EL GANSO ESTA FUERA- 1

Osho: Charlas sobre Zen


Capítulo 2

Simplemente date cuenta

 

 

La primera pregunta:

 

Osho, siento que tenemos que apresurarnos, que no nos queda mucho tiempo. El amodorramiento en el que vivo parece sofocarme y tengo miedo de no conseguirlo nunca. Tú dices que el ganso ya está fuera. ¿Por qué parece imposible poder agarrarlo?

 

Es difícil agarrarlo porque el ganso está fuera. Si estuviera dentro no habría habido ninguna dificultad para agarrarlo. La botella está muerta; puedes agarrarlo. La botella es como la filosofía, la teología, los dogmas, los credos, los cultos, las doctrinas... sólo un cadáver. El ganso está vivo. Es la vida misma; no puedes asirla. No es conceptual, es existencial. ¿Quién va a agarrar a quien? ¡Tú eres el ganso! La mente es tu botella y la mente no es algo que pueda romperse. No es material; es simplemente pensamiento, imaginación. Está hecha del mismo material del que están hechos los sueños. No puedes destruir un sueño, no puedes matar un sueño, no puedes cortar un sueño con una espada, no puedes quemarlo con el fuego. Simplemente has de mantenerte despierto y el sueño desaparece. De hecho, decir que el sueño desaparece no es correcto; en primer lugar, no tenía existencia; sólo lo parecía.

Ése es el significado de la palabra oriental “maya”, ilusión, espejismo; aparenta existir, pero no existe. Puedes ver el horizonte a lo lejos... lo ves, parece real. La tierra parece encontrarse allí con el cielo; con sólo un poco de esfuerzo puedes alcanzarlo. Parece que es posible alcanzarlo... pero nunca podrás alcanzarlo por una simple razón: es sólo una imagen; no posee una realidad. La tierra y el cielo nunca se encuentran, no tienen un punto de encuentro. De modo que cuanto más te acercas al mal llamado horizonte, más se aleja el horizonte de ti. La distancia entre tú y el horizonte permanece siempre constante.

Albert Einstein dice que la única cosa constante en la existencia es la velocidad de la luz. Yo no soy físico, no sé si tiene razón, pero sí sé una cosa que siempre es constante: la distancia entre tú y el horizonte. Eso es completamente constante; no disminuye ni aumenta en un solo centímetro. La diferencia, la distancia entre lo real y lo irreal no puede verse reducida.

La mente es irreal, por esto lo importante no es salirse de ella, sino darse cuenta.

De ahí que el loco Maestro Nansen dijera: “¡Mira! ¡El ganso está fuera!” No estaba hablando según la lógica, no decía: “¡Lo ves, por consiguiente el ganso está fuera”. No, no estaba diciendo lo que Christmas Humphreys le quiere hacer decir. Christmas Humphreys dice: “¡Está ahí, afuera!” Eso no lo puede decir Nansen. Nansen no se refiere al aquí o al allí. Ni siquiera se refiere al antes y al ahora. Simplemente te dice: “¡Mira! ¡El ganso está fuera! Nunca ha estado dentro; no puede estarlo”.

Tu conciencia siempre es libre, es la libertad misma. Pero surge el problema, porque quieres atraparla. Es la mente la que intenta asir algo que está más allá de su capacidad. Lo ilusorio no puede aprehender lo real; lo real no puede aprehender lo ilusorio, recuérdalo. No se puede aprehender lo ilusorio porque no existe; lo real no puede aprehender lo ilusorio porque ¿cómo vas a aprehender lo ilusorio? No existe en absoluto.

Por eso Gautama el Buda dice: “En cuanto te vacías completa y conscientemente, lo hallas todo.” Es sólo cuestión de sacudirte un poco. Es una pesadilla —el ganso en la botella es una pesadilla— y a veces puede suceder en una situación muy extraña. En el pasado ha sucedido en situaciones muy extrañas.

En las memorias de Joseph Grimaldi, editadas por Charles Dickens, se encuentra la siguiente historia:

 

“En julio de aquel año algo realmente extraordinario sucedió en Sadler´s Wells, convirtiéndose en el gran tema de conversación del barrio durante algún tiempo. Ocurrió así:

El capitán George Harris, de la Armada Real, había vuelto recientemente a Inglaterra después de un largo viaje. Habiendo recibido la tripulación la paga, muchos de los marineros siguieron a su comandante a Londres para disponerse a disfrutar de la manera que lo hacen los marineros. Sadler´s Wells era por entonces un famoso lugar de solaz para los marineros, con su teatro a veces casi exclusivamente ocupado por ellos y sus acompañantes femeninas. Un grupo considerable de hombres del capitán Harris se acercó por allí una noche y entre ellos había uno que era sordo y mudo desde hacía ya muchos años.

A aquel hombre le colocaron sus compañeros de a bordo en la primera fila del teatro. Grimaldi se encontraba muy animado aquella noche y aunque la audiencia toda reía al unísono, nadie parecía disfrutar tanto con su desparpajo y su humor como aquel pobre individuo. Sus compañeros se dieron cuenta y uno de ellos, que se expresaba muy bien con los dedos, le preguntó si le estaban gustando las actuaciones. El hombre sordo y mudo le contestó, a través del mismo medio y con diversos gestos expresando gran deleite, que nunca había visto nada la mitad de gracioso.

A medida que el espectáculo iba avanzando, los trucos y chistes de Grimaldi se fueron haciendo aún más irresistibles y al final, después de un estruendoso estallido de risas y aplausos que hicieron vibrar al teatro y del que el mudo participó abiertamente, éste se volvió de repente al compañero que se sentaba a su lado y gritó exultante:

—¡Vaya tío más condenadamente divertido!

—¿Qué? —exclamó el otro hombre retrocediendo con gran sorpresa— Jack, ¿puedes hablar?

—¡Hablar! —le contestó el otro— ¡Claro que puedo! ¡Y también oír!

En aquel momento todo aquel gentío lanzó tres vehementes “vivas” y cuando acabó el espectáculo formaron en una gran procesión en torno al hombre recuperado, el cual, en el centro, era llevado a hombros por media docena de amigos. Rápidamente una muchedumbre se congregó en la puerta mientras se iba extendiendo una gran excitación y curiosidad a medida que corría la noticia de que un hombre sordo y mudo había empezado a hablar y a oír, y todo debido al ingenio de Joey Grimaldi.

