Y LLOVIERON FLORES-2

Capítulo 2

 

El Estudiante Insolente.

 

1 de Noviembre, 1974

 

Cuando Yamaoka era un estudiante insolente

visitó al Maestro Dokuon.

Queriendo impresionar al Maestro,

dijo: "No hay mente, no hay cuerpo, no hay Buda.

No hay mejor, no hay peor. No hay Maestro,

no hay estudioso. No hay dar,

no hay recibir. Lo que pensamos que vemos

y sentimos no es real. Ninguna de estas cosas

aparentes existe en realidad".

Dokuon había estado sentado tranquilamente

fumando su pipa y sin decir nada. De repente,

cogió su bastón y dio a Yamaoka un

golpe terrible.

Yamaoka saltó de ira.

Dokuon dijo: "Ya que ninguna de estas

cosas existe realmente, y todo es vacío,

¿de dónde viene tu ira? Piensa en ello".

 

Los conocimientos no sirven para mucho. Sólo ser puede convertirse en el vehículo para la otra orilla.

Puedes seguir pensando, acumulando información; pero eso son barquitos de papel; no servirán para un viaje transoceánico. Si te quedas en la orilla y sigues hablando de ellos, está bien; los barcos de papel son tan buenos como los barcos reales si nunca vas de via­je. Pero si vas de viaje con barcos de papel, te hundi­rás. Y las palabras no son otra cosa que barcos de pa­pel; y, además, ni siquiera son tan substanciales como ello.

Y cuando acumulamos conocimientos, ¿qué hace­mos? Nada cambia dentro. El ser permanece absoluta­mente ajeno.

Igual que el polvo, la información se acumula a tu alrededor; igual que el polvo que se acumula en un es­pejo: el espejo sigue siendo el mismo, sólo que pierde su capacidad de reflejar. Lo que sabes con la mente no cambia nada, tu consciencia sigue siendo la misma. De hecho, se hace peor, porque los conocimientos acumu­lados son como polvo en torno a tu consciencia reflejante; la consciencia refleja menos y menos y menos.

Cuanto más sabes, menos consciente te vuelves. Cuando estás completamente lleno de erudición, de co­nocimientos prestados, ya estás muerto. Entonces nada viene a ti como algo propio. Todo es prestado, como un loro.

La mente es un loro. He oído ‑sucedió en los días de Joseph Stalin‑ que un hombre fue a la comisaría de policía de Moscú y denunció la desaparición de su loro. Como este hombre era un comunista muy promi­nente, el jefe de la comisaría se informó acerca del lo­ro, porque era importante y tenía que ser buscado. En su investigación preguntó: "¿Habla el loro?".

El comunista, el camarada, sintió un ligero miedo, y luego dijo: "Sí, habla. Pero tome nota: cualquier opi­nión política que tenga es completamente suya".

¿Pero cómo va a tener un loro opiniones propias? Un loro no puede tener opiniones propias, y tampoco la mente; porque la mente es un mecanismo. Un loro está más vivo que una mente. Incluso puede que un lo­ro tenga opiniones propias, pero la mente no puede. La mente es una computadora, una bio‑computadora.

Acumula. Nunca es original. No puede serlo. Todo lo que tiene es prestado, tomado de otros.

Sólo te vuelves original cuando trasciendes la mente. Cuando se abandona la mente y la consciencia enfrenta la existencia directamente, con inmediatez, en contacto con la existencia momento a momento, enton­ces te vuelves original. Por primera vez eres auténtica­mente tú mismo.

De otra forma, todas las ideas son prestadas. Pue­des citar escrituras, puede que sepas de memoria todos los Vedas, el Corán, el Gita, la Biblia, pero eso no cambia nada, no son tus propias ideas. Y los conoci­mientos que no son originales tuyos son peligrosos, más peligrosos que la ignorancia, porque son ignoran­cia escondida, y no serás capaz de ver que te estás en­gañando a ti mismo. Llevas monedas falsas y piensas que eres rico, llevas piedras falsas y piensas que son brillantes. Tarde o temprano tu pobreza te será revela­da. Entonces te escandalizarás.

Esto sucede cuando mueres, cuando la muerte se acerca. En la conmoción que la muerte te da, de pron­to te das cuenta de que no has ganado nada, porque sólo se gana lo que se gana en ser.

Has acumulado fragmentos de conocimientos de aquí y de allá, puede que te hayas convertido en una gran enciclopedia; pero esa no es la cuestión; y parti­cularmente, para los que están buscando la Verdad, eso es una barrera, no una ayuda. Hay que trascender los conocimientos.

Cuando no hay conocimientos, llega el saber, por­que el saber es tu cualidad, la cualidad de la conscien­cia. Es como un espejo: el espejo refleja cualquier cosa que esté ahí; la consciencia refleja la Verdad que siempre está en frente de ti, en la punta de tu nariz.

Pero la mente está en el medio y continúa char­lando, y la verdad permanece justo enfrente de ti mientras la mente continúa charlando. Y te vas con la mente. Desperdicias la oportunidad. La mente es un gran desperdicio.

Antes de entrar en esta bella anécdota, unas pocas cosas más. Primera: los conocimientos son prestados, date cuenta de esto. El mero darse cuenta se convierte en su abandono. No tienes que hacer nada, simplemente date cuenta de que todo lo que sabes lo has oído, no lo has sabido; lo has leído, no lo has comprendido; no es una revelación para ti, es un condicionamiento de la mente. Se te ha enseñado, no lo has aprendido. La Verdad se puede aprender, no se puede enseñar.

Aprender significa ser sensible a todo lo que te rodea, a todo lo que es, ser sensible a "Ello". Este es un buen aprendizaje, pero no es un conocimiento.

No hay camino para encontrar la verdad, excepto encontrarla. No hay atajo. No puedes tomarla prestada, no puedes robarla, no puedes engañar para llegar a ella. Simplemente no hay forma mientras haya una mente dentro de ti. Porque la mente es vacilación, la mente es un temblor continuo; la mente nunca está in­móvil, es movimiento. La mente es como una brisa so­plando continuamente y la llama sigue vacilando. Cuando no hay mente, la brisa se detiene y la llama queda inmóvil.

