LA PASION POR LO IMPOSIBLE-1

 


I

 

EL AMOR

 

La psicología de la frustración

 

El amor no lo puedes recibir de alguien que no haya conocido

la dicha. Y esa es la desgracia del mundo entero, que todos

piden amor y fingen amar. No puedes amar porque no sabes

lo que es la consciencia. No conoces el satyam, el shivam,

el sundram. No conoces la verdad, no conoces la experiencia

de lo divino ni conoces la fragancia de la belleza.

 

 

1

 

He leído un artículo que dice que las mujeres están hartas y que los responsables son los hombres. ¿Es verdad?

 

Es verdad, pero es una verdad a medias. También los hombres están hartos, y las responsables son las mujeres. En realidad, todos estamos en la misma situación: hombres o mujeres, todos estamos hartos, porque vivimos de una forma absurda. Ni los hombres son responsables del aburrimiento de las mujeres, ni las mujeres son responsables de la frustración de los hombres.

Hay que profundizar en la psicología de la frustración. Lo primero que tienes que recordar es que si estás frustrado, harto, aburrido, es porque estabas esperando otra cosa. Si no hubieras esperado nada...

Yo no estoy harto, y no veo que me pueda ocurrir... Hasta mi último suspiro seguiré con los ojos abiertos, llenos de asombro, con la misma mirada con la que nací. Yo vivo en el mismo mundo en el que vives tú. Yo no me aburro, porque nunca he esperado nada. Por lo tanto, la frustración es imposible.

Las mujeres están hartas porque esperan demasiado de los hombres, y los pobrecillos no pueden satisfacer sus deseos. Las mujeres tienen más imaginación, y convierten a cualquier Fulanito o Menganito en un auténtico héroe. Son tan románticas que a sus ojos cualquier idiota se les aparece como un Buda Gautama.

Y poco a poco, cuando sus grandes héroes se convierten en algo más cotidiano, en lugar de ver gigantes se encuentran con pobres seres humanos, normales y corrientes. Y así empieza la gran frustración. Lo magnifican y lo exageran, pero no se puede vivir con exageraciones ni se puede vivir mirando con una lupa. Tarde o temprano hay que aceptar la realidad.

La realidad es el marido calzonazos, que no despierta el menor interés. Y el hombre... no es tan imaginativo, pero su instinto biológico llega casi a intoxicarlo, y cuando está intoxicado por su instinto biológico cualquier mujer fea le parece una Cleopatra. Sus ojos están velados por la locura biológica.

Quienes dicen que el amor es ciego no se equivocan. El hombre empieza a ver con los ojos cerrados; tiene miedo de abrirlos porque la realidad puede no ser tan maravillosa. Pero ¿cuánto tiempo se puede vivir con los ojos cerrados? Tarde o temprano tendrás que ver a la mujer de la que te has encaprichado.

El encaprichamiento biológico desaparece muy pronto; es algo químico, hormonal. Una vez satisfecho sexualmente, desaparece la ceguera, la locura. Vuelves a ser racional, a estar cuerdo, y solo ves a una mujer normal y corriente. Naturalmente, para evitarla te pones a leer el periódico, o a ver la televisión. En Estados Unidos han hecho un sondeo: el estadounidense medio ve la televisión siete horas y media al día. Y, naturalmente, las mujeres se hartan.

Me he enterado de que algunas personas ven la televisión incluso mientras hacen el amor. Ni siquiera a los grandes sexólogos como Vatsyayana, el pandit Koka, Freud o Havelock Ellis se les habría pasado por la cabeza que llegaría un día en que la gen te haría el amor mientras ve la televisión. Están tan aburridos de todo que la televisión es un refugio.

Pero la psicología es muy sencilla: empiezas a esperar cosas de los demás y a creer en tus expectativas. Al cabo de poco tiempo tus expectativas chocan con la realidad. Esa es la razón por la que los hombres están hartos, por la que las mujeres están hartas... Todo el mundo está harto. El mundo está lleno de personas aburridas.

Quizá el aburrimiento sea el fenómeno más destacado del siglo XX. El hombre jamás había estado tan aburrido. En la antigüedad, cuando el hombre era cazador, no existían ni el matrimonio ni la posibilidad de la monotonía; no se aburría porque no tenía tiempo de aburrirse. La mujer tampoco se aburría; había posibilidades de elegir a distintos hombres. El matrimonio lo resolvió todo en nombre de la seguridad y la estabilidad, pero acabó con la exploración.

Un poeta escribió un canto maravilloso en urdú que dice: «Si tú (se dirige a Dios), si tú estás a favor del matrimonio, ¿por qué me diste ojos? ¿Por qué me diste inteligencia?». Los idiotas no se aburren... y quizá os sorprenda saber que los ciegos tampoco se aburren.

Cuanto más inteligente seas más pronto te aburrirás: ese es el criterio. Cuanto más inteligentes, sensibles y creativas son las personas, más se aburren, porque con una sola experiencia tienen suficiente. Repetirla es de idiotas.

Con la estabilización financiera y social (el matrimonio, los hijos, la educación, la jubilación, los seguros... en los países avanzados incluso hay prejubilaciones), se ha acabado con la alegría de la exploración. Todo está tan establecido y controlado que solo parece existir una posibilidad de explorar, sobre todo en Occidente: el suicidio. Solamente eso sigue siendo desconocido.

Han experimentado con el sexo y han descubierto que es una estupidez. Han experimentado con las drogas y han descubierto que es un autoengaño. Ahora ya no parece quedar ninguna aventura, ningún reto, y cada día hay más suicidas. Hay que tener en cuenta que el índice de suicidios no ha aumentado en los países pobres. Parece que los pobres están menos aburridos, menos hartos, porque tienen que pensar en la comida, la ropa y el techo, y no les queda tiempo para el aburrimiento. No se lo pueden permitir.

Cuanto más rica la sociedad, en la que se tiene acceso a todo... ¿cuánto tiempo puedes seguir llevando una vida segura, establecida, monótona, garantizada? A las personas de gran inteligencia les da por suicidarse.

Oriente también ha conocido épocas de riqueza, pero por suerte ha encontrado un sustituto para el suicidio, que es el sannyas. Cuando los orientales ya no pueden más, cuando se hartan, como Buda Gautama, porque tenía todos los lujos posibles... ¿cómo puedes vivir entre los mismos lujos uno y otro día? A la edad de veintinueve años Buda Gautama no quería saber nada del mundo. Lo había experimentado todo; no había más posibilidades en el mundo.

Una noche oscura escapó de su reino, de su seguridad y de su estabilidad. Lo dejó todo y se hizo mendigo para buscar algo que fuera eternamente fresco, que jamás envejeciera, que nunca se convirtiera en algo aburrido. La búsqueda de lo eternamente fresco es la búsqueda del sannyas.

Existe una fuente en tu interior eternamente fresca, que jamás envejece, y no puedes aburrirte de ella. Y cuando digo esto, lo digo desde esa misma fuente. Mis palabras proceden de la misma fuente. Si puedes degustarlas, sentirlas, quizá vislumbres una lejana tierra en la que todo se renueva a cada momento, en la que el polvo no se posa en ningún espejo. Ese mundo está en tu interior.

Pero te interesa una mujer, y esa mujer se interesa por ti. La mujer no puede encontrar tu fuente de la alegría eterna, ni tú tampoco puedes encontrarla, porque estás centrado en la mujer. Todos estamos centrados en otros, y lo que puede proporcionarte continuamente alegría está en tu interior, pero nunca miras en el interior.

La gente está dispuesta a subir al Everest, está dispuesta a ir a la luna o a Marte para buscar, pero no sabes que incluso si llegaras al Everest simplemente parecerías ridículo. ¿Qué harías allí? ¿Cuánto tiempo se quedó Edmund Hillary en la cima del Everest? No más de dos minutos. Arriesgó su vida, y centenares de personas habían muerto antes intentando llegar a la misma cumbre. Y me da la impresión de que Edmund Hillary debió de sentirse abochornado en la cima de la montaña más alta del mundo. Menos mal que no había nadie para verlo. Al cabo de dos minutos se aburrió y volvió a su casa.

