EL FILO DE LA NAVAJA

 


 1

Trae el amanecer, disipa la oscuridad

 ¿Por qué ha tenido el ser humano que padecer tanto sufrimiento, desde el primer momento? ¿Acaso no ha habido sobre la Tierra civilizaciones altamente evolucionadas? Y sin embargo, se ha perdido su conciencia y ha habido que empezar de nuevo, desde el principio. Ahora mismo estamos atravesando una etapa muy oscura. ¿Hay alguna ley cósmica que dice que: «La flor de loto solo puede nacer del barro»? ¿Algún día será esta Tierra un jardín de flores?

La pregunta que acabas de formular tiene un inmenso alcance. En primer lugar, muchas civilizaciones anteriores a la nuestra han alcanzado cimas más altas, pero todas ellas fueron destruidas porque, incluida la nuestra, se desarrollaron partiendo de un profundo desequilibrio. Han desarrollado mucho la tecnología, pero se han olvidado de que el hombre no va a ser más dichoso, más pacífico, más cariñoso, más compasivo, porque haya más progreso tecnológico.

La conciencia del hombre no se ha desarrollado al mismo ritmo que el desarrollo científico, y ese es el motivo de que todas las civilizaciones antiguas hayan desaparecido. No hay ningún otro motivo, el enemigo externo no existe, el enemigo está dentro del hombre. Ha creado prodigios en cuanto a máquinas se refiere, pero él se ha quedado atrás, inconsciente, casi dormido.

 

9

Osho: 

Conceder tanto poder a unas personas inconscientes entraña muchos peligros.

Y lo mismo ocurre hoy. En lo que se refiere a la conciencia, los políticos ocupan el nivel más bajo. Son listos, son astutos, pero también son malos; todos sus propósitos se enfocan en un solo objetivo: conseguir más poder. Su único deseo es alcanzar más poder, pero no más paz, más ser, más verdad, más amor.

Y ¿para qué quieres tener poder? Para dominar a los demás, para destruirlos. Todo el poder ha sido acaparado por personas inconscientes. Por un lado, los políticos de todas las civilizaciones que se desarrollaron y han desaparecido —o, mejor dicho, se han suicidado— tenían todo el poder en sus manos. Por otro lado, el talento de la inteligencia humana buscaba caminos cada vez más científicos y tecnológicos, y todo lo que descubrieron ha acabado finalmente en manos de los políticos.

Albert Einstein escribió una carta al presidente Roosevelt. El científico había huido de Alemania. Había estado investigando la teoría atómica para Adolf Hitler en Alemania, muy a su pesar porque él era judío y parecía mentira la cantidad de judíos que Adolf Hitler estaba asesinando. Un solo individuo asesinó a seis millones de judíos en Alemania. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler fue el responsable de la muerte de aproximadamente cincuenta millones de personas.

Albert Einstein, al ver esta situación y aunque por supuesto no iban a matarle porque tenía demasiado valor, huyó de Alemania. No quería fabricar la bomba atómica para Adolf Hitler. Tuvo una reacción completamente humana porque muchos de los suyos, muchos de sus amigos, habían sido asesinados. Escribió una carta al presidente Roosevelt de Estados Unidos diciendo: «Puedo ir a Estados Unidos y fabricar la bomba atómica. Tengo el secreto. Y el poseedor de la bomba atómica será el que gane la Segunda Guerra Mundial». Roosevelt le invitó inmediatamente y le hizo entrega de todo lo necesario para fabricar la bomba atómica.

Cuando la bomba estuvo lista, Roosevelt ya no era presidente; había sido sustituido por Truman. Alemania había sido derrotada y la rendición de Japón solo era una cuestión de días, no más de siete, esto es lo que aseguraban todos los expertos militares mundiales. No le quedaba otra salida, ya que había recibido todo el poder de Alemania. Japón era simplemente un aliado. Y a pesar de que los generales estadounidenses le advirtieron que no era necesario usar bombas atómicas —bastaba con bombas corrientes, porque Japón tendría que rendirse en cuestión de siete días—, Truman no les hizo caso.

Albert Einstein volvió a escribir una carta insistiendo en que no era necesario. Pero ¿a quién le importaba Albert Einstein? Las bombas estaban en manos del presidente. Y Truman, sin motivo alguno, bombardeó dos ciudades de Japón, Hiroshima y Nagasaki. Dos grandes ciudades...; en cada una había más de cien mil habitantes, y al cabo de cinco minutos todas esas personas fueron liquidadas. Nunca se había conocido una destrucción de tal magnitud. Y era absolutamente innecesaria.