Cuando tu consciencia es una llama inmóvil, sabes la Verdad. Tienes que aprender a no seguir a la mente. Nadie puede darte la Verdad, nadie, ni siquiera un Buda, un Jesús, un Krishna, nadie puede dártela. Y es bello que nadie pueda dártela, si no se convertiría en una mercancía en la plaza. Si puede ser dada, en­tonces también puede ser vendida. Si puede ser dada, entonces también puede ser robada. Si puede ser dada, entonces puedes tomarla de un amigo, tomarla presta­da. Es bello que la Verdad no sea transferible en for­ma alguna. A no ser que la alcances, no se puede alcanzar. A no ser que te conviertas en ella, nunca puedes tenerla.

De hecho, no es algo que puedas tener. No es una mercancía, una cosa, un pensamiento. Puedes serla, pero no puedes tenerla.

En el mundo, en este mundo, podemos tener de todo, todo puede hacerse parte de nuestras posesiones. Hay dos mercancías que se pueden poseer: los pensa­mientos y las cosas; las cosas se pueden poseer, los pensamientos se pueden poseer. Pero la Verdad no es ninguna de estas dos mercancías. La Verdad es ser. Puedes convertirte en ella, pero no puedes poseerla. No puedes tenerla en tu caja fuerte. No puedes tenerla en tu libro. No puedes tenerla en tu mano. Cuando la tienes, eres ella. Te conviertes en Verdad. No es un concepto, es un ser mismo.

Lo segundo a recordar: una tendencia humana consiste en intentar mostrar que tienes lo que no tie­nes. Si lo tienes, no tratas de mostrarlo, no hay razón para esto. Si no lo tienes, tratas de mostrarlo, como si lo tuvieras. Así que recuerda, todo lo que quieras mos­trar a la gente, eso es lo que no tienes.

Si vas a casa de un rico, eres su invitado y nada cambia; si es realmente rico no cambia nada, simple­mente te acepta. Pero si vas a casa de un pobre, cam­bia todo: Puede que tome prestados muebles de su ve­cino, una alfombra de otra persona, cortinas de otra. Le gustaría dar la impresión de que es rico. Si no eres rico te gustaría dar la impresión a la gente de que lo eres. Y si no sabes, te gustaría que la gente pensara que sabes.

Siempre que quieras impresionar a alguien recuer­da esto: impresionar es una tendencia humana, porque nadie quiere parecer pobre; y aún más cuando se trata de cosas del otro mundo.

Puedes ser pobre mientras se trata de cosas de este mundo; esa no es mucha pobreza; pero cuando se trata de Dios, el alma, la liberación, la Verdad, ser pobre es demasiado para poderlo soportar.

Te gustaría dar la impresión a la gente de que tie­nes algo, y es difícil impresionarles cuando se trata de cosas de este mundo, porque estas cosas son visibles. Es fácil impresionar a la gente sobre cosas del otro mundo porque son invisibles. Puedes dar la impresión a la gente de que sabes, sin saber.

El problema surge porque cuando impresionas a los demás, existe la posibilidad de que puedas creerte tú mismo, a través de sus ojos y sus convicciones, que tú tienes algo. Si mucha gente está convencida de que sabes, poco a poco te convencerás de que sabes; ese es el problema, porque engañar a los demás no es un gran problema. Pero si tú te engañas por tu propio es­fuerzo, entonces será casi imposible sacarte de tu sue­ño, ¡porque crees que no es un sueño en absoluto! Crees que estás completamente despierto. Así será di­fícil sacarte de tu ignorancia, porque piensas que ya  estás Iluminado. ¡Será difícil sacarte de tu enfermedad porque crees que ya estás sano e íntegro!

La mayor barrera que hay entre ti y la Verdad es: que te has convencido a ti mismo a través de los de­más de que ya la tienes. De forma que es un círculo vicioso. Primero: intentas convencer a los demás, y puedes convencerlos porque la cosa es invisible. Se­gundo: los demás tampoco tienen la Verdad, así que no saben. Si vas y empiezas a hablar sobre Dios, y conti­núas hablando, tarde o temprano la gente empezará a pensar que sabes sobre Dios, porque ellos tampoco sa­ben. Excepto la palabra "Dios", no saben nada sobre ello, y tú puedes ser muy listo y argumentar sobre teo­rías y filosofías, Y si sigues, por puro aburrimiento di­rán: "Sí, creemos que sabes, pero acaba".

He oído algo que sucedió una vez: Había un gran místico, Baal‑Shem, un judío jasídico, al cual vino a ver en cierta ocasión un erudito, un simulador ‑y to­dos los eruditos son simuladores, porque con "erudito" quiero decir alguien que sólo sabe a través de escritu­ras, palabras, lenguaje, que no ha encontrado la reali­dad él mismo‑ que empezó a hablar de antiguos pro­fetas, y del Antiguo Testamento, y a comentarios; todo prestado, por supuesto, no original: una tontería por su parte, porque estaba hablando con un hombre que sa­bía.

Baal‑Shem escuchó, por compasión, y luego al fi­nal dijo, "Qué pena, qué pena; si te hubiera conocido el gran Maimónides...".

Maimónides era un filósofo judío, un gran filóso­fo, así que el simulador estaba muy feliz, repleto de alegría por ese cumplido: que si el gran Maimónides le hubiera conocido... Así que dijo, "Soy tan feliz de que me reconozcas y me hayas dado reconocimiento. Sólo una cosa más: ¿Por qué dices, 'Qué pena, qué pena; si te hubiera conocido el gran Maimónides...'? ¿Qué quieres decir? Por favor, dímelo, ¿qué quieres decir?".

Respondió Baal‑Shem, "Que entonces le habrías aburrido a él, y no a mí".

Por puro aburrimiento la gente empieza a creer: "Sí, tú sabes; pero cállate". Y por otra parte, tú no sa­bes, eres tan ignorante como ellos. Sólo hay una dife­rencia: eres más articulado, has leído más, has acumulado un poco más de polvo, y como ellos no pueden discutir, puedes ponerles en su sitio y acallarles. Tie­nen que creer que sabes, y les da igual si sabes o no.

Se feliz si piensas que sabes, pero estás creando un muro de piedra que te será difícil romper. Porque si convences a los demás, tú te convences de que sa­bes. Así que no hay tantos supuestos "Maestros". No saben nada, pero tienen seguidores, y a causa de los seguidores están convencidos de que saben. Retira los seguidores y verás que su confianza se va.