¿Qué harías en la luna? Es una situación curiosa... Cuando regresó el primer astronauta ruso, Yuri Gagarin, el primero en llegar más cerca de la luna en la historia de la humanidad, y los periodistas le preguntaron: «¿Qué fue lo primero que pensó cuando llegó a la luna?», respondió: «Lo primero que pensé... Miré la tierra. Parecía preciosa desde allí. Es ocho veces mayor que la luna, y desde allí arriba brilla exactamente como la luna, pero ocho veces más. La luna parece algo tan normal como la tierra».

Los rayos reflejados del sol solo se perciben desde muy lejos. La luna no tiene luz propia; cuando se llega allí, es el sitio más feo y árido que se pueda imaginar, porque no hay agua, ni verdor, ni rosas. Allí no pasa nada; es un desierto completamente muerto.

«Pero desde la Luna —dijo Yuri Gagarin—, lo primero que pensé fue: mi hermosa tierra...» Es curioso, cuando vives en la tierra no te fijas en ella. Yuri Gagarin había pasado toda su vida en la tierra, y nunca se le había ocurrido pensar: «Mi hermosa tierra...».

Y a continuación añadió: «Cuando me dije "mi hermosa tierra" recordé que soy comunista y de la Unión Soviética, pero desde la luna la tierra deja de estar dividida en la Unión Soviética, Alemania, Japón, la India y Estados Unidos». Todas esas absurdas líneas que hemos creado en el mapa no existen en la tierra. Por primera vez, en la luna, sintió una humanidad, una tierra tan hermosa...

Yuri Gagarin estuvo en la India. Lo vi en Nueva Delhi y le pregunté:

—Desde que volvió a la tierra, ¿ha vuelto a pensar «qué hermosa es mi tierra»?

Me miró sorprendido y respondió: —Nadie me ha hecho esa pregunta y no he vuelto a pensar en la tierra.

El hombre siempre mira las cosas lejanas; parece completamente ajeno a lo evidente, a lo que tiene cerca.

Tú eres lo más próximo a ti, y por eso lo pierdes de vista. Y no hay forma alguna de alejarte de ti mismo. Adondequiera que te llevemos, serás tú; no puedes separarte de ti mismo. Por tanto, no puedes decir: «Mi hermoso ser...».

Tendrás que aprender el arte de entrar en ti mismo. Tendrás que ser más subjetivo que objetivo. La subjetividad es la esencia del misticismo. Tendrás que empezar a mirar hacia dentro.

Eso es lo que llamamos meditación: no es sino mirar hacia dentro, para llegar al punto de la fuente misma de tu vida. Y una vez que hayas alcanzado tu fuente de la vida, no existirá el aburrimiento, y tu vida será una continua fiesta.

En otro caso, seas hombre o mujer, tu destino será el aburrimiento.

 

 

Becky Goldberg se sentía cada día más triste y sola, porque lo único que hacía Hymie, su marido, noche y día, era ver la televisión. Fue a una tienda a comprarse un animal de compañía.

—Si quiere un animal poco corriente, en esa jaula hay un pájaro matón enorme, que puede destruir cualquier cosa con el pico y las garras —le dijo el dueño de la tienda.

—¡Qué horror! —exclamó Becky.

—No se preocupe —replicó el hombre—. El pájaro matón es extraordinariamente educado y obediente. Solo destruye algo cuando se le da una orden, como por ejemplo: «Pájaro matón, la silla» o «Pájaro matón, la mesa». Entonces se pone en acción inmediatamente.

—¿Podría romper un televisor? —preguntó Becky.

—Claro que sí. Lo dejará reducido a chatarra en cuestión de segundos.

Así que Becky compró el pájaro matón y se lo llevó a casa. Naturalmente, Hymie estaba frente al televisor, y la mujer abrió la jaula.

Hymie alzó la vista y preguntó:

—¿Qué animalito has comprado, cariño?

—Un pájaro matón —contestó Becky, preparándose para dar la orden.

Hymie volvió a mirar el televisor y dijo:

—¿Cómo? ¡Un pájaro matón! ¡Mis cojones!

 

 

2

 

¿Cómo puedo amar mejor?

 

El amor es suficiente por sí mismo. No necesita mejoras. Es perfecto tal y como es; no ha de ser más perfecto en ningún sentido. El deseo mismo demuestra que se ha comprendido mal el amor y su naturaleza. ¿Puedes tener un círculo perfecto? Todos los círculos son perfectos, y si no son perfectos, no son círculos.

La perfección es intrínseca al círculo, y lo mismo puede decirse de la ley del amor. No puedes amar menos, ni puedes amar más, porque no se trata de una cantidad. Es una cualidad inconmensurable.

Tu pregunta demuestra que jamás has probado el amor, y que intentas ocultar tu falta de amor con un deseo, el de «cómo amar mejor». Nadie que conozca el amor puede hacer una pregunta así.

Hay que comprender el amor no como un encaprichamiento biológico; eso es lujuria, que se da en todos los animales. No tiene nada de especial; existe incluso en los árboles. Es la forma que tiene la naturaleza de reproducirse. No tiene nada de espiritual ni nada especialmente humano.

De modo que lo primero que hay que hacer es establecer una clara distinción entre lujuria y amor. La lujuria es una pasión ciega; el amor es la fragancia de un corazón silencioso, tranquilo y meditativo. El amor no tiene nada que ver con la biología, las hormonas o la química. El amor es el vuelo de la consciencia hacia esferas más elevadas, más allá de la materia y del cuerpo. En el momento en que comprendes que el amor es algo trascendental, deja de ser una cuestión fundamental.

La cuestión fundamental radica en cómo trascender el cuerpo, en cómo conocer algo que hay en tu interior y que está más allá, más allá de todo lo conmensurable. Ese es el significado de la palabra «materia». Tiene una raíz sánscrita, matra, que significa «medida», aquello que puede medirse. La palabra francesa métre procede de la misma raíz.

La cuestión fundamental es cómo escapar de lo mensurable y cómo entrar en lo inconmensurable; en otras palabras, cómo sobrepasar la materia y abrir los ojos a una mayor consciencia. No hay límite para la consciencia; cuanto más consciente te haces, más comprendes hasta qué punto es posible algo más. Al alcanzar una cima, se te presenta otra cima. Es una peregrinación eterna.

El amor es un derivado de una consciencia creciente, como el perfume de una flor. No lo busques en sus raíces; no está allí. Tu biología son tus raíces; tu consciencia, tu flor.

A medida que te vayas transformando en un loto abierto de consciencia, te sorprenderá, incluso te desconcertará, una tremenda experiencia que solo puede llamarse amor. Desbordas de alegría, de dicha, y cada fibra de tu ser baila en pleno éxtasis. Eres como una nube que quiere llover a raudales. En el momento en que desbordas de dicha, se despierta un enorme anhelo en tu interior, el anhelo de compartir. Ese compartir es el amor.

El amor no es algo que pueda ofrecerte quien no ha alcanzado la dicha. Y esa es la desgracia del mundo entero: todos piden ser amados y fingen amar. No puedes amar porque no sabes lo que es la consciencia. No conoces el satyam, ni el shivam, ni el sundram.

No conoces la verdad, no conoces la experiencia de lo divino, ni la fragancia de la belleza. ¿Qué puedes dar? Estás tan vacío, tan hueco... En tu ser no crece nada, nada es verde. Dentro de ti no hay flores. Tu primavera aún no ha llegado.

El amor es un derivado... cuando llega la primavera y empiezas a florecer, a madurar y sueltas tu potencial fragancia. Compartir esa fragancia, compartir esa gracia, esa dicha... eso es el amor.

