¿Qué lugar ocupa el misticismo en tu religión?
Mi religión es puro misticismo y nada más. En otras religiones no hay lugar para él, y no puede haberlo porque ya tienen una respuesta para cada pregunta, pero sus respuestas son falsas, no han sido comprobadas, carecen de pruebas. Sin embargo, suponen un consuelo para la ingenua humanidad, pues le restan misterio a la existencia. Todo conocimiento desmitifica la existencia.
Contrariamente a las religiones, que tienen como único objetivo convertirte en un erudito, yo no defiendo la erudición. Para ellas, Dios es el creador. Y hay mensajeros de Dios dispuestos a ofrecerte las respuestas a todas las preguntas que proceden de la fuente original, que es irrefutable e infalible. Todas estas religiones se han aprovechado del hombre ya que este se siente inseguro cuando no halla respuestas a sus preguntas. Porque, efectivamente, tiene preguntas —el hombre ha nacido con preguntas, con un gran interrogante en su corazón—, y eso está bien.
Por fortuna, el hombre ha nacido con ansias de saber, de lo contrario solo sería una especie más. Los búfalos no se hacen preguntas; aceptan lo que hay sin cuestionarlo; tienen mucha fe, son muy religiosos. Los árboles o las aves tampoco se plantean preguntas. Es una prerrogativa exclusiva del ser humano, un privilegio. De toda la creación, es el único ser vivo capaz de hacerse preguntas.
Las antiguas religiones han intentado acabar con ese privilegio. Te han sometido al nivel de los animales. Y a eso ellas lo denominan fe, la «fe inquebrantable». Quieren que seas un búfalo, un asno, pero no un ser humano, porque la única diferencia que hay entre este y los animales es que el primero quiere saber. Sí, resulta algo confuso.
Vivir sin interrogantes obviamente te asegura una existencia más tranquila, pero esa paz es una paz muerta, no hay vida en ella; todo es silencio, un silencio propio del cementerio, de la tumba. Yo prefiero que el hombre esté vivo aunque se sienta confuso. No quiero que se convierta en un sepulcro. Sin embargo, hay que pagar un precio muy alto por esa paz y ese silencio: renunciar a la vida, a la inteligencia, renunciar a cualquier posibilidad de descubrir una forma de existencia extática. Ese interrogante tiene un sentido. El que un niño nazca con dudas en lugar de nacer con fe no es un ardid del demonio. La duda es algo natural.
Los niños siempre hacen miles de preguntas. Cuantas más hagan, mayores posibilidades tendrán de descubrir algo. También hay niños mudos, no de forma literal, sino desde un punto de vista psicológico. A los padres les gusta ese tipo de niños porque no molestan, no hacen preguntas; incluso un niño pequeño podría acabar con toda tu erudición.
Esto me hace recordar mi infancia y otras cosas que te ayudarán a comprender la belleza del interrogante. Mientras no entiendas que la necesidad de preguntar es intrínseca a la naturaleza humana, a la dignidad del hombre, no sabrás qué es el misticismo.
Mitificar no es lo mismo que misticismo. Y mitificar es lo que han hecho los sacerdotes. Te han arrebatado el interrogante; han destruido cualquier posibilidad de explorar el misterio de la existencia. A cambio, te han dado un sucedáneo, una piruleta llamada «mitificar». Así lo han hecho todas las escrituras religiosas, usando básicamente el mismo método. Por ejemplo, las escrituras del hinduismo fueron escritas en un idioma muy complejo, el sánscrito. No hay ni un solo hindú que lo hable; se trata de una lengua muerta. Por mi parte, he intentado averiguar si alguna vez fue una lengua viva, pero no he encontrado ni un solo indicio. Nació ya muerta. La inventaron los sacerdotes; la gente nunca la utilizó, no podrían haberlo hecho. Es compleja, con una gramática y una fonética difíciles, demasiado matemática.
Un idioma que se usa habitualmente deja de ser tan gramatical, porque es una lengua que está más viva; es menos matemática y más expresiva. Se vuelve ruda, pierde su sofisticación y empieza a evolucionar. El sánscrito no ha evolucionado en cinco mil años. Es evidente que algo que está muerto no puede desarrollarse.
Una lengua viva se enriquece continuamente. Las palabras se van puliendo como los cantos de río que se redondean al ir rodando. El flujo constante del río, los continuos golpes contra las rocas y otras piedras hacen que adopten esa forma. Es fácil saber si un idioma ha evolucionado; se puede describir y definir con facilidad qué lenguas están muertas y cuáles no lo están.
