LIBERTAD: LA VALENTÍA DE SER TÚ MISMO

Primer Capítulo
Comprender las raíces de la
esclavitud
PARA SER TOTALMENTE LIBRE uno necesita ser totalmente consciente, porque nuestra
esclavitud está enraizada en nuestra inconsciencia; no viene del exterior. Nadie
puede quitarte la libertad. Pueden aniquilarte, pero no se te puede arrebatar tu
libertad a menos que tú la entregues. En última instancia, siempre es tu deseo
de no ser libre lo que hace que dejes de ser libre. Es tu deseo de ser
dependiente, tu deseo de dejar la responsabilidad de ser tú mismo, lo que hace
que dejes de ser libre.
En el momento que asumes la responsabilidad de ti mismo... recuerda que no es
todo un camino de rosas, que hay espinas; no es todo dulce, hay muchos momentos
amargos. Lo dulce siempre es equilibrado con lo amargo, siempre llegan en la
misma proporción. Las rosas son equilibradas por las espinas, los días por las
noches, el verano por los inviernos. La vida mantiene un equilibrio entre los
polos opuestos. De modo que quien esté dispuesto a aceptar la responsabilidad de
ser él mismo, con todas sus bellezas, amarguras, sus alegrías y agonías, puede
ser libre. Solo semejante persona puede ser libre...
Vívelo en toda su agonía y todo su éxtasis; ambos son tuyos. Y recuerda siempre:
el éxtasis no puede vivir sin la agonía, la vida no puede existir sin la muerte,
y la alegría no puede existir sin la tristeza. Así son las cosas; no se puede
hacer nada al respecto. Esa es la naturaleza misma, el Tao mismo de las cosas.
Acepta la responsabilidad de ser tú mismo tal como eres, con todo lo que es
bueno y con todo lo que es malo, con todo lo que es bello y lo que no es bello.
En esa aceptación sucede una transcendencia y uno se hace libre.
LA SOCIEDAD Y LA LIBERTAD DEL INDIVIDUO. ENTREVISTA
Las normas sociales parecen ser una necesidad básica para los seres humanos. Sin
embargo, ninguna sociedad ha ayudado nunca al hombre a realizarse. ¿Puedes
explicar, por favor, qué tipo de relación existe entre los individuos y la
sociedad, y cómo pueden ayudarse mutuamente a evolucionar?
Es una cuestión muy compleja, pero también muy fundamental. En toda la
existencia, solo el hombre necesita normas. Ningún otro animal necesita normas.
Lo primero que hay que comprender es que las normas son artificiales. La razón
por las que el hombre las necesita es que ha dejado de ser un animal, pero aún
no es humano: está en un limbo. Eso es lo que crea la necesitad de todas las
normas. Si fuera un animal, no habría necesidad. Los animales viven
perfectamente bien sin normas, constituciones, leyes, tribunales. Si el hombre
realmente se hace humano —no solo nominalmente, sino en realidad— no necesitará
ninguna norma.
Muy pocas personas se han realizado hasta ahora. Por ejemplo, para hombres como
Sócrates, Zaratustra, Bodhidharma, no hay necesidad de ninguna norma. Están lo
suficientemente alertas para no hacer daño a nadie. No hay necesidad de ninguna
ley, de ninguna constitución. Si toda la sociedad evoluciona hasta ser
auténticamente humana, habrá amor, pero no habrá ley.
El problema es que el hombre necesita normas, leyes, gobiernos, tribunales,
ejércitos, una fuerza policial, porque ha perdido la conducta natural de un
animal y aún no ha vuelto a obtener un nuevo estado natural. Está justo
entremedias. No está en ninguna parte, es un caos. Para controlar ese caos, son
necesarias todas estas cosas.
El problema se vuelve más complejo porque las fuerzas que se han desarrollado
para controlar al hombre —las religiones, los estados, los tribunales— se han
vuelto muy poderosas. Hubo que darles poder, de lo contrario, ¿cómo iban a
controlar a la gente? De manera que caímos en una especie de esclavitud por
iniciativa propia. Ahora que esas instituciones se han vuelto poderosas, no
quieren renunciar a sus intereses creados. No quieren que el hombre evolucione.