La propietaria de la taberna, creyendo que a Grimaldi le gustaría conocer al hombre al que había sanado, le dijo a éste que si volvía a la mañana siguiente, podría conocer al actor que tanto le había hecho reír. Grimaldi, informado de las circunstancias, acudió a la casa a la hora fijada encontrándole allí junto a algunos de sus compañeros los cuales seguían manifestando el más vivo interés en el súbito cambio acontecido en su amigo y mientras, seguían celebrándolo bebiendo y saludando a todo el mundo como prueba de su alegría.

El hombre, que parecía ser una persona bien educada e inteligente, le contó que en su infancia hablaba y oía muy bien y que siempre había atribuido la suspensión de sus dos sentidos al intenso calor del sol en el rincón del mundo en el que había estado y del que muy recientemente había vuelto. Y añadió que la tarde anterior había sentido durante largo tiempo una gran ansiedad por expresar su alegría por lo que estaba sucediendo en el escenario y que después de algún gag de Grimaldi que le había hecho una gracia especial, había realizado un gran esfuerzo por expresar sus pensamientos, lográndolo para su propio asombro y el de sus compañeros.

El Sr. Charles Dibdin, que estaba presente, hizo varias preguntas al hombre y de sus respuestas todo el mundo dedujo que estaba diciendo la verdad. De hecho, su historia fue, en cierta medida, confirmada por el propio capitán Harris, pues una tarde, aproximadamente seis meses después, cuando Grimaldi estaba narrando lo sucedidos en la habitación verde (*) del Covent Garden, este señor, que se encontraba allí presente, comentó que no tenía ninguna razón para dudar de la conducta del hombre considerándole un impostor y que aquel día lo había visto con la plena posesión de sus sentidos”.

 

* N. del T.— En los teatros de los países anglófonos, una habitación dispuesta para el acomodo de los actores cuando no se encuentran en el escenario.

 

¿Qué había sucedido realmente? Una simple risa le había sacudido hasta sus mismas raíces. Por un momento se olvidó de que estaba en la botella; por un momento se encontró fuera de la botella; por un momento esos cuarenta años de sordera y mudez desaparecieron. Fueron, sencillamente, olvidados.

Eso es lo que sucede en presencia de un Maestro. A veces puede pasar sin un Maestro... Grimaldi no era Nansen. El propio Grimaldi quedó sorprendido; no podía creerlo. No intentaba despertar al hombre.

Ha pasado en el pasado en muchas situaciones extrañas, inesperadamente. De hecho, ha sucedido más de forma inesperada que cuando se tienen expectativas, porque las expectativas pertenecen a la mente y cuando no esperas nada, estás más relajado, más tranquilo, más a gusto. Si está relajado, al ganso le es más fácil salirse de la inexistente botella. Si está tenso e intenta salir de ella, esa misma tensión lo mantendrá dentro.

Eso es lo que te está pasando. Tú dices: “¿Por qué parece imposible poder agarrarlo?”

¡Es imposible de atrapar! Si estás intentando atraparlo, te será imposible. Si te olvidas de cogerlo, te será inmediatamente posible, inmediatamente posible. No tardarás ni un solo instante.

 

Se cuenta la historia de un destacado médico europeo que, un día del siglo pasado, se encontraba examinando a un anciano. Después de realizarle un examen exhaustivo y de escuchar sus múltiples e imprecisas quejas, el médico no le encontró nada que, físicamente, estuviera mal y justificara los síntomas de su paciente. Nos es fácil imaginar que al doctor —o a cualquiera de sus colegas— las quejas de su paciente sobre su estado físico le sirvieran con, toda probabilidad, como máscara para encubrir un gran y profundo stress y una depresión emocional.

De repente, tuvo una idea inspirada. Le dijo al anciano que Joseph Grimaldi, quizás el mejor payaso de todos los tiempos, se encontraba en aquella ciudad dando una representación aquella misma tarde y le contó la historia que os acabo de contar. El médico, encogiéndose de hombros y mostrando su incapacidad para darle un diagnóstico, le sugirió al paciente:

—¿Por qué no va a ver a Grimaldi esta noche?

Una expresión de pena y desaliento cruzó de súbito el rostro del anciano y exclamó:

—¡Oh, usted no lo comprende! ¡Yo soy Grimaldi!

 

Ha sucedido que estando junto a un falso Maestro, a veces alguien se ha Iluminado. Sin estar ningún Maestro presente, accidental y naturalmente, a veces se ha Iluminado alguien.

Lao Tse se Iluminó al ver una hoja seca cayendo de un árbol. Estuvo sentado bajo un árbol, meditando durante años, pero nada le ocurrió... Y había estado con grandes Maestros. Le faltaba algo. Estaba esforzándose demasiado por conocer la verdad; y ese esfuerzo era la barrera. Una mañana de principios de primavera, con los pájaros cantando, los árboles meciéndose, el sol brillando, la fragancia de las flores... se olvidó por completo de la Iluminación.

De vez en cuando es muy bueno olvidarse por completo de la Iluminación, porque si no, puede volverte loco... ¡más que cualquier otra cosa! El dinero no te volverá tan loco, ni la política, porque son obtenibles. Si te esfuerzas en serio puedes ganar tanto dinero como quieras. Tan sólo con un poco de esfuerzo, con un poco de astucia, con un poco de cálculo —con lo que de judío llevas en tu sangre— lo conseguirás. Pon en práctica un poco de la demencia que hay en ti y podrás convertirte en político.

 

Cuando Adolf Hitler empezó, nadie se imaginó que pudiera convertirse en una de las más grandes figuras históricas de este siglo. Dos amigos —un gran psicólogo y un gran teólogo— le oyeron hablar por primera vez y los dos estuvieron de acuerdo en que aquel loco nunca sería famoso de ninguna manera. Los dos estuvieron de acuerdo. Uno era un experto en temas psicológicos; el otro era un experto en asuntos teológicos. Fue una gran coincidencia entre un psicólogo y un hombre de espiritualidad.