Una lengua muerta siempre será perfecta; una lengua viva nunca lo será, porque esta es utilizada por los humanos, seres imperfectos y falibles, y va pasando de boca en boca. Por lo que cada vez es más fácil de usar.
Por ejemplo, el inglés llegó a la India desde el exterior. Había determinadas palabras que inevitablemente acabarían siendo de uso común, como el término «estación». En la India nunca había habido estaciones ni nada que se les asemejase; aparecieron tras la llegada del idioma inglés. Entonces, se introdujo el ferrocarril y, por supuesto, asociado a él, la palabra «estación». Pero por mucho que viajes por la India no encontrarás a un solo hindú que diga station; y me refiero al noventa y ocho por ciento de los hindúes que no saben inglés. Es demasiado difícil, muy complicado para ellos. Mediante el uso, y sin pretensión alguna, han llegado a la palabra tesan. Es fácil de entender. Les cuesta demasiado pronunciar la palabra station, de modo que dicen tesan.
La palabra report también se introdujo con el idioma inglés, a través de las comisarías de policía y de la obligación de «denunciar». Pero si vas por los pueblos te sorprenderá que nadie use la palabra report, sino rapat. La han ido puliendo hasta dejarla en rapat; así la dificultad que suponía pronunciar report ha desaparecido. Rapat parece más humana. Son muchas las palabras, y cada una de ellas comporta una historia muy interesante: cuando la gente las usa, empiezan a cambiar de forma.
El sánscrito se ha mantenido estático, al igual que el hebreo, el árabe, el griego y el latín; todos ellos a un nivel inalcanzable para la gente. El sánscrito nunca ha sido el idioma del pueblo y estaba mitificado; el país entero se hallaba en manos del clero que solo decía tonterías... en sánscrito. Cuando lo entiendes, piensas: ¿y qué tenía esto de sagrado? Pero si lo entonan en sánscrito y desconoces el significado, lo ves como algo místico.
Tenían que preservar el secreto de las escrituras para que siguieran siendo sagradas. La gente no podía tener acceso a ellas, no debían saber leerlas. Y si deseaban acceder a su contenido, debían recurrir a un sacerdote. Cuando se inventó la imprenta, los hinduistas se negaron a imprimir sus escrituras: ¿qué ocurriría entonces con ese falso misticismo que habían mantenido desde hacía miles de años?
Los hinduistas han engañado a todo el país con la idea de que sus libros sagrados contienen todos los secretos, ¡pero el noventa y nueve por ciento de esos libros sagrados son basura! Es posible que sean sagrados para los hinduistas, pero para nadie más. Cuando esos libros fueron traducidos a otros idiomas, desapareció el supuesto misticismo. El hinduismo perdió toda su grandeza y toda su gloria cuando pudieron leerse en cualquier idioma, cuando su contenido fue accesible a todo el mundo.
Mahavira nunca habló en sánscrito, tampoco Gautama Buda; hablaban el idioma de la gente común simplemente para desafiar al clero. Y este se lo reprochó diciendo: «No estáis haciendo lo correcto. Deberíais hablar en sánscrito. Ambos sois personas muy cultas (eran hijos de reyes). ¿Por qué habláis en la lengua vulgar si conocéis el sánscrito?».
«Tenemos razones para ello -respondieron-, queremos que la gente sepa que hay que acabar definitivamente con la mitificación de los textos sagrados, que no dicen nada, pero, como nadie entiende el idioma en el que están escritos, están sujetos a la imaginación de la gente.»
Incluso es posible que el sacerdote no sepa lo que está diciendo cuando recita el sánscrito porque lo ha aprendido de memoria. Todo se basa en esta última, no en la comprensión. El significado no interesa; lo único que importa es saber recitarlo.
Y por supuesto, el sánscrito es un idioma muy bello por su musicalidad. Es más fácil aprender una canción que un texto en prosa de la misma extensión. La poesía se memoriza fácilmente; por eso todos los idiomas que se sustentan en la memoria son poéticos, más musicales, suenan mejor. Pero no quieras saber qué significa, porque puede ser algo tan trivial o más que el contenido de cualquier periódico actual. Así que imagínate qué puede aportarte un periódico que tiene cinco mil años...
