso no es amor. Eso es generosidad.

Mi marido nunca mira a otras mujeres.

Eso no es amor. Eso es cortedad de vista.

John siempre me abre la puerta.

Eso no es amor. Eso son buenos modales.

John me besa incluso cuando he comido ajo y tengo los rulos puestos.

Bueno, ¡eso es amor!

 

Todo el mundo tiene su propia idea sobre el amor. Y sólo cuan­do llegas al estado en que todas las ideas sobre el amor han desa­parecido, cuando el amor ya no es una idea sino simplemente tu ser, sólo entonces conocerás su libertad. Entonces el amor es Dios. Entonces el amor es la verdad suprema.

Deja que tu amor pase por el proceso de la meditación. Obsér­valo: observa la astuta manera de actuar de tu mente, observa tu política de poder. Y nada, excepto la observación y la atención con­tinuas, te va a ayudar. Cuando digas algo a tu hombre o a tu mu­jer, obsérvalo: ¿cuál es el motivo inconsciente? ¿Por qué lo estás di­ciendo? ¿Hay algún motivo? ¿De qué se trata? Sé consciente de ese motivo, tráelo a la conciencia, porque esta es una de las claves se­cretas para transformar tu vida: todo lo que se vuelve consciente desaparece.

Tus motivos permanecen inconscientes, por eso sigues en su poder. Hazlos conscientes, sácalos a la luz, y desaparecerán. Es como si tiras de un árbol y sacas las raíces a la luz del sol: morirán, sólo pueden existir en la oscuridad del suelo. Tus motivos también existen sólo en la oscuridad de tu inconsciente. Así que la única manera de transformar tu amor es sacar todas las motivaciones del inconsciente al consciente. Lentamente, esos motivos morirán.

Y cuando el amor no tiene motivos, entonces el amor es lo más grande que le puede suceder a alguien. Entonces el amor es algo supremo, algo del más allá.

Eso es lo que quiere decir Jesús con «Dios es amor». Yo os digo: el amor es Dios. Puedes olvidarte de Dios, pero no olvides el amor, porque es la purificación del amor lo que te llevará a Dios. Si te olvidas de Dios completamente, no se ha perdido nada. Pero no olvides el amor, porque el amor es el puente. El amor es el proce­so de cambio alquímico en tu conciencia. Unió Mystica, vol. 2, cap. 4.

 

 

 

 

¿Podemos amar verdaderamente a otra persona mien­tras tengamos un ego?

 

El amor necesita mucha valentía por la sencilla razón de que el requisito básico del amor es abandonar el ego. Parece casi como sui­cidarse. Sólo parece así porque lo único que conocemos es el ego.

El ego se ha convertido en nuestra única identidad, y abando­narlo significa ciertamente que estás abandonando tu individuali­dad. Eso no es verdad; de hecho, la verdad es justo lo contrario: a no ser que abandones el ego no puedes conocer tu verdadera individua­lidad. El ego es un simulador, algo falso, seudo, inventado. Sólo cuando lo abandonas puedes ver lo real. De otra forma, lo irreal ocul­ta lo real. Lo irreal oculta lo real como las nubes ocultan el sol.

 

El amor requiere abandonar el ego. Por eso el amor puede con­vertirse en la puerta a lo divino. Puede que empieces amando a una persona, pero acabarás amando lo impersonal. La persona se vuel­ve como una ventana, abierta hacia el cielo infinito. Pero hay que tener absolutamente claro que el ego tendrá que ser sacrificado.

La gente anhela el amor, pero al mismo tiempo se aferra a su ego. Por eso el amor nunca se hace realidad. Vienen y van sin sa­borear el néctar del amor. Y a no ser que tengas la experiencia del amor, no habrás experimentado la vida en absoluto. Te la pierdes por entero. The Sound of One Hand Clapping.

 

 

Durante toda mi vida siempre pensé que amaba a al­guien. Ahora, estando aquí contigo por primera vez, me pregunto: ¿he amado realmente alguna vez? ¿Soy capaz de amar? ¿Soy capaz de amarte?

 

La falacia básica que llevas en ti es que siempre amabas a al­guien.

Esta es una de las cosas más significativas de todos los seres humanos: su amor siempre es por alguien, está dirigido, y en cuan­to diriges tu amor, lo destruyes. Es como si dijeras: «Respiraré sólo por ti, y cuando no estés aquí, ¿cómo voy a poder respirar?»

El amor debería ser como la respiración. Debería ser simple­mente una cualidad tuya, estés donde estés, estés con quien estés, o incluso si estás solo, sigues rebosando amor. No se trata de estar enamorado de alguien, se trata de ser amor.

La gente está frustrada en sus experiencias amorosas, no por­que haya algo de malo en el amor. Reducen el amor hasta tal pun­to que el océano del amor ya no puede permanecer allí. No puedes contener el océano, no es un pequeño arroyo. El amor es todo tu ser, el amor es tu divinidad.

Habría que pensar desde el punto de vista de si uno es amo­roso o no. La cuestión del objeto del amor no surge. Con tu es­posa, amas a tu esposa; con tus hijos, amas a tus hijos; con tus sirvientes, amas a tus sirvientes; con tus amigos, amas a tus ami­gos; con los árboles, amas a los árboles; con el océano, amas el océano.

Eres amor.

El amor no depende del objeto, sino que es una radiación de tu subjetividad, una radiación de tu alma. Y cuanto mayor es la ra­diación, mayor es tu alma. Cuanta más envergadura tienen las alas de tu amor, mayor es el cielo de tu ser.

Has vivido bajo una falacia común a todos los seres humanos. Ahora preguntas: «¿Soy capaz de amarte?», de nuevo la misma fa­lacia. Pregunta simplemente: «¿Soy capaz de volverme amor?»

Cuando estés en mi presencia, no necesitas pensar en amarme; de otra forma, no has salido de tus falacias corrientes. Aquí tienes que aprender simplemente a ser amoroso. Por supuesto, tu amor también llegará a mí; también llegará a los demás. Será una vibra­ción que te rodea, expandiéndose por todas partes. Y si hay mucha gente que simplemente emite su amor, su canción, su éxtasis, el lugar entero se convierte en un templo. No hay otra manera de hacer un templo. Entonces toda el área se llena de un nuevo tipo de energía, y nadie se siente perdido, porque él amor de tanta gente recae sobre ti: en cada una de las personas recae el amor de tanta gente.

Abandona esa falacia. La vida no es más que una oportunidad para que florezca el amor. Si estás vivo, la oportunidad existe, in­cluso hasta exhalar el último suspiro. Puede que hayas perdido toda tu vida: si en el último suspiro, tu último momento en la Tie­rra, puedes ser amor, no has perdido nada, porque un solo mo­mento de amor equivale a toda la eternidad de amor. The Rebellious Spirit, cap. 5.

 

 

 

Dijiste el otro día que nacemos solos, vivimos solos y morimos solos. Sin embargo, parece como si desde el día en que nacemos, hagamos lo que hagamos, sea­mos quienes seamos, tratamos de relacionamos con los demás; además, generalmente nos atrae tener inti­midad con una persona en particular. ¿Podrías hacer algún comentario, por favor?

 

La pregunta que me haces es la pregunta de todo ser humano. Nacemos solos, vivimos solos y morimos solos. La soledad es nues­tra misma naturaleza, pero no somos conscientes de ello. Como no somos conscientes de ello, somos extraños para nosotros mismos, y en vez de ver nuestra soledad como una tremenda belleza y feli­cidad, silencio y paz, armonía con la existencia, pensamos errónea­mente que estar solos es estar aislados.

El aislamiento es una soledad mal entendida. En cuanto malinterpretas tu soledad como aislamiento, todo el contexto cambia. La soledad tiene belleza y grandeza, positividad; el aislamiento es pobre, negativo, oscuro, sombrío.

Todo el mundo huye del aislamiento. Es como una herida: due­le. Para huir de ello, la única manera es estar en una multitud, hacerse parte de una sociedad, tener amigos, crear una familia, tener maridos y esposas, tener hijos. En esta multitud, el esfuerzo bási­co es que consigas olvidar tu aislamiento.

Pero nadie ha logrado nunca olvidarlo. Lo que te es natural pue­des tratar de ignorarlo, pero no puedes ignorarlo; se impondrá una y otra vez. Y el problema se hace más complejo porque nunca lo has visto tal como es; has dado por sentado que has nacido aislado.

El significado que ofrece el diccionario es el mismo; eso mues­tra la mente de las personas que crean los diccionarios. No com­prenden la gran diferencia entre aislamiento y soledad. El aisla­miento es un hueco vacío. Falta algo, se necesita algo para llenar ese hueco, y nada puede llenarlo nunca porque, para empezar, es un malentendido. Según te vas haciendo mayor, el hueco también va creciendo. La gente tiene tanto miedo de estar sola que hace todo tipo de estupideces. He visto gente jugando a las cartas sola; el otro jugador no está. Han inventado juegos en los que la misma persona juega las cartas de los dos bandos.

Uno quiere permanecer ocupado, comprometido de alguna for­ma. Esa ocupación puede ser con gente, puede ser con el trabajo... Hay adictos al trabajo; tienen miedo cuando se acerca el fin de se­mana, ¿qué van a hacer? Y si no hacen nada, se quedan consigo mismos, y esa es la experiencia más dolorosa.

 

Te sorprenderá saber que es durante los fines de semana cuan­do suceden la mayoría de los accidentes en el mundo. La gente co­rre en sus coches a los centros de turismo, a las playas, a las esta­ciones de montaña, formando grandes caravanas. Puede que tarden ocho horas, diez horas en llegar, y una vez allí no pueden hacer nada porque toda la multitud ha ido con ellos. Ahora, en su casa, en su barrio, en su ciudad hay más calma que en esta playa. Ha venido todo el mundo. Pero hay que estar ocupadosLa gente juega a las cartas, al ajedrez; la gente mira televisión durante horas. El estadounidense medio mira la televisión cinco horas al día; la gente oye la radio... tan sólo para evitarse a sí mis­mos. La única razón de todas estas actividades es no quedarse so­los; da mucho miedo. Y esta idea la han tomado de otros. ¿Quién te ha dicho que estar solo es un estado espantoso?

Los que han conocido la soledad dicen algo absolutamente di­ferente. Dicen que no hay nada más bello, más lleno de paz, más gozoso que estar solo.