El teólogo, finalmente se convirtió en Papa. Por entonces, Adolf Hitler se había convertido en el hombre más poderoso en el mundo. El psicólogo, el antiguo amigo del Papa, fue a verle y se lo recordó:

—¿Qué me dices ahora? Estábamos de acuerdo en que ese hombre nunca conseguiría nada en el mundo de la política, en que estaba absolutamente loco. ¿A quién iba a impresionar en un país como Alemania que puede presumir de su inteligencia y hacerlo sincera y verídicamente? Es uno de los países más inteligentes en el mundo. ¿A quién iba a poder engañar ese maníaco? Así lo creíamos, pero ¿qué me dices ahora? Lo ha conseguido; su nombre formará parte de la historia para siempre.

El Papa miró al psicólogo y le dijo:

—Es verdad, hice ese comentario, ¡pero en aquel entonces no era infalible!

 

Los neuróticos, los locos, los grillados, pueden alcanzar la fama, pueden convertirse en grandes políticos, pueden llegar a ser las personas más ricas del mundo, pueden alcanzar una gran fama. Todo lo que se necesita es una necesidad demencial de llegar a la cima... Es algo alcanzable.

La Iluminación es inalcanzable, porque cuanto más intentas alcanzarla, más imposible te resulta. No puedes coger la Iluminación con tu mano. Cuanto más firme cierras el puño, menos posible te es. Pero puedes obtener la Iluminación si tienes las manos abiertas. Es la única manera. En tus manos abiertas puedes sostener el cielo entero, todas las estrellas, la existencia entera, pero en tu puño cerrado hay nada. Cuanto más cerrado, cuanto más firme, menor será la posibilidad de contener nada. La Iluminación ha de ser alcanzada con las manos abiertas, estando relajado, tranquilo, descansando en silencio en tu ser.

Así le sucedió a Lao Tse. Durante años estuvo tratando de alcanzarla, pero nada sucedió. Aquella mañana simplemente se olvidó de ella por completo. Era un día tan bonito, tan soleado, había tanta belleza a su alrededor, que ¿quién iba a pensar en la Iluminación? Por un instante, olvidó su ambición. Y por pura casualidad, una hoja seca que debía de haberse desprendido de un árbol, empezó a caer.

Lao Tse la vio caer desde arriba, lentamente, muy despacio. La observó; se convirtió en un simple observador. No había nada más que hacer. La observó; fue consciente de su balanceo, de la caída de la hoja en la sutil brisa de la mañana. Y cuando se posó en el suelo también algo se asentó en Lao Tse. De repente, “¡Eureka!” De repente, un gran estallido de alegría: “¡Ajá!” y se puso a bailar... ¡el ganso estaba fuera!

Si el ganso está fuera, ¿qué te queda por hacer más que bailar, cantar y reír? Reírte del absurdo que es todo, de que nunca estuviste dentro, de que creíste estarlo... Tus creencias eran tu única cárcel.

Dices: “...siento que tenemos que apresurarnos…”

 

¿Qué prisa tienes? ¡Toda la eternidad es tuya! Siempre has estado aquí, estás aquí; siempre estarás aquí. Nunca perderás nada. Ahora se ha comprobado científicamente que en la vida nada es destruido. Si la materia no es destruida, ¿por qué ha de ser destruida la consciencia? La materia pertenece al plano más burdo de la Existencia. Y si lo burdo es tan estimado por la Existencia, ¿acaso crees que una manifestación superior no es apreciada? ¡Lo superior es aún más estimado! Si la materia persiste y es imposible destruirla, tampoco puede ser destruida la consciencia. Es la expresión más elevada de la vida; no hay nada superior a ella. Es el Everest de la vida, la cumbre más allá de la cual no hay nada. Toda la existencia se está dirigiendo hacia esa cumbre. No hay prisa.

La idea de “apresurarse” es una creación de la mente. Permíteme decírtelo de esta manera: la mente y el tiempo son sinónimos. En el momento en que tu mente se detiene, el tiempo también se detiene. Cuanto más estás en tu mente, más estás en el tiempo. Cuanto menos estás en tu mente, más estás fuera del tiempo.

Hay una famosa frase de Jesucristo... por supuesto, no mencionada en la Biblia. La Biblia ha obviado muchos hermosos dichos de Jesús, pero la verdad tiene su propia manera de sobrevivir. Ha sido transmitida por los místicos sufíes a través de los tiempos.

La frase es... alguien le pregunta a Jesús: “Hablas una y otra vez del Reino de Dios. ¿Cuál será la característica más especial del reino de Dios? ¿Cuál será el rasgo único y distintivo de este Reino de Dios del que hablas?”

Y Jesús contesta algo muy simple, pero cargado de significado... dice: “Dejará de haber tiempo”. Extraño, inesperado. Cualquiera hubiera esperado algo más de Jesús: “Estará Dios, el Padre, el Espíritu Santo, estarán todos los santos mientras los ángeles tocarán sus arpas... Aleluya”. O algo así. Y lo que dice es totalmente diferente. Dice: “Dejará de haber tiempo”. Y tiene razón.

“Eternidad” significa “ausencia de tiempo”, pero la tradición judía, de la que nacieron tres religiones —la judía, la cristiana y el islam—, mantiene que hay una sola vida. Esa idea de una sola vida genera prisa, preocupación y una constante urgencia por llegar sin saber exactamente adónde quieres llegar, por qué quieres llegar, o qué harás cuando llegues. Ha generado locura porque tienes poco tiempo y éste se te está escapando de las manos. Pronto la muerte llamará a tu puerta y te encontrará aún insatisfecho; aún no te habrá sucedido nada especial.

Por eso, a medida que transcurren los días, tu angustia es más profunda, tu ansiedad aumenta más y más, tu vida se convierte en una carga y empiezas a arrastrarte. Siempre andas temeroso y asustado creyendo que no vas a conseguirlo.

Eso es lo que la persona que hace la pregunta está diciendo. Ella dice: “El amodorramiento en el que vivo parece sofocarme y tengo miedo de no conseguirlo nunca”.¡No hay nada que conseguir! Todo lo que necesitas ya ha sucedido; está ahí desde el comienzo mismo. Tienes que disfrutarlo, no conseguirlo. Has de regocijarte en ello, no obtenerlo. Pero la idea de un período de vida tan corto —sólo setenta años— hace que empieces a temblar porque desperdiciarás una tercera parte durmiendo y otro tercio siendo educado en escuelas, colegios universidades y toda clase de sin sentidos. El tercio restante lo emplearás ganándote el pan, peleándote con tu mujer, cuidando a los hijos, fastidiando a tu marido, discutiendo con los vecinos, compitiendo por esto y lo otro.