Si oyes a un brahmán recitando, sentirás que su cántico te envuelve en una áurea mística; se crea una atmósfera musical. Pero ¿qué significa lo que está cantando? Es posible que esté recitando una oración a Dios que diga: «Destruye, por favor, todas las cosechas de mis enemigos y haz que las mías se dupliquen. Haz que todas las vacas de mi vecino dejen de dar leche y las mías den el doble». Cuando conozcas el significado, exclamarás: «¡Vaya tontería! ¿Qué tiene eso de sagrado? ¿Dónde está la religión? ¿Acaso esto es religión?». Porque el significado es lo de menos para ellos.
Cuando oigas a los musulmanes llamando a la oración desde el minarete, te asombrará la musicalidad de su canto. El árabe es un idioma muy emotivo, llega directamente al corazón. Y eso es lo que pretende. No trata de llegar a tu mente ni a tu entendimiento, sino provocar en ti una emoción y, evidentemente, lo consigue. Cuando escuchas hablar árabe te conmueves y piensas: «Debe de estar diciendo algo realmente bonito». Si el sonido es capaz de provocar esa emoción, ¡imagínate el significado! Pero, por favor, no preguntes qué quiere decir...
De modo que no hay que permitir que la gente aprenda la lengua sagrada. Es algo reservado únicamente al clero; es monopolio de los sacerdotes.
Pero se trata de la mitificación. Te han quitado aquello que tenía un enorme potencial y que habría convertido toda tu existencia en un misterio —el interrogante— y lo han sustituido por algo muy distinto a fin de que estés tranquilo. Te han dado en su lugar un sucedáneo, un juguete con el que puedas jugar. Además, pretenden tener todas las respuestas. Empiezan a inculcárselas al niño incluso antes de que este pregunte. Observa cómo se desarrolla este proceso. La respuesta es irrelevante si no se ha formulado la pregunta.
Esto es lo que iba a contarte...
En mi infancia, empezaron a darme respuestas. En el templo impartían una clase especial de jainismo de una hora, por las noches, a la que tenían que asistir todos los niños, pero yo me negué a ir.
Le dije a mi padre: «En primer lugar, yo no me hago esas preguntas para las que pretenden dar respuestas. Es una tontería. Cuando tenga preguntas, yo mismo buscaré las respuestas y veré si son correctas o no. Pero, ahora mismo, ni siquiera me interesan las preguntas. ¿Quién creó el mundo? ¡Me importa un bledo! No me interesa, aunque hay algo que sí tengo claro: yo no he sido».
«Eres un niño muy especial —me dijo mi padre—. Todos los niños de la familia participan, y también los del barrio.»
Los jainistas suelen vivir en el mismo barrio o en barrios cercanos. Las minorías temen a la mayoría, por eso se agrupan; así se sienten más protegidos. El templo está en el centro del barrio y todos los niños acuden al lugar. Se agrupan en una misma zona a fin de protegerse, porque si el templo estuviese en un barrio hinduista o en uno musulmán, podrían incendiarlo en cualquier momento. Y todo sería mucho más complicado para ellos, pues cuando hubiera tumultos, no podría asistir al templo.
Muchos de los jainistas no comen sin antes haber ido al templo a rendir culto. Viven en pequeños sectores de la ciudad o de un pueblo, y se establecen en torno al templo, que es el centro de la comunidad.
—Todo el mundo asiste —dijo mi padre.
—Es posible que tengan preguntas, o quizá sean idiotas. Yo ni soy idiota ni tengo preguntas que hacer, de modo que me niego a ir. Además, sé que el profesor solo enseña tonterías a los niños —dije.
—¿Puedes demostrármelo? —me preguntó— Tú siempre me pides que te demuestre las cosas; y ahora yo te pido que hagas lo mismo conmigo.
—Acompáñame —le dije.
Él siempre estaba muy ocupado, pero yo quería concluir la discusión.
Cuando llegamos al colegio, el profesor estaba hablando de las tres cualidades de Mahavira: la omnipotencia o el ser todopoderoso, la omnisciencia o saberlo todo, y la omnipresencia o estar en todas partes.
—Ya lo has oído —le dije— y ahora acompáñame al templo—. La clase estaba justo al lado del templo, en una sala agregada a este—. Ahora, entra.
—¿Para qué quieres que entre? —me preguntó.
—Porque quiero ofrecerte una prueba —respondí.
Yo había puesto un laddu, un dulce hindú, en forma de bola, en la imagen de Mahavira. Lo había colocado en la cabeza de este y, claro, dos ratas habían subido a comérselo.
—Este es tu omnipotente Mahavira —espeté—, y acabo de ver cómo dos ratas orinaban sobre su cabeza.
