Noveno Discurso:
La Broma Práctica
Un hombre viejo que había nacido en Yen, pero había
crecido en Chu'u, decidió regresar a su país natal. Mientras
cruzaba el estado de Chin, sus compañeros decidieron
hacerle una broma. Señalando una ciudad, dijeron:
-Ésta es la capital de Yen.
El viejo se dominó y adquirió una apariencia solemne.
Dentro de la ciudad, señalaron un templo:
-Éste es el templo de tu barrio.
Lo contempló profundamente.
Señalaron una cabaña:
-Ésta era la cabaña de tu padre.
Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
Señalaron un montículo de tierra y dijeron:
Ésta es la tumba de tu padre.
Él no pudo evitar llorar en voz alta.
Sus compañeros lanzaron una carcajada y le dijeron:
-Estamos bromeando: todavía no saliste de Chin.
El viejo se sintió muy incómodo. Cuando llegó a Yen y vio
en realidad la capital, el templo de su barrio, la cabaña y la
tumba de su padre, no lo sintió tan profundamente.
Todo tu mundo está en tu mente. O, mejor dicho, todo tu mundo es tu mente; no existe nada más. Todo lo que ves es una proyección. Por eso, los hindúes siempre sostuvieron que el mundo es ilusorio. Es una ilusión óptica: es pura apariencia, no está allí. ¿Y cómo se puede ir más allá de esta ilusión?
Si puedes entenderlo como una ilusión, ya estás en camino de ir más allá de ella. Si un sueño se advierte como sueño, ya te estás alejando de él, te estás despertando.
El mundo que ves no es la realidad, porque la realidad únicamente se puede ver cuando la mente no está. Con la mente en el medio, no es posible ver la realidad: está coloreada. Proyectas en ella tu mente; se transforma en una pantalla.
Ves a una mujer como muy, muy hermosa; los demás no perciben para nada esa belleza. ¿Pertenece la belleza a la mujer o a tu mente? Si perteneciera a la mujer, todos la verían hermosa. Pero puedes encontrar a gente que la mira y a la que no le gusta; puedes encontrar gente que de ninguna manera la considera hermosa. y tú crees que lo es. Entonces, ¿dónde está la belleza? ¿En la mujer o en tu mente? ¿Es objetiva o es sólo un fenómeno subjetivo?
Una vez sucedió qué yo estaba sentado; cerca del Ganges, en Allahabad, con un amigo. Estábamos hablando de Dios, de la meditación, cuando, de repente, mi amigo perdió el hilo de lo que estábamos diciendo. Yo también sentí que algo había sucedido, y le pregunté:
-¿Qué pasó? Porque ya no estás aquí...
Exclamó:
-No puedo: ¡mira!
Bien cerca de la orilla, estaba tomando un baño una mujer, pero no podíamos verle la cara. Estaba de espaldas a nosotros. Un cuerpo muy esbelto, muy proporcionado, con un largo cabello. Y mi amigo estaba demasiado excitado: todo en él era excitación. Dijo:
-Espera. No puedo hablar de Dios y de la meditación justo ahora. Es imposible: tengo que ir y mirar a esa mujer. Su cuerpo parece ser muy hermoso y proporcionado...
Le respondí:
-Ve y acaba con esto.
Puedes imaginarte la historia romántica que iba tejiendo a medida que caminaba. Iba lleno de ilusión, una proyección. Avanzaba suave y delicadamente; pero, cuando la alcanzó, se entristeció en forma repentina. Volvió, y le pregunté qué había pasado. Me contó:
-No es una mujer. Es un sannyasin con el pelo largo.
Pero, por un momento, estuvo en un ensueño.
Pero podía haber sido homosexual; entonces, el caso hubiera sido exactamente al revés: si hubiera sido una mujer no le habría servido, y un sannyasin, con un hermoso cuerpo masculino, habría llenado su interior de poesía.
Un homosexual vive en un mundo totalmente diverso; su proyección es diferente. Un heterosexual vive en un mundo totalmente distinto, con una proyección también diferente. Después, hay personas autoeróticas a las que no les interesa la homosexualidad ni la heterosexualidad; están tan encerradas en sus propios cuerpos que viven en un mundo completamente diferente. Y hay gente que está más allá del sexo; también ellos viven en un mundo absolutamente distinto. Entonces, el mundo no está ahí afuera; está en algún lugar dentro de ti.
Entonces, hay un punto en el que no está la mente: este mundo que conociste hasta ahora, simplemente desaparece. No es que no quede nada; no es que todo se disuelva en la nada; no. Pero todo lo que conoces, simplemente desaparece, y te enfrentas por primera vez con lo desconocido. El mundo es una proyección; la existencia, no. Cuando el mundo desaparece, la existencia está allí en su gloria absoluta, ¡magnífica! Pero ahora no es una proyección, porque no hay proyector dentro. La mente es el proyector: obsérvala, porque es una de las raíces de toda nuestra desdicha... y también de nuestra felicidad.
Un hombre comprensivo nunca está feliz ni triste; no siente angustia ni placer: y ese es el placer. Simplemente existe, sin ninguna proyección. Nada puede hacerlo más feliz, y nada puede hacerlo más infeliz. Está simplemente en un estado de profunda satisfacción por primera vez (nada lo molesta), y puede ver qué es la existencia.
Quienes han visto así, sin la mente, dicen que el mundo no existe, pero Dios sí existe. El mundo es una proyección; Dios no es una proyección, Dios es la realidad. Y te la estuviste perdiendo. Te la estuviste perdiendo con tus proyecciones: ves otra cosa, lo que quieres ver.
No existe una mujer ni existe un hombre. Existe la mujer porque tú eres sexual. Si en tu interior desaparece el sexo, desaparece la mujer. Pero quedará alguien; tu esposa no va a desaparecer en el aire. Quedará ahí, pero ya no será una esposa, ya no será una mujer. De pronto, desaparecen todas las proyecciones, y está Dios. Tu mujer se transforma en un dios, la roca se transforma en un dios. La existencia es Dios; la existencia es divina, pero no lo puedes ver, porque es la pantalla sobre la cual se depositan todas tus proyecciones.
Por eso, los Budas siempre dicen que, si tienes cierto deseo, no puedes acceder a la verdad, porque todo deseo la colorea. Si quieres conseguir algo, no Podrás conocer la realidad. El esfuerzo mismo por lograr algo (un deseo) la colorea. Cuando no tienes deseos, cuando no eres para nada ambicioso, cuando no estás aspirando a conseguir nada, cuando eres simplemente un ser, absolutamente quieto e inmóvil, la realidad aparece ante ti de repente.
Entonces, el mecanismo es el siguiente: tú y la realidad, y entre los dos la mente. Éste es el mecanismo de lo irreal, de lo ilusorio, maya. Tú y la realidad, sin más mente en el medio: de repente, se descubre todo lo que existe, todos los misterios se abren. Pero, cuando cae la mente, cae el puente: tú y la realidad forman una unidad, porque no hay línea divisoria. En este momento, tú estás allí, tu mente está allí, y el mundo está allí; la trinidad de la cual han hablado todas las religiones: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. Los hindúes lo llaman Trimurti. Debes haber visto las tres imágenes de Brahma, Vishnú, Mahesh: tres rostros juntos. Estos tres rostros desaparecen, pues los tres son ilusorios. Oculta detrás de estas tres caras, hay una sola. Con esa no hay objeto ni sujeto; simplemente, ves lo que existe. Aquello que existe, se descubre. Pero, para llegar a este nivel de comprensión, tienes que entender tus ilusiones, y conociste muchas. Pero nunca aprendiste nada.