Pero tú escuchas a la multitud. La gente que vive sin enten­der está en una mayoría tal que ¿a quién le importan Zaratustra o Buda? Estos individuos sueltos pueden estar equivocados, pue­den estar alucinando, pueden estar engañándose a sí mismos o engañándote a ti, pero millones de personas no pueden estar equivocadas. Y millones de personas están de acuerdo en que quedarse con uno mismo es la peor experiencia de la vida; es un infierno.

Pero cualquier relación que se cree a causa del miedo, a causa del infierno interno de quedarse solo, no puede ser satisfactoria. Su raíz misma está envenenada. No amas a tu mujer, simplemente la estás utilizando para no sentirte solo; ella tampoco te ama a ti. Ella también está en la misma paranoia; ella te está utilizando para no quedarse sola.

Naturalmente, en nombre del amor puede suceder cualquier cosa, excepto el amor. Puede que sucedan luchas, puede que suce­dan discusiones, pero incluso eso es preferible a sentirse solo: por lo menos hay alguien y estás ocupado, te puedes olvidar de tu ais­lamiento. Pero el amor no es posible, porque no existe un funda­mento básico para el amor.

El amor nunca crece del miedo. Tú preguntas: «Dijiste el otro día que nacemos solos, vivimos solos y morimos solos. Sin embar­go, parece como si desde el día en que nacemos, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, tratamos de relacionarnos con los demás.»

Este intento de relacionarse con los demás no es otra cosa que escapismo. Incluso el bebé más pequeño intenta encontrar algo que hacer; si no hay otra cosa, se chupará su propio dedo gordo del pie. Es una actividad absolutamente inútil, nada puede salir de ella, pero es una ocupación. Está haciendo algo. Verás en las estaciones, en los aeropuertos, niños y niñas con sus osos de peluche; no pue­den dormir sin ellos. La oscuridad hace que su aislamiento sea aún más peligroso. El oso de peluche es una gran protección; hay alguien con ellos. Y vuestro Dios no es más que un oso de peluche para adultos.

No puedes vivir tal como eres. Tus relaciones no son relacio­nes. Son feas. Estás utilizando a la otra persona, y sabes perfecta­mente bien que la otra persona te está utilizando a ti. Y utilizar a alguien es reducirlo a una cosa, a una mercancía. No tienes ningún respeto por esa persona.

 

«Además —preguntas—, generalmente nos atrae tener intimidad con una persona en particular.»

 

Eso tiene una razón psicológica. Eres educado por una madre, por un padre. Si eres un chico, empiezas a amar a tu madre y em­piezas a estar celoso de tu padre porque es un competidor. Si eres una chica, empiezas a amar a tu padre y odias a tu madre porque es una competidora. Estos son ya hechos establecidos, no hipóte­sis, y el resultado de ello hace que toda tu vida esté llena de sufri­miento. El chico lleva la imagen de su madre como el modelo de mujer. Está siendo condicionado continuamente. Sólo conoce a una mujer tan de cerca, tan íntimamente. El rostro de su madre, su pelo, su calidez, todo se va convirtiendo en una marca. Esa es exactamente la palabra científica que se usa: se convierte en una marca en su psicología, le marca. Y lo mismo le sucede a la chica respecto al padre.

Cuando creces, te enamoras de alguna mujer o de algún hom­bre y piensas: «Quizá estemos hechos el uno para el otro.» Nadie está hecho para nadie. Pero ¿por qué te sientes atraído por una cier­ta persona? Es a causa de tu marca. Él debe parecerse a tu padre de alguna manera; ella debe parecerse a tu madre de alguna manera.

Por supuesto, ninguna mujer puede ser una réplica exacta de tu madre, y, de todas formas, no estás buscando una madre, estás buscando una esposa. Pero la marca que hay en ti decide cuál es la mujer apropiada para ti. En cuanto ves a esa mujer, ya no hay ma­nera de razonar. Inmediatamente te sientes atraído; tu marca em­pieza a funcionar inmediatamente, ésta es la mujer para ti, o éste es el hombre para ti.

Esto está bien mientras se trate de ir juntos de vez en cuando a la playa, al cine, al parque, porque no llegáis a conoceros totalmente el uno al otro. Pero ambos anheláis vivir juntos, queréis ca­saros, y este es uno de los pasos más peligrosos que pueden dar los enamorados.

En cuanto te casas empiezas a darte cuenta de la totalidad de la otra persona, y te sorprendes en todos y cada uno de los aspec­tos _«Algo ha ido mal; ésta no es la misma mujer, éste no es el mismo hombre»— porque no encajan en el ideal que llevabas den­tro de ti. Y el problema se multiplica porque la mujer lleva el ideal de su padre, tú no encajas en él. Tú llevas el ideal de tu madre, ella no encaja en él. Es por eso que todos los matrimonios son un fra­caso.

Sólo unos pocos matrimonios no son un fracaso, y espero que Dios te salve de esos matrimonios que no fracasan, porque son psi­cológicamente enfermos. Hay personas que son sádicas, que dis­frutan torturando a otros, y hay personas que son masoquistas, que disfrutan torturándose a sí mismas. Si un marido y una esposa per­tenecen a estas dos categorías, ese matrimonio será un éxito. Uno es masoquista y el otro sádico, es un matrimonio perfecto, porque uno disfruta siendo torturado y el otro disfruta torturando.

Pero normalmente, para empezar es muy difícil descubrir si eres masoquista o sádico, y luego buscar tu otra polaridad... Si eres suficientemente juicioso, deberías ir al psicólogo e investigar quién eres, ¿un masoquista o un sádico?, y pedirle si te puede dar algu­nas referencias de gente que pueda encajar contigo.

A veces, por accidente, sucede que una persona sádica y otra masoquista se casan. Son la gente más feliz del mundo; están sa­tisfaciendo sus necesidades mutuas. Pero ¿qué tipo de necesidades son éstas? Ambos son psicópatas, y están viviendo una vida de tor­tura. Pero de otra forma todo matrimonio va a fracasar por una sencilla razón: la marca es el problema.

La razón básica por la que querías tener la relación no se sa­tisface ni siquiera en el matrimonio. Estás más solo cuando estás con tu esposa que cuando estás solo. Dejar a marido y mujer solos en una habitación es hacer que ambos se sientan totalmente des­graciados.

 

Todo este esfuerzo —ya sea el de las relaciones o el de permanecer ocupado con mil y una cosas— es sólo para escapar de la idea de que estás aislado. Y quiero deciros clara y categóricamente que es ahí donde el meditador y el hombre corriente se separan.

El hombre corriente sigue tratando de olvidar su aislamiento, y el meditador empieza a familiarizarse más y más con su soledad. En tiempos pasados abandonaba el mundo; se iba a las cuevas, a las montañas, al bosque, con el único propósito de estar solo. Quiere ser él mismo. En una multitud, es difícil; hay muchas trabas. Y los que han conocido su soledad han conocido la mayor dicha posible para los seres humanos, porque tu ser mismo está dichoso.

Después de estar en armonía con tu soledad, te puedes relacio­nar; entonces tu relación te aportará grandes alegrías, porque no se basa en el miedo. Al encontrar tu soledad puedes crear, puedes ocuparte con todo lo que quieras, porque esta ocupación ya no será una huida de ti mismo. Ahora será tu expresión; ahora será la ma­nifestación de todo lo que constituye tu potencial.

Sólo un hombre así —da igual que viva solo o viva en la sociedad, que se case o permanezca soltero— es siempre dichoso, siempre en paz, en silencio. Su vida es una danza, es una canción, es un floreci­miento, es una fragancia. Haga lo que haga, le aporta su fragancia.

Pero lo primero y lo básico es conocer tu soledad absoluta­mente.

Esta huida de ti mismo la has aprendido de la multitud. Como todo el mundo está huyendo, tú también empiezas a huir. Todo niño nace en una multitud y empieza a imitar a la gente; lo que hacen los demás, él lo empieza a hacer también. Cae en las mis­mas situaciones deplorables en las que están los demás, y empie­za a pensar que así es la vida. Y se ha perdido la vida completa­mente.

Así que te recuerdo que no malinterpretes la soledad como ais­lamiento. El aislamiento es ciertamente una enfermedad; la sole­dad es la salud perfecta.

 

 

Ginsberg acude al doctor Goldberg.

Sí, estás enfermo.

Eso no me basta. Quiero otra opinión.

Muy bien —dice el doctor Goldberg—, también eres feo.

 

Estamos cometiendo el mismo tipo de malentendidos conti­nuamente.

Me gustaría que supieras que el primero y más primario paso hacia el descubrimiento del sentido y el significado de la vida es en­trar en tu soledad. Es tu templo; es donde vive tu Dios, y no pue­des encontrar este templo en ningún otro sitio. Puedes ir a la Luna, a Marte...

Una vez que has entrado en el centro más profundo del ser, no puedes creer lo que ves: tenías en ti tanto gozo, tantas bendiciones, tanto amor... y estabas huyendo de tus propios tesoros.

Conociendo estos tesoros y su inagotabilidad, puedes entrar ahora en relaciones, en la creatividad. Ayudarás a muchas personas compartiendo tu amor, no utilizándolas. Darás dignidad a esas per­sonas con tu amor; no destruirás su respeto. Y, sin esfuerzo algu­no, te convertirás en una fuente para que ellos puedan encontrar también sus propios tesoros. Hagas lo que hagas, difundirás tu si­lencio, tu paz, tu bendición en todo lo posible.

Pero esto tan básico no lo enseña ninguna familia, ninguna so­ciedad, ninguna universidad. La gente sigue viviendo sin felicidad, y lo dan por sentado. Nadie es feliz, así que no es nada raro que tú no seas feliz; no puedes ser una excepción.

Pero yo te digo: tú puedes ser una excepción. Lo que pasa es que no has hecho el esfuerzo apropiado.  The Golden Future, cap. 6.

 

 

La máxima cristiana es: ama a tu prójimo como a ti mismo. Pero ¿cómo voy a amar a los demás si no me amo a mí mismo?

Lo primero es ser amoroso contigo mismo. No seas duro; sé suave. Interésate por ti mismo. Aprende a perdonarte —una y otra y otra vez— siete veces, setenta y siete veces, setecientas setenta y siete veces.