En realidad, si te sentaras en silencio un día y escribieras cómo has empleado hasta ahora tu vida, ¡te asombrarías! ¿Qué es lo que has estado haciendo? Gran parte de tu tiempo lo inviertes en nimiedades: en afeitarte la barba y el bigote todos los días... ¡Fíjate en las mujeres mirándose al espejo durante horas! ¡Incluso los espejos llegan a cansarse! ¿Cuánto tiempo pierdes leyendo los mismos estúpidos periódicos todos los días? Es la misma historia; en la vida no sucede nada nuevo. No hay ninguna noticia; todo es viejo: son las mismas violaciones que ha estado cometiéndose durante miles de años...

 

El otro día mi secretaria me trajo un recorte de un periódico inglés. Un obispo —¿quién si no?— había sido sentenciado a doce años de cárcel por violar a numerosas mujeres. Ése era su único trabajo... y lo estaba haciendo religiosamente. Pero no es la excepción. La única equivocación del obispo fue haber sido descubierto pues todos los demás obispos hacen lo mismo ¡Han sido ordenados para hacerlo! ¡Han sido disciplinados para hacerlo! Toda la estructura de su vida les lleva a ser falsos, farsantes, engañadores. Él llevaba una doble vida y todas las violaciones que cometió fueron realizadas después de sus bellos y espirituales sermones. Primero predicaba sobre los grandes objetivos de la vida —y el celibato debía de ser uno de esos grandes objetivos— y luego, gracias a esos hermosos sermones, a su aprendida erudición y a su máscara de santo varón, pudo atrapar a toda clase de mujeres. Y todas eran muchachas inocentes de catorce, dieciséis, dieciocho años. Y lo estuvo haciendo durante años, pero cuando lo haces oculto tras una fachada religiosa, es más fácil.

Era un extenso informe, una historia de toda una página... Y le dije a mi secretaria: “Guárdalo, porque es algo que viene de antiguo. Ha sucedido desde siempre. Es lo que los rishis, los munis, los obispos, los santos, han estado haciendo siempre. Este hombre ha tenido mala suerte”.

 

Uno de mis maestros en la escuela, un anciano maravilloso, decía antes de cada examen... Él era el que vigilaba en los exámenes. Yo amaba a ese anciano; su honestidad, su veracidad... Iba y les decía a todos los estudiantes:

—No me importa que os copiéis unos a otros, o que hayáis traído libros, o vuestros apuntes. Eso no tiene nada que ver conmigo. Sólo me importa que seáis descubiertos. Si sois descubiertos copiando, entonces estaréis en un aprieto, de modo que tomad precauciones... Si estáis seguros de que no seréis descubiertos, entonces no tendréis problemas conmigo, pero si sois descubiertos, entonces no podré salvaros.

Y entonces decía:

—Os doy cinco minutos. Cerrad los ojos y reflexionad. Los que hayan traído libros, apuntes, etc para copiar, pueden dármelos. No tomaré represalia alguna. Pero si decidís copiar, entonces no os dejéis descubrir, entonces tened la habilidad suficiente. Entonces sed lo suficientemente inteligentes... Y recordad esto: si sois suficientemente inteligentes ¡no necesitáis tener los apuntes! Dejad que os advierta que tener esos apuntes simplemente demuestra que no sois suficientemente inteligentes. ¡Y seréis descubiertos!

E inmediatamente la gente empezaba a entregarle sus apuntes y libros. ¡Y lo hacía casi todo el mundo!

Pero yo amaba a aquel anciano; era sincero. Estaba diciendo que lo importante no es que copiaras; lo importante era que no fueras descubierto.

 

En los periódicos lees que algunos son atrapados. Todos hacemos lo mismo; sí, un poco diferente, pero no mucho. Puede que haya una diferencia de cantidad, pero la cualidad es la misma. Se asesina, se viola, las guerras continúan, toda clase de tonterías se suceden sin parar durante siglos y tú te pones a leer toda esta basura y pierdes tu tiempo: viendo una película, viendo la televisión, escuchando las mismas y viejas escrituras. Las has oído miles de veces, te conoces toda la historia, pero todavía sigues haciendo lo mismo.

Si en una vida de setenta años eres capaz de encontrar siete minutos que sean simplemente tuyos —de desocupación, de relajación, de no-distracción, de descanso en tu ser— eso es mucho. Pero ni siquiera tienes esos siete minutos. Por eso las prisas. La vida es corta y se escapa. Y no hay ninguna otra vida. La muerte vendrá y morirás absolutamente vacío, insatisfecho. Las prisas no te van a ayudar; las prisas simplemente complican más las cosas. Te hacen correr, es cierto; te hacen perseguir sombras, pero mientras persigues sombras estás, de nuevo, perdiendo tu tiempo.

Tú dices: “... siento que tenemos que apresurarnos...”

Estando aquí conmigo olvídate de las prisas, olvídate del tiempo. Jesús dice: “No habrá tiempo en mi Reino de Dios”. Y yo te digo: “¡Olvídate del tiempo! En este mismo momento, aquí y ahora, estás en el reino de Dios”. ¿Por qué aguardas otro reino de Dios? Quisiera invertir la frase de Jesús. Entonces diría: “Entrarás en el reino de Dios porque entonces no habrá tiempo”. Esto no es correcto; esto es poner el caballo detrás de la carreta. ¿Cómo entrarás en el reino de Dios? ¿Desde dónde entrarás en el reino de Dios? De hecho, con la idea misma de que en el reino de Dios no habrá tiempo, tendrás mucha prisa. ¿Cómo llegar rápidamente? ¿Cómo entrar en el reino de Dios para que no haya tiempo, ni problemas, ni ansiedades, y vivir en el eterno ahora? Pero este “ahora” se convierte en un “luego”; el “ahora” se convierte en la meta.

Si te das cuenta, te estoy diciendo que te olvides del tiempo y en ese mismo olvido, el ganso está fuera... porque el tiempo es la mente. Deja a un lado el tiempo y estarás en el reino de Dios. Y no sólo estás en el reino de Dios, sino que siempre has estado en él. Pero el tiempo estaba creando una pesadilla a tu alrededor. Tu mente estaba fabricando todo tipo de sueños. Estabas envuelto en la niebla que tu mismo creaste.

Tú dices: “El amodorramiento en el que vivo parece sofocarme y tengo miedo de no conseguirlo nunca. Tú dices que el ganso ya está fuera”.