Alguien le preguntó a un viejo místico sufí, Bayazid, cuando estaba en su lecho de muerte:
-¿Quieres decir algo acerca del hombre, para que pueda aprovechar?
-Una cosa: el hombre nunca aprende -replicó.
Pasaste por muchas experiencias, ¿y qué aprendiste? Sigues igual, sigues jugando el mismo juego. ¿Observaste esto, que sigues igual? Las situaciones pueden variar, pero el juego sigue siendo el mismo.
Te enamoras de una mujer. En el momento en que te enamoras, no puedes creer que llegará un momento en que este amor desaparecerá; ¡no puedes creerlo! Es sencillamente imposible pensar que tu amor pueda desaparecer. Después, desaparece; después, te hartas de la mujer. La misma mujer que era tu sueño, tu deseo; si no la hubieras tenido, habrías llorado y gritado toda tu vida. La tuviste, la conseguiste, y tarde o temprano se instala el aburrimiento. Te sientes harto y te gustaría escapar. En ese momento, nunca te pones a recordar. Nunca miras hacia atrás ni ves que esa es la misma mujer por la que estabas loco. Un día estabas loco por tener a esta mujer, y ahora estás loco por escaparte de su lado. Un día pensabas que era la persona más hermosa del mundo, y ahora esta misma persona es la más desagradable. ¿Con qué frecuencia piensan los maridos en matar a sus mujeres? ¿Con qué frecuencia piensan las mujeres en matar a sus maridos? ¿Con qué frecuencia piensan los niños, los niños pequeños, en matar a sus padres?
Un niño volvió del colegio y se veía muy triste. La mamá le preguntó:
-¿Qué sucede? ¿Por qué estás triste?
El niño replicó:
-Había un psicoanalista en el colegio. Vino a evaluar a todos los chicos, y yo soy el único anormal. Por eso estoy triste.
La mamá dijo:
-¿Cuál es tu anormalidad? ¿Qué dijo? El niño aclaró:
-Hizo un ejercicio: los chicos teníamos que escribir si nos gustaría o no matar a nuestros padres, y yo fui el único que puse que no. Todos los demás chicos escribieron que sí. Entonces, el psicoanalista dijo: "Tú eres el único niño anormal: todo niño quiere matar a sus padres”.
Llega un momento en que el amante quiere matar a la amada.
Y ella era el objeto de todos sus deseos, de todos sus sueños, de toda su poesía. ¡Con qué alegría pensaba en estar con ella! Pero sólo en sueños. La realidad es difícil: destruye y aniquila todos los sueños. Ahora, quiere deshacerse de ella, y nunca aprenderá nada. Más tarde o más temprano, volverá a enamorarse de otra mujer, y se repetirá lo mismo nuevamente. Lo mismo, sin ninguna diferencia. Otra vez pensará que esta mujer es la persona más hermosa del mundo, otra vez pensará que ya no hay necesidad de buscar a nadie más ahora que está satisfecho, que ha encontrado a la persona justa. Y no se dará cuenta de que se repite el mismo patrón. En unos días, se agotará nuevamente y comenzará a perseguir a otra persona.
¿Aprendes algo alguna vez? ¿Aprendiste algo alguna vez? Y, si no aprendes, ¿cómo puedes madurar? Y si no aprendes y repites una y otra vez el mismo círculo vicioso, éste se cristaliza cada vez más en tu interior, llega a tus raíces mismas. Éste es el estado de la ignorancia.
Si empiezas a aprender, el círculo se quiebra por algún lado. Entonces, comienzas a ver todo el patrón de tu mente, cómo funciona: primero el amor, después el hartazgo, luego el amor nuevamente, después el hartazgo. El círculo gira. Y si lo entiendes, un día, la misma comprensión del sinsentido de este circuito te saca del mismo. No debes hacer nada; sólo tienes que comprender, tienes que aprender a través de la vida.
Muévete. Vive todas las experiencias que puedas, porque la experiencia es el único aprendizaje. Muévete y no tengas miedo; pero aprende: no alcanza con moverse. Estuviste moviéndote y viajando: eso no sirve. Si te sigues moviendo en un circuito inconsciente, las cosas quedan cada vez más fijas. Te transformas prácticamente en un robot, te vuelves predecible: se puede decir todo acerca de ti. Por eso existe la astrología: no porque alguien sepa qué dicen las estrellas, no porque alguien sepa qué hay escrito en tu mano; no. La astrología existe porque eres predecible, te mueves dentro de un círculo vicioso.
Una joven le estaba mostrando la mano a una gitana. La mujer le miró la mano y aseguró:
-Te has enamorado... (la chica se sorprendió porque había ocultado ante todo el mundo este hecho...), y el hombre del que te enamoraste tiene una altura de un metro noventa.
Se sorprendió aún más: ¡exacto!
Y tiene el pelo negro, largo y suelto.
¡Ahora ya era increíble! Entonces, la gitana le dijo a la joven:
-Tiene una pequeña cicatriz de una herida en la mano derecha. Esto era demasiado; así que la joven dijo:
-¿Cómo puedes enterarte de estas cosas a través de la mano?
-¿Quién se entera a través de la mano? -respondió la gitana. -¡Es por tu anillo de bodas! Hace tres años, tu anillo era mío.
Eres predecible porque te mueves dentro de un cierto patrón, como hace todo el mundo. Si le predices algo a alguien, hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que sea correcto, y un cincuenta por ciento es demasiado. Los astrólogos son sólo inteligentes, nada más que astutos. Mientras hablan, te observan, se fijan en cómo te sientes. Perciben cuál es la senda correcta por tu cara, o porque estás inclinando la cabeza. También inclinas levemente la cabeza cuando aceptas algo interiormente.
Viene a revisarme un médico, un hombre muy bueno. Pero no necesito preguntarle nada, porque siempre dice interiormente sí o no. Si me revisa el pecho, asiente. Entonces, me digo a mí mismo que está bien, que no es necesario preguntarle; asiente en forma muy sutil. Me toma la presión y asiente, pero no se da cuenta.
Tampoco tú te das cuenta de que, cuando le muestras la mano a alguien, le estás dando indicios: "Sí, esto encaja”. Cuando una línea encaja, estás atrapado, pues ahora te moverás como un robot en esa línea. Te vuelves predecible. Quien te lee la mano, sólo está ante un enigma al comienzo. Una vez que capta el indicio, una vez que descubre la línea sobre la cual te has movido, una vez que asientes, estás atrapado. Ahora, puede seguir diciendo cosas que encajan. Eres un robot. Sólo cuando te vuelves iluminado, te vuelves impredecible. Entonces, ningún astrólogo puede decir nada de ti.
Un astrólogo me vino a ver en Bombay, un hombre muy famoso.
Estábamos discutiendo y él decía que la astrología era una ciencia.