Truman tenía prisa. Tenía miedo de que, si Japón se rendía, no tendría la oportunidad de usar la bomba atómica que tanto dinero había costado fabricar. Y no podría demostrar al mundo entero el poder de Estados Unidos, y que él tenía la llave de ese poder en sus manos. Esas bombas sobre Hiroshima y Nagasaki no solo pretendían derrotar a Japón; su principal propósito era completamente distinto, se trataba de satisfacer el ego del presidente Truman: «Soy el más grande, el más poderoso del mundo, y mi nación ha llegado a la cumbre».

Esto ocurre una vez tras otra.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, nadie estaba dispuesto a creer que hubiese armas tan destructivas. La historia del Mahabaratha, en las antiguas escrituras indias, es la historia de una gran batalla india de hace quinientos años que solo es mitológica. Hace quinientos años no se podía concebir que hubiera armas tan poderosas. Pero ahora, tras la Segunda Guerra Mundial, la descripción del Mahabaratha nos deja muy claro que habían descubierto algo muy parecido a la energía atómica. Destruyeron una gran civilización, y la destrucción partió de su propia civilización.

En la actualidad llevamos el mismo camino. La destrucción no proviene de otro planeta, sino que estamos cavando nuestras propias tumbas. Puede que nos demos cuenta y puede que no, pero todos estamos excavando, excavando nuestra propia tumba. Y las armas nucleares tienen una potencia millones de veces más grande que las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial. Los científicos dicen que las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial son fuegos artificiales si las comparamos con las bombas nucleares.

Se está perdiendo el control, las naciones tienen tanto poder destructivo que tan solo un país es capaz de destruir el mundo entero. Para demostrar su poder, un loco, un solo político, puede destruir toda la civilización y habrá que empezar de cero otra vez. Y no será solo la destrucción de la humanidad, sino que también desaparecerán todos los compañeros de la humanidad —los animales, los árboles, los pájaros, las flores—, todo lo que está vivo.

La causa de esto es que hay un profundo desequilibrio en nuestra evolución. Seguimos desarrollando tecnología científica sin importarnos en absoluto que nuestra conciencia se desarrolle en la misma proporción. En realidad, nuestra conciencia debería ir por delante del progreso tecnológico.

Si nuestra conciencia tuviese el estado de la iluminación..., las armas nucleares no serían un peligro en manos de Gautama Buda. En manos de Gautama Buda las armas nucleares serían energía creativa, porque la energía siempre es neutra; con ella puedes destruir o puedes buscar la forma de crear algo. Pero ahora mismo la humanidad tiene mucho poder y aún es muy pequeña. Es como dejar que los niños jueguen con bombas.

Tú te preguntas: «¿Por qué el ser humano siempre debe evolucionar a través de tanto sufrimiento?». Es el desequilibrio que hay entre lo interior y lo exterior. Lo exterior es más fácil, lo exterior es objetivo. Por ejemplo, hubo un hombre, Thomas Alva Edison, que inventó la electricidad, y ahora toda la humanidad la usa; no es necesario volver a descubrirla otra vez.

El crecimiento interno es un fenómeno completamente distinto. Gautama Buda se puede iluminar, pero eso no significa que todo el mundo se ilumine. Cada individuo tiene que encontrar la verdad él solo. De modo que todo lo que ocurre en el exterior se va acumulando, amontonando; todo el progreso científico se va acumulando. Cada científico se apoya en el conocimiento de otros científicos. Pero la evolución de la conciencia no sigue la misma regla. Cada individuo deberá descubrirlo por sí mismo; no puede apoyarse en el conocimiento de los demás.

Todo lo objetivo se puede compartir, te lo pueden enseñar en el colegio, en el instituto, en la universidad. Pero no ocurre lo mismo con lo subjetivo. Aunque lo sepa todo del mundo interior, no puedo darte nada. Una de las leyes fundamentales de la existencia es que cada individuo debe esforzarse por descubrir personalmente la verdad interior. No es algo que se pueda comprar en el mercado, no se puede robar. Nadie te lo puede dar. No es un artículo, no es material; es una experiencia inmaterial.

Uno puede dar prueba de ello con su individualidad, con su presencia, con su compasión, con su amor, con su silencio. Pero solo son pruebas de que ha ocurrido algo en su interior. Te pueden animar diciéndote que tu viaje hacia adentro no es en vano, que encontrarás tesoros, como yo los he encontrado. Cada maestro simplemente es una demostración, una prueba, un testigo presencial. Pero la experiencia sigue siendo individual. La ciencia se vuelve social, la tecnología se vuelve social; la meditación sigue siendo individual. Este es el problema fundamental: cómo establecer un equilibrio.