Aprende a perdonarte a ti mismo. No seas duro; no te muestres antagonista con respecto a ti mismo. Entonces florecerás. Y en ese florecimiento atraerás alguna otra flor. Es natural. Las piedras atraen a las piedras; las flores atraen a las flores. Y entonces hay una relación que tiene encanto, que tiene belleza, que tiene bendi­ción. Y si puedes encontrar una relación así, tu relación crecerá y se convertirá en oración, tu amor se convertirá en éxtasis, y a tra­vés del amor sabrás qué es Dios. Ecstasy: The Forgotten Language, cap. 2.


 

Capítulo 7

 

 

Relacionarse

 

¿Por qué es tan difícil relacionarse?

 

       Porque todavía no eres. Hay un vacío interno y el miedo de que, si te relacionas con alguien, tarde o temprano descubrirán que estás vacío. Por eso parece más seguro mantener una cierta distancia de la gente; al menos puedes fingir que eres.

No eres. Aún no has nacido, eres sólo una oportunidad. Toda­vía no eres una plenitud, y sólo dos personas plenas pueden rela­cionarse. Relacionarse es una de las cosas más grandes de la vida: relacionarse significa amar, relacionarse significa compartir. Pero antes de poder compartir, debes tener. Y antes de poder amar debes estar lleno de amor, desbordante de amor.

Dos semillas no pueden relacionarse, están cerradas. Dos flores sí pueden relacionarse; están abiertas, pueden ofrecerse su fragan­cia mutuamente, pueden bailar al mismo sol y al mismo viento, pueden tener un diálogo, pueden susurrar. Pero eso no es posible para dos semillas. Las semillas están completamente cerradas, sin ventanas, ¿cómo se van a relacionar?

Y esa es la situación. Cuando nace, el hombre es una semilla; puede llegar a ser una flor, puede que no. Todo depende de ti, de lo que hagas contigo mismo; todo depende de si creces o no. Es tu elección, y hay que afrontar la elección a cada momento; cada mo­mento estás en la encrucijada.

Millones de personas deciden no crecer. Permanecen como se­millas; permanecen como potencial, nunca se hacen realidad. No saben lo que es realizar el propio potencial, no saben lo que es la autorrealización, no saben nada sobre ser. Viven completamente vacíos, mueren completamente vacíos. ¿Cómo van a relacionarse?

Será exponerte a ti mismo, tu desnudez, tu fealdad, tu vacío. Parece más seguro mantener una distancia. Incluso los amantes mantienen una distancia; sólo llegan hasta un punto, y permane­cen alerta para ver cuándo retroceder. Tienen límites; nunca cru­zan los límites, permanecen confinados en sus límites. Sí, hay una especie de relación, pero no es la de relacionarse, sino la de la po­sesión.

El marido posee a la mujer, la mujer posee al marido, los pa­dres poseen a los hijos, y así sucesivamente. Pero poseer no es re­lacionarse. De hecho, poseer es destruir todas las posibilidades de relacionarse.

Si te relacionas, respetas; no puedes poseer. Si te relacionas, hay una gran reverencia. Si te relacionas, te acercas muchísimo, estáis muy, muy cerca, en profunda intimidad, en imbricación. Sin embargo, no interferís en la libertad del otro, que sigue siendo un individuo independiente. La relación es de tipo «yo»«tú», no «yo»«eso» superponiéndose, interpenetrándose y, a la vez, en cier­to sentido independientes.

Khalil Gibran dice: «Sed como dos pilares que sustentan el mismo techo, pero no empecéis a poseer al otro, dejad al otro in­dependiente. Sustentad el mismo techo, ese techo es el amor.»

Dos amantes sustentan algo invisible y algo inmensamente va­lioso: cierta poesía de ser, cierta música que se oye en las partes más recónditas de su existencia. Ambos lo sustentan, sustentan cierta armonía, pero permanecen independientes. Pueden mos­trarse al otro porque no hay miedo. Saben que son. Conocen su propia belleza interna, conocen su propia fragancia interna; no hay miedo.

Pero normalmente existe el miedo, porque no tienes ninguna fragancia; si te muestras, simplemente apestarás. Apestarás a celos, odio, ira, lujuria. No tendrás la fragancia del amor, la oración, la compasión.

Millones de personas han decidido permanecer como semillas.

¿Por qué? Pudiendo ser flores y bailar al viento y al Sol y a la Luna, ¿por qué han decidido permanecer como semillas? Hay algo en su decisión: la semilla está más segura que la flor. La flor es frágil. La semilla no es frágil, la semilla parece más fuerte. La flor puede ser destruida fácilmente; sólo un poco de viento y los pétalos se disi­parán. La semilla no puede ser destruida tan fácilmente por el vien­to, la semilla está muy protegida, segura. La flor está expuesta, algo tan delicado, y expuesto a tantos riesgos: puede venir un viento fuerte, puede llover a cántaros, el Sol puede quemar demasiado, al­gún tonto puede arrancar la flor. A la flor puede sucederle cual­quier cosa, a la flor puede sucederle de todo, la flor está constante­mente en peligro. Pero la semilla está segura; por eso, millones de personas deciden permanecer como semillas. Pero permanecer como semilla es permanecer muerto, permanecer como semilla es no vivir en absoluto. Es seguro, desde luego, pero no tiene vida. La muerte es segura, la vida es inseguridad. Quien realmente quiera vivir tiene que vivir en peligro, en peligro constante. Quien quiera al­canzar las cimas tiene que arriesgarse a perderse. Quien quiera ascender a las cimas más altas tiene que arriesgarse a caer de al­guna parte, a resbalarse.

Cuanto mayor es el anhelo de crecer, mayor es el peligro que hay que aceptar. El hombre verdadero acepta el peligro como su es­tilo mismo de vida, como la atmósfera misma de su crecimiento.

Me preguntas: «¿Por qué es tan difícil relacionarse?» Es difícil porque aún no eres. Primero, sé. Todo lo demás sólo es posible des­pués: primero, sé.

Jesús lo dice a su propia manera: «Primero busca el reino de Dios, y todo lo demás te será dado por añadidura.» Esto es simple­mente una vieja expresión de lo mismo que estoy diciendo: prime­ro sé, y todo lo demás te será dado por añadidura.

Pero ser es el requisito básico. Si eres, el valor llega como con­secuencia. Si eres, surge un gran deseo de aventura, de explorar, y cuando estás listo para explorar, te puedes relacionar. Relacionarse es explorar, explorar la conciencia del otro, explorar el territorio del otro. Pero cuando exploras el territorio del otro tienes que per­mitir y acoger que el otro te explore a ti; no puede ser una calle de dirección única. Y sólo puedes permitir que el otro te explore cuan­do tienes algo, algún tesoro, en tu interior. Entonces no hay mie­do. De hecho, tú invitas al huésped, tú abrazas al huésped, tú lo lla­mas, tú quieres que entre. Quieres que vea lo que has descubierto en ti mismo, quieres compartirlo.

Primero sé, luego te puedes relacionar, y recuerda, relacionar­se es bello. Una relación es un fenómeno totalmente diferente; una relación es algo muerto, fijo. Ha llegado un punto final. Te casas con una mujer; ha llegado un punto final. Ahora todo irá hacia aba­jo; habéis llegado al límite, ya nada crece. El río se ha parado y se está convirtiendo en un pantano. Una relación es ya una cosa, com­pleta.

Relacionarse es un proceso. Evita las relaciones, y profundiza más y más en relacionarte.

Yo pongo el énfasis en los verbos, no en los sustantivos; evita los sustantivos todo lo que puedas. En el lenguaje no puedes evi­tarlos, ya lo sé; pero en la vida, evítalos, porque la vida es un ver­bo. La vida no es un sustantivo, en realidad es «viviendo», no «vida». No es «amor», es «amando». No es «relación», es «relacio­nando». No es una canción, es cantando. No es un baile, es bai­lando.

Observa la diferencia, saborea la diferencia. Un baile es algo completo; ya se han dado los últimos toques, ya no queda nada más que hacer. Algo completo es algo muerto. La vida no sabe de puntos finales; las comas están bien, pero no los puntos finales. Los lugares de descanso están bien, pero no los puntos de des­tino.

En vez de pensar en cómo relacionarte, cumple el primer re­quisito: medita, sé, y luego relacionarse saldrá de ello por sí mis­mo. Alguien que se vuelve silencioso, gozoso, alguien que empieza a desbordar energía, que florece, tiene que relacionarse. No es algo que tenga que aprender a hacer, empieza a suceder. Se relaciona con personas, se relaciona con animales, se relaciona con árboles, se relaciona incluso con rocas.

De hecho, se relaciona veinticuatro horas al día. Si camina por la tierra, se relaciona con la tierra... al tocar sus pies la tierra, se está relacionando. Si nada en el río, se relaciona con el río, y si mira las estrellas, se relaciona con las estrellas.

 

No se trata de relacionarse con alguien en particular. El hecho básico es que, si eres, toda tu vida se vuelve un relacionarte. Es una canción constante, una danza constante, es una continuidad, es un flujo como un río.

Medita, encuentra tu propio centro primero. Antes de poder re­lacionarte con otra persona, relaciónate contigo mismo. Este es el requisito básico que hay que cumplir. Sin esto, nada es posible. Con esto, nada es imposible. TheBook of Wisdom, cap. 27.

 

 

 

¿Podrías hablamos sobre nuestras parejas, nuestras es­posas, maridos y amantes? ¿Cuándo deberíamos perse­verar con una pareja, y cuándo deberíamos abandonar una relación por imposible, o incluso destructiva?

 

Una relación es uno de los misterios. Y como existe entre dos personas, depende de ambas.

Cuando dos personas se encuentran, se crea un mundo nuevo. Simplemente con su encuentro comienza a existir un nuevo fe­nómeno, algo que no había antes, que nunca existió antes. Y a tra­vés de ese nuevo fenómeno, ambas personas cambian y se trans­forman.

Sin relacionarte, eres algo; relacionado, inmediatamente te vuelves otra cosa. Ha sucedido algo nuevo. Cuando una mujer se vuelve una amante ya no es la misma mujer. Cuando un hombre se vuelve un amante ya no es el mismo hombre. Nace un niño, pero no acertamos a comprender algo en absoluto: en cuanto nace el niño, también nace la madre. No existía antes. La mujer existía, pero la madre no. Y una madre es algo absolutamente nuevo.