Yo le dije:
-Haz una cosa: tú anticípame un año, y yo haré todo lo contrario. Si dices que no moriré, me moriré. Si dices que moriré, no me moriré. Predice un año y después decide.
Respondió:
-Está bien; volveré.
Nunca regresó. Pregunté por él muchas veces porque, antes de esto, solía venir.
Pero se pueden decir cosas de ti porque te mueves como una máquina. No puedes cambiar; estás dominado. Si te enamoraste, dirás las mismas cosas que les dijiste a otras chicas.
Mulla Nasruddin se enamoró de una mujer, le dijo: -Eres la persona más amable del mundo.
Por supuesto que la mujer se sintió muy bien. Se puso muy contenta, se ilusionó. Al ver su cara, Nasruddin le aclaró:
-¡Espera!... También les dije esto a otras mujeres.
Tú eres el mismo: sólo observa. Cuando te enamoras, te repites exactamente, ¡exactamente! No cambia ni una sola cosa.
Mulla Nasruddin se divorció de su esposa y, después de doce años, se encontraron en una función. Estaban sentados uno al lado del otro, en forma accidental, cuando Nasruddin se emborrachó mucho. Había estado borracho el día en que le había declarado su amor a esta mujer, y ahora lo estaba nuevamente. Dijo:
-¿Qué te parecería volver a intentarlo?
La mujer respondió:
-¡Sobre mi cadáver!
Nasruddin se rió y dijo:
-No has cambiado nada.
Ella había dicho exactamente lo mismo treinta años antes, cuando se habían casado, y ese día se repitió”, exactamente la misma situación: se encontraron en una función, en forma accidental se sentaron uno al lado del otro, y Mulla Nasruddin se puso muy borracho; por eso le hizo la proposición. Ningún hombre puede declararle su amor a una mujer sin estar borracho. ¿Cómo podría hacerlo? Y aquel día la mujer también había respondido: "¡Sobre mi cadáver!".
Simplemente, mira hacia atrás, observa, fíjate. Tal vez haya pasado el momento de observar, pero puedes hacer algo: puedes revivirlo. Además, es más fácil. Revivir algo es un proceso muy bello, una profunda y enorme meditación. Si puedes vivirlo con plena consciencia en el momento, no hay necesidad. Pero no puedes; en ese mismo momento, no es posible. Entonces, haz algo: revívelo. Cierra los ojos todas las noches, antes de dormir, y vuelve al pasado. No recuerdes, ¡revive! Cuando recuerdas, te mantienes al margen; no sirve. Simplemente, revive todo el momento.
Le estás declarando tu amor a una mujer; ¿qué le dices?, ¿qué dijiste exactamente? Dilo nuevamente, colócate otra vez en esa situación, transfórmate en el hombre joven que eras entonces. Y la mujer: obsérvala, tan bella como estaba ese día. Muévete lentamente... y verás muchas mujeres, y la misma.
Por eso los hindúes dicen que el mundo es una rueda. La palabra "samsar", que los hindúes usan para hablar del mundo, alude a una rueda. El símbolo de la bandera hindú es una rueda. Ese símbolo lo sacaron de Buda, porque Buda dijo que el mundo es como una rueda. Y te estás apegando a la rueda, y sigues moviéndote con ella.
Toma consciencia de que estás repitiendo. La repetición es inconsciente. Toma consciencia de que te estuviste comportando como un robot y no como un hombre. Toma consciencia. Retorna y observa, revive los momentos y date cuenta de que has estado repitiendo lo mismo una y otra vez: la misma furia, y luego el arrepentimiento; el mismo casamiento, y luego el divorcio; el mismo enamoramiento, y después el hartazgo. Si puedes descubrir y ver el carácter repetitivo de tu vida, la comprensión misma de estar metido en un circuito repetitivo se transforma en consciencia. La próxima vez que le declares tu amor a otra mujer, de pronto surgirá en ti una corriente de energía, y podrás ver y sentir: no más repeticiones. Entonces, las cosas serán diferentes.
Aprende a través de la vida; si no, las cosas no van a cambiar. Todo el mundo piensa: "Esta vez va a ser distinto”. Si tú no has cambiado, ¿por qué habría de ser diferente esta vez? Y, si observas detalladamente, te darás cuenta de que no sólo repites el hecho de enamorarte; te enamoras una y otra vez de la misma clase de hombre o de mujer; la misma clase. Así tiene que ser.
Supe de un hombre que se divorció ocho veces. Y, entonces, de repente, tomó consciencia: "¿Qué me está pasando? ¿Me están haciendo una broma, o qué? Porque siempre me enamoro otra vez de la misma clase de mujer”.
Nadie te está haciendo una broma... porque estás eligiendo tú y, si sigues igual y no aprendiste, ¿cómo podrías elegir otra clase de mujer? Volverá a atraerte la misma clase de mujer. Volverás a enamorarte de la misma clase de mujer y, entonces, se repetirá el mismo círculo. Ocho veces u ochenta; no hace ninguna diferencia. Si sigues igual, harás lo mismo; volverás a encontrar a la misma persona primero atractiva y luego desagradable.
¡Aprende! Aprende a través de la vida; y la lección más importante es que no ves la realidad tal como es. Proyectas cosas sobre ella y, cuando proyectas, seguro que tarde o temprano te frustrarás, porque la realidad no encaja con tu proyección. ¿Cómo puede la realidad encajar con tu proyección? ¿Quién eres tú? Tú debes adaptarte a la realidad; no es la realidad la que debe adaptarse a tu proyección. Por eso eres desdichado: porque siempre sientes que algo sale mal. Nada sale mal. Empiezas con un sueño, y la realidad no cree en tu sueño: eso es todo. ¿Cómo puedes obligar a la realidad a que se adapte a tus sueños?
Veo una puerta en la pared (en mi sueño) y empiezo a caminar a través de ella. Me lastimo. No es que la pared esté allí para que me lastime; la pared no tiene absolutamente nada que ver. Si veo una puerta en la pared, me lastimaré, porque la pared no va a ceder ante mi sueño.
La realidad es enorme; es el todo. Tú eres sólo una parte y sólo madurarás cuando dejes de hacer este esfuerzo absurdo. Y a esto lo denomino sannyas: un hombre o una mujer que ha llegado a descubrir que "la realidad no se puede adaptar a mis sueños; entonces, me adaptaré yo a la realidad". De inmediato, se produce una revolución. Si sigues intentando una y otra vez que la realidad se adapte a tus demandas, a tus sueños, a tus deseos, a ti, eres infantil. ¿Quién eres tú? Pero esta idea falaz aparece.
Cuando nace un niño, la madre es la única realidad. Está en contacto únicamente con la madre y ésta satisface todos sus deseos: tiene hambre y la madre le da leche; tiene sed y le dan agua; se siente mojado y le cambian los pañales; tiene un poco de frío y le colocan una manta encima. Le satisfacen todo. Y todo niño es un soñador; tiene que serlo. El niño empieza a sentirse como si fuera el centro del mundo: él está aquí para demandar y el mundo está allí para satisfacerlo. Si sigues así, seguirás siendo un niño.
Veo personas que no crecen para nada. Llegan a sus tumbas, pero en realidad nunca salieron de sus cunas, aún juegan con sus juguetes y sueñan y, después, gritan y lloran porque la realidad no las tiene en cuenta; entonces, se sienten frustradas, se ponen agresivas, sienten que en todas partes hay algo que anda mal o está en contra de ellas, como si la realidad fuera su enemiga.