Todas las civilizaciones del pasado... En la Atlántida, que era un gran continente que quedó sumergido en el océano Atlántico, había una civilización. También se creía que era un lugar mitológico, pero los investigadores han descubierto recientemente restos de grandes ciudades a ocho mil metros de profundidad. Y lo mismo ocurrió con otro continente más pequeño llamado Lemuria. También quedó sumergido bajo el agua.

A los ojos de un observador superficial podría parecer un cataclismo natural —quizá un terremoto, un movimiento de tierras, una inundación de esas grandes ciudades, una explosión volcánica—, pero tiene que haber sido un cataclismo natural. Pero, en mi opinión, esos cataclismos naturales también los hemos provocado nosotros.

Precisamente el otro día me llegó una noticia de uno de los bosques más bellos de Alemania, la famosa Selva Negra. Desde hace muchos años corren rumores de que una parte del bosque se está muriendo; los árboles se mueren sin causa aparente. Y el gobierno alemán ha estado ocultando estos hechos. Ha muerto el cincuenta por ciento del bosque. No es por una causa natural. La causa son los gases que se utilizan en ciertas fábricas. Esos gases, al mezclarse con el vapor, hacen que la lluvia se vuelva ácida. Cuando cae sobre un árbol, este muere inmediatamente, se envenena. Es posible que la mitad de la Selva Negra se haya muerto; y si se siguen usando estos gases, la otra mitad tampoco sobrevivirá.

Los científicos han calculado que alrededor de la Tierra hay una capa de aire de trescientos veinte kilómetros. Este aire posee una capa de ozono que protege la vida sobre la Tierra. No todos los rayos del sol son beneficiosos para la vida. La capa de ozono rebota algunos rayos mortales; si penetraran en la atmósfera, destruirían la vida. Y a través de la capa de ozono solo pueden pasar los rayos que favorecen la vida y no están en contra.

Pero hemos agujereado descuidadamente esta capa con los cohetes que mandamos a la Luna, lo cual es una demostración de la estupidez humana. Al despegar y al regresar, los cohetes hacen grandes agujeros en la capa de ozono. Rusia y Estados Unidos han estado compitiendo para ver quién hacía más agujeros, y solo ahora se han dado cuenta de que esos agujeros destruyen parte de la capa protectora. Y ahora los rayos mortales están penetrando en la atmósfera.

Cuando esta civilización desaparezca, la gente pensará que fue un cataclismo natural. Pero no es así. Nosotros lo hemos provocado.

La temperatura de la atmósfera terrestre ha empezado a aumentar debido a la acumulación de dióxido de carbono y otros gases, y eso está creando otro problema. El hielo de ambos polos, Norte y Sur, por vez primera se está deshaciendo, porque la temperatura nunca se había elevado tanto. Antes el hielo se quedaba ahí para siempre.

Los científicos han calculado que hacia finales de este siglo todos los océanos del mundo habrán ascendido casi un metro y medio. Los mares nunca habían provocado una inundación, pero esto va en aumento. Ciudades como Mumbai o Nueva York, que están a orillas del mar, desaparecerán bajo un metro y medio de agua.

Este es solamente uno de los cálculos de un grupo de investigadores que están trabajando en el polo Norte y el polo Sur. Hay un tercer grupo investigando el hielo del Himalaya, que lleva estando ahí desde la eternidad. Si la temperatura aumenta un grado más, ese hielo y el de los Alpes empezará a derretirse. Y eso será una auténtica catástrofe porque los niveles de todos los océanos subirán doce metros. Se inundará casi todo lo que conocemos como civilización: nuestros grandes puertos, nuestras grandes ciudades; todo quedará bajo el agua. Cualquier persona que lo investigue posteriormente dirá que fue un cataclismo natural, pero no es así. Es debido a nuestra propia estupidez.

Viendo lo que está pasando, podemos aprender mucho y debemos reflexionar sobre otras civilizaciones que desaparecieron por culpa de las guerras o de las catástrofes que parecían naturales. Pero yo estimo que no fue así. Esas civilizaciones deben de haber cometido alguna estupidez para provocar su propia desaparición.

«¿Acaso no ha habido civilizaciones altamente desarrolladas en la Tierra?» Sí, las ha habido, pero todas acabaron por llegar al mismo punto en el que estamos ahora. «Su conciencia se perdió y hubo que empezar de cero otra vez.» Su conciencia no se pudo perder porque no existía. Tenían la misma conciencia superficial que tenemos nosotros hoy.