Tú creas una relación, pero luego, a su vez, la relación te crea a ti. Dos personas se encuentran, eso significa que se encuentran dos mundos. No es algo sencillo, sino muy complejo, lo más com­plejo. Cada persona es un mundo en sí misma, un complejo miste­rio con un largo pasado y un futuro eterno.

Al principio sólo se encuentran las periferias. Pero si la rela­ción se vuelve íntima, se vuelve más cercana, se vuelve más pro­funda, entonces poco a poco los centros comienzan a encontrarse. Cuando los centros se encuentran, se llama amor.

Cuando se encuentran las periferias, no son amantes, son co­nocidos. Tocas a esa persona desde el exterior, desde el borde, sois conocidos. Muchas veces empiezas a llamar a un conocido «tu amor». Entonces estás en una falacia. Ese tipo de conocimiento no es amor.

El amor es muy excepcional. Llegar a conocer a una persona en su centro es atravesar tú mismo una revolución, porque si quieres encontrar a una persona en su centro, tendrás que permitir que esa persona llegue también a tu centro. Tendrás que volverte vulnera­ble, absolutamente vulnerable, abierto.

 

Es arriesgado. Permitir que alguien llegue a tu centro es arriesgado, peligroso, porque nunca sabes qué te hará esa persona. Y una vez que se conocen todos tus secretos, una vez que todo lo que estaba oculto ha sido revelado, una vez que te has mostrado completamente, nunca sabes lo que hará esa otra persona. Eso da miedo. Por eso nunca nos abrimos.

Somos sólo conocidos, y pensamos que ha sucedido el amor. Se encuentran las periferias, y pensamos que nos hemos en­contrado. Tú no eres tu periferia. En realidad, la periferia es el borde en que acabas, el vallado que hay a tu alrededor. ¡Tú no eres eso! La periferia es el lugar donde tú acabas y comienza el mundo.

Incluso maridos y mujeres que puede que hayan vivido jun­tos durante muchos años quizá sean sólo conocidos. Puede que no se hayan conocido mutuamente. Y cuanto más vives con al­guien, más olvidas completamente que los centros permanecen desconocidos.

Así que lo primero que hay que comprender es: no confundas el conocimiento superficial con el amor. Puede que estéis ha­ciendo el amor, puede que os relacionéis sexualmente, pero tam­bién el sexo es periférico. A no ser que se encuentren los centros, el sexo es tan sólo un encuentro de dos cuerpos. Y un encuentro de dos cuerpos no es tu encuentro. También el sexo sigue siendo un conocimiento superficial, físico, corporal, pero aún super­ficial.

Sólo puedes permitir que alguien entre en tu centro cuando no tienes miedo, cuando no estás asustado.

Así que te digo que hay dos maneras de vivir. Una se basa en el miedo, la otra se basa en el amor. La vida basada en el miedo nun­ca te puede llevar a una relación profunda. Permaneces asustado, y no puedes dejar que la otra persona entre en ti, entre hasta tu mis­mo centro. Le dejas que entre hasta cierto punto, y entonces sur­ge una pared y todo se detiene.

La persona que tiende al amor es la persona religiosa. La per­sona que tiende al amor es alguien que no tiene miedo al futuro, que no tiene miedo al resultado y a la consecuencia, que vive aquí y ahora.

No te preocupes por el resultado. Eso es la mente basada en el miedo. No pienses en lo que resultará a raíz de ello. Simplemente permanece aquí y actúa totalmente. No calcules. Un hombre basa­do en el miedo siempre está calculando, planeando, disponiendo, protegiendo. Toda su vida se pierde de esta forma.

 

 

He oído hablar de un viejo monje zen. Estaba en su lecho de muerte. Había llegado el último día, y declaró que para esa noche ya no existiría. Así que empezaron a llegar seguidores, discípulos, amigos. Mucha gente lo quería. Todos empezaron a venir. Se reu­nió gente de todas partes.

Uno de sus viejos discípulos, al oír que el maestro iba a morir, corrió al mercado. Alguien le preguntó: «El maestro se está mu­riendo en su cabaña, ¿por qué vas al mercado?» El viejo discípulo dijo: «Sé que a mi maestro le encanta un tipo particular de tarta, así que voy a comprarla.»

Era difícil encontrar esa tarta, porque ya no estaba de moda, pero de alguna forma se las arregló antes del atardecer. Llegó co­rriendo con la tarta.

Y todo el mundo estaba preocupado, parecía que el maestro es­taba esperando a alguien. Abría los ojos y miraba, y los cerraba otra vez. Y cuando llegó este discípulo, dijo: «Muy bien, has venido. ¿Dónde está la tarta?» El discípulo sacó la tarta, y se sintió muy fe­liz de que el maestro preguntase por la tarta.

Muriéndose, el maestro tomó la tarta con la mano, pero su mano no temblaba. Era muy viejo, pero su mano no temblaba. Y alguien preguntó: «Eres muy viejo y estás a punto de morir. Pron­to exhalarás el último suspiro, pero tu mano no tiembla.»

El maestro dijo: «Nunca tiemblo, porque no hay miedo. Mi cuerpo se ha hecho viejo, pero yo aún soy joven, y permaneceré jo­ven incluso cuando se haya ido el cuerpo.»

Entonces tomó un mordisco, empezó a masticar la tarta. Y en­tonces alguien preguntó: «¿Cuál es tu último mensaje, maestro? Nos dejarás muy pronto. ¿Qué quieres que recordemos?»

El maestro sonrió y dijo: «¡Ah, esta tarta es deliciosa!»

 

Este es un hombre que vive aquí y ahora. «¡Esta tarta es deli­ciosa!»

Incluso la muerte es irrelevante.

El momento siguiente ca­rece de sentido. En este momento esta tarta es deliciosa. Si puedes estar en este momento, este momento presente, este estado pre­sente, la plenitud, sólo entonces puedes amar.

El amor es un florecimiento excepcional. Sucede muy raras ve­ces. Millones y millones de personas viven con la falsa actitud de que son amantes. Creen que aman, pero eso es tan sólo lo que creen. El amor es un florecimiento excepcional. A veces sucede. Es excepcional porque sólo puede suceder cuando no hay miedo, nun­ca antes. Eso significa que el amor sólo puede sucederle a una per­sona profundamente espiritual, religiosa. El sexo es posible para to­dos, el conocimiento superficial es posible para todos; el amor, no.

Cuando no tienes miedo, no tienes nada que ocultar, entonces puedes estar abierto, entonces puedes retirar todas las barreras. Y entonces puedes invitar al otro a que penetre en ti hasta el mismo centro. Y recuerda, si permites que alguien entre profundamente

en ti, el otro te permitirá entrar en él o ella, porque cuando per­mites que alguien entre en ti, se crea confianza. Cuando no tienes miedo, el otro también pierde su miedo.

En vuestro amor, siempre está presente el miedo. El marido tiene miedo de la mujer, la mujer tiene miedo del marido. Los amantes siempre tienen miedo. Entonces no es amor. Entonces es tan sólo un apaño de dos personas asustadas que dependen mu­tuamente, y se pelean, se explotan, manipulan, controlan, domi­nan, poseen, pero no es amor.

Si puedes permitir que suceda el amor, no hay necesidad de oración, no hay necesidad de meditación, no hay necesidad de igle­sia alguna, de templo alguno. Te puedes olvidar completamente de Dios si puedes amar, porque a través del amor todo te habrá suce­dido: la meditación, la oración, Dios. Todo te habrá sucedido. Eso es lo que quiere decir Jesús cuando dice: «El amor es Dios.»

Pero el amor es difícil. Hay que abandonar el miedo. Y esto es lo extraño, que tienes tanto miedo y no tienes nada que perder.

 

Kabir ha dicho en alguna parte: «Miro a la gente. Tienen tanto miedo, pero no veo por qué, porque no tienen nada que perder.» Dice Kabir: «Son como una persona que está desnuda, pero nunca va a bañarse al río porque tiene miedo, ¿dónde secará su ropa?» Esta es la situación en que te encuentras, desnudo, sin ropa, pero siempre con miedo por lo que le puede pasar a tu ropa.

¿Qué puedes perder? Nada. Este cuerpo será tomado por la muerte. Antes de que lo tome la muerte, dáselo al amor. Todo lo que tengas te será quitado. Antes de que te sea arrebatado, ¿por qué no compartirlo? Es ésta la única manera de poseerlo. Si puedes compartir y dar, eres el maestro. Te va a ser arrebatado. No hay nada que puedas retener para siempre. La muerte lo destruirá todo.

Así que, si me entiendes correctamente, la lucha es entre la muerte y el amor. Si puedes dar, no habrá muerte. Antes de que nada te pueda ser arrebatado, ya lo habrás dado, lo habrás conver­tido en un regalo. No puede haber muerte.

Para alguien que ama no hay muerte. Para quien no ama, cada momento es una muerte, porque a cada momento se te está quitando algo. El cuerpo está desapareciendo, lo estás perdiendo a cada momento. Y luego vendrá la muerte, y todo será aniquilado.

¿A qué tienes miedo? ¿Por qué estás tan asustado? Incluso si se sabe todo sobre ti y eres como un libro abierto, ¿por qué tener mie­do? ¿Qué daño puede hacerte? Son sólo concepciones falsas que te ha dado la sociedad: que te tienes que ocultar, que te tienes que proteger, que tienes que estar continuamente en estado de lucha, que todo el mundo es un enemigo, que todos están contra ti.

¡Nadie está contra ti! Incluso si sientes que alguien está contra ti, tampoco él está contra ti, porque todo el mundo está inmiscui­do consigo mismo, no contigo. No hay nada que temer. Hay que darse cuenta de esto antes de que pueda suceder una relación ver­dadera. No hay nada que temer.

Medita sobre ello. Y luego permite que el otro entre en ti, inví­tale a que entre. No crees ninguna barrera en ninguna parte, vuél­vete un umbral siempre abierto, sin cerraduras, sin puertas en ti, sin puertas cerradas en ti. Entonces es posible el amor.