La realidad no es tu amiga ni tu enemiga. Ninguna de las dos cosas. Si tomas consciencia, se torna amigable. Si no tomas consciencia, demuestra ser tu enemiga. En sí misma, no es ninguna de las dos cosas. La realidad no tiene prejuicios sobre ti como amigo ni como enemigo. La realidad simplemente existe allí en toda su pureza. Depende de ti: si empiezas a enfrentarte a la realidad, se hará tu enemiga; si comienzas a adaptarte a ella, a aceptarla, a fluir con ella, no contra la corriente sino dejándote llevar por ella, si simplemente te entregas a ella... esto es confianza, esto es shraddha, fe.
La ciencia es conflicto; la religión es confianza. ¿Qué es la ciencia en realidad? Es un esfuerzo para que la realidad se adecue a los sueños del hombre. Tal vez al principio parezca que estás triunfando, pero tarde o temprano el éxito mismo demuestra ser el mayor fracaso. En cada lugar en que la ciencia tuvo éxito, ha llegado al fracaso; ¡en cada lugar! Cambió toda la biosfera, y ahora empezaron a aparecer problemas ecológicos. Lo que hace la ciencia, tarde o temprano, habrá que deshacerlo. Cada vez que tiene éxito, demuestra ser un fracaso. El hombre no es cada vez más feliz; este siglo es el siglo más triste de toda la historia del hombre. Nunca antes el hombre había sido tan infeliz. Y el hombre ha triunfado mucho, pero ha triunfado en algo que está básicamente mal.
Estás forzando algo, eres agresivo. La ciencia es como una violación a la naturaleza. Puedes violar a una mujer, pero eso no es un triunfo; no es un triunfo para nada, es un fracaso. Sólo un hombre totalmente fracasado hace un intento de violación. Un hombre incapaz de amar hará un intento de violación, pero violación no es amor. El amor es cuando la mujer se abre, se entrega, se rinde, se vuelve receptiva, celebra y danza; pero entonces no es agresión.
La religión es como el amor, y la ciencia, como la violación. La naturaleza toda sufre por esta violación, y es sólo un esfuerzo infantil. No encontrarás a un país antiguo que sea científico; no. Llegaron a ese punto muchas veces, y muchas veces se dieron cuenta de que es infantil.
En India, hace cinco mil años, hubo una guerra. La denominan Mahabharata, la Gran Guerra de la India. Si alguien lee sobre ella y la analiza profundamente, parece que hubieran llegado a inventar nuevamente todas las armas que hemos inventado. Tenían algo como la bomba H, pues la descripción de la destrucción es tan amplia que no pudo haberse producido de otra manera. Destruyeron todo el país; no sólo el país, sino el mundo entero. Ese momento, ese momento histórico, ahora se ha vuelto prácticamente mítico, porque no existe registro. La destrucción fue tan vasta, tan total, que todos los registros se perdieron. Después de eso, la India no intentó nuevamente ser científica: tal fue el fracaso. Demostró ser destructivo, nada más. Ahora, en Occidente, estamos llegando nuevamente a ese punto culminante.
Pero recuerda, todo el esfuerzo es erróneo, por una cosa básica: que tratas de forzar la realidad en función de tus sueños. ¿Quién eres tú y cuál es tu sueño? Estás aquí por poco tiempo; la realidad existe sin principio. Tú vas a desaparecer de aquí, y la realidad existirá eternamente. ¿Quién eres tú? Un sueño que existe en la realidad durante setenta años. Setenta años no es nada para la realidad; un sueño adentro del sueño que trata de obligar a que la realidad se adapte a él. Todas las utopías son tontas e infantiles.
Quienes saben llegaron a aprender que "la realidad no se puede modificar; lo único que se -puede modificar soy yo". Y, si, uno cambia, de repente uno puede ver: ésta es la pared y esa es la puerta. Entonces, no hará esfuerzos por atravesar la pared; irá hacia la puerta. La realidad se vuelve amigable.
En Occidente, la humanidad de hoy siente que el hombre es un extraño, no alguien que está en su casa. Si te enfrentas a la realidad, seguro que sentirás, un día u otro, que eres un extraño; no sólo que eres un extraño, sino que la realidad está contra ti. En Oriente, siempre sentimos que el hombre está en su casa; la realidad es mi madre, la realidad es el útero. No somos extraños, no somos enemigos; la realidad nos ama: por eso estamos aquí. La realidad nos crea porque nos ama, y estamos en nuestra casa.
Pero tú no sentirás esta comodidad si no tratas de aprender algo básico: abandona tus sueños. Vives en función de tus sueños y, al final, demuestras ser un tonto. Esta historia tiene por objetivo demostrar cómo te afecta la proyección. Tratemos de entenderla.
Un hombre viejo que había nacido en Yen, pero había crecido
en Chu'u, decidió regresar a su país natal. Mientras cruzaba
el estado de Chin, sus compañeros decidieron hacerle
una broma. Señalando una ciudad, dijeron:
-Ésta es la capital de Yen.
No lo era; pero, una vez que el viejo empezó a pensar "Es mi país, mi capital, aquí he nacido", empezó un sueño. Estaba muy emocionado al respecto. Había regresado a su pueblo, y no era su pueblo; pero ese no era el punto. Si crees que lo es, lo es. Si no crees que lo sea, no lo es.
¿Te fijaste alguna vez que puedes atravesar un cementerio y, si no sabes que es un cementerio, sigues cantando y riendo? Si lo sabes, es imposible; si sabes que es un cementerio, no puedes atravesarlo vivo. Tendrás que enfrentar muchas dificultades, no porque el cementerio las genere, sino por la idea de estar en el cementerio. Eso es proyectar.
Yo vivía con uno de mis familiares. Por la noche, rechinaba los dientes en muchas oportunidades y yo solía hacerle bromas. Cada vez que se quedaba alguien nuevo, le decía que no pasara por ese cuarto a la noche, pues era muy peligroso; afirmaba que un hombre que vivía allí había muerto en la Primera Guerra Mundial, poco después de haberse casado con una mujer muy, muy bella, hermosa a pesar de ser pobre, pero que tenía un solo ojo. El hombre se había ido a la guerra y no había regresado, pero nadie le había informado a la pobre mujer que había muerto; ella había preguntado y preguntado, había ido una y otra vez al correo en busca de una carta, pero ésta nunca había llegado. Finalmente, la mujer también había muerto, esperando, esperando y esperando. Aún espera como fantasma y, cada vez que llega un hombre a su casa, piensa: "Puede ser que, tal vez, haya llegado mi marido”. Entonces, por la noche, ella viene, lo destapa y le mira la cara. Es una mujer hermosa con un solo ojo y usa un sari rojo. En consecuencia, le aclaraba que se lo contaba porque, si sucedía sin que yo se lo hubiera advertido, se podía asustar; le aclaraba que ella nunca lastimaba a nadie, que se limitaba a mirar y, al darse cuenta de que no es su hombre, tira la manta con ira y sale.