¡Yo también me lo temo! Si intentas conseguirlo, nunca lo conseguirás. ¡Olvídate del conseguirlo! ¡Olvídate por completo! ¡Regocíjate en el momento! ¿Acaso no escuchas la distante llamada del cuco? ¿Acaso no escuchas los cuervos, no escuchas los pájaros? Ellos son ahora y aquí. Sin prisas. Sin ayeres, ni mañanas.

Jesús les dice a sus discípulos: “Mirad los hermosos lirios del campo. Son más bonitos, son mucho más espléndidos que el rey Salomón en toda su gloria”. ¿Cuál es el secreto de esos pobres lirios? El secreto, dice Jesús, es que no piensan en el día siguiente; viven ahora. La vida es ahora; no hay ninguna necesidad de conseguir nada. ¡Ya está ahí! ¡Estás en ello!

Kabir dice: “Eres como un pez sediento en el océano”. Naces en él, eres parte de él, vives en él, eres una manifestación de él y desaparecerás en él. Simplemente eres como una ola en el océano. Pero el pez está sediento en el océano porque está contemplando algún otro océano, alguna otra vida, algún otro tiempo, algún otro espacio, otro reino de Dios.

¡Olvídate de toda esta basura! No hay ningún otro reino de Dios además de este instante. Y los árboles ya están en él, las montañas ya están en él, las estrellas ya están en él. Sólo el hombre se ha salido, sólo el hombre se ha descarriado. Y la razón por la que el hombre se ha descarriado es su esfuerzo por obtenerlo, por entenderlo, por convertirlo en un sistema conceptual en el que todo está ordenado lógicamente. La Existencia es paradójica; si intentas volverla lógica, nunca lo conseguirás, nunca será tuya.

Tú dices: “Osho... tú dices que el ganso ya está fuera. ¿Por qué parece imposible poder agarrarlo?”

¡Porque ya está fuera! Simplemente date cuenta; no pienses en ello. Lo piensas un solo instante ¡y te alejas! No reflexiones; simplemente date cuenta. No es cuestión de pensar en ello una y otra vez, describiendo círculos; no es una cuestión muy intelectual, ni es necesaria una gran perspicacia filosófica, una eficiencia lógica. No es necesaria una mente poderosa; lo que importa es tener un corazón inocente.

¡Simplemente date cuenta! Limpia tus ojos de todas las lágrimas, limpia tus ojos de todo el polvo acumulado en ellos. Simplemente, ¡mira la existencia! Una hoja cayendo de un árbol puede convertirse en tu Iluminación.

Buda se iluminó viendo desaparecer a la última estrella del amanecer. Cuando la estrella hubo desaparecido, Buda se iluminó.

La Iluminación no es algo que tenga que ser logrado; es tu naturaleza misma. Así que no intentes atrapar tu propia cola. Debes de haber visto a perros haciéndolo... Los perros son muy filosóficos, aristotélicos. ¡Padecen aristotelitis! Puedes verlos en las mañanas de invierno disfrutando del sol... pero no pueden disfrutarlo bien debido a la cola. La cola siempre está allí; les gustaría poder cogerla. Dan un salto y la cola salta más lejos; lo intentan de nuevo... una conclusión lógica: no has saltado lo suficiente; has de hacer un esfuerzo mayor. Y cuanto más lo intentan, más rápido salta la cola... y empiezan a volverse locos. La cola les pertenece; no hay ninguna necesidad de capturarla.

La Existencia, la Iluminación, la Verdad,... todo te pertenece. No hay ninguna necesidad de atraparlos, de llegar. Y entonces lo logras, entonces son tuyos.

 

 

La segunda pregunta:

 

Osho, soy un político revolucionario y radical. ¿Tienes algo que decirme?

 

Ya has ido demasiado lejos... no me escucharás. ¡Con ser político es suficiente! Pero eres un político radical y revolucionario. El cáncer se ha doblado, triplicado. ¿No tienes bastante con la política? ¿Has de ser radical, revolucionario? Pero siempre encontramos hermosas palabras para esconder feas realidades.

Ningún político puede ser revolucionario, porque la única revolución es la espiritual. Tampoco ningún político puede ser radical; la palabra misma “radical” significa “relativo a las raíces”. El político sólo poda las hojas; no se ocupa en absoluto de las raíces. Sólo la Iluminación te lleva a las raíces, sólo la meditación te conduce a las raíces de los problemas.

La política siempre ha existido, los políticos siempre han existido, pero ¿qué ha sucedido? Pues que el mundo continúa siendo el mismo tiovivo de pesares. De hecho, el sufrimiento se multiplica todos los días. Todos estos revolucionarios y políticos radicales han demostrado ser sólo unos pícaros: con buenas intenciones, claro, pero las intenciones no cuentan en absoluto. Lo que cuenta es la consciencia.

El político no tiene consciencia; en realidad, está intentando huir de sus propios problemas internos; está intentando escapar de sus propios problemas. Y la manera más fácil de escapar de sí mismo es involucrarse en los problemas mundiales, en la economía, la política, la historia, en ayudar a los pobres, en transformar las condiciones de la sociedad, en reformarlas. Todo eso son estrategias para huir de tus propios problemas. Estrategias sutiles, peligrosas, porque uno siente que está haciendo algo grande, cuando simplemente está siendo un cobarde.

Primero enfréntate a tus propios problemas, afróntalos. Primero intenta transformar tu ser. Sólo una persona transformada puede activar procesos de transformación en otros.

Me preguntas: “Osho, ... ¿Tienes algo que decirme?”

Recuerda dos cosas. Primero: las tres reglas para arruinarte. Hay tres maneras de arruinarte en este mundo: primero, el sexo; segundo, el juego; tercero, la política. El sexo es la más divertida; las apuestas, la más excitante; la política, la más segura.

Segundo... Recuerda también la ley fundamental de todas las revoluciones: “Cuando la revolución triunfe, las cosas serán diferentes”. No mejores, sino simplemente diferentes.