Preguntas que cómo pueden evolucionar el hombre y la sociedad, el individuo y la
sociedad. No comprendes el problema en absoluto. Si el individuo evoluciona, la
sociedad se disuelve. La sociedad existe solo porque no se permite evolucionar
al individuo. Todos estos poderes han estado controlando al hombre durante
siglos, y disfrutando su poder y su prestigio. No están dispuestos a dejar que
el hombre evolucione, a dejar que el hombre se desarrolle hasta el punto en que
ellos y sus instituciones se vuelvan inútiles. Hay muchas situaciones que te
ayudarán a comprender.
Sucedió en China, hace veinticinco siglos...
Lao Tse fue muy famoso, un sabio, sin duda alguna uno de los hombres más sabios
de todos los tiempos. El emperador de China le pidió muy humildemente que fuera
el jefe de su tribunal supremo, porque nadie podría guiar las leyes del país
mejor que él. Él trató de convencer al emperador: «No soy la persona adecuada»,
pero el emperador seguía insistiendo. Lao Tse dijo:
—Si no quiere usted escucharme... Con un solo día que pase yo en el tribunal se
convencerá de que no soy la persona adecuada, porque el sistema es erróneo. Por
humildad, no le estaba diciendo la verdad. O puedo existir yo, o puede existir
su ley y su orden y su sociedad. Así que... intentémoslo.
El primer día trajeron al tribunal a un ladrón que había robado casi la mitad de
la fortuna del hombre más rico de la capital. Lao Tse escuchó el caso y luego
dijo que tanto el ladrón como el hombre más rico deberían ir a la cárcel durante
seis meses.
—¿Qué está diciendo usted? Me han robado, me han desvalijado... ¿Qué tipo de
justicia es esta, que me está mandando a la cárcel el mismo período de tiempo
que al ladrón? —dijo el rico.
—Ciertamente, no estoy siendo justo con el ladrón. Usted tiene más necesidad de
estar en la cárcel, porque ha acumulado tanto dinero para usted mismo, ha
privado a tanta gente de dinero... Miles de personas están en la miseria y usted
sigue acumulando más y más dinero. ¿Para qué? Su propia avaricia está creando
estos ladrones. Usted es responsable. El primer delito es suyo —respondió Lao
Tse.
La lógica de Lao Tse es absolutamente clara. Si va a haber demasiada gente pobre
y solo unos pocos ricos, no se puede evitar que haya ladrones, no se pueden
evitar los robos. La única manera de evitarlos es tener una sociedad en la que
todos tengan lo suficiente para satisfacer sus necesidades, y nadie acumule
innecesariamente solo por avaricia.
—Antes de que me envíe a la cárcel, quiero ver al emperador, porque esto no es
conforme a la constitución; esto no es conforme a la ley del país —protestó el
rico.
—Eso es culpa de la constitución y culpa de la ley del país. Yo no soy
responsable. Vaya a ver al emperador —replicó Lao Tse.
El rico le dijo al emperador:
—Escuche, este hombre debería ser depuesto de su cargo inmediatamente; es
peligroso. Hoy voy yo a la cárcel, mañana estará en la cárcel usted. Si quiere
salvarse, hay que echar a este hombre; es absolutamente peligroso. Y es muy
racional. Lo que dice es correcto; puedo entenderlo, ¡pero nos destruirá!
El emperador lo comprendió perfectamente bien: «Si este rico es un criminal,
entonces yo soy el mayor criminal del país. Lao Tse no dudará en enviarme a la
cárcel».
Lao Tse fue eximido de su cargo. Dijo:
—Intenté decírselo antes; me está haciendo perder el tiempo innecesariamente. Le
dije que no soy la persona adecuada. La realidad es que su sociedad, su ley y su
constitución no están en lo correcto. Necesita gente errónea para hacer
funcionar este sistema erróneo.
El problema es que las fuerzas que creamos para evitar que el hombre se
desmoronase en el caos son ahora tan poderosas que no quieren dejaros libres
para que crezcáis; porque si eres capaz de crecer, de convertirte en un
individuo, alerta, despierto y consciente, no habrá necesidad de toda esta
gente. Perderán su trabajo, y con su trabajo perderán su prestigio, su poder, su
liderazgo, su sacerdocio, su papado; desaparecerá todo. De manera que los que
fueron necesarios al principio por protección, se han convertido en los enemigos
de la humanidad.