En lo profundo, los psicólogos de profundidad di­cen que la gente acumula seguidores sólo para conven­cerse a sí misma de que sabe. Sin seguidores, ¿cómo te convencerías a ti mismo? No es posible, ¡estás solo! Es difícil engañarse a sí mismo directamente, pero es fá­cil engañarse a través de los demás. Cuando hablas a alguien y ves la luz en sus ojos, te convences de que debes tener algo, si no, ¿por qué vino esta luz a sus ojos, a su rostro? Por eso anhelamos tanto impresionar a la gente. La mente quiere impresionar a la gente pa­ra poder ser impresionada a través de ellos y poder creer entonces en sus conocimientos prestados como si fueran una revelación.

Cuidado con ello. Ésta es una de las trampas más astutas. Una vez que caes en ella te será difícil salir.

Un pecador puede alcanzar la Verdad más fácil­mente que un erudito, porque un pecador siente en lo profundo que es culpable, puede arrepentirse, y siente que ha hecho algo equivocado. No puedes encontrar un pecador que sea básicamente feliz. Él siente la culpa; ha hecho algo equivocado y se arrepiente; quiere des­hacer lo que ha hecho para así hacer surgir el equili­brio en su vida, y un día u otro hará surgir el equili­brio. Pero si eres un erudito, un hombre de palabras, teorías y filosofías, un gran pundit, entonces es difícil, porque nunca te sientes culpable de tu erudición, sino que te sientes feliz y lleno de ego.

Recuerda esto: cualquier cosa que te de la sensa­ción de ego es una barrera; cualquier cosa que te de la sensación de no‑ego es el Camino.

Si eres un pecador y te sientes culpable, eso signi­fica que tu ego está agitado. A través del pecado no puedes acumular ego. Ha sucedido muchas veces que un pecador ha dado el salto en un momento y se ha convertido en un santo. Le sucedió a Valmiki, un san­to indio, el primero que contó la historia de Rama. Valmiki era un ladrón y un asesino, y en un instante se transformó. Nunca jamás le ha sucedido esto a ningún pundit ‑y la India es un gran país de pundits: brah­mines, eruditos. No se puede competir con los eruditos indios, tienen una larga herencia de miles de años y han vivido de palabras y palabras y palabras. Pero nunca ha sucedido que en un sólo instante un erudito diese el salto, explotase, rompiese con el pasado y se volviese totalmente nuevo. Nunca ha sucedido así. Pero ha sucedido muchas veces con pecadores, en un sólo instante, porque en lo profundo nunca pudieron hacer arreglos en su ego con lo que estaban haciendo. Lo que fuese que estaban haciendo echaba por tierra al ego, y el ego es el muro, el muro de piedra.

Si sientes que eres un moralista, un puritano, crearás un ego sutil. Si piensas que eres un conocedor, crearás un ego sutil. Recuerda: no hay otro pecado que el ego, así que no lo acumules. Y siempre se acumula a través de cosas falsas, porque las cosas reales siempre lo echan por tierra. Si sabes realmente, el ego desapa­rece; si no sabes, se acumula y se hace más y más y más grande y fuerte. Si eres realmente un hombre pu­ro, un hombre religioso, el ego desaparece, pero si eres un puritano, un moralista, entonces el ego se fortalece. Éste debería ser siempre el criterio para juzgar si lo que estás haciendo es bueno o malo: júzgalo por el ego. Si el ego es fortalecido, es malo: déjalo en cuanto puedas, ¡déjalo inmediatamente! Si el ego no es forta­lecido, es bueno.

Si vas al templo cada día, o a la iglesia todos los domingos, y sientes que el ego se acrecienta, no vayas a la iglesia, déjalo; no vayas al templo, no te está ayudando, es un veneno. Si sientes que por ir a la iglesia eres religioso, que eres algo extraordinario, más gran­de, más puro que los demás, más sagrado que otro, si esta actitud viene a ti: más sagrado que otro, entonces déjalo, porque esta actitud es el único pecado que existe en el mundo. Todo lo demás son juegos de niño. Éste es el único pecado, esta actitud de ser más sagrado que.

Haz sólo lo que no fortalezca a tu ego, y tarde o temprano te iluminarás, porque cuando no hay ego, si te deja incluso por un sólo instante, de pronto los ojos se abren y Lo has visto. Una vez viste, nunca es olvi­dado. Una vez vislumbrado, se convierte en un imán tan poderoso en tu vida que va atrayéndote más y más cerca, hacia el centro del mundo. Tarde o temprano estarás fundido con ello.

Pero el ego se resiste, el ego se resiste a rendirse. Se resiste al amor, se resiste a la oración, se resiste a la meditación, se resiste a Dios. El ego es una resistencia, una lucha contra el Todo. Por eso es un pecado.

Y el ego siempre está interesado en impresionar a la gente. Cuanto más puedas impresionar a la gente, más comida consigue el ego. Esto es un hecho. Si no puedes impresionar a nadie, los apoyos son retirados y el ego empieza a temblar. No tiene base en la realidad. Depende de las opiniones de los demás.

Trata ahora de entrar en esta anécdota: El Estu­diante Insolente.

Esto es una contradicción, porque un estudiante no puede ser insolente, y si lo es, no puede ser un es­tudiante. Un estudiante no puede ser descarado, no puede ser rudo, no puede estar lleno de ego. Si lo es, no puede ser un estudiante, porque ser estudiante sig­nifica ser receptivo, estar dispuesto a aprender. ¿Y qué es la disposición de aprender? Disposición de aprender significa: se que soy ignorante. Si "se" que se, ¿cómo voy a aprender? Las puertas están cerradas, no estoy dispuesto a aprender; en realidad, estoy dispuesto a enseñar.

Sucedió una vez en un monasterio Zen: vino un hombre que quería ser iniciado. El Maestro le dijo: "Tenemos dos categorías de iniciados aquí. Tengo qui­nientos residentes en el ashram, en el monasterio, y tenemos dos categorías: una es la de discípulo y la otra es la de Maestro. Así que, ¿a qué categoría te gustaría unirte?".

El hombre era absolutamente nuevo; incluso sintió una pequeña duda, y respondió: "Si es posible, me gus­taría ser iniciado como Maestro".

El Maestro estaba bromeando. Sólo estaba bro­meando, y quería mirar el inconsciente más profundo.

A todo el mundo le gustaría ser un Maestro, e in­cluso si te haces discípulo lo haces sólo como un me­dio, sólo como un medio para hacerte Maestro: tienes que pasar por ello, es una obligación, de otra forma, ¿cómo te vas a convertir en un Maestro? Así que tie­nes que ser un discípulo, pero es la búsqueda del ego para ser un Maestro. Al ego le gustaría enseñar, no aprender, e incluso si aprendes, es aprendizaje con la idea de prepararte para enseñar.