Y no hay que plantearse mejorarlo. Ya es perfecto; siempre es perfecto. Si es, es perfecto. Si no es perfecto, no existe. La perfección y el amor no pueden ir separados.

Si me hubieras preguntado: «¿Qué es el amor?», habría sido más honrado, sincero, auténtico. Pero me has preguntado «¿Cómo puedo amar mejor?». Has aceptado como un hecho que sabes lo que es el amor; y no solo eso, sino que tu pregunta implica que ya amas. Tu pregunta consiste en cómo mejorar ese amor.

No quiero hacerte daño, pero tampoco puedo evitar decirte la verdad. No sabes lo que es el amor. No puedes saberlo porque aún no has profundizado en tu consciencia. No has tenido la experiencia de ti mismo. No sabes nada de quién eres. El amor no crece en medio de esa ceguera, de esa ignorancia, de esa inconsciencia. Vives en un desierto. No hay posibilidad de que crezca el amor en esa oscuridad, en ese desierto.

En primer lugar tienes que llenarte de luz, de gozo, llenarte hasta el extremo de empezar a desbordarte. Esa energía desbordante es el amor. Entonces se conoce el amor como la mayor perfección del mundo. Nunca es menos, ni más.

Pero nuestra educación es tan neurótica, tan psicológicamente enferma que destruye toda posibilidad de crecimiento interior. Te enseñan desde el principio a ser perfeccionista, y naturalmente aplicas tus ideas perfeccionistas a todo, incluso al amor. El otro día leí la siguiente frase: «Un perfeccionista es quien se toma grandes molestias y quien causa aun mayores molestias a los demás. Y el resultado es un mundo deprimente».

Todos intentan ser perfectos, y en el momento en el que alguien intenta ser perfecto, empieza a esperar que los demás sean perfectos, y los censura, los humilla. Eso es lo que llevan haciendo los supuestos santos en el transcurso de los siglos. Eso es lo que han hecho las religiones con vosotros: envenenar vuestro ser con la idea de la perfección.

Como no puedes ser perfecto, empiezas a sentirte culpable, pierdes el respeto por ti mismo. Y quien pierde el respeto por sí mismo pierde la dignidad del ser humano. Han aplastado tu orgullo, han destruido tu humanidad con palabras bonitas como «perfección». El hombre no puede ser perfecto.

Sí, hay algo que el ser humano puede experimentar, pero que está más allá de su percepción habitual. A menos que también experimente algo de lo divino, no puede conocer la perfección.

La perfección no es como una disciplina, no es algo que se pueda practicar. No es algo que haya que ensayar. Pero eso es lo que se enseña a todo el mundo, con la consecuencia de un mundo lleno de hipócritas, que saben muy bien que están vacíos y huecos pero fingen toda clase de cualidades que no son sino palabras vacías.

Cuando le dices a alguien: «Te amo», ¿te has parado a pensar lo que quieres decir? ¿Es simple encaprichamiento biológico entre los dos sexos? Entonces, una vez satisfecho tu apetito animal, desaparecerá eso que se llama amor. Era solamente hambre, y una vez satisfecha el hambre, se acabó. La misma mujer que te parecía la más bella del mundo, el mismo hombre que te parecía un Alejandro Magno... Empiezas a pensar en cómo librarte de ella o de él.

 

 

Te resultará muy esclarecedor comprender esta carta que le escribió Paddy a su amada Maureen.

Mi querida Maureen:

Te conocí anoche pero tú no apareciste. La próxima vez te conoceré, aparezcas o no. Si llego yo primero, escribiré mi nombre en el poste para que lo sepas. Y si llegas tú primero, bórralo y nadie se enterará.

Querida Maureen, por ti escalaría la montaña más alta y atravesaría el más proceloso mar, soportaría cualquier penuria con tal de pasar un momento a tu lado. Tuyo para siempre, PADDY.

P.S. Iré a verte el viernes si no llueve.

 

 

En cuanto le dices a alguien «te amo», ya no sabes lo que dices. No sabes que es simple lujuria oculta tras una hermosa palabra, «amor». Desaparecerá. Es algo momentáneo.

El amor es eterno. Es la experiencia de los budas, no de las personas inconscientes de las que está lleno el mundo. Muy pocas personas han conocido el amor, y son las más despiertas, las más iluminadas, las cimas más altas de la consciencia humana.

Si realmente quieres conocer el amor, olvídate del amor y recuerda la meditación. Si quieres llevar rosas a tu jardín, olvídate de las rosas y cuida del rosal. Dale alimento, riégalo, ocúpate de que reciba la cantidad adecuada de sol y agua. Si te ocupas de todo eso, las rosas brotarán a su debido tiempo. No puedes hacer que broten antes, no puedes obligarlas a que se abran antes, y no puedes pedirle a una rosa que sea más perfecta. ¿Alguna vez has visto una rosa que no sea perfecta? ¿Qué más puedes pedir? Toda rosa es perfecta en su singularidad. Baila al viento, en medio de la lluvia, al sol... ¿No ves la enorme belleza, la alegría absoluta? Una rosa común y corriente irradia el esplendor oculto de la existencia.

El amor es una rosa en tu ser, pero tienes que preparar tu ser, disipar la oscuridad y la inconsciencia. Debes estar cada día más alerta y consciente, y el amor llegará por sí solo, a su debido tiempo. No tienes que preocuparte por él. Y cuando llega, es perfecto. El amor es una experiencia espiritual; no tiene nada que ver con los sexos ni con los cuerpos, sino con el ser más íntimo.

Pero tú ni siquiera has entrado en tu propio templo. No sabes quién eres, y preguntas por el amor. En primer lugar, sé tú mismo; en primer lugar, conócete a ti mismo, y el amor llegará como recompensa. Es una recompensa del más allá. Cae sobre ti como las flores... llena tu ser. Y sigue cayendo sobre ti, acompañado de un enorme deseo de compartir. En el lenguaje humano compartir solo puede señalarse con «amor». No explica gran cosa, pero señala la dirección a seguir. El amor es una sombra de la vigilancia, de la consciencia.

Yo te enseño a ser más consciente, y el amor llegará cuando te hagas más consciente. Es un huésped que llega inevitablemente a quienes están dispuestos y preparados para recibirlo. Tú ni siquiera estás preparado para reconocerlo...

Si el amor llama a tu puerta, no lo reconocerás. Si el amor llama a tu puerta, encontrarás mil y una excusas; a lo mejor piensas que es el viento soplando con fuerza, o pondrás cualquier otra excusa para no abrir. E incluso si abres la puerta no reconocerás el amor porque nunca lo has visto. ¿Cómo vas a reconocerlo?

Solo se reconoce lo que se conoce. Cuando el amor llega por primera vez y llena tu ser te sientes completamente abrumado y desconcertado. No sabes qué está pasando. Sabes que tu corazón está danzando, que te rodea una música celestial, conoces unas fragancias que no conocías. Pero se tarda un poco en encajar todas estas experiencias y en recordar que quizá sea el amor. Y poco a poco va calando en tu ser.

El amor no se encuentra en la poesía. Según mi experiencia, quienes escriben poesía sobre el amor son quienes no conocen el amor: Conozco personalmente a grandes poetas que han escrito hermosos poemas amorosos, y sé que nunca han experimentado el amor. En realidad, sus poemas son simples sustitutos, consuelos. Al escribir sobre el amor se engañan a sí mismos y a los demás, fingiendo conocer el amor.

Solamente los místicos conocen el amor. Aparte de los místicos no existe otra categoría de seres humanos que hayan experimentado el amor. El amor es monopolio de los místicos. Si quieres conocer el amor, tendrás que entrar en el mundo del misticismo.