Los políticos han estado dirigiendo el mundo entero durante siglos... ¿hacia dónde? ¿Con qué finalidad? ¿No es ya la hora de darnos cuenta de la estupidez de este juego? Por lo menos conocemos perfectamente esos cinco mil años de política. Antes debió de ocurrir igual, pero después de cinco mil años de juegos políticos ¿qué ha sucedido? El hombre continúa en la misma oscuridad, en la misma miseria, en el mismo infierno. Sí, la política continúa dándole esperanzas: la esperanza de un mañana mejor que nunca llega. El mañana nunca llega. Es el opio de la gente. Karl Marx dice que la religión es el opio de las gentes. Es cierto en un 99.9 por 100; sólo en un 0.1 por 100 no es verdad. Un Buda, un Jesús, un Lao Tse, un Zarathustra,... sólo esos pocos entran en ese 0.1 por 100. Exceptuándolos a ellos, Karl Marx tiene razón en un 99.9 por 100: la religión ha demostrado ser el opio de la gente. La ha mantenido en un estado de narcosis, en una especie de sueño en el cual han podido tolerar una existencia intolerable, en el cual han soportado todo tipo de esclavitud, de penalidades, a la espera de un mañana mejor. Las religiones solían ofrecer este mañana mejor en el otro mundo, después de la muerte.

La gente viene a mí y me pregunta: “¿Qué pasará después de la muerte?” Yo no les contesto. En cambio, les hago otra pregunta. Les pregunto: “Olvidaos por completo de lo que ocurre después de la muerte y permitidme preguntaros una cosa: ¿qué está sucediendo antes de la muerte?” Porque lo que esté sucediendo antes de la muerte, sea lo que sea, continuará sucediendo después de la muerte. Es un continuo: tu consciencia será la misma. El antes o el después no representará ninguna diferencia. El cuerpo no podrá ser el mismo, el recipiente podrá cambiar, pero el contenido seguirá siendo el mismo. Y todo lo que sucede, sucede al contenido, no al continente.

Piensa en el ganso y olvídate de la botella. Podrás tener una botella diferente, mejor hecha, de un material mejor, más sofisticado —una botella de cristal, una botella de diamante—, pero eso no representa ninguna diferencia. Lo que representa la diferencia es tu consciencia: el ganso.

Primero, la religión proporcionaba opio a la gente: el “mañana”, el “después de la muerte”. Millones de personas han permanecido en ese estado de narcosis bajo los efectos de este cloroformo: el cloroformo religioso. Ahora, la política está haciendo lo mismo. Incluso el comunismo ha demostrado ser un nuevo opio para las masas. El comunismo es un nuevo tipo de religión. La estrategia es la misma: “Mañana llegará la revolución y todo se arreglará”. Tienes que sacrificar tu hoy por el mañana... pero el mañana nunca llega.

Sesenta años han pasado desde la revolución rusa y el mañana está todavía tan lejos como antes. Treinta años han pasado desde la revolución india, la revolución de Gandhi, y el mañana sigue estando muy lejos; de hecho, más lejos que antes. La gente que sacrificó sus vidas, se sacrificó en vano. Hubiera sido mejor que hubieran seguido viviendo. Aquellos que fueron muertos, en realidad se estaban suicidando creyendo prestar un gran servicio a la humanidad.

No crees más locura en el mundo. Ya hay suficiente locura.

 

Un colega mío estuvo una vez trabajando en un hospital mental. Mientras hacía la ronda solía comprobar el estado de los pacientes preguntándoles:

—¿Por qué estás aquí?

Por lo general, la respuesta revelaba el grado de conexión del paciente con la realidad.

Una mañana, el psicólogo recibió una contestación que le desconcertó:

—Estoy aquí —le contestó el paciente— por la misma razón que usted, doctor: no pude encajar mejor en ningún sitio del mundo exterior.

 

Pacientes y doctores, la gente y los políticos están todos en el mismo barco. ¡Todos son “ayatolah-Jo-maníacos! Toda clase de maníacos andan sueltos por el mundo.

Si te olvidas de tu política revolucionaria radical habrá, por lo menos, un Jo-maníaco menos y eso será una gran bendición.

“Osho, te he oído decir que el conocimiento es inútil. Entonces ¿qué nos puede conducir hasta la meta última?”

En tu pregunta hay algo bueno y que aprecio. Dices: “Te he oído decir...” Todas las escrituras budistas comienzan así; demuestran mucha sinceridad. Las escrituras cristianas, judías, hindúes y musulmanas no empiezan así, pero todas las escrituras budistas empiezan con: “He oído decir al Maestro...” porque no es que el Maestro lo haya dicho o no lo haya dicho, sino que “Así lo he escuchado... “. Y son dos cosas diferentes. El Maestro puede haber dicho una cosa y tú puedes haber oído algo totalmente diferente, porque entre tú y el Maestro hay una gran barrera: la barrera de la mente, de los prejuicios, de los conceptos, de las ideas preconcebidas. De manera que lo que tu entiendes, no es necesariamente lo que se ha dicho.

Es bueno que digas: “Te he oído decir...”. No estás diciendo: “Tú has dicho que... ”. Estás diciendo: “He oído que... Puede que sea así, o puede que no. Puede que lo hayas dicho, o puede que no lo hayas dicho así”.

Todos mis sanyasins han de recordarlo: siempre que te refieras a algo que yo he dicho, recuerda que eso es lo que tú has escuchado. Existe la posibilidad de que lo pueda haber dicho así y existe la posibilidad de que no lo haya dicho. Puedo haber dicho otra cosa.

Y eso es realmente lo que ha pasado.

Tú dices: “... te he oído decir que el conocimiento es inútil”.

No, yo no he dicho eso. El conocimiento es muy útil. ¡La sabiduría es lo inútil! Se necesitan muchos conocimientos en el mercado, en los negocios, en la política. Por todas partes el conocimiento es necesario: en la tecnología, en la ciencia. En todas partes se requieren conocimientos. El conocimiento es muy útil, práctico. La sabiduría es completamente inútil... pero ésa es su belleza. No es un objeto, no puedes utilizarla de ninguna manera, no puedes venderla, no puedes comprarla. No pertenece al mundo de lo práctico. Es un florecimiento.

¿Qué utilidad tiene una rosa? ¿Qué utilidad tiene la canción de un pájaro? ¿Para qué sirve? Si echas una mirada a tu alrededor, a la existencia — a las estrellas, a las nubes, a las montañas, a los ríos,...— ¿qué utilidad tienen? Todo es inútil. ¿Por qué son tan bonitas las mariposas? ¿Por qué pone Dios tanto cuidado en embellecer sus alas? ¿Con qué objeto?