Cuando dos centros se encuentran, hay amor. Y el amor es un fenómeno alquímico, igual que el hidrógeno y el oxígeno se en­cuentran y se crea algo nuevo, el agua. Puedes tener hidrógeno, puedes tener oxígeno, pero si tienes sed no te servirán de nada. Puedes tener todo el oxígeno que quieras, todo el hidrógeno que quieras, pero la sed no se irá.

Cuando dos centros se encuentran, se crea una cosa nueva. Esa nueva cosa es el amor. Y es igual que el agua: la sed de muchas, muchas vidas se sacia. De pronto estás satisfecho. Ese es el signo visible del amor. Estás satisfecho, como si lo hubieras conseguido todo. Ya no hay nada que conseguir. Has alcanzado el objetivo. Ya no hay otro objetivo, el destino se ha cumplido. La semilla se ha convertido en flor, ha alcanzado su total florecimiento.

La satisfacción profunda es el signo visible del amor. Cuando una persona ama, tiene una satisfacción profunda. El amor no se puede ver, pero la satisfacción, la profunda satisfacción que lo ro­dea... cada una de sus respiraciones, cada uno de sus momentos, su ser mismo, satisfecho.

 

Puede que te sorprenda cuando te digo que el amor hace que ya no tengas deseos, pero el deseo viene con la insatisfacción. De­seas porque no tienes. Deseas porque piensas que si tienes algo te dará satisfacción. El deseo viene de la insatisfacción.

Cuando hay amor y dos centros se han unido y disuelto y fun­dido, y ha nacido una nueva cualidad alquímica, hay satisfacción. Es como si la existencia entera se hubiera detenido, no hay movi­miento. Entonces, el momento presente es el único momento. Y entonces puedes decir: «¡Ah, esta tarta es deliciosa!» Incluso la muerte no significa nada para un hombre que ama.

Por eso te digo que el amor hará que no tengas deseos. Sé in­trépido, abandona los miedos, permanece abierto. Permite que al­gún centro encuentre el centro que hay dentro de ti. Renacerás con ello; se creará una nueva cualidad de ser. Esta cualidad de ser dice: «Esto es Dios.» Dios no es un argumento, es una plenitud, una sensación de plenitud.

Puede que hayas observado que cuando te sientes descontento quieres negar a Dios. Cuando estás insatisfecho, todo tu ser quiere decir: «No hay Dios.» El ateísmo no surge de la lógica, surge de la insatisfacción. Puede que lo racionalices, eso es otra cosa. Puede que no digas que eres ateo porque te sientes insatisfecho. Puede que digas: «No hay Dios y tengo pruebas.» Pero eso no es la verdad.

Si estás satisfecho, de pronto todo tu ser dice: «Hay Dios.» ¡De pronto lo sientes! La existencia entera se vuelve divina. Si hay amor, por vez primera tendrás la sensación de que la existencia es divina y todo es una bendición. Pero hay que hacer mucho antes de que esto pueda suceder. Hay que destruir mucho antes de que esto pueda suceder. Tienes que destruir todo lo que crea barreras en ti.

Haz del amor un sadhana, una disciplina interna. No dejes que sea tan sólo algo frivolo. No dejes que sea tan sólo una ocupación de la mente. No dejes que sea tan sólo una satisfacción corporal. Haz que sea una búsqueda interna, y toma al otro como una ayu­da, como un amigo.

Si has oído algo sobre el tantra, sabrás que dice: si puedes en­contrar un consorte, un amigo, una mujer o un hombre que esté dispuesto a entrar contigo hacia tu centro interno, que esté listo a ir contigo a la cima más alta de la relación, entonces esta relación se volverá meditativa. Entonces a través de esta relación alcanzarás la relación suprema. Entonces el otro se vuelve una puerta.

Deja que te lo explique: si amas a una persona, poco a poco pri­mero desaparece la periferia de la persona, desaparece la forma de la persona. Entras más y más en contacto con lo que no tiene for­ma, lo interno. Poco a poco, la forma se vuelve vaga, y desaparece. Y si profundizas más, incluso este individuo sin forma empieza a desaparecer y a fundirse. Entonces se abre el más allá. Entonces ese individuo particular era sólo una puerta, una abertura. Y a tra­vés de tu amante, encuentras lo divino.

 

Como no podemos amar, necesitamos tantos rituales religio­sos. Son sustitutos, y sustitutos muy pobres...

Pero el primer vislumbre vendrá siempre a través de un indivi­duo. Es difícil estar en contacto con lo universal. Es tan grande, tan amplio, sin principio, sin fin. ¿Por dónde empezar? ¿Por dónde entrar en ello? El individuo es la puerta. Enamórate.

Y no lo conviertas en una lucha. Haz que sea un gran permiso para el otro, una invitación. Y deja que el otro penetre en ti sin po­ner ninguna condición. Y de pronto el otro desaparece, y Dios está ahí. Si tu amante o tu amado o amada no puede volverse divino, entonces no hay nada en este mundo que pueda volverse divino. En­tonces todas esas charlas sobre religión son una tontería.

Esto puede suceder con un niño. Esto puede suceder con un animal, tu perro. Si puedes tener una relación profunda con un pe­rro, puede suceder, ¡el perro se vuelve divino! Así que no es sólo cuestión de hombre y mujer. Esa es una de las fuentes más pro­fundas de lo divino, y llega a ti de manera natural, pero puede ve­nir de cualquier parte. La clave básica es que deberías dejar que el otro penetre en ti hasta el centro más profundo, hasta el fondo mismo de tu ser.

Pero seguimos engañándonos a nosotros mismos. Pensamos que amamos. Y si piensas que amas, entonces no hay posibilidad de que suceda el amor, porque si esto es amor, entonces todo está cerrado. Haz esfuerzos nuevos. Trata de encontrar en el otro el ser verdadero que está oculto. No tomes a nadie por supuesto, por conocido. Cada persona es un misterio tal que si entras más y más en su interior verás que no tiene fin.

Pero nos aburrimos el uno del otro, porque es sólo la periferia y siempre la periferia.

 

Estuve leyendo una historia. Un hombre estaba muy enfermo y probó todo tipo de remedios, pero nada le ayudaba. Entonces fue a un hipnotizador y éste le dio un mantra para repetir continuamente: «No estoy enfermo.» Al menos durante quince minutos por la mañana y quince minutos por la noche: «"No estoy enfermo, es­toy sano." Y todo el día, siempre que se acuerde, repítalo.» En po­cos días empezó a sentirse mejor. Y en unas semanas estaba per­fectamente bien.

Entonces le dijo a su esposa: «¡Ha sido un milagro! ¿Crees que debería volver al hipnotizador por otro milagro? Porque última­mente no siento apetito sexual y la relación sexual casi ha desapa­recido. No hay deseo.»

Su esposa se sintió feliz. Dijo: «Sí, vete», porque se había sen­tido muy frustrada.

El hombre fue al hipnotizador. Cuando volvió, su esposa le preguntó: «¿Qué mantra, qué sugerencia te ha dado ahora?» El hombre no quería decírselo. Pero en pocas semanas su apetito se­xual empezó a volver. Empezó a sentir deseo de nuevo. Su espo­sa estaba muy desconcertada. Seguía preguntándole continua­mente, pero el hombre se reía y no le decía nada. Así que un día, cuando él estaba en el cuarto de baño por la mañana haciendo su meditación, esos quince minutos de mantra, ella intentó oír lo que decía. Y lo que decía era: «No es mi mujer. No es mi mujer. No es mi mujer.»

 

Damos a la gente por supuesta. Alguien es tu mujer, la relación ha terminado; alguien es tu marido, la relación ha terminado. Ya no hay aventura, el otro se ha vuelto una cosa, una mercancía. El otro ya no es un misterio que desvelar; el otro ya no es nuevo.

Recuerda, todo se muere con la edad. La periferia siempre es vieja, y el centro siempre es nuevo. La periferia no puede seguir siendo nueva, porque a cada momento se está volviendo vieja, ran­cia. El centro siempre es fresco y nuevo. Tu alma no es ni un niño ni un joven, ni un viejo.

Tu alma es simplemente eternamente fresca. No tiene edad. Puedes experimentar con ella, puede que seas joven, puede que seas viejo: cierra los ojos y descúbrelo. Trata de sentir cómo es tu centro, ¿viejo?, ¿joven? Sentirás que el centro no es ni lo uno ni lo otro. Es siempre nuevo, nunca envejece. ¿Por qué? Porque el cen­tro no pertenece al tiempo.

En el proceso del tiempo, todo envejece. Nace un hombre, ¡el cuerpo ya ha empezado a envejecer! Cuando se dice que un niño tiene una semana, quiere decir que una semana de vejez ha pene­trado en el niño. El niño ha pasado ya siete días hacia la muerte, ha completado siete días del proceso hacia la muerte. Va hacia la muerte, tarde o temprano estará muerto.

Todo lo que viene en el tiempo envejece. En cuanto entra en el tiempo, ya está envejeciendo. Tu cuerpo es viejo, tu periferia es vie­ja. No puedes amarla eternamente. Pero tu centro siempre es fres­co, es eternamente joven. Una vez que te pones en contacto con él, el amor es un descubrimiento a cada momento. Y entonces la luna de miel no se acaba nunca. Si se acaba, no era una luna de miel en absoluto, era sólo un conocimiento superficial.

Y lo último que hay que recordar es: en la relación amorosa siempre echas la culpa al otro de cualquier cosa que va mal. Si algo no va como debiera, el otro es el responsable. Esto destruirá cual­quier posibilidad de crecimiento futuro.

Recuerda: tú eres siempre el responsable, y cámbiate a ti mis­mo. Deja esas cualidades que crean problemas. Haz que el amor sea una autotransformación.

Como dicen en los cursos de vendedores: el cliente siempre tie­ne razón. A mí me gustaría decirte: en el mundo de la relación y el amor, eres tú siempre el que está equivocado, el otro siempre tie­ne razón.

Y esto es lo que los amantes sienten siempre. Si hay amor, siempre sienten: «Debo estar equivocado», si las cosas no van como deberían. ¡Y los dos sienten lo mismo! Entonces todo crece, entonces los centros se abren, entonces los límites se fu­sionan.