—Eres incorregible. ¿Has hecho todo esto para demostrármelo? —me preguntó.
—¿Qué más podía hacer? ¿Cómo iba a demostrártelo? No podía preguntárselo a Mahavira, porque el único Mahavira que tú, los profesores y yo conocemos es tan solo una imagen.
»Si fuese omnipresente debería haber visto lo que hacen las ratas, asustarlas y haberse quitado el laddu. Yo no estaba ahí, había ido a buscarte y además tenía que prepararlo todo para convencerte. A ver cómo me demuestras ahora que este hombre es omnipresente. A mí me da igual, pero es posible que a él no. ¿Por qué iba a importarme?
Pero antes de que un niño pueda preguntar algo ya le han inculcado la respuesta. Este es esencialmente el mayor crimen que cometen todas las religiones, ya que programan a las personas, las condicionan. Y, sin embargo, me critican afirmando que soy yo quien condiciono a la gente, cuando lo único que pretendo es alejarlas de esas influencias. Han forjado este condicionamiento llenándote la cabeza con toda clase de respuestas. Yo me limito a destruir esas respuestas para que encuentres tu pregunta, que han recubierto de tal forma que has olvidado que existía.
En realidad, no has llegado a hacer ninguna pregunta. Nunca has tenido la ocasión de familiarizarte con todo aquello que quieres saber, es decir, con tu inteligencia inquisitiva. Las religiones temen que cuando empieces a hacer preguntas —aunque solo sea una— les resulte difícil seguir inculcándote las respuestas, porque la inteligencia inquisitiva tiende a plantear dudas, lo que dará origen a más preguntas de las que puedas imaginarte. De modo que a las religiones les conviene cometer el mayor de los crímenes: inculcar al niño —cuanto antes mejor— la teología, los dogmas, las doctrinas y los catecismos. Para que sepa todas las respuestas antes de ser consciente de su pregunta.
Si eres cristiano, ¿cómo sabes que existe una trinidad? Que Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo constituyen el gran monopolio del poder, dominan el mundo, que ellos son los auténticos dictadores. ¿Cómo lo sabes? Porque te lo han dicho. Quizá hayas olvidado quién te lo dijo, pues te lo inculcan desde muy pequeño para que, por mucho que retrocedas en el tiempo o profundices, nunca llegues a saber quién corrompió tu mente.
El parto virginal... Si no eres cristiano, es algo que no puedes aceptar: ¿cómo puede dar a luz una virgen? Pero si eres cristiano ni siquiera te lo planteas, porque te han inculcado la respuesta antes de que surgiera la pregunta. Te tratan como si fueses un ordenador: te alimentan con respuestas. Si alguien habla mal del cristianismo, estarás dispuesto a matar o a morir por una tontería que ni siquiera has descubierto tú. Tampoco sabes quién te lo inculcó, porque a él le hicieron lo mismo que a ti.
Esto lleva ocurriendo desde hace muchos siglos. Cada generación traslada todas sus supersticiones a la siguiente, con la convicción de culturizarla con sus idioteces. Y si eres una persona culta, se cierran para ti las puertas del misticismo.
El misticismo consiste en observar la existencia sin prejuicios.
Por eso afirmo que, aunque se declaren místicas, ninguna de las presuntas religiones lo son porque no cumplen la premisa indispensable para ello. Cuando dejes a un lado todos tus conocimientos, deberás también deshacerte de todo aquello que conformaba tu fe. No te preocupes, esta no tiene ningún valor; no se trata de un tesoro, al contrario, supone una tragedia. Si consigues desembarazarte de toda esa carga, te sentirás más liviano, los lastres habrán desaparecido, volverás a tener la mirada de un niño.
Son tantas capas de conocimientos: hindúes, cristianos, musulmanes, hebreos... Demasiadas capas... Da igual quién haya intentado anularte como persona, pues todas las religiones están en el mismo barco, todas cometen el mismo crimen. Y puesto que es así, nadie se atreve a objetar. La humanidad entera se halla bajo su yugo.
Cuando alguien como yo denuncia públicamente toda esa sarta de mentiras, entonces es objeto de recriminaciones y de críticas, pero jamás me han ofrecido una respuesta; no han contestado a mis réplicas. Llevo haciendo preguntas desde que era niño, y nunca han respondido ni una sola de ellas. Cuando descubres que todas las respuestas son arbitrarias y que las ha inventado alguien para que te sientas más tranquilo...