Jesucristo dice: «Dios es amor». Él formó parte de una escuela mistérica, los esenios, una antigua escuela de místicos, pero quizá no se graduara en la escuela mistérica, porque lo que dice no acaba de ser verdad. Dios no es amor; el amor es Dios, y la diferencia es enorme; no se trata solo de un cambio de palabras.

Si dices que Dios es amor, afirmas que el amor es simplemente un atributo de Dios, mientras que también es sabiduría, compasión, perdón. Puede ser millones de cosas además de amor; el amor es uno de los atributos de Dios. Y, en realidad, convertirlo en un pequeño atributo de Dios es irracional e ilógico, porque si Dios es amor no puede ser justo; si Dios es amor no puede ser lo suficientemente cruel como para arrojar a los pecadores al fuego eterno. Si Dios es amor, no puede ser la ley.

Ornar Jayam, gran místico sufí, muestra más comprensión que Jesucristo cuando dice: «Yo seguiré siendo yo mismo. No haré caso de los sacerdotes ni los predicadores porque confío en que el amor de Dios es suficientemente grande; no puedo cometer un pecado mayor que su amor. Entonces ¿por qué preocuparse? Nuestras manos son pequeñas como son pequeños nuestros pecados. Nuestra trascendencia es pequeña; ¿cómo podemos cometer pecados que no pueda perdonar el amor de Dios? Si Dios es amor, no puede estar presente en el juicio final '' para separar a los santos de los demás millones y millones de personas y arrojarlas al infierno para toda la eternidad».

Los esenios enseñaban justo lo contrario; la cita que da Jesucristo es errónea. Quizá sus enseñanzas no habían arraigado demasiado en él. Ellos decían: «El amor es Dios». Una diferencia enorme. Así, Dios se convierte en un atributo del amor, solo en una cualidad de la extraordinaria experiencia del amor. Dios no es una persona, sino solo una experiencia de quienes han conocido el amor. Dios tiene menos importancia que el amor. Y yo os digo que los esenios tenían razón. El amor es el valor absoluto, el florecimiento último. No hay nada más allá. Por consiguiente, no se puede perfeccionar.

Lo cierto es que antes de que lo logres tendrás que desaparecer. Cuando el amor esté ahí, tú no estarás ahí.

Kabir, gran místico oriental, dice algo muy significativo, unas palabras que solo puede pronunciar alguien que ha experimentado, que ha comprendido, que ha entrado en el santuario interior de la realidad suprema: «Había buscado la verdad, pero resulta extraño que mientras el buscador estaba allí, la verdad no era hallada. Y cuando la verdad fue hallada, miré a mi alrededor... yo estaba ausente. Cuando fue hallada la verdad, no estaba el buscador, y cuando estaba el buscador, la verdad no estaba».

No hay coexistencia posible: o tú o el amor; tú eliges. Si estás dispuesto a desaparecer, a fundirte y fusionarte, dejando tras de ti solo una consciencia pura, florecerá el amor. No puedes perfeccionarlo porque no estarás presente. Y además, no necesita perfeccionamiento. Siempre llega perfecto. Pero «amor» es una de esas palabras que utiliza todo el mundo y nadie comprende. Los padres les dicen a sus hijos: «Os amamos», y son los mismos que destruyen a sus hijos. Son los que transmiten a sus hijos toda clase de prejuicios, toda clase de supersticiones del pasado. Son quienes imponen a sus hijos la carga de toda la porquería que se ha ido transmitiendo de una generación a otra. La locura continúa... hasta que se hace gigantesca.

Sin embargo, todos los padres creen amar a sus hijos. Si realmente los amaran, no les gustaría que fueran como imágenes suyas, porque ellos son desgraciados, sufren... La vida no ha sido una bendición para ellos, sino una maldición. Y a pesar de todo, quieren que sus hijos sean como ellos.

 

 

Una familia me invitó a pasar unos días en su casa. Yo estaba sentado una tarde en el jardín. Se estaba poniendo el sol y era una tarde preciosa, silenciosa. Los pájaros volvían a sus árboles, y el hijo, un niño pequeño, estaba a mi lado. Le pregunté:

—¿Sabes quién eres?

Los niños son más perceptivos, comprenden con más claridad que los adultos, porque los adultos ya están echados a perder, corrompidos, contaminados, con toda clase de ideologías y religiones. Aquel niño me miró y dijo:

—Me preguntas una cosa muy difícil.

Yo le dije:

—¿Por qué es tan difícil?

Respondió:

—Es difícil porque soy el único hijo que tienen mis padres, y desde que puedo recordar, cuando vienen invitados a casa uno dice que en los ojos me parezco a mi padre, otro que en la nariz a mi madre, otro que tengo la cara de mi tío, así que no sé quién soy, porque nadie dice que se parece a mí.

Repliqué:

—Sí, realmente difícil.

Pero eso es lo que les hacen a todos los niños: No les dejan experimentar a ellos solos y no les permiten ser ellos mismos. Cargan sobre el hijo sus ambiciones insatisfechas.

 

 

El doctor Amrito es mi médico personal. Su padre también era un médico de renombre. En su testamento, el padre dejó una extraña condición: que Amrito accediera a la herencia si cumplía esa condición. La condición consistía en que podría sacar el dinero del banco el día en que lo aceptaran como miembro del Real Colegio de Médicos. Si no era aceptado como miembro, si no lo aceptaban en el Real Colegio de Médicos, que es el cuerpo más importante del mundo en lo referente a los médicos...

Cuando me enteré, comprendí la ambición frustrada del pobre padre. Llevaba toda la vida deseando pertenecer a esa prestigiosa organización, y por eso cargó al hijo con su ambición. Se iría de este mundo, pero aún deseaba realizar su ambición. Y si el hijo no podía cumplir aquella condición se quedaría mendigando por la calle, no podría heredar los ahorros que su padre había acumulado durante toda una vida. Y a pesar de ser hijo único, el dinero se pudriría en el banco, sin que él pudiera sacarlo.

Por suerte lo consiguió, y mucho mejor de lo que podría haberse imaginado su padre. Fue aceptado como miembro del Real Colegio de Médicos, el más joven en la historia de la asociación. Allí los aceptan cuando son viejos, experimentados, cuando han escrito muchos libros y artículos, cuando han hecho muchas investigaciones y aportado muchos datos. Amrito lo consiguió rápidamente. Fue el miembro más joven que ingresó en el real colegio.

Todo padre desea que su hijo sea como una imagen suya, pero todo niño tiene su propio destino; si se convierte en tu imagen nunca llegará a ser él mismo. Y sin ser tú mismo jamás te sentirás satisfecho, jamás te sentirás a gusto con la existencia. Siempre sentirás que te falta algo.

Tus padres te aman, y te dicen que tienes que amarlos porque son tus padres. Es un fenómeno extraño del que nadie parece darse cuenta: solo porque seas su madre, el niño no tiene por qué amarte. Tienes que ser digna de ser amada; el hecho de ser madre no es suficiente. Por ser padre, eso no significa que seas inmediatamente digno de ser amado. El hecho de que seas el padre no significa que se cree un enorme sentimiento de amor en el niño.

Pero es lo que se espera... y el pobre niño no sabe qué hacer. Empieza a fingir; es el único camino posible. Sonríe cuando en su corazón no hay sonrisas; da muestras de amor, respeto, gratitud: todo falso. Es actor, hipócrita, un político, desde el principio. Vivimos en este mundo en el que padres, profesores, sacerdotes, todos, te han corrompido, te han desplazado, te han alejado de ti mismo.

Yo me esfuerzo por devolverte a tu centro. A ese centrarse yo lo llamo «meditación». Simplemente quiero que seas tú mismo, con gran respeto por ti mismo, con la dignidad de saber que la existencia te necesita, y entonces podrás empezar a buscarte a ti mismo. En primer lugar llega al centro, y después empieza a averiguar quién eres.