Mi enfoque no es luchar contra esas personas, porque son poderosas, tienen
ejércitos, tienen dinero, lo tienen todo. No puedes luchar contra ellos, te
destruirán. La única salida de este lío es empezar silenciosamente a desarrollar
tu propia consciencia, lo que ellos no pueden evitar con ninguna fuerza. De
hecho, ni siquiera pueden saber qué está pasando dentro de ti.
Yo te ofrezco la alquimia de la transformación interna. Cambia tu ser interno. Y
en el momento que hayas cambiado, que te hayas transformado completamente, de
pronto verás que estás fuera de tu prisión, ya no eres un esclavo. Eras un
esclavo debido a tu caos.
Sucedió en la Revolución rusa...
El día que triunfó la revolución, una mujer iba andando en Moscú por el medio de
la calzada. Un policía le dijo:
—Esto no está bien. No puede andar por el medio de la calzada.
—Ahora somos libres —afirmó ella.
Incluso si eres libre, tendrás que cumplir las normas de tráfico; de lo
contrario, será imposible. Si los coches y las personas van por donde quieren,
girando donde quieren, sin hacer caso de los semáforos, la gente simplemente se
verá involucrada en accidentes, morirá. Esto hará que venga el ejército, para
hacer que se cumpla la ley de que tienes que ir... por la derecha o por la
izquierda, según se haya elegido en el país, pero nadie puede ir por el medio.
Entonces, a punta de pistola, tendrás que obedecer las normas. Me acuerdo
siempre de esa mujer; es muy simbólica.
Libertad no significa caos. Libertad significa más responsabilidad; tanta
responsabilidad que nadie necesita interferir en tu vida. No hace falta hacer
nada, el gobierno no necesita interferir contigo, la policía no necesita
interferir contigo, la ley no tiene nada que ver contigo; simplemente estás
fuera de su mundo.
Este es mi enfoque: si realmente se quiere transformar a la humanidad, cada
individuo debería empezar a crecer por su cuenta. Y, de hecho, no se necesita
una multitud para el crecimiento.
El crecimiento es como un niño creciendo en el útero de una madre. No es
necesaria ninguna multitud; la madre simplemente tiene que tener cuidado. Tiene
que nacer en ti un nuevo hombre. Tienes que volverte el útero de un nuevo ser
humano. Nadie lo sabrá, y es mejor que nadie lo sepa. Simplemente sigues
haciendo tus tareas corrientes, viviendo en el mundo corriente, siendo normal y
corriente; no volviéndote revolucionario, reaccionario, punk o skinhead. Eso no
va a ayudar. Eso es una pura estupidez. Comprendo que se debe a la frustración,
pero sigue siendo demencial. ¿La sociedad es demencial y, por frustración, tú
pierdes el juicio? La sociedad no les tiene miedo a estas personas; la sociedad
solo les tiene miedo a las personas que pueden centrarse tanto, pueden llegar a
ser tan conscientes, que las leyes se vuelven inservibles para ellas. Siempre
hacen lo correcto. Están fuera del alcance de lo que se llama intereses
poderosos.
Si el individuo crece, la sociedad declinará. La manera en que se ha conocido la
sociedad —con el gobierno, con el ejército, con los tribunales, con los
policías, con las cárceles— esta sociedad declinará. Ciertamente, como hay
tantos seres humanos, tendrán que crearse nuevas formas de colectividad. No
quisiera llamarlas «sociedad», para evitar la confusión entre las palabras. A la
nueva colectividad la llamo comuna. La palabra es significativa: significa un
lugar en el que la gente no solo vive junta, sino en el que la gente está en
profunda comunión.
Vivir juntos es una cosa; lo estamos haciendo: en toda ciudad, en toda
población, miles de personas viven juntas... pero ¿qué tipo de unión hay? La
gente ni siquiera conoce a sus vecinos. Viven en el mismo rascacielos miles de
personas y nunca llegan a saber que están viviendo en la misma casa. No es unión
porque no hay comunión. Es simplemente una masa de gente, no una comunidad. De
manera que me gustaría sustituir la palabra sociedad con la palabra comuna.