Recuérdalo: el mundo exterior es el mundo de lo útil; el mundo interior es el mundo de lo significativo, no de lo útil. El mundo exterior pertenece a una dimensión totalmente diferente: la de la necesidad. Necesitas pan, necesitas mantequilla, necesitas una casa, necesitas medicinas, necesitas ropa, necesitas un cobijo, necesitas miles de cosas. Pero el mundo interior simplemente es un lujo; no es una necesidad. Es alegría, es puro regocijo.

Si alguien te pregunta: “¿De qué sirve el amor?”, la pregunta no tiene respuesta debido a la propia palabra “sirve”. El amor no es un artículo; el mundo podría seguir funcionando sin amor; ya lo está haciendo. Y todo va absolutamente bien. De hecho, sólo cuando surge el amor se enturbia un poco. Por eso la sociedad está en contra del amor.

El mundo funciona perfectamente sin músicos. ¿Quién necesita a unos músicos? No saben conducir un tren, no saben pilotar un avión; no son gente fiable.

 

Me encontraba viajando por India... Uno de mis amigos —que falleció hace sólo unos meses— era un gran amante de los viajes. Yo solía utilizar en lo posible los trenes más rápidos porque tenía que recorrer todo el país y a él le encantaba viajar con los trenes que se detenían en cada estación, en todas las pequeñas estaciones. Un viaje que podía completarse en diez horas duraba cuatro, cinco y a veces hasta siete días. Y siempre que él venía conmigo insistía...

Una vez, accedí... y realmente fue un placer porque él conocía los lugares con el mejor té, los que tenían la leche más pura, los de los mejores dulces, los que ofrecían las mejores manzanas, los mejores mangos... En cinco días de viajar con él olvidé nuestro destino... ¡no había ninguna necesidad de ir a ninguna parte! Y todos lo conocían: los maleteros, los jefes de estación, los conductores... porque siempre viajaba en esos pequeños trenes. Y en cada estación el tren se detenía una hora, media hora, dos horas...

Había una pequeña estación que era realmente un lugar muy bonito. Toda la estación estaba rodeada de un gran bosque de mangos, de cientos de mangos. Él me hizo salir de la estación y empezó a subirse a un árbol. Yo dije:

—¿Qué estás haciendo?

Él me contestó:

—¡Los mangos están maduros!

Yo le dije:

—Si el tren se va, nos habremos metido en un lío.

Él me dijo:

—No te preocupes. Ven conmigo.

Así que le acompañé. Yo no paraba de decirle:

—Ya es la hora. El tren se va a ir.

Y él me decía:

—No te preocupes. ¿Ves al hombre que está ahí, por encima de nosotros?

Allí había un hombre.

—Él es el conductor. ¡A menos que baje, el tren no puede marcharse!

 

¡Cómo disfruté aquellos instantes!

La vida puede vivirse por su utilidad — a tu estilo—, o puede ser vivida como alegría. La música, el amor, las flores, las estrellas, la poesía, la pintura, la danza,... todo eso pertenece al mundo interior.

No estoy en contra del conocimiento. Cuando estés haciendo algo en el mundo, utiliza tus conocimientos. Allí, usar la sabiduría es una tontería. Allí, sentarte en un automóvil y meditar es peligroso. Allí, debes usar toda tu eficiencia, todos tus conocimientos, toda tu habilidad... pero no debes confinarte a ellos. No has de obsesionarte con ellos. Has de ser capaz de ir hacia tu interior. Cuando has acabado el trabajo, has de ser capaz de cerrar las puertas del mundo exterior y regresar al interior. Entonces baila, canta, medita, ama, vive. Has de ser flexible, líquido.

Es posible que te equivoques conmigo, pero podrás captar mi punto de vista si no entrometes tu propia mente. No estoy diciéndote que renuncies al mundo sencillamente porque si no lo haces siempre podrás utilizar tus conocimientos. Sentado en una cueva de los Himalayas no serás capaz de utilizar tus conocimientos. Y el mundo exterior es tan hermoso como el mundo interior. Y si podemos tenerlos a ambos, ¿por qué escoger uno solo?

Todo mi mensaje es: si puedes comerte el pastel y al mismo tiempo tenerlo, ¿por qué conformarte con la mitad? El conocimiento es útil en el mundo exterior; en el mundo interior es un obstáculo. Y lo mismo es cierto respecto a la sabiduría interior: dentro, es una inmensa alegría... pero no intentes utilizarla afuera.

Y se han hecho ambas cosas. Occidente sólo ha vivido a través del conocimiento; como consecuencia ha perdido su dimensión interna, ha perdido su florecimiento interno, ha perdido el contacto con su propio ser. Oriente ha hecho lo contrario: creyendo que el conocimiento es algo inútil, se ha vuelto no-científico, no-práctico, de manera que su mundo exterior se ha quedado limitado. Es pobre, feo, y poco científico.

Occidente ha perdido el contacto con su propia alma mientras que Oriente ha perdido el contacto con su propio cuerpo. Y el hombre es la danza de esos dos extremos complementarios; son la pareja de baile. Son como dos alas. No puedes alzar el vuelo con sólo un ala; con una ala, te caerás. Occidente se ha caído; Oriente, se ha caído. Los dos han resultado ser un absoluto fracaso.

Necesitamos un nuevo tipo de ser humano que tenga ambas alas: las alas del conocimiento, de la ciencia, de la tecnología; y las alas de la meditación, de la Iluminación, del amor, de la libertad. Cuando ambas alas funcionen sincrónicamente a la perfección, al unísono, al mismo ritmo y con la misma armonía, sólo entonces el hombre será completo, total.

El conocimiento no es necesario para el mundo interior. Tú, respecto al mundo interior, preguntas: “Entonces ¿qué nos puede conducir hasta la meta última?”

No hay ninguna meta última, permíteme que te lo deje claro desde el comienzo. No hay ninguna meta como tal, de manera que no hay ninguna pregunta acerca de la meta última. Todo es inmediato... déjame repetírtelo: inmediato. En ninguna parte hay nada que sea lo “último”. La inmediatez misma es lo último. Y no hay ninguna meta; la peregrinación misma es la meta. Cada paso es la meta, cada momento es la meta.