Pero si pensáis que el otro está equivocado, te cierras a ti mis­mo y al otro. Y el otro también piensa que tú estás equivocado. Los pensamientos son contagiosos. Si piensas que el otro está equivo­cado, incluso si no lo has dicho, incluso si estás sonriendo y mos­trando que no piensas que el otro esté equivocado... el otro se ha dado cuenta, por tus ojos, por tus gestos, por tu cara. Incluso si eres actor, un gran actor, y puedes componer tu cara, tus gestos como quieras, también entonces el inconsciente está dando seña­les continuamente: «Estás equivocado.» Y cuando dices que el otro está equivocado, el otro empieza a sentir que tú estás equi­vocado.

La relación se destruye en ese escollo, y la gente se cierra. Si le dices a alguien que está equivocado, empieza a proteger, a salva­guardar. Y se cierra.

Recuerda siempre: en el amor siempre eres tú el equivocado. Y entonces la posibilidad se abrirá, y el otro sentirá lo mismo. Crea­mos la sensación en el otro. Cuando los amantes están cerrados, inmediatamente hay pensamientos que saltan del uno al otro. In­cluso si no están diciendo nada, si están en silencio, se comunican.

El lenguaje es para los que no son amantes, para los que no aman. Para los amantes, el silencio es un lenguaje suficiente. Sin decir nada, siguen hablando.

Si te tomas el amor como sadhana, no digas que el otro está equivocado. Tan sólo trata de descubrir: en alguna parte debes es­tar equivocado en algo, y entonces abandona esa equivocación.

Va a ser difícil porque va a ir contra el ego. Va a ser difícil por­que herirá tu orgullo. Va a ser difícil porque no será dominar, po­seer. No serás más poderoso poseyendo al otro. Esto destruirá tu ego, por eso va a ser difícil.

Pero de la destrucción del ego es de lo que se trata, el objetivo. Desde donde quieras acercarte al mundo interno —desde el amor, desde la meditación, desde el yoga, desde la oración—, sea cual sea el camino que elijas, el objetivo es el mismo: la destrucción del ego, desechar el ego.

A través del amor se puede hacer muy fácilmente. ¡Y es tan na­tural! El amor es la religión natural. My Way: The Way ofthe White Clouds, cap. 7.

 

 

 

En mi relación a menudo me pierdo a mí misma y em­piezo a sentirme cerrada. ¿Qué puedo hacer?

 

Este es uno de los problemas fundamentales del amor. Todos los que aman tienen que aprenderlo; nadie nace sabiéndolo. Llega muy, muy despacio y a través de mucho dolor, pero cuanto antes llegue, mejor, que toda persona necesita su propio espacio, que no deberíamos interferir en ese espacio. Interferir es muy natural para los amantes, porque empiezan a tomar al otro por supuesto. Em­piezan a pensar que ya no están separados. No piensan en términos de «yo» y «tú»; empiezan a pensar en términos de «nosotros». También sois eso, pero sólo de vez en cuando.

«Nosotros» es un fenómeno poco frecuente. Alguna vez, du­rante algunos momentos, los amantes llegan al punto en que esa palabra tiene sentido, en que pueden decir «nosotros», en que «yo» y «tú» desaparecen el uno en el otro, en que los límites se super­ponen. Pero estos son momentos excepcionales; no deberían to­marse por supuestos. No podéis permanecer «nosotros» las veinti­cuatro horas del día, pero es eso lo que exige todo amante, y eso crea sufrimiento innecesario.

Cuando os acercáis de vez en cuando, os hacéis uno, pero esos son momentos excepcionales, preciosos, que deben ser celebrados, y no podéis hacer que sean una cosa continua. Si lo intentáis, los destruiréis; entonces se perderá toda la belleza. Cuando ese mo­mento se ha ido, se ha ido; de nuevo sois «yo» y «tú».

Tú tienes tu espacio, tu amante tiene su espacio. Y ahora hay que ser respetuoso y no interferir de ninguna forma en el espacio del otro; no hay que invadirlo. Si lo invades, hieres al otro; empie­zas a destruir la individualidad del otro. Y como el otro te ama, seguira tolerándolo. Pero tolerar es una cosa; no es algo muy bello. Si el otro está sólo tolerándolo, entonces tarde o temprano se ven­gará. El otro no puede perdonarte, y sigue cargándose, un día, y otro, y otro... Has interferido con mil y una cosas, y todas se acu­mulan, y luego un día explotan.

Por eso los amantes se pelean tanto. Esa pelea se debe a esta constante interferencia. Y cuando interfieres en su ser, él trata de interferir en el tuyo, y nadie se siente bien así.

Por ejemplo, él se siente feliz y tú te sientes abandonada por­que tú no te sientes feliz. Sientes como si te hubiera engañado. «¿Por qué está tan feliz?» Los dos deberíais sentiros felices, esa es tu idea. Eso sucede de vez en cuando. Pero a veces sucede que él está feliz y tú no estás feliz, o tú estás feliz y él no. Tenemos que comprenderlo, que uno tiene todo el derecho a sentirse feliz sin el otro... incluso si duele. Te gustaría participar, pero no estás así. Si insistes, todo lo que puedes hacer es: puedes matar su felicidad... y los dos perdéis de esa forma, porque si matas su felicidad, cuando tú sola estés feliz él matará tu felicidad. Poco a poco, en vez de ha­cernos amigos, nos volvemos enemigos...

 

El requisito básico es que hay que dar al otro libertad absoluta para que sea él mismo.

Si está feliz, alégrate, está feliz. Si puedes estar feliz y partici­par en su felicidad, bien. Si no puedes, déjalo solo. Si está triste, si puedes participar en su tristeza, bien. Si no puedes participar y te apetece cantar y te sientes feliz, déjalo solo. No lo arrastres con lo que tú quieres; déjalo a su aire. Así, poco a poco, surge un gran res­peto mutuo. Este respeto se vuelve el cimiento del templo del amor. Don't Look Befare You Leap, cap. 22.

 

 

 

Capítulo 8

 

Maternidad

 

 

 

¿Podrías hablar sobre la responsabilidad, para una mujer, de ser madre?

 

Ser madre es una de las mayores responsabilidades que hay en el mundo. Hay tanta gente en los divanes de los psicoanalistas, y hay tanta gente loca en los manicomios y fuera de los manico­mios. Si profundizas en la neurosis de la humanidad, siempre en­contrarás a la madre, porque hay tantas mujeres que quieren ser madres pero no saben cómo serlo. En cuanto la relación entre la madre y el niño va mal, la vida entera del niño va mal, porque ese es su primer contacto con el mundo, su primera relación. Todo lo demás estará en continuidad con ello. Y si el primer paso va mal, la vida entera va mal...

Una mujer debería hacerse madre sabiendo lo que hace. Estás tomando una de las mayores responsabilidades que puede tomar un ser humano.

Los hombres son un poco más libres en ese sentido porque no pueden tomar la responsabilidad de ser madre. Las mujeres tienen más responsabilidad. Así que sé madre, pero no des por sentado que por el mero hecho de ser una mujer eres necesariamente una madre, eso es una falacia.

La maternidad es un gran arte; tienes que aprenderlo. ¡Así que empieza a aprenderlo! Me gustaría decirte algunas cosas:

 

Primero, nunca trates al niño como si fuera tuyo, nunca lo poseas. Viene a través de ti, pero no es tuyo. Dios te ha usado como vehículo, como instrumento, pero el niño no es una posesión tuya. Ámalo, pero nunca poseas al niño. Si la madre empieza a poseer al niño, entonces se destruye la vida. El niño empieza a ser un prisio­nero. Estás destruyendo su personalidad y lo estás reduciendo a una cosa. Sólo una cosa puede ser poseída: una casa puede ser poseída, un coche puede ser poseído, nunca una persona. Así que ésta es la pri­mera lección, prepárate para ella. Antes de que llegue el niño debe­rías estar lista para recibirlo como un ser independiente, como una persona por derecho propio, no simplemente como tu hijo o tu hija.

 

Y lo segundo: trata al niño como tratarías a una persona adul­ta. Nunca trates al niño como a un niño. Trata al niño con profun­do respeto. Dios te ha elegido como anfitriona. Dios ha entrado en tu ser como huésped. El niño es muy frágil, desvalido. Es muy di­fícil respetar al niño. Es muy fácil humillar al niño. La humillación resulta fácil porque el niño está desvalido y no puede hacer nada, no puede tomar represalias, no puede reaccionar.

Trata al niño como a un adulto, y con gran respeto. En cuanto respetas al niño, no tratas de imponerle tus ideas. No tratas de im­ponerle nada. Simplemente le das libertad, libertad para explorar el mundo. Le ayudas a hacerse más y más poderoso en la exploración del mundo, pero nunca le das instrucciones. Le das energía, le das protección, le das seguridad, todo lo que necesite, pero le ayudas a alejarse de ti para explorar el mundo.

Y, por supuesto, la libertad incluye también el error. Es muy di­fícil para una madre aprender que cuando das libertad al niño no se trata sólo de libertad para el bien. Es también necesariamente la libertad para hacer mal, para cometer errores. Así que haz que el niño esté alerta, sea inteligente, pero nunca le des mandamientos, nadie los cumple, y la gente se vuelve hipócrita. Así que si real­mente amas al niño, lo que hay que recordar es: nunca, nunca le ayudes de forma alguna, nunca le fuerces de forma alguna a vol­verse hipócrita.

 

Y lo tercero: no escuches a la moralidad, no escuches a la reli­gión, no escuches a la cultura, escucha a la naturaleza. Todo lo que es natural es bueno, incluso si a veces te resulta muy difícil, muy in­cómodo. Porque no te han educado según la naturaleza. Tus padres no te educaron con verdadero arte, amor. Fue algo accidental. No re­pitas los mismos errores. Muchas veces te sentirás muy incómoda...

Por ejemplo, un niño pequeño comienza a jugar con sus órga­nos sexuales. La tendencia natural de la madre es parar al niño, porque le han enseñado que eso está mal. Incluso si siente que no hay nada malo en ello, si hay alguien presente se siente un poco avergonzada. ¡Siéntete avergonzada! Ese es tu problema; no tiene nada que ver con el niño. Siéntete avergonzada. Incluso si pierdes respetabilidad en la sociedad, piérdela, pero nunca interfieras con el niño. Deja que la naturaleza siga su curso. Tú estás ahí para fa­cilitar lo que la naturaleza vaya desarrollando. Tú no eres quién para dirigir a la naturaleza. Estás ahí para ayudar.