Es como cuando una madre dice a su hijo, quien aún no está preparado para dormir solo en su propio cuarto: «No te preocupes, Jesús está contigo. Duerme. No estás solo». ¿Cómo va el niño a dudar de de su propia madre? Y ella tampoco considera que esté engañándole, porque cree en lo que dice. A ella la engañó su madre, y ahora hace exactamente lo mismo con su hijo. Es lógico, pues ¿acaso dispone de otra opción?
El niño tiene miedo pero tendrá que aprender a dormir solo. Pronto lo internarán en un colegio y allí deberá valerse por sí mismo. No puede seguir toda la vida pegado a las faldas de su madre. Y esta se justifica a sí misma diciéndose: «Si empieza a sentir la presencia de Jesús o de Dios, se dormirá...».
El niño también se queda tranquilo y ya no siente tanto miedo. No ha cambiado nada — sigue en el mismo cuarto, solo y a oscuras—, pero ahora tiene un consuelo: Jesús le cuida, Dios le cuida, y este se halla en todas partes. Su madre, su padre, su profesor y su sacerdote se lo han dicho; no pueden estar todos equivocados. Aunque Dios sea invisible y él no pueda verlo, le da cierta tranquilidad.
Este es el efecto que provocan en ti los conocimientos; aliviarte para que no tengas que indagar, porque la indagación es agotadora. En este mundo no se consigue nada si no estás dispuesto a arriesgarte. Te han dado a Dios a cambio de nada, pese a no haberlo pedido. ¿Qué valor puede tener un Dios como este? Te han ofrecido la religión sin que hayas tenido que hacer ningún esfuerzo. Esta religión y este Dios son formas de mitificar la existencia para que tu pregunta siga oculta. Mi propósito consiste en desmitificar.
Es probable que la pregunta sobre qué lugar ocupa el misticismo en mi religión haya surgido por mi constante empeño en desmitificarlo todo. La persona que ha planteado esta cuestión no comprende la diferencia entre misticismo y mitificar; cree que son sinónimos. Pero se equivoca: en realidad son términos opuestos. La mitificación impide el desarrollo del misticismo; por lo que es imprescindible destruir la mitificación, arrancarla de raíz.
De ese modo no será necesario que yo te dé una respuesta. Tu pregunta está ahí y la existencia también. ¿Quién soy yo para entrometerme entre la existencia y tú? Fíjate en esta. Observa el amanecer, contempla el atardecer. Entonces no habrá respuestas, solo verás lo que hay: un maravilloso crepúsculo.
Te sentirás colmado. Desearás ponerte a cantar, a bailar, a pintar o simplemente tumbarte en la hierba y seguir contemplando. Empezará a producirse una comunión entre tu ser y la belleza del atardecer. Sentirás que algo está ocurriendo; esto es misticismo. Y sin tener conocimiento alguno, lo sabrás todo.
Existe un conocimiento que no lo sabe todo; en cambio, la ignorancia sí lo sabe todo, porque esa ignorancia es inocencia.
Yo podría decir: «benditos los ignorantes»; pero la segunda parte de mi frase no sería esta: «porque alcanzarán el reino de Dios». No, eso sería mitificar. Yo diría: «Benditos los ignorantes porque de ellos es el reino de Dios, ahora, aquí». No se trata de alcanzarlo algún día, en el futuro o en otra vida después de la muerte; eso sería mitificar.
El misticismo es dinero en efectivo. Mitificar es un pagaré. Nadie sabe si ese pagaré podrá cobrarse. Podría haber un cambio de gobierno, podría quebrar el banco. Los bancos son los únicos que pueden declararse en bancarrota, tan solo ellos. Y este pagaré puede cobrarse únicamente después de muerto; esa es la condición. «Creemos en Dios; confiamos en Dios». El Papa promete que recibirás algo, pero solo después de tu muerte. Llevan tanto tiempo aprovechándose de la gente con unos medios de explotación tan simples que cualquier persona con un mínimo de inteligencia debería darse cuenta.
La vida es un misterio; las escrituras mitifican. Las escrituras están muertas y todo el clero vive a expensas de unas escrituras muertas. Un verdadero y auténtico hombre vive la vida, no las escrituras. Y por el mero hecho de vivir intensamente, con totalidad, el misterio le rodea por todas partes. Cada momento es un misterio. Puedes saborearlo, pero no reducirlo a un conocimiento objetivo. Este es el significado de «misterio»: existe una forma de llegar a él, pero de ningún modo se puede reducir a un conocimiento. Nunca llega a convertirse en conocimiento, solo es saber. Tienes la sensación de que sabes, pero si alguien insiste en inquirir: «Dame una respuesta, sé que la tienes», y tú que eres una persona honesta y sincera, dirás: «Tengo la sensación de que sé, pero también siento que no puedo convertirlo en un conocimiento».