Vosotros me escucháis; con el escuchar yo también tengo dos categorías: puedes escuchar como un discí­pulo; puedes escuchar como un aspirante a Maestro. Si escuchas como aspirante a Maestro tú te lo pierdes, porque con esa actitud no puedes escuchar. Si tan sólo estás esperando, preparándote y preguntándote cómo saltar a ser un Maestro y enseñar a los demás, no pue­des ser receptivo. Sólo puedes aprender si eres un dis­cípulo sin ningún pensamiento de convertirte en un Maestro.

Ésta era una de las tradiciones más antiguas en Oriente: que una persona no empezaría a enseñar a no ser que se lo dijese su Maestro.

Había un discípulo de Buda que permaneció mu­chos años con él: se llamaba Purna. Se iluminó y aún permaneció con Buda. Después de su Iluminación, también iba todas las mañanas a escuchar a Buda.

Él mismo era ahora un Buda. No le faltaba de nada; lo era por derecho propio, pero seguía viniendo.

Un día, Buda le preguntó: Purna, ¿por que sigues viniendo? Ahora puedes dejarlo".

Y Purna dijo: "A no ser que tú lo digas, ¿cómo voy a dejarlo? Si tú lo dices está bien".

Entonces dejó de acudir a las charlas de Buda, pero permaneció como una sombra yendo con la San­gha, con la Orden. Entonces, después de varios años, de nuevo dijo Buda: "Purna, ¿por qué continúas si­guiéndome? ¡Ve y enseña a la gente! No necesitas estar aquí conmigo".

Y Purna dijo: "Estaba esperando. Cuando tú digas, iré. Soy un discípulo, así que cualquier cosa que digas la haré. Si tú lo dices, está bien. Así que, ¿a dónde debería ir? ¿En qué dirección debería ir? ¿A quién debería enseñar? ¡Simplemente dirígeme y yo seguiré! Soy un seguidor".

Este hombre debió escuchar a Buda totalmente, porque incluso cuando se iluminó siguió siendo un dis­cípulo.

Y hay personas que son absolutamente ignorantes, y ya son "Maestros". Incluso si están escuchando, están escuchando con la actitud de que tarde o temprano tienen que enseñar. ¡Escuchas sólo para decir a los de­más lo que has aprendido! Saca de la mente esa idea completamente, porque si esa idea está ahí, si el aspi­rante a Maestro está ahí, el discípulo no puede existir; nunca co‑existen.

Un discípulo es simplemente un discípulo. Un día sucede que se convierte en Maestro; pero esa no es la meta, esa es sólo una consecuencia. Siendo un aprendiz uno se vuelve sabio; esa es una consecuencia, no la meta. Si aprendes simplemente para volverte sabio nunca aprenderás, porque ser sabio es una meta del ego, un "ego‑trip". Y si estás tan sólo esperando a des­arrollarte, a madurar para convertirte en Maestro, y el ser un discípulo es sólo un pasaje que hay que atrave­sar cuando antes mejor, que hay que concluir y no eres feliz en él, que te gustaría terminar, entonces no eres un discípulo y nunca serás un Maestro. Porque cuando un discípulo madura, se convierte en Maestro espontáneamente. Esa no es una meta a seguir, sucede como un producto derivado.

El estudiante insolente, descarado, rudo, pensando que ya sabe... esa es la única insolencia que puede su­cederle a una mente: que ya "sabe".

 

Cuando Yamaoka era un estudiante insolente visitó

al Maestro Dokuon. Queriendo impresionar al Maestro, dijo...

 

Estos "Yamaokas" vienen a mi casa todos los días. He conocido a muchos "Yamaoka" en un estilo. Vienen a mí y a veces lo disfruto muchísimo.

Sucedió una vez: vino un hombre; habló durante una hora, comentó el Vedanta entero. Había estado pi­diendo una entrevista durante muchos días, escribién­dome cartas, había viajado desde lejos y había estado diciendo que le gustaría hacerme unas cuantas pregun­tas. Cuando vino se olvidó de las preguntas; empezó a darme respuestas, y yo no había preguntado nada. Durante una hora habló y habló y habló, no hubo ni si­quiera un espacio para que pudiera interrumpirle. No, ni siquiera escuchaba, así que tuve que decirle sí, sí, sí. Y le escuché y lo disfruté, y después de una hora dijo: "Ahora tendré que irme; se acabó mi tiempo, pe­ro he aprendido tantas cosas de ti. Y siempre recordaré este encuentro. Y amaré esta memoria: has resuelto to­dos mis problemas".

En realidad, éste era su problema: quería hablar y decir cosas y darme algún conocimiento. Y era muy feliz porque yo escuché. Él siguió siendo el mismo, pero se fue muy feliz.

La gente viene a mí y dice que saben que "Todo es Brahma". La India está demasiado cargada de cono­cimientos y los tontos se han vuelto aún más tontos a causa de esa carga, porque todos saben y hablan como conocedores. Dicen que Todo es Brahma, que la Reali­dad es no‑dual, y luego al final preguntan: Puedes sugerir algo?, mi mente está muy tensa".

Si sabes que la existencia es no‑dual; si sabes que el dos no existe, ¿cómo vas a estar preocupado y ten­so? ¡Si sabes esto, todos los problemas se han ido, to­das las preocupaciones se han disuelto, la angustia de­saparece! Pero si le dices: "No sabes", no escuchan. Y si tan sólo continúas escuchándoles, al final lo real sal­drá automáticamente.

Sucedió en un Juzgado: un hombre fue acusado de robar un reloj de bolsillo. La persona a quien se lo ha­bían robado era un poco corto de vista, sus ojos eran tan débiles que sólo podía ver con gafas y se había ol­vidado las gafas en alguna parte. Estando en la calle, aquel hombre cortó su bolsillo y cogió el reloj. Cuando el juez preguntó: “¿Puede reconocer a este hombre? ¿Es éste el hombre que cogió su reloj?, el que había sido robado dijo: "Es difícil, porque mis ojos son débi­les y sin gafas no puedo ver bien, todo es un poco bo­rroso. Así que no puedo decir exactamente si éste es el hombre o no, pero han robado mi reloj y siento que éste es el hombre".