Como estaba planteado, la mayoría decía: "¡No lo creo!" ¡Y ésta es la víctima justa! Cuando alguien afirma "¡No lo creo!", es la víctima justa. Cuanto más firmemente dice que no lo cree, tanto más firmemente está reprimiendo un temor.
Yo le decía: "La cuestión no es esa, si lo crees o no; es una experiencia. No te estamos obligando a creerlo, pero llegarás a convencerte. Yo mismo no lo creía, pero cuando vi... ¿qué puedo hacer?".
Después, poco a poco, el hombre empezaba a preguntar: "Y... eh... ¿cómo sabes que la mujer está en la habitación?".
Yo le decía: "Escucharás un ruido, como alguien rechinando los dientes”.
El hombre que dormía en esa habitación, en general, lo hacía ocho o diez veces por noche. Poca gente lo hace. A esa hora se produce algún desarreglo estomacal; están tensos y rechinan los dientes.
Vino una mujer y le relaté la historia; me respondió que no la creía para nada. Era una mujer muy educada, doctorada en filosofía por alguna universidad, y se consideraba atea.
Le dije que ese no era el punto y que la noche lo probaría. Ella replicó: "¡Pero yo no lo creo!".
Dije: "Está muy bien. No te obligamos a creer, pero es nuestra obligación hacerte tomar consciencia de lo que va a pasar. Siempre sucede”.
A las doce de la noche me fui a dormir y, apenas había apagado la luz, gritó. Entré y la miré: estaba completamente inconsciente, se había desmayado. En el momento en que se metió en la cama y apagó la luz, este hombre lo hizo en el momento exacto. Tardó cuatro o cinco minutos en volver en sí. Miraba al rincón de la habitación, cerraba los ojos, ¡y volvía a desmayarse!
Toda la noche tuve que atenderla. Por la mañana, todavía tenía fiebre. Le dije: "No hay fantasmas, no te preocupes”.
Respondió: "Ahora, no puedo asegurarlo. La mujer estaba parada en ese rincón rechinando los dientes, con un solo ojo y un sari rojo. ¡Yo la vi!".
Al principio, era una broma y todos mis familiares con quienes yo vivía lo sabían. Pero, poco a poco, ellos también se empezaron a asustar; decían: "Pero si le pasa a tanta gente, algo debe haber de cierto en esto”. Nadie dormía en esa habitación, ni siquiera el hombre que rechinaba los dientes, que aseguraba no poder dormir allí, pues podía haber algo; creía que tal vez era esa mujer la que le hacía rechinar los dientes, pues los médicos decían que no tenía nada. Suponía que ella lo obligaba, o bien algo que ella hacía.
Llegó un momento en que, si alguien necesitaba algo de esa habitación, venía y me pedía que fuera, pues no había nadie más que estuviera dispuesto a entrar allí.
Hace algunos años visité la habitación. La habían cerrado porque decían, cuando yo me fui, nadie estaba dispuesto a entrar en el cuarto. Y actualmente, en algunas noches, a pesar de que el hombre que rechinaba los dientes ya no está, se escucha el ruido.
La gente proyecta; por eso existen tantos fantasmas. No depende de la realidad; depende de tu mente. Si tienes miedo, creas algo a partir de tu temor; de inmediato, en la realidad aparece una contraparte. Si amas, creas algo; de inmediato, aparece una contraparte en la realidad. Vives dentro del caparazón de tu propia mente, que te cubre como una cápsula.
Entonces, recuerda: no hay un solo mundo; hay tantos mundos como mentes. Si en una casa hay cinco personas, hay cinco mundos. Por eso es tan difícil comunicarse, porque el otro vive en su propio mundo, y tú, en el tuyo. Es difícil penetrar en el mundo del otro.
El pueblo no era el pueblo de su niñez, no era su lugar de nacimiento. Le estaban haciendo una broma. Le dijeron:
-Ésta es la capital de Yen.
El viejo se dominó y adquirió una apariencia solemne.
Dentro de la ciudad, señalaron un templo:
-Éste es el templo de tu barrio. Éste es el templo: tus padres
rezaban aquí y es aquí donde fuiste iniciado en el budismo.
Lo contempló profundamente.
Señalaron una cabaña:
-Ésta era la cabaña de tu padre.
Iban creando una atmósfera a su alrededor.
Señalaron un montículo de tierra y dijeron:
-Ésta es la tumba de tu padre.
Él no pudo evitar llorar en voz alta. Habían creado un mundo, le habían puesto una pantalla y habían sacado a la luz todas sus proyecciones. Sus compañeros lanzaron una carcajada y le dijeron:
-Estamos bromeando: todavía no saliste de Chin. Aún no hemos llegado a tu pueblo; estamos pasando por otro lugar.
El viejo se sintió muy incómodo.
Cuando llegues a darte cuenta, también te sentirás incómodo, absolutamente incómodo. Toda tu vida fue un truco, no de tus compañeros sino de tu propia mente. Pensabas que era hermoso y no lo era. Pensabas que era horrible y no lo era. Pensabas que había que conseguirlo y no valía la pena, y pensabas que no tenía valor alguno, y no era así. Todo está patas para arriba: vives en un caos.
La gente recurre a mí y me pregunta cuál es la necesidad de un maestro, o por qué se necesita un maestro. Un maestro se requiere para traer adentro de ti algo que está más allá de la mente, algo de otro terreno. Si no, ¿cómo saldrías de tu mente? No puedes salirte de tu mente. Sería como tirar de ti mismo con los cordones de tus propios zapatos: puedes intentar dar un pequeño salto, pero estarás nuevamente en la misma tierra.
Se necesita alguien que te haga arrancar, que te abofetee, que te conmueva, que te conmueva tanto que se corte tu sueño, que se interrumpa tu sueño. ¿Cómo lo vas a hacer solo? En todo lo que hagas, la mente será el agente; y la mente es el problema. Tu mente es el problema. ¿Cómo puedes salir de ella? ¿Cómo puedes dar un salto afuera de ella? Cualquier cosa que hagas, será ella quien la hace. Cualquier cosa que pienses que pasa, será creada por ella. Y todas las interpretaciones serán dictadas por la mente.
Una noche, un policía vio a Mulla Nasruddin. Era medianoche y la ciudad entera se había ido a dormir. Mulla pasaba, borracho, tocando una armónica. El policía lo paró y le dijo:
-Otra vez estás borracho, Nasruddin. Tendrás que acompañarme.
Nasruddin respondió:
-¡Seguro! ¿Qué quieres cantar?
-Tendrás que acompañarme -repitió pero, cuando el que escucha es un hombre alcoholizado, interpreta a su propio antojo.
Una vez a Mulla lo agarraron y lo llevaron a la comisaría. Estaba muy, muy enojado y furioso. Gritaba: "¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué te crees que soy?", y muchas otras cosas, como cualquier bo rracho.
Entonces, el sargento, que estaba en su escritorio, le dijo: -Se te trajo aquí por beber.
Respondió Mulla:
-Entonces está bien, ¿cuándo empezamos?
Un hombre alcoholizado hace sus propias interpretaciones... por eso dijo: "Está bien; bárbaro. ¿Cuándo empezamos?".