Y ¿qué podemos hacer para evitar el cataclismo que se nos viene encima? La muerte de la Tierra no está lejos; nos restan, como mucho, veinte o veinticinco años. Y este es un pronóstico optimista; siendo pesimista, podría ser mañana mismo. Pero aunque te quedasen veinticinco años, ¿qué podrías hacer para elevar la conciencia humana e impedir así el suicidio global que está a punto de tener lugar?

Llega de todas las direcciones. Una de esas direcciones que están casi listas son las armas nucleares. En cualquier momento... y en esta guerra bastará con apretar un botón. No habrá que mandar ejércitos ni aviones.

Precisamente hace unos días el primer ministro ruso declaró que hay miles de submarinos en el fondo del mar dando vueltas por el mundo. Un solo submarino con tanto poder nuclear como mil segundas guerras mundiales. Un solo submarino... y hay miles de submarinos rusos y estadounidenses dando vueltas bajo el mar. Podría producirse una explosión accidental. No hace falta declarar una guerra, podría tratarse de un accidente...

Este es un ejemplo, entre muchos más, que muestra cómo, en cualquier momento, podemos destruirnos a nosotros mismos. Otro son los agujeros..., porque siguen experimentando. Ahora el objetivo ya no es la Luna ni Marte. Y nadie protesta en contra de todos esos experimentos que no contribuirán, en modo alguno, a aumentar la felicidad del hombre. ¿Para qué gastar energía? ¿Para qué crear situaciones destructivas sin necesidad? Todos esos gases que se lanzan a la atmósfera y provocan lluvia ácida...

Y si los mares se llenan con todo el hielo procedente de los Himalayas, del polo Norte, el polo Sur, los Alpes y otras montañas, nos sumergirán del mismo modo que la Atlántida y Lemuria se quedaron sumergidas.

La única forma de evitarlo es que haya más meditación en el mundo. Pero existe tanta insensatez en este planeta que a veces parece casi imposible.

El comisario de policía de Pune ha solicitado una autorización para que los agentes puedan grabar todos mis discursos; luego los examinarán y editarán y nos dirán qué partes se pueden dejar y qué otras hay que suprimir. Nunca se me había ocurrido pensar que un agente de policía tuviese la menor idea de lo que es la meditación.

El comisario dice que las personas respetables de Pune tendrían que crear un comité que asistiera a las meditaciones, a los grupos de terapia y a los discursos, para elaborar un informe que dictamine si lo que está ocurriendo aquí dentro está bien o está mal. ¿Quiénes son esas personas respetables de Pune y qué saben ellos de la meditación? ¿Saben algo de psicoterapia? ¿Saben algo de ellos mismos?

Pero este es el mundo en el que vivimos. Con estas expectativas, uno pierde toda esperanza en el futuro. Mejor sería que dijeran a la gente de Pune que vinieran aquí a meditar y pidiesen a los agentes de policía que participasen en las meditaciones; es la única salida.

Si alguien está haciendo vipassana, ¿qué puedes observar? Todo lo que ocurre está sucediendo dentro de la persona a un nivel tan profundo... con los ojos cerrados y sentado en silencio. Lo único que podrán referir a los periódicos es que estoy enseñándole a la gente a hacer el vago, a sentarse sin hacer nada. Naturalmente, no pueden ver qué ocurre por dentro. Desconocen todo lo que ha sucedido en el mundo de la psicología en los últimos cien años y en el de la meditación en los últimos diez mil años; no saben cuántos métodos se han creado, lo mucho que ha avanzado el ser humano.

¿Quiénes son esas personas respetables? Una persona puede tener muy buena reputación por haber construido un hospital, haber abierto un colegio o haber hecho una donación a los huérfanos o a los pobres. Todo eso está muy bien, no veo ninguna objeción en ello. Pero eso no los hace especialistas en meditación o en terapia.

Ni siquiera son capaces de nombrar a doce iluminados del mundo y pretenden editar lo que yo digo. ¿Qué criterio van a seguir? No saben nada del mundo interior. No saben nada de las cimas de la conciencia. Puede que nunca hayan oído palabras como tathata o anatta. Pero la locura del hombre llega hasta tal punto que quiere juzgar a Gautama Buda, a Mahavira, a Basho y a Sarmad, sin saber ni una palabra de ellos.