Pero como no había otro testigo presencial o cualquier otra cosa, y no se podía probar, el magistrado tuvo que poner en libertad al ladrón.

Le dijo: Puede irse, es usted libre".

Pero el hombre parecía un poco perplejo. El juez le dijo: "¡Puede irse, es usted libre!". El hombre aún parecía perplejo, y el juez le preguntó: Quiere decir algo?".

Él dijo: "Sí. ¿Puedo quedarme con el reloj? ¿Me lo puedo quedar?".

Esto es lo que sucede... La gente sigue hablando, y si continúas escuchándoles, al final encontrarás que to­do su Vedanta es inútil, al final piden algo que les pone en evidencia. Lo otro es sólo lenguaje, verbaliza­ción.

Este Yamaoka visitó al Maestro Dokuon. Dokuon era un hombre Iluminado, uno de los amados en Ja­pón, uno de los más respetados. Queriendo impresionar al maestro dijo...

Si quieres impresionar a un Maestro eres un tonto, un hombre perfectamente estúpido. Puede que quieras impresionar al mundo entero, pero no trates de impre­sionar a un Maestro; al menos ahí ¡abre tu corazón! No digas tonterías; al menos ahí, ¡se auténtico!

Cuando vas a un doctor, le expones todas tus en­fermedades, le permites diagnosticar, examinar, le di­ces todo, sea lo que sea, no ocultas nada. Si ocultas al­go a un doctor, ¿entonces para qué acudir a él? ¿Cómo esperas que él te ayude si pretendes engañarle?

A un doctor le dices todo acerca del cuerpo; a un Maestro tienes que decirle todo lo del alma, si no, no hay ayuda posible. Cuando vayas a un Maestro, ¡ve completamente! No crees una barrera de palabras entre tú y él. Di sólo lo que sepas. Si no sabes nada, di "No se".

Cuando P.D. Ouspensky fue a Gurdjieff era un gran erudito, era ya mundialmente famoso, más cono­cido en el mundo que Gurdjieff mismo. Gurdjieff era un fakir desconocido en aquellos días; se hizo conocido a través de Ouspensky. Ouspensky había escrito un gran libro antes de conocer a Gurdjieff. El libro era realmente excepcional, porque hablaba como si supie­ra, y era un hombre tan articulado que podía engañar. El libro es Tertium Organum, el tercer canon de pensamiento, y realmente uno de los libros más excepcio­nales del mundo. Incluso la ignorancia puede a veces hacer cosas; si eres habilidoso puedes hacer cosas, in­cluso con ignorancia.

Ouspensky afirma en ese libro ‑y su afirmación es correcta‑ que sólo existen tres libros reales en el mundo: uno es el Organum de Aristóteles, el primer canon de pensamiento; el segundo es el Novum Orga­num de Bacon, y el tercero es su Tertium Organum, y realmente estos tres libros son excepcionales. Los tres autores son ignorantes, ninguno de ellos sabe nada so­bre la Verdad, pero son hombres muy articulados. Realmente han hecho milagros: sin saber nada sobre la Verdad han escrito hermosos libros. Casi han llegado, han llegado aproximadamente.

Ouspensky tenía renombre; cuando fue a ver a Gurdjieff, Gurdjieff no era nadie. Por supuesto, fue con el conocimiento de que Gurdjieff era un hombre de ser, un hombre sin conocimientos realmente, pero de un ser muy sustancial. ¿Qué hizo Gurdjieff? Hizo algo hermoso: permaneció en silencio. Ouspensky espe­ró y esperó y esperó, se puso nervioso, empezó a sudar ante este hombre, porque él simplemente permanecía en silencio, mirándole; y eso era embarazoso. Sus ojos eran muy penetrantes, si quería podía quemarte con sus ojos; y su rostro era tal que, si quería, podía simple­mente sacudirte fuera de tu ser con su rostro. Si mira­ba dentro de  ti, te sentías muy incómodo. Gurdjieff permaneció como una estatua y Ouspensky empezó a temblar, le invadió la fiebre. Entonces preguntó: “¿Pero por qué estás en silencio? ¿Por qué no dices algo?".

Gurdjieff dijo: Primero hay que decidir una cosa, decidirla absolutamente; hasta entonces no diré ni una sola palabra. Entra en la otra habitación, encontrarás allí una: hoja de papel; escribe en ella todo lo que sa­bes, y también lo que no sabes. Haz dos columnas: una con tus conocimientos, otra con tus ignorancias, por­que de lo que sepas no es necesario que yo te hable; lo sabes y no hay necesidad de hablar de ello. De todo lo que no sepas, te hablare".

Cuenta Ouspensky que entró en aquella habita­ción, se sentó en una silla, cogió el papel y el lápiz, y por primera vez en su vida se dio cuenta de que no ‑sabía nada. Este hombre destrozó todos sus conoci­mientos, porque, por primera vez, con consciencia, iba a escribir: Conozco a Dios. ¿Cómo escribir eso sin co­nocerlo? ¿Cómo escribir: "Se la Verdad"?

Ouspensky fue auténtico. Volvió después de media hora, entregó una hoja en blanco a Gurdjieff y dijo: "Ahora tú empiezas a trabajar. Yo no se nada".

Gurdjieff dijo: Cómo pudiste escribir el Tertium Organum? No sabes nada, ¡y has escrito el tercer ca­non de pensamiento!".

Es como si la gente siguiera escribiendo mientras duerme, en sueños; como si no supieran lo que están haciendo, no supieran lo que está sucediendo a través de ellos.

 

Queriendo impresionar al Maestro, dijo: "No hay

mente, no hay cuerpo, no hay Buda. No hay mejor,

no hay peor. No hay Maestro, no hay estudioso. No

hay dar, no hay recibir, Lo que pensamos que ve­-

mos y sentimos no es real. Ninguna de estas cosas

aparentes existe en realidad".

 

Ésta es la enseñanza más elevada, la Verdad Su­prema. Esta es la esencia de toda la tradición de Buda: que todo está vacío. De eso es de lo que hablábamos: todo está vacío; todo es relativo; nada existe absoluta­mente. Ésta es la más elevada comprensión. Pero si só­lo lo lees en un libro y lo dices, es simplemente estúpido No hay mente, no hay cuerpo, no hay Buda. Buda ha dicho: "Yo no soy". Pero cuando Buda lo dice signi­fica algo. Cuando Yamaoka lo dice no significa nada. Cuando Buda lo dice, es muy, muy significativo: "Yo no soy". Él dice" "Ni siquiera yo soy, así que ponte más alerta: tú no puedes ser".