Por eso Lao-Tsé siempre se negó a escribir, porque, cuando escribes algo, se convierte en otra cosa. Pero solo puede detectarlo alguien que esté familiarizado de algún modo con el misterio.
No es una cuestión de conocimientos: un erudito no detectaría ninguna contradicción en Lao-Tsé. Confucio fue un gran erudito coetáneo de Lao-Tsé. Y, sin embargo, Confucio es más famoso que Lao-Tsé. Es natural: se trataba de un gran erudito, de un sabio muy renombrado. Grandes emperadores iban a pedirle consejo. El emperador de China, que en esa época debía de ser el emperador más importante del mundo, porque China en sí misma ya es un continente, le nombró primer ministro para tenerlo siempre cerca y poder así pedirle consejos. Pero ¿sabes qué pasó cuando Confucio fue a ver a Lao-Tsé? Después de esa visita estuvo casi al borde de un ataque de nervios...
A Lao-Tsé le conocían al menos aquellos que iban en su busca. Cuando Confucio fue a verlo, los discípulos se quedaron esperando fuera..., Lao-Tsé vivía en una cueva de una montaña.
Confucio no quiso que le acompañaran porque sabía que Lao-Tsé era un hombre particular, impredecible. Era imposible prever su reacción, cómo se comportaría, qué diría. Podía hundirte en presencia de todos tus discípulos. Por eso prefirió entrar solo.
—Esperadme fuera —dijo a los discípulos—. Entraré yo solo.
Cuando salió estaba temblando.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntaron los discípulos.
—Llevadme a casa —dijo—. No me encuentro nada bien. Este hombre es un dragón, no vayáis a verlo.
¿Qué ocurrió en aquella cueva? Sabemos lo que sucedió porque allí había discípulos de Lao-Tsé; de lo contrario, no habríamos tenido ninguna información de este gran encuentro. Incluso los propios discípulos de Lao-Tsé se quedaron boquiabiertos, porque Confucio era mayor que su maestro, mucho más conocido y tenía una gran reputación. ¿Quién conocía a Lao-Tsé? Muy pocas personas.
La actitud que adoptó frente a Confucio fue realmente escandalosa. Pero no para Lao-Tsé. Él era un hombre sencillo, no era arrogante ni humilde, era simplemente un ser un humano puro. Si su pureza, su inocencia y su naturalidad fueron un varapalo para Confucio, ¿qué podía hacer él al respecto?
Cuando te pones delante de un espejo y este refleja un rostro horrible, ¿acaso la culpa es del espejo? La única opción que tienes es evitar mirarte en un espejo para no ver de nuevo tu reflejo. O inventar un espejo que refleje un rostro hermoso. Es factible. Hay muchas clases de espejos: cóncavos, convexos..., y pueden hacer que parezcas alto, delgado, pequeño o apuesto. Quizá tus espejos te estén engañando. Tal vez los fabricantes los diseñen para que te sientas mejor viéndote más hermoso. Las mujeres, en particular, se olvidan de todo lo demás cuando se ponen delante de un espejo. Es muy difícil convencer a una mujer de que se aleje de un espejo. No puede dejar de mirarse. Debe de haber algo especial en los espejos, porque generalmente la gente es poco atractiva.
—¿Qué has hecho? —preguntaron los discípulos a Lao-Tsé.
—No he hecho nada —respondió—, solo le he mostrado su imagen reflejada. Esa ha sido mi respuesta. Es tan idiota que cree que sabe, pero tan solo es un erudito. ¿Qué le vamos a hacer...? Le he hecho entender que todo lo que sabe son tonterías, le he dicho: «No sabes nada de nada».
A alguien como Lao-Tsé no se le puede mentir. Confucio se quedó petrificado, como una estatua, porque sabía que Lao-Tsé tenía razón: «La erudición no significa saber. Te limitas a citar a otras personas, pero ¿hay algo que puedas decir que sea exclusivamente tuyo?». Y Confucio no supo decir nada. Era un gran erudito, podría haber citado los textos sagrados antiguos; sin embargo, ¿qué sabía él? Nunca se habría imaginado que alguien pudiera plantearle una pregunta como aquella.
Cuando Lao-Tsé le miró, Confucio supo que no podría engañarle. Entonces preguntó algo a Lao-Tsé y este le respondió: «No. No sé nada».