Tu mente interpreta, pero ¿quién lo revisa? ¿Quién te avisa que es tu mente la que otra vez te está haciendo un truco? Y tu mente es tan vieja, tan antigua, ¡miles de vidas! Está tan profundamente arraigada, ¿quién te desempolvará de ella? Es necesario alguien que no esté dormido igual que tú. Para eso se requiere un maestro nada más. Pero la mente insiste en que no es necesario, y supone que puede hacerlo sola. Entonces, ya has elegido al maestro: tu mente es tu maestro.
Sólo existen dos posibilidades: o bien tu maestro es tu mente, o bien eliges a alguien despierto. Con tu mente como maestro, no crecerás en absoluto. Estás escuchando la fuente incorrecta. El hecho de que sea tuya no hace ninguna diferencia. La enfermedad también te pertenece, y sin embargo vas al médico para que se encargue de ella.
Krishnamurti siempre dijo que no hay necesidad de un maestro. Tiene razón y, a la vez, está totalmente equivocado. Tiene razón porque, una vez que te despiertas, te das cuenta de que no era necesario, de que estabas soñando. Cuando prestas atención, se detiene el sueño y entonces no puedes sentir cuál era la necesidad. "Era sólo un sueño, podía haber salido solo de él”. Pero esto lo piensas después. Hasta Krishnamurti necesitó a Annie Besant y a Leadbeater; tuvo sus propios maestros. Eso se piensa después. Cuando algo sucede, siempre puedes sentir: "Podía haberlo hecho”. Pero, cuando no se ha producido, ni siquiera puedes pensar en ello, porque tu pensamiento también será parte de tu sueño.
Se necesita un maestro cuando estás dormido. Cuando te despiertes, también pensarás que no había necesidad de un maestro. Entonces, por supuesto que, para ti, no es necesario un maestro. Pero después muchos se despistarán, pues estarás rodeado por muchas personas egoístas, como verás. En ningún otro lugar podrás encontrar tal cantidad de egoístas como cerca de Krishnamurti pues, apenas el egoísta escucha que no es necesario maestro, se siente muy feliz. Dice: "¡Bien!". Siempre piensa que él es lo esencial y que no es necesario entregarse a nadie, pues el yo se resiste a la entrega. Y, como este hombre afirma que no es necesario maestro alguno, los egoístas se alegran mucho. Alrededor de Krishnamurti, hallarás toda clase de egoístas, pues parece muy bueno y muy conveniente que no haya necesidad de abandonarse.
Eso es lo que pide el yo, en eso insiste siempre el yo: no entregarse. Porque, una vez que te entregas y un elemento extraño entra en ti... Ese es el sentido de un maestro: que uno se propone no escuchar más a su mente, pues ya la ha escuchado bastante y no ha llegado a ningún lado. Desde ahora, escuchará al maestro. Algo extraño ha penetrado, algo que nunca antes estuvo en ti. Un nuevo elemento entra en ti, y este elemento nuevo se vuelve un centro de cristalización.
Ahora, la mente dirá "¡Haz esto!", pero no podrás escucharla y deberás escuchar al maestro. La mente seguirá diciendo cosas durante muchos años pero, si sigues escuchando al maestro, poco a poco, la mente se irá cansando. Ahora ya no la escuchas, no la alimentas; la mente se muere de hambre, comienza a retraerse. Llega un momento en que muere; en ese preciso momento, te despiertas.
¿Qué le hizo esta gente a este pobre viejo? Lo ayudó a crear una ilusión. La ilusión estaba allí, y debe haber sido muy auténtica, pues empezaron a caerle lágrimas.
Señalaron un montículo de tierra y dijeron:
-Ésta es la tumba de tu padre.
Él no pudo evitar llorar en voz alta.
Algún día, tu padre morirá (todo el mundo ha de morir), y vas a llorar y gemir. ¿Estás seguro de que era tu padre? Tal vez, alguien te haya hecho una broma. ¿Cómo puedes estar seguro de que era tu padre? Ésta es la diferencia entre una creencia y una fe. Una mujer sabe quién es la madre: eso es fe. Y un padre, simplemente, cree que es el padre, pero no lo sabe. No hay forma de saberlo. La paternidad es una creencia; la maternidad es una fe. La fe depende del saber; la creencia, sólo de la sola creencia. No hay fundamento para ella. ¿Cómo sabes que tu padre era real y que no te engañaron? Pero, si se muere, no tiene importancia si era un engaño o no. Brotarán las lágrimas, gritarás y llorarás. Y, si alguien viene y te dice que no te preocupes demasiado, pues no era tu padre, habrá un cambio repentino. Entonces, tu padre no está muerto. Vives en tu mente.
Supe que se estaba incendiando una casa, y el dueño lloraba y gritaba. Se estaba volviendo loco. Entonces, alguien le preguntó:
-¿Por qué lloras y gritas? Yo estuve presente ayer, y tu hijo vendió la propiedad: ya no te pertenece.
El hombre preguntó:
-¿En serio?
Las lágrimas desaparecieron y empezó a disfrutar la escena como un espectador más.
Entonces, alguien vino y le dijo:
-Sí, se habló de venderla, hubo conversaciones. Pero no se decidió nada. ¿Por qué estás disfrutando y riendo? Es tu propiedad.
Nuevamente brotaron las lágrimas. Empezó a golpearse el pecho y dijo:
-¡No puedo seguir viviendo! Aquí está toda mi vida, todo el esfuerzo de mi vida!
Y entonces llegó el hijo y dijo:
-No te preocupes, todo está bien. Ya me han entregado el dinero y el hombre no se dio cuenta de nada. Vive en el pueblo vecino y no se dio cuenta. En el momento en que la casa se prendió fuego, corrí hacia el otro pueblo. Todo ha terminado: ya tengo el dinero.
Nuevamente, el padre empezó a disfrutar y a reírse.
Éste es tu mundo, es así como te manejas: sólo con ideas; una idea: lloras y gritas; una idea: te ríes y disfrutas; una idea: eres feliz; una idea: eres desdichado. Alguien te dice "Eres hermoso" y te alegras mucho. Alguien te dice "Te ves horrible" y te sientes muy desdichado. ¡Son sólo palabras! ¿Qué estás haciendo? Se un poco más cuidadoso; si no, te verás en situaciones confusas.
Cuando aparece la muerte, todo el mundo se confunde: se ha desperdiciado toda la vida. Por lo que sé, en el momento de morir, hay más confusión que miedo. ¡Se terminó todo! Creías que tu mujer se iría contigo, porque ella siempre decía que no podía vivir sin ti y, sin embargo, está pensando en volver a casarse.
La esposa de Mulla Nasruddin estaba por morir y dijo:
-Nasruddin: recuerda por lo menos una cosa. Sé que volverás a casarte; no tiene sentido negarlo, no trates de engañarme. Sé que te volverás a casar, pero tienes que prometerme algo: que no le darás mi ropa a ninguna otra mujer.
Nasruddin le contestó:
-¡Jamás! Nunca la regalaré. Y, de cualquier manera, no le entraría a Fátima: es demasiado delgada.
¡Ya está todo decidido! Y creíste, y desperdiciaste tu vida por niños que no te pertenecen, por una mujer o un marido, por dinero, por prestigio. Destruiste toda tu vida, toda tu oportunidad.