Conocer tu naturaleza original es el comienzo de una vida de amor, de una vida en la que todo es una fiesta. Podrás dar amor porque no es algo que se agote, porque es inconmensurable y no puede agotarse. Y cuanto más des, más capaz serás de dar.

La mayor experiencia de la vida es dar sin condiciones, sin esperar ni siquiera un «gracias». Por el contrario, el amor verdadero, auténtico, siente agradecimiento por la persona que ha aceptado su amor. Podría haberlo rechazado.

Cuando empieces a dar amor con un profundo sentimiento de gratitud hacia cuantos lo aceptan, te sorprenderá ver que te conviertes en emperador, que dejas de ser un mendigo que va pidiendo amor como una limosna de puerta en puerta. Y las personas a cuya puerta llamas no pueden darte amor porque también son mendigos. Los mendigos se piden amor unos a otros, y se sienten frustrados y se enfadan porque no les llega el amor. Pero así tiene que ocurrir.

El amor pertenece al mundo de los emperadores, no al de los mendigos. Y eres emperador cuando estás tan lleno de amor que puedes darlo sin condiciones.

Y a continuación te llevas una sorpresa aun mayor: cuando empiezas a dar tu amor a cualquiera, incluso a los desconocidos, lo que se plantea no es a quién se lo das, sino que la alegría misma de dar es tan grande que ¿a quién le importa quién va a recibirlo? Cuando este espacio entra en tu ser, das a todos y cada uno, no solo a los seres humanos, sino también a los animales, a los árboles, a las remotas estrellas... porque el amor es algo que se puede transmitir incluso a la estrella más distante con una mirada amorosa. Solo con tocarlo, puedes transmitir amor a un árbol. Sin pronunciar una sola palabra... Se puede transmitir en absoluto silencio.

Y cuando lo digo, no me limito a decirlo. Yo estoy viviendo un ejemplo de cuanto os digo. ¿No sentís mi amor, aunque nunca os lo haya expresado? No hace falta decirlo; se declara por sí mismo. Tiene sus propios modos de llegar a lo más profundo, a vuestro ser.

En primer lugar llénate de amor, y después vendrá el compartir. Y, a continuación, la gran sorpresa... que, a medida que des, empezarás a recibir de fuentes desconocidas, desde rincones remotos, de personas desconocidas, de los árboles, los ríos, las montañas. El amor se derramará sobre ti desde cada rendija de la existencia. Cuanto más das, más obtienes, y la vida se transforma en una auténtica danza de amor.

Para mí, este es el estado de iluminación: puro amor. Y no hay otro dios que el puro amor.

 

 

3

 

Dices que no sabemos qué es el amor. ¿Qué es lo que siento por ti? Acaricia mi corazón, me hace reír y llorar, me lleva al éxtasis, a lo más profundo de mí. ¿Qué es?

 

Debe de ser el comienzo de una gran historia de amor, pero no olvides la diferencia entre las historias de amor normales y corrientes y la gran historia de amor, que es cualitativamente diferente de lo que se suele llamar historias de amor, que son como pompas de jabón. Un día estás profundamente enamorado y al siguiente, o incluso el mismo día, la pompa de jabón ha desaparecido y con ella tu historia de amor. Es algo momentáneo.

La gran historia de amor no es realmente con el maestro, sino con el universo por mediación del maestro. El maestro es, como mucho, una ventana por la que puedes ver el cielo entero con todas sus estrellas. No te enamoras del marco de la ventana.

Hay muchas personas que se enamoran del marco de las ventanas: lo que se venera en los templos, las mezquitas, las iglesias y las sinagogas son simples ventanas, y esas ventanas tampoco están presentes. Lo estuvieron en su momento; hace dos mil, tres mil, cuatro mil años sí había una ventana.

Los que fueron contemporáneos de la ventana debieron de condenarla, porque los sacaba de sus actividades mundanas. Los perturbaba... su paz, su vida, sus negocios, su trabajo. ¿Por qué fue crucificado Jesucristo? ¿Por qué envenenaron a Sócrates? ¿Por qué sufrió tantos atentados Buda Gautama? Por la sencilla razón de que esas personas perturbaban a todos. Lo que estás haciendo está mal; siempre estás en el sitio que no debes; está mal que seas avaricioso, que te enfades, que tengas envidia, que seas lujurioso, que sientas deseos...

No decían nada en lo que no tuvieran razón; tenían toda la razón, pero eso perturbaba las vidas. Después se convirtieron casi en el azote de todos. Personas como Jesucristo, que recorría una pequeña zona como Judea, incordiando a todos al decirles que este no es el mundo real, que esos padres y esos hijos no son la verdadera familia... «Tu verdadero padre está en el cielo, y a menos que creas en mí no encontrarás a tu verdadero padre.»

La gente andaba despistada, no entendían qué era lo que estaba bien. Aquellas personas estaban creando confusión. «Bienaventurados los pobres, porque ellos heredarán el reino de Dios», decía Jesucristo. Eso inquietaba a los ricos, y en cierto sentido también a los pobres, porque el pobre intenta hacerse rico. Y ese hombre predicaba que eres bienaventurado tal y como eres, o sea que no intentes hacerte rico.

Los ricos se enfadaban porque Jesucristo decía: «Más fácil sería que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico traspasara las puertas del cielo». Quienes lo escuchaban se sentían inquietos, no podían dormir tranquilos. No podían seguir con lo suyo.

Y si no le prestas atención y no crees en él... el día del juicio final elegirá a los suyos y los demás serán arrojados a las tinieblas, al infierno, para toda la eternidad. Y entonces no existe ninguna posibilidad de liberación.

Es normal que esas cosas alteren a la gente. Y cuando no soportaron más alteraciones, tuvieron que crucificar a Jesucristo, simplemente para que hubiera paz en su tierra, para tener cierta tranquilidad en la vida. Los coetáneos de las personas que pueden llevarte hasta lo supremo siempre las condenan. Pero pasa una cosa rara: nadie quiere llegar hasta lo supremo. Y hay unas cuantas personas, como yo, que se dedican únicamente a llevarte hasta lo supremo, lo quieras o no; eso no importa. Están dispuestas a sacrificarse, pero no te dejarán en paz, te perseguirán durante siglos.

Moisés sigue persiguiendo a la gente, Jesucristo sigue persiguiendo a la gente, Buda Gautama sigue acosando... Pero cuando esas personas mueren, empiezas a sentirte un poco culpable por no haberles hecho caso: a lo mejor tenían razón. Tus propias experiencias en la vida te enseñan que la envidia no es buena, que la ira no es buena, que la avaricia tampoco es buena, y las enseñanzas de esas personas quizá sí lo fueran... y tú las matas. Entonces el sentimiento de culpabilidad se venga.

Una vez me preguntaron: «¿Por qué tiene Jesucristo más seguidores en el mundo que todos los demás?». Yo contesté: Por una sencilla razón: la crucifixión».

A Mahavira no lo crucificaron, y nadie se sintió culpable. Pero como Jesucristo sí fue crucificado, la gente empezó a sentirse culpable y a pensar que a lo mejor era inocente, que no había cometido ningún crimen, pero lo habían matado. Vieron que tenían las manos manchadas de sangre, y ¿cómo lavarlas? La culpa se transformó en culto.

Es una psicología extraña. En cuanto empiezas a sentirte culpable, la única forma de librarte de la culpa consiste en rendir culto a quien has crucificado. El culto te ayudará a sentirte bien porque aunque lo has crucificado reconoces que has hecho algo malo y estás dispuesto a todo... Lo adorarás, rezarás, leerás la Biblia, lo seguirás durante siglos. Te volverás fanático, tan fanático como los coetáneos de Jesús, que lo crucificaron. Estaban fanáticamente en su contra y sus descendientes fanáticamente a su favor. Es un cambio psicológico muy extraño que se produce una y otra vez.