Para eso, no es necesario el conocimiento porque el conocimiento es una guía para alcanzar metas, logros. Para eso, para esa vida inmediata y sin metas, es necesaria la inocencia, no el conocimiento. La inocencia —como la del niño—, lo que Dionisio llama una “luminosa ignorancia”. Exactamente eso es lo necesario: una ignorancia luminosa, un estado iluminado de ausencia de conocimientos.

Siempre que piensas en la Iluminación lo haces como si fuera el conocimiento supremo. Y estás equivocado. La Iluminación es el estado último del no-saber; es una ignorancia luminosa, es infantil. El sabio se vuelve un niño de nuevo. Empieza a coleccionar piedrecillas de colores, guijarros, conchas de mar en la playa. Empieza a recolectar florecillas del campo, sin una razón aparente, sólo por pura alegría.

 

El maestro de catequesis preguntó a sus pequeños si podían nombrarle uno de los Diez Mandamientos. Un chiquillo se levantó y dijo orgullosamente: “¡No cometerás adulterio!”

 

¡Eso es luminosa ignorancia! ¡Pura inocencia: “¡No cometerás adulterio!”

 

A la jovencita maestra le preocupaba uno de sus alumnos de once años. Un día, después de clase, haciendo un aparte, le preguntó:

—Víctor, ¿por qué tu rendimiento ha sido tan pobre últimamente?

—No puedo concentrarme —le contestó el muchacho— Creo que me he enamorado.

—¿Ah, sí? —le dijo la maestra, haciendo un esfuerzo por no sonreír—. ¿Y de quien?

—De usted —le contestó él.

—Pero, Víctor —exclamó la jovencita secretamente complacida—, ¿no ves la tontería que es eso? Es verdad que quisiera tener un marido algún día, pero no quiero un niño.

—¡Oh, no se preocupe! —le dijo Víctor tranquilizadoramente—. ¡Iré con cuidado!

 

Un padre muy severo estaba dando un paseo por el parque con su pequeño hijo Johnny cuando de repente una abeja se posó en una roca delante de ellos. Por pura malicia, el muchacho la aplastó con una piedra. Su padre, al verlo, le dijo:

—Eso ha sido una crueldad y por haberte comportado cruelmente te quedarás sin miel durante un año entero.

Un poco más tarde, Johnny pisó deliberadamente una mariposa.

—Y por eso, jovencito —le dijo el padre— te quedarás sin mantequilla durante otro año.

Cuando llegaron a casa, la madre de Johnny estaba preparando el almuerzo. Justo cuando entraban en la cocina, ella vio una cucaracha e inmediatamente la aplastó. El pequeño miró a su padre con picardía y le dijo:

—¿Se lo dices tú, papá, o se lo digo yo?

 

El director del colegio entró en la clase de tercer año de la nueva maestra para comprobar como le iba en su primer día de clase.

—Tengo un problema —le dijo ella—. Este chico de la primera fila es de segundo año, pero insiste en quedarse. Y es tan inteligente que no quisiera que se fuera.

—¡No puede ser tan inteligente! —le dijo el director— Pregúntele algo.

La maestra llamó al chiquillo y le preguntó:

—¿Qué es lo que un perro hace sobre tres piernas, un hombre sobre dos, y yo de sentada?

—Dar la mano —contestó el muchacho.

—¿Qué es eso de lo cual la vaca tiene cuatro mientras que yo sólo dos? —le siguió preguntando ella.

—Extremidades —contestó el muchacho.

—¿Qué palabra de seis letras quiere decir “mantener relaciones”? —continuó ella.

—Hablar —contestó él.

La maestra se volvió hacia el director y le dijo:

—Y bien, ¿qué he de hacer?

Él se la llevó a un rincón y le susurró:

—Es mejor que lo pase al cuarto curso. ¡Yo fallé en las tres preguntas!

 

 

La última pregunta

 

Osho, ¿puedes contar algo serio para que también yo lo entienda?

 

¡Ésa es una petición realmente complicada! No sé lo que es la seriedad. Puedo intentarlo, pero no creo que tenga éxito. ¡Nunca he sido serio! Y cuanto más lo intento, ¡menos lo soy! Pero hagamos un esfuerzo por la que hace la pregunta. ¿Quién sabe? Quizá ella lo encuentre serio. La gente interpreta toda clase de cosas que yo nunca he dicho, que no he querido decir y que ni siquiera me he imaginado. ¡Puede que ella entresaque algo!

 

En la antigüedad era costumbre en los pueblos judíos que después de la noche de bodas el rabino inspeccionara las sábanas para verificar que la virginidad de la novia.

La joven novia se enteró y de inmediato supo que no pasaría la prueba. Así que se levantó a media noche y vertió un poco de tinta en las sábanas, pero como estaba oscuro se equivocó de botella y cogió la de tienta verde.

A la mañana siguiente, el rabino acudió como se suponía y procedió a la inspección. De repente, se puso a gritar:

—¡Vaya monstruo! ¡Le llegó hasta la vesícula biliar!

 

¡No, no es serio! Intentémoslo de nuevo.

 

Un viejo y una vieja mantienen una conversación. Hablan de los viejos y buenos tiempos y él le pregunta:

—Perdone, ¿se ruborizo usted alguna vez en su vida?

—¡Oh, sí! —le dice ella—. Cuatro veces. La primera, cuando me desnudé delante de mi marido. La segunda, cuando me desnudé delante de mi amante. La tercera cuando acepté dinero por hacerlo. Y la cuarta, cuando pagué a alguien para que me lo hiciera. ¿Y usted?

El hombre guarda silencio por un momento y entonces dice:

—Yo me ruboricé dos veces. La primera, cuando no pude hacerlo por segunda vez. Y la segunda, cuando no pude hacerlo por primera vez.

 

¡Fallé de nuevo! No soy un buen arquero porque no creo en blancos ni objetivos, de modo que mis flechas se clavan en todas partes excepto en la diana.

El último esfuerzo:

 

Es la temporada anual de caza en el cielo. Sólo el Espíritu Santo se resiste a participar... hasta ahora, todos los años ha acabado con un tiro en el trasero.

Dios Padre finalmente le convence de que participe y promete velar por él. Pero casi al final, sucede de nuevo: se oye un disparo y el Espíritu Santo se retuerce agonizante, con las manos sobre la parte baja de su espalda.

Lleno de rabia, Dios se precipita hacia los arbustos saca de ellos a José.

—¡José! —le grita—. ¿Es que nunca le perdonarás lo que le hizo a María?


 


 



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