Uno se siente confundido ante la muerte. Puedes temer a la muerte ahora pero, cuando la muerte llega, no hay nada que hacer: uno la acepta. Pero, entonces, toda la vida parece absurda, sin sentido.
El viejo se sintió muy incómodo. Cuando llegó a Yen y vio
en realidad la capital, el templo de su barrio, la cabaña y
la tumba de su padre, no lo sintió tan profundamente.
Aprendió algo, en verdad aprendió algo. Maduró un poco. ¿Qué significan esas lágrimas si pueden brotar sólo a raíz de una proyección? ¿Cuál es el sentido de toda esta emoción, este sentimiento? Era sólo un montículo de tierra, no la tumba de su padre, y él estaba llorando. Ahora, la tumba verdadera está allí, pero ¿qué diferencia hay entre una tumba real y una tumba irreal? Ambas son montículos de tierra; alguien podría estar engañándote. E, incluso cuando nadie te estuviera engañando, ¿qué diferencia hay? No era su casa, lo estaban engañando; se emocionó tanto, se puso tan sentimental. Ésta puede ser su casa, pero ¿cuál es la diferencia? Aprendió.
Éste es el mensaje de esta historia: aprender a través de la experiencia. Poco a poco, todo el sentimentalismo se detiene, cae. Y recuerda una cosa: el sentimentalismo pertenece a la mente, no la sensibilidad. La sensibilidad no pertenece a la mente; el sentimentalismo sí. Y un hombre consciente es absolutamente sensible, pero no sentimental. Hay una gran diferencia, una diferencia absoluta.
¿Qué es la sensibilidad? La sensibilidad no es una proyección. El sentimentalismo sí. Si este hombre viejo en verdad hubiera estado despierto desde el principio, no se hubiera preocupado por ir al viejo pueblo en el que había nacido, pues eso es sentimentalismo. ¿Qué diferencia hace el lugar donde naciste? Eres aquel que nunca nació. No le hubiera importado dónde vivió su padre ni dónde estaba su tumba. ¿Qué diferencia hace? El cuerpo viene de la tierra y retorna a ella; va del polvo al polvo. Tu padre no es sólo el cuerpo.
Si el hombre hubiera estado consciente, no se le podría haber hecho esa broma. En primer lugar, no le habría importado ni siquiera si, pasando por ese pueblo, alguien le decía: "Esa es la tumba de tu padre”. Él habría respondido: "Bien. Todo el mundo muere”. No se habría sentido incómodo. No habría habido problema. El sentimentalismo siempre te hace sentir incómodo.
Un hombre de consciencia es sensible. "Sensible" quiere decir que, si alguien se está muriendo, lo asistirá. Si alguien se está muriendo y lo necesita, lo cuidará. Si alguien se está muriendo, le dará lo que pueda dar. No tiene sentido llorar y gemir, pues así no ayudarás.
Un hombre está llorando porque tiene hambre, y te sientas a su lado y también lloras porque sientes mucho lo que le pasa: eso es sentimentalismo. Tu llanto no se volverá pan para él: seguirá teniendo hambre. En lugar de un hombre llorando en el mundo, ahora hay dos hombres llorando. Has duplicado el llanto y la pena. Eso no sirve. ¡Haz algo!
Un hombre sensible hará algo. Un hombre sentimental llorará y gritará, pero siempre creerá ser sensible. Un hombre sensible no se verá como sensible, pues estará haciendo algo. Si alguien tiene hambre, tratará de encontrarle algo para comer. Si tiene sed, irá y le conseguirá agua. No verás lágrimas rodando por sus mejillas, y no lo verás golpeándose el pecho, tirándose al suelo y gritando: "¡Este hombre tiene hambre!". No podrás ver que es sensible, pues la sensibilidad es imperceptible. A él le importa; la diferencia es sutil y delicada.
Un Buda no llorará porque estés en la miseria; te ayudará. Te ayudará a salir de la miseria. Si estás en la miseria, un hombre sentimental se vuelve él mismo infeliz: llora, gime, y siempre sientes que te quiere mucho. Pero esto no es amor. Está tan enfermo como tú. Si en verdad le importara, haría algo. Trataría de cambiarte, de modificarte.
Había una mujer cuyo único hijo había muerto. En ese momento, Buda estaba en el pueblo. La mujer tenía un solo hijo y su marido ya había muerto. Se llamaba Gautami. Entonces, empezó a llorar ya gemir, y no dejaba que los vecinos agarraran el cadáver para quemarlo. Se apegaba a él y no los dejaba paseó el cadáver del hijo por todo el pueblo pidiéndole a la gente que la ayudara, que le diera algún remedio. La gente le decía: "Ahora ya no se puede hacer nada. El niño ha muerto”. Pero ella no escuchaba.
Entonces, alguien le sugirió recurrir a Buda, un hombre despierto y capaz de hacer un milagro.
-¡Recurre a él! -le dijo.
Entonces, corrió hacia allí. ¿Y qué hizo Buda? Ni una lágrima apareció en sus ojos.
La mujer debe haber sentido que él era muy duro, que no tenía corazón. Le dijo:
-¿No tienes corazón? Mi hijo está muerto, ¡haz algo! Sólo tócalo y revivirá. Fuiste iluminado, eres un dios; puedes hacer algo. ¡Ten piedad de mí!
Buda le dijo:
-Haré algo, pero tú haz algo primero: deja al niño muerto aquí y ve al pueblo. El pueblo no es tan grande: sólo tiene trescientas personas. Ve y golpéales la puerta a todos; pídeles sólo una cosa pues, para hacer el milagro, necesitaré algunas mostacillas. Pero hay que cumplir con una condición: el niño volverá, pero debes traer mostacillas de una casa donde nunca haya muerto nadie.
En su miseria, la mujer no pudo comprender lo importante. Cuando estás triste, tus ojos se llenan de tantas lágrimas que no puedes ver, no puedes pensar con claridad. Un hombre que se está muriendo cree cualquier cosa. Un hombre que se está ahogando en un río se agarra de un pelo. Entonces, si un Buda te dice que te vayas...
Corrió de casa en casa, golpeó todas las puertas. La gente le decía:
-Mujer, ¿te has vuelto loca? Tenemos mostacillas; podemos dártelas. Justo ha sido la cosecha. Pero no podemos cumplir con la condición, pues mucha gente murió en esta casa.
Ella corrió por todo el pueblo. Corrió por todo el pueblo, golpeando todas las puertas y pidiendo, pero en todas las familias había muerto alguien. No había ninguna familia en la cual la vida no hubiera sido destruida por la muerte.
Poco a poco, su lágrimas se secaron; comenzó a entender lo que Buda quería mostrarle. Para el momento en que hubo completado el circuito de todo el pueblo, era una mujer diferente. Fue a ver a Buda y él le preguntó:
-¿Trajiste las mostacillas? Ella lanzó una risa y dijo:
-¡Me tendiste una trampa! Ahora, iníciame en las sannyas. He llegado a entender que la vida es muerte. Mi hijo murió y tú fuiste verdaderamente compasivo. Incluso si hubieras hecho un milagro y el niño hubiera renacido, eso no hubiera llevado a ninguna parte: hubiera tenido que morir nuevamente. No habría sido un milagro real y me habría engañado más. Me has hecho tomar consciencia de que todo lo que nace tiene que morir. El niño murió; el padre del niño murió; yo también voy a morir, más tarde o más temprano. Iníciame; enséñame aquello que nunca muere, enséñame lo inmortal.