Si puedes portarte conmigo simplemente con humanidad mientras esté vivo, tendrás la oportunidad de que se te abra una ventana. Y si eres capaz de amar y de confiar, nada te resultará imposible. Muy pocos serán capaces de hacerlo, pero solamente esos pocos alcanzarán algo... no los millones de cristianos que rinden culto a alguien que crucificaron. Su culto no es sino una compensación; no es amor. Es un consuelo, no amor.

El amor tiene un carácter completamente distinto. Es puro júbilo, es la sensación de la dicha en presencia de la persona con la que se da la gran historia de amor.

Me has planteado lo siguiente: «Dices que no sabemos qué es el amor». Incluso si empiezas a amar no sabrás qué es el amor. Lo experimentarás, te llenarás de él, te desbordará, podrás compartirlo, pero no podrás comprender lo que es, porque el amor es uno de los misterios supremos de la vida.

Me preguntas: «¿Qué es lo que siento por ti? Acaricia mi corazón, me hace reír y llorar, me lleva al éxtasis, a lo más profundo de mí. ¿Qué es?».

No busques ninguna explicación. Toda explicación interfiere en el desarrollo de lo misterioso. No preguntes qué es. Si te regocijas en él, tiene que ser bueno. Si lo festejas, tiene que ser bueno. Si danzas con él, estás en el buen camino. Pero no preguntes qué es, porque en cuanto empieces a preguntarlo empezarás a convertirlo en algo intelectual. Es algo del corazón que conoce la experiencia, pero que no quiere saber nada de explicaciones. Te está ocurriendo algo inmensamente hermoso, pero no le pongas nombre. A partir de cierta etapa, las palabras son peligrosas. Si le pones nombre, puedes pensar que has llegado al final.

No lo llames amor. Estás en el buen camino, vas bien dirigido, pero no le pongas nombre. Si lo llamas amor, te sentirás satisfecho y dejarás de crecer. «¿Qué más puede haber? He llegado a la etapa final: es el amor.» Por favor, no le pongas nombre; limítate a recordar que estás en el buen camino.

Un día se abrirá la rosa mística en tu interior y empezará a desprender fragancia. Ni siquiera entonces debes ponerle nombre. La existencia es eterna, y el crecimiento no tiene límites. Hay cielos más allá de los cielos, y cimas más allá de las cimas.

Esa es la belleza de la existencia, que no tiene fin. Es una continua aventura, una continua peregrinación, una búsqueda, la búsqueda de algo más, la búsqueda de realidades más profundas. Pero nunca se llega a un fin como para decir: «He aprobado el examen final». No existe ese examen final.

 

 

Hymie Goldberg fue a ver a un adivino. Tras sentarse en la habitación oscura, el adivino dijo:

—Voy a leerle la palma de la mano por cincuenta dólares, y so le da derecho a hacerme tres preguntas.

—¿Preguntas sobre qué? —preguntó Hymie.

—Sobre cualquier cosa —contestó el vidente.

—Pero ¿no le parecen demasiado cincuenta dólares por eso? -preguntó Hymie en tono lastimero.

—Es posible —respondió el quiromántico—. ¿Cuál es su última pregunta?

 

 

En la vida, la última pregunta se plantea muy pronto, pero en la existencia real ni siquiera surge la primera. Cada día te haces más silencioso, y en ese silencio no surgen las preguntas. Cuando no hay preguntas, la posibilidad de cualquier respuesta sencillamente no existe.

Quienes saben no conocen la respuesta. Los llamamos los despiertos, los iluminados, porque han dejado a un lado todas las preguntas; ya no tienen ninguna pregunta que plantear. Si quieres llamar a esta respuesta ausencia de preguntas, bien está... pero tampoco hay respuesta a eso.

 

 

Un hombre está en un teatro, tumbado de espaldas sobre cuatro butacas de la platea. Baja el acomodador y le dice:

—Oiga, señor, tiene que dejar las cuatro butacas. Solo puede ocupar una.

El hombre suelta un gruñido y no se mueve. Baja el encargado y le dice al hombre:

—Oiga, señor, levántese. Solo puede ocupar una butaca.

El hombre vuelve a gruñir y sigue sin moverse.

Por último llaman a un policía. Baja por el pasillo y le dice al hombre, que sigue tumbado sobre las cuatro butacas:

—¡Venga! ¡Levántese de esas butacas!

El hombre suelta un gruñido, y el policía le dice:

—A ver, listillo, ¿de dónde has salido?

El hombre suelta un gemido y dice:

—Del paraíso.

 

 

Te gusta reír. A todo el mundo debería gustarle reír, porque tal y como yo considero la religiosidad, la risa es mucho más valiosa que cualquier oración. La oración es algo simplemente intelectual. La risa es total: tu cuerpo, tu mente, tu corazón, todo se une en ella. Ríes como un todo unitario, único.

 

 

Tres famosos cirujanos estaban tomando café y fanfarroneando sobre sus hazañas. Uno de ellos dijo:

—Le injerté un brazo a un hombre y ahora es golfista profesional.

—Eso no es nada —replicó otro—. Yo le injerté una pierna a un hombre que ahora es uno de los mejores corredores de fondo del mundo.

—¡Pues vaya! —dijo el tercer cirujano—. Yo le injerté una sonrisa a un burro y ahora es el presidente de Estados Unidos.

 

 

 

4

 

¿Qué es dar y qué es recibir? Comprendo que solo he empezado a vislumbrarlo. La receptividad me parece como la muerte, y automáticamente se enciende la alerta roja en mi interior. ¡Socorro! La existencia me parece algo tremendo.

 

Comprendo lo que te preocupa. Es lo que le preocupa a casi todo el mundo. Es bueno que lo reconozcas, porque ahora puedes cambiar la situación. Desgraciados los que padecen el mismo problema pero no son conscientes de él, porque debido a su inconsciencia no tienen ninguna posibilidad de transformación. Tú has tenido el valor suficiente para sacarlo a la luz.

Es tremendamente importante que se comprenda lo que dices. Preguntas: «¿Qué es dar?». ¿Te has preguntado a ti mismo qué es dar? ¿Piensas que ya estás dando mucho a tus hijos, a tu esposa, a tu novia, a la sociedad, a tu club de fútbol? Sí, das mucho, pero no sabes qué es dar. A menos que te des a ti mismo, no das nada. Puedes dar dinero, pero tú no eres el dinero. A menos que te des a ti mismo, es decir, a menos que des amor, no sabes qué significa dar.

«¿... y qué es recibir?» Casi todo el mundo cree saber qué es recibir, pero quien me interpela tiene razón al interpelarme y demostrar que no sabe qué es recibir. Al igual que si no das amor no sabes qué es dar, no sabes qué es recibir: a menos que seas capaz de recibir amor, no sabrás qué es recibir. Quieres que te amen, pero no lo has pensado: ¿eres capaz de recibir amor? Hay muchos obstáculos que te impedirán recibirlo.

El primero, que no tienes respeto por ti mismo, y por consiguiente, cuando el amor se te acerca, no te sientes digno de recibirlo. Pero estás metido en tal lío que ni siquiera eres capaz de ver algo muy sencillo: porque nunca te has aceptado tal y como eres, nunca te has amado a ti mismo. Entonces ¿cómo vas a recibir el amor de otro?

Sabes que no eres digno de ello, pero no quieres aceptarlo ni reconocer esa absurda idea que te han metido en la cabeza, que no eres digno de ello. ¿Y qué haces? Sencillamente rechazas el amor. Y para rechazar el amor tienes que buscar excusas.

La primera y principal excusa es «no es amor.. por eso no puedo aceptarlo». No te puedes creer que alguien te quiera. Si no puedes quererte a ti mismo, si no te ves a ti mismo, tu belleza, tu gracia y tu grandeza, ¿cómo vas a creerlo cuando alguien te dice: «Eres maravilloso. Veo en tus ojos una gracia profunda, insondable. Veo en tu corazón un ritmo en armonía con el universo»?