Luego, Confucio volvió a preguntarle: «¿Qué hay después de la muerte?».
Lao-Tsé se enfureció y dijo: «¡Otra vez! ¿Cuándo vas a deshacerte de toda tu estupidez? Estás vivo..., ¿cómo definirías la vida? Estás vivo..., ¿serías capaz de reducir tu experiencia vital a un conocimiento objetivo y definir qué es la vida? Recuerda que estás vivo, así que deberías saberlo. Estás vivo, y sin embargo no sabes nada de la vida, ¿y te preocupas por la muerte? Ya tendrás tiempo en la tumba. Entonces podrás meditar acerca de la muerte. Pero ahora ¡vive! Y no lo hagas a medias».
Hay mucha gente que vive la vida como si tuviese un regulador de potencia. Y, poco a poco, disminuyen su luz. No están muertos, pero cada día se ven más apagados; se van difuminando. Únicamente las pocas personas que realmente han vivido, y lo han hecho al máximo, mueren. Conocen la diferencia que hay entre la vida y la muerte, porque han disfrutado de la vida y esa experiencia les permite disfrutar también de la muerte. Conocen la vida, y por eso conocen la muerte. Pero si no experimentas la vida, tampoco experimentarás la muerte.
—Estás perdiendo el tiempo; ¡sal y vive! —le dijo Lao-Tsé a Confucio—. Algún día te morirás, no te preocupes; no conozco a nadie que haya vivido eternamente. La muerte no hace excepciones, ya sea con un gran erudito o con un primer ministro. Puedo predecir que morirás. Las demás cosas no son tan predecibles, pero esto sí: te vas a morir. Cuando estés tranquilamente en la tumba, medita sobre la muerte.
Confucio temblaba todo él.
El rey también le preguntó: «Has ido a ver a Lao-Tsé, ¿qué ha pasado?».
—Ha ocurrido lo que me temía —dijo Confuncio—. Me ha dejado en ridículo y llevo cuarenta y ocho horas temblando sin parar. Su rostro me sigue atemorizando, ¡llevo dos noches teniendo pesadillas! Este hombre me persigue y temo que seguirá haciéndolo. ¡Qué mirada! Te atravesaba como una espada. Si quiere mi consejo, no vaya nunca a verlo. Es un dragón, no es un hombre.
El misticismo es saber qué es la vida sin que los conocimientos se interpongan.
Vives la vida como si fuese un préstamo, como si la viviera otra persona. Eres algo parecido a un zombi, a un sonámbulo, alguien que camina dormido. Y son las religiones las que han creado esta situación. El problema es que la gente cree que las religiones son una bendición para el mundo, y son justo lo contrario, suponen la mayor desgracia que ha podido acaecer a la humanidad. Han destruido todo lo que estaba vivo en ti y lo han reemplazado por algo muerto. Tu pregunta era un fenómeno vivo. Tu duda respiraba, latía dentro de tu corazón, pero te dijeron: «No dudes o sufrirás».
—Estoy preocupado por ti. Me preocupa todo lo que dices en contra de la religión, de Dios, el cielo y las doctrinas; temo que tengas que sufrir por ello—solía repetirme mi padre.
—Estoy preparado —le respondía—, pero permíteme vivir mi vida antes de que empiecen a perseguirme por ello, así no sentiré rencor ni me quejaré. En realidad, soy yo quien está preocupado por ti, porque todos esos conocimientos son una trampa, crees que un barco de papel puede llevarte a la otra orilla. Te ahogarás, te lo aseguro.
»Yo pretendo nadar desde el primer instante, no dependo de un barco de papel. Si me ahogo, habrá sido mi elección. Nadie es responsable de lo que me ocurra, y no tengo quejas. He disfrutado de mi vida. Me he divertido negando todo lo que era falso o prestado. He disfrutado siendo yo mismo. Y si esta es la recompensa que la existencia le da a un hombre auténtico, la aceptaré de buena gana.
»Pero ¿qué harás tú cuando tu barco, tu barco de papel, de papel sagrado, hecho de sagradas escrituras, se hunda? Habrás desperdiciado tu vida. No te sentirás agradecido porque ¿acaso tienes algo que agradecer? La vida, que podría haber hecho que te sintieras agradecido, se te ha escurrido entre los dedos, y ahora estás ahogándote porque no sabes nadar puesto que siempre habías confiado en el barco. Sin embargo, yo tengo muchas posibilidades de llegar a la otra orilla porque yo sí sé nadar.