Nuestro único deseo es elevar la conciencia de algunos individuos para mandarlos a los confines de la Tierra y que ayuden, a su vez, a elevar la conciencia de la humanidad dondequiera que estén.

Si en los próximos veinte años se produce una revolución y el hombre alcanza una nueva conciencia, quizá esta civilización pueda evitar lo que ha ocurrido hasta este momento. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles por evitarlo.

En último lugar, preguntas: «Ahora mismo parece que atravesamos un período muy oscuro». Así es, y será cada vez más oscuro a menos que todo el mundo se convierta en una luz para sí mismo e irradie esa luz a su alrededor; a menos que todo el mundo empiece a compartir su luz y su fuego con los que están sedientos y hambrientos de luz. El amanecer no llegará de forma espontánea. Hay que estar absolutamente despiertos y hacer todo el esfuerzo posible para ayudar a la conciencia.

Antes de que el mar suba doce metros, habrá que conseguir que la conciencia aumente al menos otros doce metros. El mundo necesita que haya al menos doscientos iluminados. Serán los doscientos faros que podrán satisfacer el hambre de verdad de millones de personas. Es una gran lucha contra la oscuridad pero también una gran oportunidad, es un reto y resulta emocionante. Pero no hay que ponerse serios. Hay que hacerlo con amor, bailando, con canciones y mucha alegría, porque solo así podrá llegar el amanecer y disipar la oscuridad.

Sí, es verdad. Hay una ley cósmica que dice: «Solo del barro puede salir una flor de loto». Todo los políticos, los sacerdotes de todas las religiones, los gobiernos y las burocracias están creando barro suficiente. Ahora hay que conseguir que surjan las flores de loto. No te hundas en su barro, tienes que sembrar las semillas de loto. La semilla de loto es un milagro: transforma el barro en la flor más maravillosa que existe.

En Oriente, la flor de loto ha sido ensalzada por dos motivos. En primer lugar, porque surge del barro; cualquier hombre es barro. El término inglés para referirse a «humano» quiere decir barro. La palabra árabe admi significa barro, porque Dios creó al hombre del barro, pero tiene la posibilidad de convertirse en una flor de loto. Es la flor más grande que hay. Solo abre los pétalos cuando sale el sol y los pájaros se ponen a cantar, y todo el cielo se llena de colores. Y cuando vuelve a oscurecer y el sol se pone, cierra de nuevo los pétalos. Adora la luz.

En segundo lugar, porque tiene una hermosa característica: sus pétalos y sus hojas son tan aterciopelados que las gotas de rocío se acumulan por la noche sobre ellos. Y cuando sale el sol por la mañana, esas gotas de rocío brillan como si fuesen perlas, incluso más bellas, y a su alrededor se forma un arco iris. Pero lo más impactante es que, aunque estén sobre los pétalos y las hojas, no las tocan. Basta una pequeña brisa para que vuelven a formar parte del agua sin dejar ni rastro de humedad sobre los pétalos y las hojas.

La flor de loto siempre ha sido un símbolo en Oriente, porque allí se dice que deberíamos vivir en el mundo sin que este nos afecte. Habría que estar en el mundo, sin que el mundo esté dentro de ti. Habría que pasar por el mundo sin acarrear marcas, golpes o arañazos. A la hora de tu muerte, podrás decir que tu conciencia es tan pura e inocente como la que trajiste al nacer, que has vivido una vida religiosa, una vida espiritual.

De ahí que la flor de loto se haya convertido en el símbolo de un tipo de vida espiritual. Sin que el agua la toque... nace del barro que hay en el agua y, sin embargo, permanece incólume. Y es un símbolo de la transformación. El barro se transforma en la flor más bella y más aromática que hay sobre el planeta. A Gautama Buda le gustaba tanto que denominó a su paraíso «el paraíso del loto».

Con nuestra profunda meditación y agradecimiento a la existencia, es posible que la Tierra siga desarrollándose con más conciencia, con más flores, y se convierta en el paraíso del loto.

Pero hay que hacer un enorme esfuerzo para que se produzca una gran revolución en la conciencia humana, y todo el mundo está llamado a esa gran revolución. Contribuye con todo lo que puedas. Tienes que entregar toda tu vida a la revolución. No dispondrás de otra oportunidad ni de otra ocasión para tu propio desarrollo y el desarrollo de todo este hermoso planeta.

Es el único planeta de toda la creación que está vivo; su muerte sería una tragedia. Pero podemos evitarlo. Tenéis que convertiros en soldados de esta revolución para contener las fuerzas asesinas, las fuerzas criminales, que están preparándose para destruirnos.


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