La sociedad se ha basado en ciertos principios. Será preciso eliminarlos; de lo
contrario la sociedad no desaparecerá. La primera unidad de la sociedad, y la
más importante, ha sido la familia: si la familia permanece tal como es, la
sociedad no puede desaparecer, la iglesia no puede desaparecer; por tanto las
religiones no pueden desaparecer. Y entonces no podremos crear un mundo, una
humanidad.
La familia es psicológicamente anacrónica. No es que siempre haya existido; hubo
un tiempo en el que no había familia, la gente vivía en tribus. La familia
surgió debido a la propiedad privada. Hubo personas poderosas que lograron tener
más propiedad privada que todos los demás y quisieron legársela a sus hijos.
Hasta entonces, la familia no había sido importante. Los hombres y las mujeres
se unían por amor; no había matrimonio ni familia. Pero una vez que surgió la
propiedad, el hombre se volvió muy posesivo hacia la mujer. Convirtió también a
la mujer en parte de su propiedad.
En las lenguas indias, de hecho, a la mujer se la llama «propiedad». En China,
la mujer era una propiedad hasta tal punto que, si un marido mataba a su esposa,
no había ninguna ley que lo castigara. No se cometía ningún delito: cualquiera
es completamente libre de destruir su propiedad. Puedes quemar tus muebles,
puedes quemar tu casa... no es un delito, es tu casa. Puedes matar a tu
esposa...
Con la propiedad privada, también la mujer se convirtió en propiedad privada, y
se pusieron en práctica todo tipo de estrategias para que el hombre pudiese
estar absolutamente seguro de que el hijo que nacía de su mujer era realmente
suyo.
Sin embargo, este es un problema difícil: el padre nunca puede estar
absolutamente seguro; solo la madre lo sabe. Pero el padre creó todo tipo de
barreras para impedir la movilidad de la mujer, para que no pudiera ponerse en
contacto con otros hombres. Se le cerraron todas las posibilidades y todas las
puertas.
No es una coincidencia que solo las mujeres mayores entren en las iglesias y los
templos, porque durante siglos ese era el único lugar al que se les permitía ir,
sabiendo perfectamente que la Iglesia es protectora de la familia. La Iglesia
sabe muy bien que si la familia desaparece, desaparece la Iglesia. Y, por
supuesto, la iglesia es el último lugar en el que pudiera suceder alguna
aventura romántica. Han tomado todo tipo de precauciones. Y el sacerdote tiene
que ser célibe —esto son garantías—, el sacerdote es célibe, está en contra del
sexo, está en contra de las mujeres, de formas diferentes en las distintas
religiones.
Un monje jainí no puede tocar a una mujer; de hecho, la mujer no debe acercarse
a menos de dos metros y medio de un monje jainí. A un monje budista no se le
permite tocar a una mujer. Hay religiones que no permiten que las mujeres entren
en sus lugares religiosos, o tienen particiones para separarlas. Los hombres
ocupan la parte principal del templo o la mezquita, las mujeres tienen un
pequeño rincón, pero separadas. Los hombres ni siquiera pueden verlas; reunirse
con alguien es imposible.
Muchas religiones, como el islam, han cubierto el rostro de sus mujeres. Los
rostros de las mujeres musulmanas se han vuelto pálidos porque nunca ven la luz
del sol. Sus rostros están cubiertos, sus cuerpos están cubiertos de todas las
maneras posibles. La mujer no debe recibir una educación, porque los estudios
dan a la gente extraños pensamientos. La gente empieza a pensar, la gente
empieza a debatir...
A la mujer no se le permitía tener una profesión remunerada, porque eso
significa independencia. De manera que fue excluida en todos los aspectos por
una sencilla razón: para que el hombre pudiera estar seguro de que su hijo era
realmente su hijo. Los que eran realmente poderosos —por ejemplo, los reyes
orientales— tenían sirvientes castrados, porque andaban por el palacio,
trabajando y sirviendo a otros. Tenían que ser castrados; de lo contrario, había
un peligro... Y había peligro, porque todo emperador tenía cientos de esposas, a
muchas de las cuales nunca llegaría a ver. Naturalmente, ellas se podían
enamorar de cualquiera. Pero solo se permitía que entraran en palacio hombres
castrados, de modo que, incluso si las mujeres se enamoraban, no podían tener
hijos. Eso era lo básico.