"Ésta es mi comprensión", dice, la personalidad es como una ola, o una línea dibujada en el agua. Es una forma, y la forma está continuamente cambiando. La forma no es Verdad. sólo lo sin forma puede ser lo verdadero. Sólo lo que no cambia puede ser lo verda­dero". Y Buda dice: Puede que tu forma tarde setenta años en desaparecer, pero desaparece, y lo que un día no era, y de nuevo un día no será, no puede ser en el entretanto. Yo no fui un día; no seré un día. ¿En los dos lados nada, y justo en el medio, soy? Eso no es posible. ¿Cómo puede existir la existencia entre dos no‑existencias? ¿Cómo puede haber algo sustancial en­tre dos vacíos? Debe ser un sueño falso".

¿Por qué dices, al despertar de un sueño, que fue falso? Fue un sueño, ¿pero por qué dices que fue fal­so? Cuál es el criterio de ser falso o verdadero? ¿Có­mo juzgarlo? Y por la mañana todo el mundo dice: "Soñé, y el sueño era falso". Sueño significa "lo falso", pero ¿por qué? Éste es el criterio: al anochecer el sue­ño no estaba allí, cuando fui a dormir no estaba allí, cuando de nuevo dejé de dormir no estaba allí, así que, ¿cómo va a estar en el medio? La habitación es real, el sueño es falso; porque cuando te fuiste a dor­mir la habitación estaba allí, y cuando dejaste de dor­mir la habitación seguía allí. La habitación es real, el sueño es falso, porque al sueño le rodean dos nadas, y entre dos nadas, nada puede existir. Pero la habitación continúa, así que dices que la habitación es real, el mundo es real, y el sueño es falso.

Un Buda ha despertado de este mundo y ve que, al igual que el sueño, tu mundo también es falso. Él ha despertado de este gran sueño que llamamos "mun­do", y entonces dice: "El mundo no estaba allí, ahora de nuevo no está, así que, ¿cómo va a estar en el me­dio?". De aquí que los Budas, los Shankaras, sigan di­ciendo: "El mundo es ilusorio, es un sueño". Pero tú no puedes decirlo; tú no puedes meramente recoger las palabras y repetirlas.

Este Yamaoka debió haber escuchado, debió haber aprendido, leído, estudiado. Estaba repitiendo como un loro: No hay mente, no hay cuerpo, no hay Buda, no hay mejor, no hay peor; porque todos son relativos. Recuerda, Buda llama "falso" a todo lo relativo y "ver­dadero" a todo lo absoluto. El ser absoluto es el criterio de la Verdad, la relatividad es el criterio del sueño.

Trata de comprender esto, porque esto es básico. Dices que tu amigo es alto. ¿Qué quieres decir? Sólo se puede decir de él que es "más alto", no "alto"; es más alto que alguien. Puede que sea un pigmeo ante otra persona, así que el "ser alto" no está en él. La altura es sólo una relación, un fenómeno relativo. En comparación con alguien es más alto, en comparación con otro puede que sea un pigmeo. Así que, ¿qué es?, ¿es alto o un pigmeo? No, las dos cosas son relativas. En sí mis­mo no es ni alto ni un pigmeo. Por eso dice Buda, "No existe mejor, no existe peor".

¿Quién es un pecador y quién es un santo? Si sólo hubiera santos en el mundo, ¿habría algún santo? Sí todos fueran pecadores en el mundo, ¿habría algún pecador? El pecador existe a causa del santo, el santo existe a causa del pecador, son relatividades. Así que, si quieres ser santo, crearás al pecador; no puedes ser santo sin que haya pecadores. Así que se consciente, no te vuelvas santo, porque si lo haces, eso significa que en alguna parte tendrá que existir la otra polari­dad.

Los santos son falsos, los pecadores son falsos. ¿Quién eres en ti mismo. Si estás solo, ¿eres un peca­dor o un santo? No eres ninguna de las dos cosas. Mira esta realidad que eres, sin relacionarte con ninguna otra cosa; mira dentro de ti mismo sin relación, enton­ces llegarás a la Verdad absoluta; de otra forma todo es un término relativo.

Las relatividades son sueños; la Realidad no es una relatividad, es un absoluto. ¿Quién eres tú?

Si entras en ti y dices, "soy luz", de nuevo estás soñando, porque, ¿qué puede significar la luz sin la oscuridad? ¡La luz necesita a la oscuridad para existir! Si dices: "Dentro soy dicha", de nuevo estás soñando, porque la dicha necesita el sufrimiento para existir. Por eso dice Buda que no podemos usar ningún térmi­no, porque dentro hay vacío. Pero este "vacío" no está en contra de lo "lleno"; es sólo para decir que todos los términos están vacíos. En la Verdad absoluta ningún término sirve, no puedes decir nada.

Buda no estaría de acuerdo con los hindúes que dicen que la Realidad es sat‑chit‑ananda, porque él dice que sat existe a causa de asat, chit existe a causa de achit, ananda existe a causa de dukkha.Sat es existencia; de Dios no se puede decir que exista, porque entonces sería necesaria la no‑existencia, ¿y dónde existiría la no‑existencia? De Dios no se puede decir que sea consciencia (chit), porque entonces sería nece­saria la inconsciencia, ¿y dónde existiría la inconsciencia?

De Dios no se puede decir que es dicha (ananda), porque entonces el sufrimiento (dukkha) sería necesario. Buda dice que cualquier palabra que utilices es inútil, porque el opuesto será necesario. Si miras den­tro de ti no puedes utilizar el lenguaje, sólo el silencio. Sólo a través del silencio se puede indicar la Realidad; y cuando Buda dice que todos los términos están va­cíos, todas las palabras están vacías, todas las cosas es­tán vacías, todos los pensamientos están vacíos, quiere decir que son relativos y la relatividad es un sueño.

 

No hay mejor, no hay peor. No hay Maestro, no

hay estudioso. No hay dar, no hay recibir. Lo que

pensamos que vemos y sentimos no es real. Ningu­-

na de estas cosas aparentes existe en realidad".

 

Ésta es la enseñanza más profunda de Buda, así que hay que recordar una cosa: puedes repetir las pa­labras más profundas que alguna vez hayan sido pro­nunciadas, y aún puedes ser un estúpido.