 

Así son estas tres cosas... y empieza a meditar. Antes de que nazca el niño deberías entrar todo lo profundamente que puedas en la meditación.

Cuando el niño está en tu vientre, cualquier cosa que haces va continuamente al niño como vibración. Si estás enfadada, tu estó­mago tiene la tensión de la ira. El niño lo siente inmediatamente. Cuando estás triste, tu estómago tiene la atmósfera de la tristeza. Inmediatamente el niño se siente apagado, deprimido.

El niño depende totalmente de ti. Del humor que estés tú, de ese humor está el niño. Ahora mismo el niño no tiene indepen­dencia. Tu atmósfera es su atmósfera. Así que no más peleas, no más enfados. Por eso digo que ser madre es una gran responsabili­dad. Tendrás que sacrificar muchas cosas.

Ahora, durante los siete meses que vienen tienes que estar muy, muy alerta. El niño es más importante que ninguna otra cosa. Si alguien te insulta, acéptalo, pero no te enfades.

Di: «Estoy embarazada, y el niño es más importante que enfadarme contigo. Este episodio pasará y a los pocos días no recordaré quién me ha insultado y lo que he hecho. Pero el niño va a estar al menos se­tenta, ochenta años en el mundo. Es un gran proyecto.» Si quie­res, puedes tomar nota de ello en tu diario. Cuando nazca el niño, entonces te puedes enfadar, pero no ahora mismo. Simplemente di: «Soy una madre embarazada. No me puedo enfadar, no está per­mitido.» Esto es lo que yo llamo comprensión sensible.

No más tristeza, no más ira, no más odio, no más peleas con tu pareja. Ambos tenéis que cuidar del niño. Cuando hay un niño, vo­sotros dos sois secundarios; el niño tiene todas las preferencias. Porque va a nacer una nueva vida... y va a ser vuestro fruto.

Si ya desde el principio entra en la mente del niño ira, odio, conflicto, entonces estáis causándole el infierno. Sufrirá. Entonces es mejor no traer al niño al mundo. ¿Para qué traer un niño al su­frimiento? El mundo está en un sufrimiento tremendo.

 

En primer lugar, traer un niño a este mundo es algo muy arriesgado. Pero incluso si quieres hacerlo, al menos trae a un niño que será totalmente diferente en este mundo, que no será desgra­ciado, que al menos contribuirá a que el mundo tenga un poco más de celebración. Traerá un poco más de festividad al mundo... un poco más de risa, amor, vida.

Así que durante estos días, celebra. Baila, canta, escucha músi­ca, medita, ama. Sé muy suave. No hagas nada apresurado, con pri­sa. No hagas nada con tensión. Hazlo lentamente. Aminora el paso absolutamente. Va a llegar un gran huésped, tienes que recibirlo. God Is Not For Sale, cap 6

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¿Cómo puedo cumplir mejor mi deber como madre?

 

No lo consideres un deber. Uno tiende a considerarlo un deber, y el día que lo consideras un deber, algo muere, algo con un valor inmenso desaparece. La relación se ha roto. Considéralo una cele­bración. El niño es un regalo de Dios. Sé respetuosa con el niño, no sólo amorosa, sino también respetuosa. Si no hay respeto, el amor se vuelve posesivo. Si hay respeto, ¿cómo vas a poseer?

No puedes poseer a alguien a quien respetas. La idea misma es fea, irrespetuosa. Poseer a una persona significa reducirla a una cosa. Y una vez que el niño es tu posesión, te sientes cargada. En­tonces hay un deber que cumplir, y luego las madres hablan du­rante toda su vida de cuánto han hecho.

Una madre verdadera nunca dirá una sola palabra sobre lo que ha hecho, y no sólo no lo dirá: nunca siente que lo haya hecho. Lo ha disfrutado; se siente agradecida al niño. No es sólo el naci­miento del niño: simultáneamente naces de una forma nueva, la madre nace. Un aspecto es el nacimiento del niño; otro aspecto es que ha nacido tu maternidad. El niño te ha transformado tremen­damente. Te ha dado algo. Ya no eres la misma persona. Hay una gran diferencia entre una mujer y una madre.

Así que sé amorosa, sé respetuosa, y ayúdale a crecer de tal forma que no le pongas trabas. Desde este mismo momento, des­de el mismo comienzo, hay que estar alerta sobre esto. Y recuer­da no repetir el mismo patrón que has aprendido de tu madre. Eso es muy natural porque eso es lo que sabes sobre cómo debe ser una madre, y repetirás con tu niño la conducta de tu madre, y eso será un error. Sé absolutamente nueva. Olvídate de todo lo que has aprendido de tu madre; no sigas eso. Sé completamente nueva, responde de forma nueva. Escucha las necesidades de tu niño y responde con unas cuantas nociones absolutamente cer­teras.

Una de ellas es: da amor, pero nunca des una estructura. Da amor, pero nunca des un carácter. Da amor, pero la libertad tiene que permanecer intacta. El amor no debería ser una invasión de su libertad. Nadie piensa en la libertad de un niño pequeño, pero ¿cuándo pensarás en ello? Mañana seguirá siendo pequeño..., ¿pa­sado mañana...? De hecho, la madre nunca considera a su hijo o hija como una persona adulta capaz de ser libre. Nunca. Porque la distancia entre tú y el hijo o hija siempre seguirá siendo la misma. Si es una distancia de veinte años, seguirá siendo de veinte años. Así que desde este mismo momento, desde el mismo comienzo, sé respetuosa y dale libertad.

Y si a veces llora, no es necesario preocuparse por ello. Deja que llore, déjalo solo un poco. No es necesario correr siempre y es­tar siempre atenta para servirle. Eso parece amor, pero en realidad estás interfiriendo en su libertad. Puede que no necesite leche; a veces un niño simplemente llora. Un niño simplemente disfruta llorando, esa es su única forma de expresarse. No tiene lenguaje, ese es su lenguaje; grita, llora. Deja que llore, no hay nada de malo en ello. Está intentando relacionarse con el mundo. No trates de consolarlo, no le des el pecho inmediatamente. Si no tiene hambre, darle el pecho es como una droga.

Las madres usan sus pechos como una droga, ¿mm? El niño empieza a beber, se olvida de llorar y se duerme. Es cómodo, pero has empezado a invadirle. Si no quiere la leche, si no está anhe­lándola, déjalo. Entonces nunca necesitará ninguna terapia esen­cial. Las personas que gritan en la terapia esencial son las perso­nas con las que se interfirió durante su infancia y nunca se les permitió gritar.

Permíteselo todo y deja que sienta que es él mismo. Déjale más y más que sienta que es él mismo; interponte menos y menos en su camino. Ayúdale, nútrelo, pero deja que crezca por sí mismo. Incluso a veces, cuando sientas que va mal, no eres quien para juz­gar. Si va mal en tu opinión, esa es sólo tu opinión. Eso es lo que tú piensas. Puede que no vaya mal.

Él no está aquí en este mundo para seguir tu opinión. Y es muy fácil imponerle tus opiniones porque él está desvalido. Su supervi­vencia depende de ti; tiene que escucharte. Si dices: «No hagas eso», incluso si quiere hacerlo y se siente bien haciéndolo, tendrá que parar, porque es arriesgado ir contra ti.

Una madre verdadera permitirá a su niño tanta libertad que, incluso si quiere ir contra su opinión, se lo permitirá. Simplemen­te díselo con claridad: «En mi opinión eso no está bien, pero eres libre para hacerlo.» Déjale que aprenda con su propia experiencia. Así es como uno se hace realmente maduro; de otra forma la gen­te sigue siendo infantil. Crecen en edad, pero no crecen en su conciencia. De forma que su edad física puede ser de cincuenta años, y su mente quizá es de sólo once, diez, doce años o algo así. Trece años es la edad mental media de la gente. Eso significa que dejan de crecer a esa edad, y esa es la media. En el cálculo de esa media se incluye a Albert Einstein y a los Budas y a los Cristos. Si piensas en personas reales, su edad mental es muy baja. Viene a ser de unos siete u ocho años; alrededor de los siete años el niño se para. Y nunca crece, simplemente sigue.

Dale tu amor, comparte tu experiencia, pero nunca le impon­gas nada. Y entonces crecerá y será una bella persona. Don't Look Befare You Leap, cap. 30..

 

 

 

Cuando di a luz a mi primer hijo, sentí que y o también estaba naciendo de alguna manera. ¿Puedes hablar so­bre el nacimiento de una madre?

Siempre que nace un niño, no sólo nace el niño —esa es una par­te del asunto—; también la madre nace. Antes era una mujer co­rriente; mediante el nacimiento se convierte en una madre. Por una parte nace el niño; por la otra, nace la madre. Y una madre es to­talmente diferente a una mujer. Existe una diferencia, toda su exis­tencia se vuelve cualitativamente diferente. Antes puede que fuera una esposa, una amada, pero de pronto eso ya no es importante. Ha nacido un niño, ha llegado un nuevo tipo de vida: es madre.

Es por eso por lo que los maridos siempre tienen miedo a los niños. Básicamente nunca les gustan los niños porque un tercer miembro entra en la relación; y no sólo entra, sino que este ter­cer miembro se convierte en el centro. Y después de eso la mujer ya nunca es la misma esposa, es diferente. Después de eso, si un marido quiere realmente amor tiene que volverse como un hijo, porque esta mujer que se ha vuelto madre ya nunca puede ser una esposa corriente otra vez. Se ha vuelto madre, ya no hay nada que hacer. Lo único que te queda es volverte como un hijo para ella. Esta es la única manera en que puedes conseguir su amor de nue­vo; de otra forma, su amor se dirigirá a su hijo. The Mustard Seed: My Most Loved Cospel on Jesús, cap. 18..

 

Cuando una mujer se hace madre, le sucede algo tremen­damente significativo. Para una mujer es casi como un nuevo na­cimiento. Es algo que resulta muy difícil de comprender para un hombre a no ser que sea creativo. Si él ha dado a luz una pintura o poema, entonces quizá pueda hacerse una pequeña idea. Cuando un poeta ha dado a luz un poema, se siente tremendamente feliz. Nadie puede comprender lo que ha sucedido simplemente por componer un poema. Pero no es sólo un poema. Había mucha agi­tación en su interior, y el poema ha clarificado muchas cosas.