La familia tiene que desaparecer y dar paso a la comuna. Una comuna significa
aunar todas nuestras energías, todo nuestro dinero, todo en un fondo común...
para cuidar de todas las personas. Los niños pertenecerán a la comuna, de manera
que no se planteará la cuestión de la herencia individual. Y si aunáis todas
vuestras energías, todo vuestro dinero y todos vuestros recursos, toda comuna
puede ser rica y toda comuna puede disfrutar de estar viva por igual.
Una vez que los individuos vayan creciendo y las comunas lo hagan
simultáneamente, la sociedad desaparecerá, y con ella todos los males que ha
creado.
Os daré un ejemplo.
Solo en China se dio un paso tremendamente revolucionario hace dos mil años: el
paciente tenía que pagar al médico solo cuando el paciente estaba sano. Si caía
enfermo, no tenía que pagar al médico. Eso parece muy extraño. Nosotros pagamos
al médico cuando estamos enfermos, y él nos vuelve a poner sanos. Pero esto es
peligroso, porque haces que el médico dependa de tu enfermedad. La enfermedad se
convierte en su interés: cuanta más gente se ponga enferma, más puede ganar. Su
interés ya no es la salud, sino la enfermedad. ¡Si todo el mundo permanece sano,
el médico será el único que estará enfermo!
Propusieron una idea revolucionaria, práctica: que toda persona tenga su médico,
y mientras permanezca sana tiene que pagar al médico todos los meses. Es
obligación del médico mantener sana a la persona; y, naturalmente, lo hará
porque se le paga por ello. Si la persona se pone enferma, el médico pierde
dinero. Cuando hay epidemias, el médico se arruina.
Ahora mismo, es justo lo contrario. He oído esta historia: el médico fue a ver a
Mulla Nasruddin y le dijo:
—No has pagado, y he venido una y otra vez a recordarte que he curado a tu hijo
de la viruela, y no me escuchas.
—Tú eres el que tiene que escuchar; de lo contrario te voy a demandar en los
tribunales —contestó Mulla.
—Esto es extraño... He tratado a tu hijo.
—Sí, ya lo sé; pero ¿quién propagó la epidemia por toda la ciudad? ¡Mi hijo! De
modo que todo el dinero que has ganado lo tienes que compartir conmigo.
Tenía razón. Su hijo había hecho un buen trabajo, y desde ese día el médico
nunca volvió a pedirle el dinero. El argumento de Mulla era correcto. El médico
había ganado mucho con la epidemia.
Pero este es un sistema muy erróneo. La comuna debería pagar al médico por
mantener sana a la comuna, y si alguien se pone enfermo en la comuna, se le
recorta el sueldo al médico. De este modo, la salud es la ocupación del médico,
no la enfermedad. Y se puede ver la diferencia: en Occidente, la ocupación del
médico se llama «medicina», que tiene que ver con la enfermedad. En Oriente se
llama ayurveda, que significa «la ciencia de la vida»... no de la enfermedad. La
ocupación básica del médico debería ser que la gente viva mucho tiempo, que viva
sana, intacta, y se le debería pagar por ello. De manera que cada comuna podría
permitirse muy fácilmente mantener al médico, al fontanero, al ingeniero...
todos los servicios que sean necesarios. Esa es la responsabilidad que tiene que
asumir la comuna, y la gente que sirve a la comuna debería rotar para que no
vuelva a surgir ningún centro de poder.
El comité directivo de la comuna debería constituirse por turnos; cada año
debería entrar gente nueva y salir la que estaba, para que nadie se vuelva
adicto al poder. El poder es la peor droga a la que la gente puede volverse
adicta; se debería dar, pero en dosis muy pequeñas y no durante mucho tiempo.
Dejad que crezca el individuo y dejad que crezca la comuna.