No puedes creértelo; es demasiado. Estás acostumbrado a que te condenen, a que te castiguen; estás acostumbrado a que te rechacen, a que no te acepten tal y como eres... Eso lo aceptas fácilmente.

El amor tendrá un enorme impacto en ti, porque tendrás que sufrir una gran transformación antes de poder recibirlo. En primer lugar tienes que aceptarte sin sentimiento de culpa. No eres un pecador como te enseñan el cristianismo y otras religiones.

No comprendes la estupidez de todo eso. Hace mucho tiempo, un tal Adán desobedeció a Dios, y no se puede decir que fuera un gran pecado. Aun más: hizo bien en desobedecerlo. Si alguien había cometido un pecado, fue Dios, al prohibir a su propio hijo, a su propia hija, que comieran el fruto de la ciencia y el fruto de la vida eterna. ¿Qué clase de padre es ese? ¿Qué clase de Dios? ¿Qué clase de amor?

El amor exige que Dios les hubiera dicho a Adán y Eva: «Antes de comer otra cosa, recordad estos dos árboles. Comed cuanto queráis del árbol de la sabiduría y cuanto queráis del árbol de la vida eterna, para que podáis estar en el mismo espacio de inmortalidad en el que yo estoy».

Eso habría sido muy sencillo para cualquiera que amara. Pero que Dios le prohibiera a Adán adquirir la sabiduría significa que quería mantenerlo en la ignorancia. Quizá tuviera envidia y temiera que si Adán adquiría la sabiduría fuera como él. Quería mantener a Adán en la ignorancia para que siguiera siendo inferior. Y si comía el fruto de la vida eterna sería un dios.

Ese Dios de la prohibición a Adán y Eva debía de ser muy envidioso, muy desagradable, inhumano, poco cariñoso. Y si todo eso no es pecado, ¿qué es pecado? Pero los judíos, los cristianos, los musulmanes y todas las religiones, te enseñan que aún llevas sobre tus hombros el pecado que cometió Adán. Las mentiras han de tener un límite.

Incluso si Adán hubiera cometido un pecado, tú no tienes por qué cargar con él. Según esas religiones, fuiste creado por Dios, pero, en lugar de llevar en ti lo divino, cargas con la desobediencia de Adán y Eva.

Esa es la forma occidental de condenarte: eres un pecador. La forma oriental llega a la misma conclusión, pero desde premisas distintas. Dicen que todos tienen una enorme carga de pecados y malas obras, cometidos en el transcurso de millones de vidas pasadas. En realidad, la carga de un cristiano, un judío o un musulmán es mucho más ligera. Solamente cargan con el pecado que cometieron Adán y Eva. Y seguramente se ha ido atenuando al cabo de muchos siglos. No eres el heredero directo de los pecados de Adán y Eva. Ese pecado ha pasado por millones de manos, y ahora esa cantidad debe de ser casi homeopática.

Pero el concepto oriental es aun más peligroso. No es que lleves sobre tus hombros el pecado de otros... En primer lugar, nadie puede cargar con el pecado de otra persona. Si tu padre comete un delito... no pueden llevarte a ti a la cárcel. Por simple sentido común, si el padre ha cometido un pecado o un delito, es él quien tiene que pagar por ello. No pueden encarcelar al hijo o al nieto porque el abuelo haya asesinado a alguien.

Pero el concepto oriental es mucho más peligroso y ponzoñoso: cargas con tu propio pecado, no con el de Adán y Eva; y no en una pequeña cantidad, sino que va aumentando con cada una de tus vidas. Y resulta que has vivido millones de vidas antes de esta, y que en cada vida has cometido múltiples pecados. Se te han acumulado. La carga es monstruosa, y acabas machacado por ella.

Es una extraña estrategia para destruir tu dignidad, para reducirte a un ser subhumano. ¿Cómo puedes quererte? Puedes odiar, pero no amar. ¿Cómo vas a creer que alguien te quiera? Es mejor rechazarlo, porque tarde o temprano la persona que te ofrece su amor descubrirá tu realidad, que es muy fea... una enorme carga de pecado. Y entonces esa persona te rechazará. Para evitar el rechazo es mejor rechazar el amor. Por eso no se acepta el amor.

Todo el mundo lo desea, lo anhela, pero cuando llega el momento en el que alguien está dispuesto a derramar su amor sobre ti, te echas atrás. Ese echarse atrás tiene un profundo significado psicológico. Tienes miedo; es maravilloso, pero ¿cuánto durará? Tarde o temprano se revelará mi realidad. Es mejor estar alerta desde el principio.

El amor significa intimidad, el amor significa el acercamiento de dos personas, significa dos cuerpos pero una sola alma. Tienes miedo: ¿tu alma de pecadora cargada con las malas obras de millones de vidas...? No; es mejor esconderla, mejor no llegar a la situación en la que la persona que deseaba amarte te rechace. Es el miedo al rechazo lo que no te permite recibir amor.

No puedes dar amor porque nadie te ha dicho nunca que eres un ser amante desde tu nacimiento. Te han dicho: «¡Has nacido en pecado!». No puedes amar ni puedes recibir amor. Eso ha disminuido todas tus posibilidades de crecimiento.

Dices: «Ahora comprendo que solo he empezado a vislumbrarlo».

Tienes suerte, porque hay millones de personas en el mundo entero completamente ciegas a sus condicionamientos, las terribles cargas que las generaciones anteriores les han impuesto. Pero no se eliminan olvidándolas.

No se actúa sobre un cáncer olvidándose de él. No reconociéndolo, manteniéndolo en la oscuridad, corres el mayor riesgo contra ti mismo, y además sin necesidad. Tarde o temprano invadirá todo tu ser, y nadie sino tú será responsable. De modo que si notas que empiezas a vislumbrarlo, eso significa que se te están abriendo algunas ventanas.

«La receptividad me parece como la muerte.» ¿Te has parado a pensarlo? Sientes la receptividad como la muerte; cierto. Y la sientes así porque la receptividad es como la humillación. Recibir algo, sobre todo amor, significa que estás mendigando. Nadie quiere estar en el extremo receptor porque te hace inferior al que da.

«La receptividad me parece como la muerte, y automáticamente se enciende la alerta roja en mi interior.» Esa alerta roja te la implanta la sociedad que siempre has respetado, las mismas personas de las que siempre has pensado que desean lo mejor para ti. Y no digo que intenten hacerte daño a propósito. A ellas también les han hecho daño y se limitan a transmitir lo que han recibido de sus padres, de sus profesores, de la generación anterior.

Cada generación transmite sus males a la nueva generación, y, naturalmente, la nueva generación recibe más y más cargas. Heredas todos los conceptos supersticiosos y represivos de la historia. Lo que se pone en alerta roja no es algo tuyo. Son tus condicionamientos los que disparan la alarma roja.

Y tu última frase es simplemente un esfuerzo por racionalizarlo. Es uno de los grandes peligros de los que todos deberíamos tomar conciencia. No racionalices. Ve a la raíz misma de todos los problemas, pero no busques excusas, porque si buscas excusas no podrás arrancar las raíces. Tu última frase es una racionalización. Quizá no hayas sido capaz de comprender su cualidad intrínseca. Dices: «¡Socorro! La existencia me parece algo tremendo».

Piensas que tienes miedo de recibir porque tu existencia es tremenda, que tienes miedo de dar porque la existencia es tremenda. ¿Qué sentido tiene dar tu pequeño amor, como una gota de rocío, al inmenso mar? El mar no se enterará; por consiguiente, no tiene sentido dar ni tampoco recibir. Como el mar es muy grande, te ahogarás en él. Por eso te parece la muerte, pero es una racionalización tuya.