Este Yamaoka es estúpido. Está repitiendo exacta­mente las mismas palabras de Buda.

Las palabras transmiten tu ser. Cuando Buda dice algo, las palabras tienen un significado diferente, una fragancia diferente. Las palabras llevan algo de Buda, algo de su ser: el aroma, el sabor de su ser interno. Estas palabras llevan la música de su armonía interna. Cuando Yamaoka las repite están muertas, rancias, no transmiten ninguna fragancia. Si transmiten algo es a Yamaoka y su mal olor.

Recuerda, sólo con repetir el Gita no sucede nada, aunque Krishna dijese las mismas palabras que estás repitiendo. Por todo el mundo, miles de misioneros cristianos siguen repitiendo las mismas palabras que dijo Jesús. Estas palabras están muertas. Es mejor no repetirlas, porque cuanto más las repites, más rancias se vuelven. Es mejor no tocarlas, porque su mero tacto es venenoso. Es mejor esperar: cuando alcances una consciencia Crística, o una consciencia Kríshnica, o una consciencia Búdica, entonces empezarás a florecer, entonces empezarán a salir cosas de ti, nunca antes.

¡No seas un disco de gramófono! Porque entonces sólo repites y eso no significa nada.

 

Dokuon había estado sentado tranquilamente fu‑

mando su pipa...

 

Un hombre muy hermoso. Ni siquiera se molestó. No interrumpió, simplemente siguió fumando su pipa.

Sólo los Maestros Zen pueden fumar, porque ellos no son simuladores. No les importa lo que piensen de ellos ‑¡les da igual! Son personas en paz consigo mis­mas. No puedes pensar en un muni jaina fumando una pipa, o un sannyasin hindú fumando una pipa, es im­posible. Son hombres de normas, regulaciones, que se autodisciplinan a la fuerza. No es necesario que fumes si no quieres, pero si quieres, entonces no te esfuerces en lo contrario, porque ese deseo permanecerá escon­dido en alguna parte y te molestará. ¿Y por qué? Si quieres fumar una pipa, ¿por qué no fumarla? ¿Qué hay de malo en ello? Tú eres tan falso como la pipa y el humo. Y el humo y la pipa son tan verdaderos como tú.

Pero, ¿por qué no? En lo profundo de ti quieres ser extraordinario, no ordinario. Fumar una pipa te hará muy ordinario, eso es lo que hacen las personas corrientes: fumar en pipa, beber té y café, reír y bro­mear, eso es lo que hacen las personas corrientes. Tú eres un gran santo, ¿cómo vas a hacer cosas corrientes de forma corriente? Tú eres muy extraordinario.

Para aparentar de extraordinario dejas muchas co­sas. No hay nada de malo en dejarlas si no te gustan; está bien. No es necesario que te obligues a fumar sólo para decir que eres ordinario, ¡así es cómo funciona la mente! No hay necesidad de hacer nada si no quieres hacerlo, pero si lo quieres, entonces no aparentes, no intentes tener una máscara de seriedad, se sencillo. Nada es malo si eres sencillo; todo es malo si no eres sencillo.

Este hombre, Dokuon, debió haber sido un hom­bre sencillo:

 

Dokuon había estado sentado tranquilamente fu‑

mando su pipa...

 

... muy meditativo, relajándose, escuchando a este simulador:

 

... y sin decir nada. De repente, cogió su bastón y

dio a Yamoka un golpe terrible.

 

Los Maestros Zen llevaban un bastón para la gente así. Son personas muy suaves, pero muy auténticas, y hay personas que no escuchan las palabras, que sólo pueden escuchar a un golpe. Si les hablan, no escu­chan, hablarán todavía más. Necesitan tratamiento de shock.

 

De repente, cogió su bastón y dio a Yamaoka un

golpe terrible. Yamaoka saltó de ira. Dokuon dijo:

"Ya que ninguna de estas cosas existe realmente, y

todo es vacío, ¿de dónde viene tu ira? Piensa en ello".

 

Dokuon ha creado una situación, y sólo las situa­ciones son reveladoras. Él podía haber dicho: "Todo lo que has dicho es sólo información prestada". Eso no habría cambiado mucho las cosas, porque el hombre sentado ante él estaba profundamente dormido. Con sólo hablar no le habría sacado de ello; quizá le habría ayudado a seguir más dormido, puede que hubiese em­pezado a discutir. En vez de hacer eso, Dokuon hizo lo correcto: le pegó fuerte con el bastón. Fue tan repentino que no pudo arreglar su carácter como corresponde, no pudo arreglar una pose falsa. Por un momento ‑el golpe fue tan repentino‑ la máscara se deslizó y apa­reció el rostro real. Con sólo hablar, esto no habría si­do posible.

Dokuon debió haber sido muy compasivo.

Durante un solo momento asomó la ira, apareció lo real, porque si todo está vacío, ¿cómo puedes estar enfadado? ¿De dónde puede venir la ira? ¿Quién está enfadado, si ni siquiera Buda existe, tú no existes, na­da existe, sólo existe el vacío? ¿Cómo, en el vacío, es posible la ira?

Lo que está haciendo Dokuon es llevar a Yamaoka al conocimiento del ser; eso es lo que está haciendo al pegarle. Es necesaria una situación, porque en una situación de pronto te vuelves real, vuelves a ser. Si se permiten las palabras, si Dokuon habla y dice: "Esto está mal y esto está bien", ayudará a la continuidad de la mente. Entonces habrá un diálogo, pero inútil. Un shock te lleva de vuelta a tu realidad; de repente desa­parece todo el pensar: Yamaoka es Yamaoka, no un Buda. Estaba hablando como un Buda, y con sólo un golpe Buda desaparece y entra Yamaoka enfadado.

 

Dokuon dijo: "Ya que ninguna de estas cosas exis‑

te realmente, y todo es vacío, ¿de dónde viene tu

ira? Piensa en ello".

 

No hables de Buda; y no hables de la Realidad; y no hables de la Verdad: piensa en esta ira y de dónde viene.

Si realmente piensas en la ira, de dónde viene, al­canzarás el Vacío.