Pero, por ahora, olvidad todo lo relacionado con la sociedad; no luchéis con
ella. No tengáis nada que hacer con la sociedad; dejad que la sociedad siga tal
como es. Si quiere existir, tendrá que cambiar de forma, de estructura. Si
quiere morir, dejad que muera. No hay nada de malo en ello. El mundo está
superpoblado; solo soporta un cuarto de la población actual. De manera que las
viejas cabezas podridas que no pueden concebir nada nuevo, que son absolutamente
ciegas y no pueden ver que lo que están haciendo es dañino y venenoso... si han
decidido morir, entonces dejad que mueran en silencio. No les molestéis.
No os enseño a ser revolucionarios. Quiero que seáis muy silenciosos, casi
transformadores encubiertos. Porque todas las revoluciones han fracasado...
ahora el único camino posible es que deberíamos hacerlo tan silenciosa y
pacíficamente que pueda suceder.
Hay cosas que solo suceden en silencio. Por ejemplo, si amas a los árboles, no
deberías tirar de un arbolito todos los días para verle las raíces; entonces, lo
matarás. Esas raíces tienen que permanecer ocultas. Van haciendo su trabajo en
silencio.
Mi gente tiene que ser como las raíces: haciendo constantemente la tarea,
cambiándote a ti mismo, cambiando a todo el mundo que esté interesado;
difundiendo los métodos que pueden transformar; creando pequeñas agrupaciones,
pequeños grupos, pequeñas comunas y, allí donde sea posible, comunas más
grandes. Pero que todo esto suceda muy silenciosamente, sin crear ninguna
conmoción.
El individuo solo puede existir si la sociedad muere; los dos no pueden existir.
Es hora de que la sociedad muera, y encontraremos nuevas formas de estar juntos
que no serán formales, que serán más del corazón. La familia lo impide. La
familia traza un linde en torno a cada niño. Dice: «Soy tu padre, así que ámame.
Soy tu madre, así que ámame. Esta es tu familia. Si es necesario, sacrifícate
por la familia». La misma idea se proyecta a mayor escala como la nación: «Esta
es tu nación. Si te necesita, sacrifícate». Familia, sociedad, nación... es la
misma idea haciéndose cada vez más grande.
De manera que mi crítica básica es a la familia. La familia es la causa
fundamental de todos nuestros problemas. Nuestra pobreza, nuestra enfermedad,
nuestra locura, nuestro vacío, nuestra falta de amor... la familia es la causa.
Y la familia es la causa de todos nuestros condicionamientos. Empieza a
condicionar tu mente desde el principio mismo: «Eres judío, eres cristiano, eres
hindú, eres esto y eres lo otro»... y el pobre niño no sabe las tonterías que
estás diciendo.
He oído una historia acerca de un rabino y un obispo...
Vivían uno enfrente del otro y, naturalmente, estaban continuamente compitiendo
en todo. Se trataba del prestigio de su religión.
Una mañana, el rabino vio que el obispo tenía un coche nuevo. Le preguntó:
—¿Qué está haciendo?
El obispo estaba echando agua sobre el coche. Le dijo:
—Lo estoy bautizando. Tengo un coche nuevo; un Cadillac.
El rabino estaba acongojado. ¡Viendo con sus propios ojos, a la puerta misma de
su casa, que estaban haciendo cristiano al coche! Al día siguiente, cuando el
obispo salió, se quedó sorprendido. Le preguntó al rabino:
—¿Qué está haciendo? —Había un hermoso Rolls Royce, y el rabino, que estaba
cortando el tubo de escape, le contestó:
—Estoy circuncidando a mi Rolls-Royce. ¡Ahora es judío!
Esto es lo que les están haciendo a todos los niños. Y los niños son tan
inocentes como el Cadillac y el Rolls-Royce; no saben lo que les están haciendo.
La familia es la base de todos los condicionamientos; te da como herencia todo
el pasado, y la carga, el fardo de todas esas cosas que han resultado erróneas
durante cientos de años. Se te carga con todas esas cosas erróneas, y tu mente
queda cerrada y atascada, y no puede aceptar nada nuevo que vaya en contra de
eso. Tu mente está simplemente llena de cosas erróneas. [...]