Pero eso no es nada comparado con una mujer que se ha he­cho madre, nada. Un poema es un poema: en el momento en que nace ya está muerto. Cuando está dentro del poeta tiene vida; en el momento en que se lo expresa es un mueble muerto. Puedes col­garlo en la pared. Puedes tirarlo a la basura o hacer lo que quieras, pero ya no está vivo.

Cuando una mujer da a luz un niño, es vida. Cuando mira al niño a los ojos, mira su propio ser. Cuando un niño empieza a cre­cer, ella crece con él. Get Out ofYour Own Way, cap. 3.

 

 

Este maratón loco, dulce, delicioso, totalmente ab­sorbente y físicamente agotador que se llama mater­nidad... Desde que esta bola de fuego llegó a nosotros —hace ahora casi dos años—, no ha habido ni una sola noche con sueño no interrumpido, ni un solo día de descanso. Y la sensación de que no hay nada más importante que simplemente estar presente para él, y muy a menudo sintiéndome inadecuada, tensa y cansada. ¿Dónde cabe la risa en todo esto? ¿Socorro!

 

Dar a luz un niño es una cosa, ser madre es totalmente distin­to. Cualquier mujer puede dar a luz un niño; este es un fenómeno muy simple. Pero para ser una madre se necesita mucho arte, se necesita mucho entendimiento.

Estás creando un ser humano, ¡esta es la mayor de las crea­ciones!

La mujer pasa por esos nueve meses de agonía y éxtasis. ¡Y el trabajo aún no se ha acabado! De hecho, es entonces cuando el tra­bajo, el verdadero trabajo, comienza, cuando nace el niño. Y el niño trae de nuevo una cualidad fresca a la vida. Todo niño es pri­mitivo, un bárbaro; ahora la madre tiene que civilizarlo. Todo niño es un bárbaro; recuerda: es un animal salvaje. Y la madre tiene que darle cultura, tiene que enseñarle las formas de vida, las formas humanas. Es un trabajo enorme.

Tienes que recordar que tu trabajo no ha terminado, acaba de empezar. ¡Tómatelo con alegría! Estás creando algo inmensamen­te valioso, estás tallando una vida, estás protegiendo una vida. Es un trabajo tal que no hay sacrificio excesivo, cualquier sacrificio se puede y se debe hacer. Esto es lo primero.

 

Lo segundo: no te lo tomes muy en serio, porque si no des­truirás al niño. Tu seriedad se volverá destructiva. ¡Hay mucha responsabilidad! Pero hay que tomársela como un juego. Trata al niño como si fuera un instrumento musical. Que ahora el niño sea tu instrumento. Trátalo con mucho cuidado, pero a la vez como un juego. Si te pones muy seria, el niño empezará a sentir tu seriedad y quedará abrumado y paralizado. No agobies al niño; no empieces a sentir que estás haciendo algo grande por él. Cuan­do digo que estás haciendo algo grande, quiero decir que te lo es­tás haciendo a ti misma. Ayudando al niño a crecer y volverse un bello ser humano, un buda, te estarás volviendo la madre de un buda. No estarás complaciendo al niño: simplemente estarás disfrutando tu propia vida; tu propia vida se volverá una fragan­cia a través del niño.

Es una oportunidad, una oportunidad que te da Dios.

Y estos son los dos peligros: o descuidas al niño, te cansas de él, o te lo tomas demasiado en serio y empiezas a agobiarlo, a po­nerle en deuda contigo. Ambas actitudes son erróneas. Ayuda al niño, pero simplemente por la alegría que ello te proporciona. Y nunca pienses que está en deuda contigo. Por el contrario, siénte­te agradecida de que te haya elegido para ser su madre. Que tu ma­ternidad florezca a través de él.

Si puedes florecer en tu maternidad, te sentirás agradecida al niño para siempre.

Y, naturalmente, no faltarán los sacrificios, pero hay que ha­cerlos... con alegría. ¡Sólo entonces es un sacrificio! Si lo haces sin alegría, no es un sacrificio. Sacrificio viene de la palabra «sacro». Cuando lo haces con alegría, es sagrado. Cuando no lo haces con alegría, simplemente estás cumpliendo una obligación, y todas las obligaciones son feas, no son sagradas.

Esta es una gran oportunidad. Medita sobre ella, profundiza en ella. Nunca encontrarás una relación semejante; de hecho, no exis­te ninguna como la que hay entre un niño y una madre. Ni siquie­ra la de marido y mujer, amante y amado o amada, la relación no es tan profunda como entre madre e hijo. No puede ser nunca tan profunda con nadie más, porque el niño ha vivido en ti durante nueve meses, como parte de ti; nadie más puede vivir en ti duran­te nueve meses como parte de ti.

Y el niño se volverá un individuo separado tarde o temprano, pero en alguna parte profunda del inconsciente la madre y el hijo o hija permanecerán conectados.

Si tu hijo o hija se puede volver un buda, tú te beneficiarás de ello; si crece y se vuelve un bello ser humano, tú te beneficiarás de ello, porque siempre permanecerá conectado contigo. Sólo la conexión física se ha desconectado; la conexión espiritual no se desconecta nunca.

¡Da gracias a Dios! La maternidad es una bendición. Walk Without Feet, Fly Without Wings and think Without Mind.

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¿Puedes hablar sobre las cualidades maternales de una mujer?

 

Buda dice: «Ser madre es dulce.» ¿Por qué? Dar a luz a un niño no es suficiente para ser una madre, recuerda. De otra forma, hay millones de madres en la Tierra, y parece que no hay dulzura. De hecho, si preguntas a los psicólogos te dirán justo lo contrario. Te dirán que el único problema que hay que solucionar es la madre. La única patología que sufren millones de personas es la ma­dre. Y lo que dicen lo dicen tras cincuenta, sesenta años de conti­nuo análisis de miles de personas. La enfermedad de todo el mun­do tiene un punto básico: que te ha sido dada, que te ha sido transmitida por tu madre.

Hay personas que tienen miedo a las mujeres, y si les tienes miedo no puedes amarlas. ¿Cómo va a surgir amor del miedo? ¿Y por qué tienes miedo a las mujeres?, porque has vivido tu infan­cia con miedo a tu madre. Ella estaba continuamente detrás de ti, ella te estaba martilleando continuamente. Te decía continua­mente que hicieras esto y que no hicieras aquello, por supuesto, por tu propio bien. Ella te ha lisiado, ha destruido muchas cosas en ti. Te ha hecho falso porque te ha dicho lo que se debe hacer. Te guste o no, surja espontáneamente en ti o no, tienes que obe­decer la orden. Y tú estabas tan desvalido... tu supervivencia de­pendía de tu madre, así que tenías que escucharla. Ella te ha con­dicionado. Y es a causa del miedo a tu madre que tienes miedo a las mujeres.

Millones de maridos están dominados por sus mujeres por la sencilla razón de que sus madres eran demasiado fuertes. No tie­ne nada que ver con la esposa; simplemente están proyectando a la madre en la esposa. La esposa es sólo una nueva edición de la madre. Están esperando de la esposa todo lo que esperaban de la madre. Por un lado, esto los paraliza; por el otro, empiezan a es­perar cosas que no son posibles por parte de la esposa, porque ella no es tu madre. Y se sienten frustrados. ¿Cómo vas a poder hacer el amor a tu esposa?

Un muchacho que ha estado realmente dominado por su ma­dre, que ha sido reducido a la obediencia absoluta, no podrá hacer el amor a una mujer, porque cuando se acerque a la mujer psico­lógicamente se volverá impotente. ¿Cómo vas a poder hacer el amor a tu madre? Es imposible.

Por eso, muchos hombres se vuelven impotentes con sus mujeres, pero sólo con sus mujeres. Con las prostitutas no son impotentes. Es extraño: ¿por qué no son impotentes con la pros­tituta? Por la sencilla razón de que no pueden pensar en su madre como una prostituta; eso es imposible. ¿Su madre, una pros­tituta? La prostituta es un mundo aparte. Pero sí pueden pensar en su esposa como una madre, pueden proyectar a la madre. La esposa se vuelve simplemente una pantalla. Quieren que su es­posa los cuide como a un niño pequeño, y si no lo hace se sien­ten ofendidos.

Hay miles de personas neuróticas y psicóticas en el mundo a causa de la madre.

Y Buda dice: «Ser madre es dulce.» Debe querer decir otra cosa.

¡No puede referirse a las madres judías! No se refiere sólo a dar a luz a un niño; eso no hace que una mujer sea una madre. Ser maternal es un fenómeno totalmente diferente. Es algo ab­solutamente humano; trasciende la animalidad. No tiene nada que ver con la biología. Es amor, amor puro, amor incondi­cional.

Cuando una madre ama incondicionalmente —y sólo una ma­dre puede amar incondicionalmente—, el niño aprende el gozo del amor incondicional. El niño se vuelve capaz de amar incondicio­nalmente. Y ser capaz de amar incondicionalmente es ser reli­gioso.

Y es lo más fácil para una mujer. Es fácil para ella porque está preparada para ello naturalmente. Ella está a punto de trascender la biología al ser madre. Puedes ser maternal sin dar a luz a un niño. Puedes ser maternal con cualquiera. Puedes ser maternal con un animal, con un árbol. Puedes ser maternal con cualquier cosa. Es algo que hay en ti.

Ser maternal significa ser capaz de amar incondicionalmente, de amar a alguien por el puro gozo de amar, de ayudar a alguien por el puro gozo de ver a alguien crecer.

Un terapeuta auténtico es una madre. Si no lo es, no es un te­rapeuta auténtico. Es sólo un profesional que explota a la gente, que los explota porque sufren. Pero un terapeuta auténtico es una madre. Se convierte en un útero para el paciente. Da un nuevo na­cimiento al paciente. Empieza la vida del paciente de nuevo desde el principio. Le da una hoja en blanco para que escriba su vida de nuevo.

A eso me refiero cuando hablo de «la psicología de los budas»; eso es terapia auténtica. Un maestro es un terapeuta auténtico; su mera presencia es terapéutica. Te rodea como una madre. Es una nube que te rodea por todas partes, por todos lados, en todas las dimensiones, como una madre. The Dhammapada: The Way ofthe Buddha, vol. 9, cap. 7.


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