Y ella siguió diciendo:
-Perdóname, pues no tenía consciencia. Te dije algo que no era verdad: te dije que eras duro, que eras como una roca, que tu corazón no era un corazón. Pero sé que me equivoqué.
Buda no derramó ni una sola lágrima. Él no es sentimental; es sensible.
Cuando eres sensible, sólo entonces puedes ayudar. Si eres sentimental, creas más confusión. Cuando un hombre comprende, se vuelve cada vez más sensible. Ayuda, se preocupa, y nunca se sentirá confundido. Un hombre sentimental siempre estará confundido, porque algo está mal. Tú también sabes cuándo te estás portando como un tonto; tú también lo sabes.
Cuando llegó a Yen y vio en realidad la capital, el templo
de su barrio, la cabaña y la tumba de su padre, no
lo sintió tan profundamente.
Aprendió un poco... Y, si este aprendizaje continúa, continúa y continúa, llega un momento en que ves la realidad tal como es. Entonces, no hay tristeza, porque la mente toda fue abandonada. Entonces, estás cara a cara con lo real. No hay alegría ni tristeza, porque ambas son proyecciones de la mente. Y, cuando ambas desaparecen, hay paz; cuando ambas desaparecen, hay arrobamiento. No me malinterpretes: arrobamiento no significa felicidad. Arrobamiento alude a la ausencia de alegría y de tristeza. La felicidad será interrumpida por la tristeza; y al tristeza, por al alegría. Son polaridades; la rueda está girando.
El arrobamiento nunca es interrumpido. Es silencio, es paz, es una tranquilidad, una paz absoluta. Obtuviste la comprensión: ahora, nada te molesta. Ahora, te mueves en el mundo sin mente, te mueves en el mundo sin proyectar. Y, entonces, todo es hermoso. No es tu belleza, por supuesto, ya que ésta lleva en sí la fealdad. Ahora todo es hermoso, pero esta hermosura trasciende tanto a tu belleza como a tu fealdad. Todas las dualidades son superadas.
Trata de aprender de toda experiencia; esa es la única meditación. No dejes que ninguna experiencia caiga en un desagüe; aprende algo. El aprendizaje te lo quedarás. Y, cuando la acumulación de discernimientos llega a cierto nivel, hay una explosión. Es como cuando se calienta el agua hasta cien grados: el agua desaparece y se transforma en algo totalmente diferente. Su estado se modifica: se evapora. Lo común es que el agua fluya hacia abajo; pero, cuando se evapora, empieza a subir; la dimensión cambia.
Eres como el agua. Si no aprendes, seguirás moviéndote hacia abajo. ¡Aprende! Aprender es un calor, un aclimatamiento, una maduración, un fuego. Aprende más, y crearás más fuego en tu interior; y después llega a cien grados y se produce un salto. De repente, la dimensión hacia abajo desaparece; te estás yendo para arriba. Estás subiendo, subiendo y subiendo: te transformaste en una nube.
Esto sólo es posible a través de la experiencia, cuando la experiencia se convierte en aprendizaje, y el aprendizaje, en discernimiento. El discernimiento es lo esencial. No es una memoria, sino la esencia misma de todo lo que sabes. No puedes explicarle tu discernimiento a nadie; no. No es un conocimiento; no se puede transmitir.
Un maestro debe crear situaciones para que aprendas, para que entiendas, para que adquieras ímpetu, un fuego.
Debes haber visto fotos de las pirámides. Fueron hechas por escuelas muy, muy secretas de Egipto. La palabra "pirámide" quiere decir "fuego interior", y la pirámide está hecha de manera tal de acumular energía. Recientemente, los científicos se dieron cuenta de que la forma de una pirámide es una gran acumuladora de energía. La forma misma, la forma triangular misma, acumula energía. Descubrieron este fenómeno en forma accidental. Un científico estaba trabajando en la pirámide de Giza. Mientras estaba trabajando allí, entró un perro; sin querer, cerró la puerta y se fue de vacaciones. Cuando volvió después de tres semanas, encontró al perro muerto, pero su cadáver se había momificado automáticamente. El perro estaba muerto, pero el cadáver no se estaba deteriorando para nada.
Entonces, hizo muchos experimentos con gatos y ratones, y se sorprendió: algo milagroso estaba sucediendo en Giza. Un cuerpo muere, tiene que deteriorarse... Entonces, hizo un pequeño experimento: hizo un modelo chico de pirámide y puso adentro un ratón, y el ratón se murió y se momificó; el cuerpo no se deterioró.
Ahora lo han patentado en Alemania: hicieron una pirámide de cartón, para hojitas de afeitar. Te afeitas la barba y pones la hojita en la pirámide; al día siguiente, se vuelve a afilar en forma automática. Y una sola hojita de afeitar puede durar toda una vida.
La palabra "pirámide" significa "fuego interior". Todo el cuerpo humano es como una pirámide. Si profundizas más, llegarás a entender que, cerca del ombligo, existe una forma de energía que es triangular. Y, cerca del ombligo, dentro del triángulo, en el medio, existe un fuego. Ahora, es una llama muy, muy pequeña. Si aprendes más, y si tu aprendizaje se transforma en discernimiento (tienes la esencia de él), sentirás un calor que aumenta cerca del ombligo. En Japón, lo llaman hara. El calor aumenta y, a medida que aumenta el calor cerca del ombligo, comienzas a cambiar. Llega un momento en que sientes un calor ardiente cerca del ombligo; se vuelve casi insoportable. Y, entonces, de repente, todo cambia. A cien grados, tu cuerpo se torna totalmente diferente.
El fluir del cuerpo ya no es hacia abajo. El sexo desaparece, pues el sexo es el fluir hacia abajo. De repente, la energía está ascendiendo. Y, después, la energía llega al pico más alto de tu ser, el sahasrar, desde donde alcanza lo divino. Así que, aprende más, no te manejes sin consciencia. La consciencia es fuego. Cuando Heráclito dice que el fuego es la raíz de toda la existencia, tiene razón. Sabe algo: que el fuego es la raíz de toda la existencia. No el fuego que ves; ese fuego es sólo una de las formas.
La comprensión es como el fuego: te quema por completo a ti tal como estás ahora, al yo, a la mente. Te da una dimensión diferente: te transformas en una nube y te desplazas por el cielo. Tienes alas.
No dejes que ninguna experiencia pase sin que saques de ella algún aprendizaje. Cada momento tiene un valor: aprende algo. Cuando llegue el día de mañana y salga el sol, no debes ser el mismo: tienes que haber aprendido. Estas veinticuatro horas tienen un valor; debes aprender.
Y cuando digo aprender no quiero decir que tienes que saber más; debes aprender más. Incluso una persona muy ignorante puede ser muy comprensiva. Ignorante en el sentido de que no es educada, de que no sabe mucho. Y una persona muy educada, un "hombre de Oxford" puede no comprender absolutamente nada, aunque sepa. ¿Puedes notar la diferencia? El conocimiento deriva de la memoria, de la mente. La comprensión deriva de la experiencia, de la experiencia existencial, no de la memoria.
Suficiente por hoy.