La próxima vez, cuando te sientas enfadado... en­tonces ven a mí, yo te daré un golpe. Sigo dándolos, pero mis golpes son más sutiles que los de Dokuon. Yo no uso un bastón real, no es necesario; eres tan irreal que no es necesario un bastón real. No necesito darte un golpe físicamente, pero voy dándolos espiritual­mente. Voy creando situaciones en las que trato de llevarte de regreso a tu "estado de Yamaoka" desde tu es­tado de Buda, porque ese Yamaoka es real en ti, Buda es sólo una máscara. Y recuerda, Yamaoka tiene que vivir, no la máscara; Yamaoka tiene que respirar, no la máscara; Yamaoka tiene que digerir la comida, no la máscara; Yamaoka se enamorará, Yamaoka se enfada­rá, Yamaoka tendrá que morir, no la máscara, así que es mejor que seas liberado de la máscara y llevado de vuelta a tu estado de Yamaoka.

Recuerda, Buda no puede ser una máscara. Si Ya­maoka sigue profundizando en sí mismo, encontrará a Buda. ¿Y cómo profundizar más en uno mismo? Sigue todo lo que venga de tu interior; síguelo de regreso, vuelve con ello. ¿Ha venido la ira?, cierra tus ojos; es un bello momento, porque la ira ha venido de dentro, viene del centro mismo de tu ser; así que mira hacia atrás, entra, ve de dónde viene, de dónde.

Lo que harías ordinariamente, y lo que este Yamaoka podría haber hecho, sería pensar que la ira ha sido suscitada a causa de este Dokuon; porque te gol­peó. Mirarías a Dokuon como la causa. Dokuon no es la causa; puede que te haya golpeado, pero él no es la causa. Si hubiera golpeado a Buda, la ira no habría ve­nido; la causa está en Yamaoka.

Regresa, no busques la causa fuera; si no, perde­rás este bello momento de ira y tu vida será tan falsa que en un segundo te pondrás de nuevo la máscara, y sonreirás, y dirás: "Sí, Maestro, hiciste algo muy bue­no".

Lo falso vendrá pronto, ¡así que no pierdas el mo­mento! Cuando ha venido la ira, sólo hay una fracción de segundo antes de que venga lo falso. Y la ira es verdadera; es más verdadera que lo que estás diciendo, las palabras de Buda son falsas en vuestras bocas. Vuestra ira es más verdadera porque os pertenece, to­do lo que te pertenece es verdadero. ¡Así que encuen­tra la fuente de esta ira, de dónde está viniendo? Cie­rra los ojos, entra en ti; vuelve a la fuente antes de que se haya perdido y alcanzarás el vacío. Ve aún más hacia atrás, ve aún más hacia adentro, profundiza más, y llega un momento en el que no hay ira. Dentro, en el centro, no hay ira. Ahora Buda no será una cara, una máscara. Ahora has penetrado en algo real.

¿De dónde viene la ira? Nunca viene de tu centro; viene del ego y el ego es una entidad falsa. Si profun­dizas más, encontrarás que viene de la periferia, no del centro. No puede venir del centro; en el centro hay vacío; absoluto vacío. Sólo viene del ego, y el ego es una entidad falsa creada por la sociedad, es una relati­vidad, una identidad. De repente eres golpeado, y el ego se siente herido y hay ira. Si ayudas a alguien, sonríes a alguien, te inclinas ante alguien, y él sonríe, esa sonrisa viene del ego. Si aprecias, das un cumplido a alguien, si le dices a una mujer, "¡Qué hermosa eres!", y ella sonríe, esa sonrisa viene del ego. Porque en el centro no hay ni belleza ni fealdad, en el centro existe vacío absoluto, anatta, no‑yo. Hay que alcanzar ese centro.

Una vez que lo conoces, actúas como un no‑ser. Nadie puede enfadarte, nadie puede hacerte feliz, infe­liz, desdichado. ¡No! En ese vacío se disuelven todas las dualidades: feliz, infeliz, desdichado, dichoso; todas se disuelven. Esto es el estado de Buda. Esto es lo que le sucedió bajo el Árbol Bodhi a Gautama Siddharta: alcanzó el Vacío. Entonces todo es silencioso. Has ido más allá de los opuestos.

Un Maestro existe para ayudarte a ir a tu vacío interno, el silencio interno, el templo interno; y el Maestro tiene que idear métodos. Sólo los Maestros Zen golpean; a veces tiran a una persona por la venta­na, o saltan sobre ella. Como te has vuelto tan falso son necesarios métodos tan drásticos, y particularmente en Japón, porque Japón es muy falso.

En Japón una sonrisa es una sonrisa pintada. Todo el mundo sonríe, pero es sólo un hábito, un hábito hermoso en lo que concierne a la sociedad, porque en Japón si estás conduciendo y atropellas a una persona en una calle de Tokio, sucederá algo que no puede su­ceder en ningún otro lugar: esa persona sonreirá y se inclinará y te dará las gracias. Sólo en Japón puede su­ceder esto, en ningún otro lugar. Y dirá: "Ha sido cul­pa mía", y tú dirás: "Ha sido culpa mía", y ambos os inclinaréis y sonreiréis y seguiréis vuestro camino. En cierta forma es bueno, porque, ¿de qué sirve enfadarse y gritarse mutuamente y atraer una multitud? ¿De qué sirve?

Desde la infancia los japoneses son condicionados para sonreír siempre, por eso en Occidente se piensa que son gente muy astuta: no puedes confiar en ellos, porque no sabes lo que están sintiendo. No puedes sa­ber lo que piensa un japonés, porque nunca permite que salga nada.

Esto es un extremo: todo falso, pintado. Así que los Maestros Zen tuvieron que idear estos métodos drásticos, porque sólo con ellos cae la máscara de los japoneses; de otra forma, permanece fija; casi conver­tida en su piel, como si les hubiera sido injertada.

Esto está sucediéndole ahora al mundo entero, no sólo a Japón. Los grados pueden variar, pero ahora ocurre en el mundo entero. Todo el mundo ríe, sonríe: ni la risa ni la sonrisa son verdaderas. Todo el mundo se dice cosas buenas mutuamente: nadie se las cree, nadie siente de esa forma; se ha convertido en etiqueta social.

Tu personalidad es un fenómeno social. Tu ser es­tá enterrado bajo esta personalidad. Necesitas un shock para que la personalidad se resquebraje, o para que durante algunos instantes ya no estés identificado con ella y alcances el centro, ahí donde todo está vacío.

Todo el arte de la meditación es: cómo dejar la personalidad fácilmente, ir al centro y no ser una per­sona. Ser y no ser una persona es todo el arte de la meditación, todo el arte del éxtasis interno.

 

 






 
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