Él también era un buen nadador. A mí me encantaba nadar y, siempre que yo desaparecía, mi familia me buscaba en la orilla del río; siempre estaba allí. Todos los días pasaba entre cuatro y seis horas en el río. De vez en cuando iba con mi padre y nos bañábamos. Yo solía invitarlo a venir, especialmente durante la estación de lluvias.
—No lo hagas —me advertía.
Era un río de montaña y en esa época bajaba muy crecido; se ensanchaba muchísimo; sin embargo, el resto del año apenas si tenía caudal. No puedes imaginarte el tamaño que llegaba a alcanzar en verano durante las lluvias: su anchura se extendía ampliamente. Y cuando cruzaba el río a nado —y lo he hecho cientos de veces en la estación de lluvias—, la corriente era tan fuerte que me arrastraba cuatro o cinco kilómetros río abajo. Y era la única manera de llegar a la otra orilla. Resultaba imposible atravesar el río en línea recta.
—Si yo puedo hacerlo —respondí a mi padre—, tú también puedes porque nadas mejor que yo y tienes más fuerza ya que eres un hombre y yo solo soy un niño.
Me acompañó una única vez, y tuvo que hacerlo porque creé una situación que le obligó a ello.
Mi hermana acababa de casarse y vino a visitarnos con su marido. Él era luchador, campeón de su universidad. Cuando yo ingresé en la universidad parecíamos un chiste; él estaba cursando el último año y a punto de obtener el título de licenciado, y compartíamos habitación. Se convirtió en un chiste porque los dos éramos campeones..., yo en debate y él en lucha.
Todo el mundo se preguntaba cómo conseguíamos estar en la misma estancia, porque yo discutía constantemente y él solo sabía hacerlo peleando. Lo aceptaron en la universidad y aprobó todos los exámenes sin hacer ni uno; y fue así porque la universidad quería conservarlo ya que era el campeón de lucha de la India. Los campeones son muy apreciados porque dan prestigio a la universidad.
Nunca hizo un examen. Se pasaba el día entrenando; siempre estaba luchando con alguien, incluso con su profesor. Yo lo vi luchar. Realmente era muy bueno.. Finalmente se hizo sannyasin, pero, desgraciadamente, murió muy joven. No tenía más de cincuenta y cinco años.
Se vino a casa conmigo desde la universidad.
—Hoy vamos a ir a nadar. Además de saber luchar, es un buen nadador. Tienes que acompañarnos —le dije a mi padre.
No podía negarse delante de su yerno; este podía pensar que mi padre tenía miedo. Y el yerno tampoco podía negarse porque estaba su suegro, que era un señor mayor. Yo era muy joven y él era campeón de lucha de la India; no podía admitir que tenía miedo.
—¿En serio vamos a cruzarlo?—exclamó al ver el río.
—Por supuesto —afirmé.
Mi madre quería impedírnoslo, y mi hermana trató de evitar que su marido nos acompañase, pero yo estaba decidido.
—Nunca volveremos a tener una ocasión como esta —dije—. Vamos a ver qué pasa. Lo peor que puede ocurrir es que la corriente nos arrastre cuatro o cinco kilómetros río abajo; y luego tendremos que volver a subir.
Cuando salté al agua, ellos se vieron obligados a hacerlo también.
Fue terrible, la corriente era muy fuerte.
—Tenía que haber admitido que tenía miedo; ahora es imposible volver. Estamos justo en el medio del río y no creo que podamos alcanzar la otra orilla —dijo mi cuñado.
—Ya sabía yo que este niño nos daría un disgusto algún día —señaló mi padre.
—Si hemos llegado hasta aquí —exclamé— podremos llegar hasta la otra orilla.
Intentaron convencerme varias veces de que regresáramos, pero les dije:
—Es una tontería porque para volver hay que recorrer la misma distancia. Y seguirán pensando que sois unos cobardes. ¿Qué sentido tiene volver ahora? Se necesita el mismo tiempo y la misma energía para llegar a la otra orilla. Yo seguiré hasta alcanzarla aunque vosotros os quedéis.
Eso les desanimó debieron de pensar: «Él lo logrará porque ya lo ha hecho muchas veces. Si llega hasta la otra orilla y nosotros regresamos, hará correr el rumor por toda la ciudad: “El campeón de lucha de la India y mi padre, que lleva toda la vida nadando, se dieron la vuelta en medio del río, dejando que un niño fuera solo hasta la otra orilla”».