No sabes nada de la existencia, no sabes nada de ti mismo, que es el punto de la existencia más próximo a ti. A menos que empieces desde tu propio ser, jamás llegarás a conocer la existencia. Ese es el punto de partida, y todo tiene que empezar desde el principio.

Al conocerte a ti mismo, conocerás tu existencia; pero el sabor y la fragancia de tu existencia te dará ánimos para profundizar un poco más en la existencia de los demás. Si tu propia existencia te ha hecho tan dichoso... es natural que anheles penetrar en los demás misterios que te rodean: los misterios humanos, los misterios de los animales, de los árboles, de las estrellas.

Y una vez que hayas conocido tu existencia ya no tendrás miedo a la muerte...

La muerte es una ficción; no es algo que ocurra, sino que simplemente lo parece... lo parece desde el exterior. ¿Has visto alguna vez tu propia muerte? Siempre has visto morir a otros. Pero ¿te has visto a ti mismo muriendo? Nadie ha hecho semejante cosa; en otro caso, ni siquiera este mínimo de vida sería posible. Todos los días ves a alguien que muere, pero siempre es otro, nunca tú.

Quienes se han conocido a sí mismos saben, sin lugar a dudas, que son seres eternos. Aunque han muerto muchas veces, siguen vivos.

La muerte y el nacimiento son solo pequeños pasajes de la gran peregrinación del alma. El temor a la muerte desaparecerá en cuanto entres en contacto contigo mismo, y eso te abrirá un cielo totalmente nuevo, sin explorar. Cuando sabes que no existe la muerte, desaparece el temor. Empiezas a ser un auténtico aventurero, a adentrarte en los diferentes misterios que te rodean. La existencia se convierte, por primera vez, en tu hogar.

No hay nada que temer: es tu madre, y tú formas parte de ella. No puede ahogarte, no puede destruirte. Cuanto más la conozcas, más protegido te sentirás; cuanto más la conozcas, más dichoso te sentirás; cuanto más la conozcas, más serás.

Y entonces podrás dar amor, porque lo tendrás; y entonces podrás recibir amor, porque el rechazo será impensable.

 

 

5

 

¿Por qué tengo que llorar siempre que me llega el amor?

 

Tienes suerte. Si el amor no te llena los ojos de lágrimas, significa que el amor está muerto.

Es una desgracia que se haya llegado a asociar las lágrimas con la tristeza y el dolor; esa es solo una dimensión de su ser. Pero su manifestación más significativa está en el amor, en la gratitud, la oración, el silencio, la paz. Cuando te sientes tan pleno, las lágrimas son simplemente el desbordamiento de tu satisfacción, de tu alegría.

Hay que darle un nuevo significado a las lágrimas, una nueva poesía y una dimensión completamente nueva, que han perdido porque la humanidad ha vivido en el sufrimiento y las lágrimas han pasado a formar parte de ese sufrimiento. En segundo lugar, como la humanidad ha estado dominada por el hombre, este se ha empeñado, por una cuestión de ego y de orgullo, en no llorar. Llorar es algo femenino, cosa de mujeres. No es cierto. Es una idea fea, machista, y no solo fea, sino antinatural y falsa, porque las glándulas lacrimales de los hombres albergan tantas lágrimas como las de las mujeres. La naturaleza no ha impuesto ninguna diferencia en esas glándulas.

Salta a la vista que no es intención de la naturaleza discriminar a hombres y mujeres, pero el hombre ha sido muy egoísta en el transcurso de los siglos y piensa que el llanto es una especie de debilidad. Reprime las lágrimas, pero no es consciente de sus consecuencias. También ha reprimido su amor y ha creado situaciones peligrosas para él. Hay más hombres que mujeres que se vuelven locos, por la sencilla razón de que no dejan de controlarse. Llega un momento en que la represión es excesiva y se produce una crisis nerviosa. La mujer no se controla; cuando siente ganas de llorar, llora. Es más natural que el hombre, y eso le proporciona unas experiencias que el hombre se pierde. La mujer es más sana; vive más tiempo, cinco años más que el hombre. Es más tranquila y calmada. Hay menos mujeres que se vuelvan locas, menos mujeres que se suiciden, aunque hablen del suicidio. A veces incluso lo intentan, pero con poca convicción.

Pero el hombre va acumulando, y llegado a un punto en el que no es capaz de controlarse. O se suicida o comete un asesinato o se vuelve loco.

Está aquí presente uno de mis abogados de Estados Unidos, Swami Prem Niren. Mantuvo un contacto cada vez más profundo conmigo durante los doce días que pasé en las cárceles estadounidenses. Me siguió de una prisión a otra, y fue la única persona que me vio durante aquellos días, casi todos. Siempre tenía los ojos llenos de lágrimas, y comprendí cuánto me amaba y lo impotente que se sentía. Hizo todo lo que se podía hacer.

Los demás abogados recibían su dinero; naturalmente, se limitaban a hacer su trabajo. Él era el único que no actuaba como un criado, sino como un amante; no le pagaba. Fue uno de mis sannyasins: mi vida corría peligro, y es natural que él luchase con intensidad, con todas sus fuerzas. El último día, cuando me soltaron, fuimos al hotel. Teníamos nuestro propio hotel, nuestra propia discoteca, nuestro propio restaurante en Portland, Oregón.

Allí, en el hotel, estaba sentado a mi lado junto con otra de mis sannyasins, Isabel, y lloraba como un niño. Y el otro día estaba sentado a mi lado y volví a ver lágrimas en sus ojos. Lo dejé hace dos años en Estados Unidos con lágrimas en los ojos, y ayer volví a verlo llorando.

Pero quizá ni siquiera sea consciente de sus lágrimas. Cuando llegó aquí hace unos días, habló con Anando, uno de mis secretarios, y le preguntó: «¿Por qué dice Osho que sus abogados tenían lágrimas en los ojos?».

Cuando me enteré, no daba crédito. Si ayer estaba aquí sentado llorando... Quizá los miles de años de condicionamientos han bloqueado la conciencia de su propio llanto, de su amor, de su feminidad.

Un mundo mejor, una humanidad mejor, y más personas disfrutarán del llanto. Es una auténtica bendición.

Me preguntas: «¿Por qué tengo que llorar siempre que me llega el amor?».

¿Y qué quieres? ¿Qué más quieres? Sin duda piensas que esas lágrimas son algo malo. ¿Es algo malo llorar cuando te llega el amor? Llevas sobre tus hombros un condicionamiento erróneo, pero es algo bueno, porque cuando te llega el amor, ¿qué puedes hacer? Las palabras no te servirán de nada; solo las lágrimas pueden expresar lo que ocurre en lo más profundo de tu corazón. Las lágrimas son el mayor tesoro que posees.

Pero el hombre ha sido distorsionado en todas partes, se ha recortado la naturaleza del hombre con los intereses creados. Las naciones necesitan ejércitos y no quieren que al hombre le llegue el amor. Hay que secar sus lágrimas y bloquear su amor, porque, de otro modo, no será capaz de matar, asesinar y masacrar a personas que son como tú, a personas que no te han hecho nada, a hombres cuyas esposas, cuyos hijos, cuyos ancianos padres quizá estén esperándolos como te esperan tus padres, tu esposa, tus hijos.

Pero para crear al soldado hay que destruir al hombre por completo. Hay que transformarlo en robot, y los robots no lloran, a los robots no les afecta el amor. Como se necesitaban ejércitos, se ha deformado al hombre. Como las mujeres no hacían falta en los ejércitos, se las ha dejado a un lado. Y mejor para las mujeres, porque han seguido siendo más naturales.

Jamás te avergüences de tus lágrimas. Siéntete orgulloso de seguir siendo natural. Siéntete orgulloso de poder expresar lo inexpresable con las lágrimas. Esas lágrimas son los cantos que no has podido entonar. Esas lágrimas son ese corazón tuyo que no puede emplear la palabra. Jamás te avergüences de tus lágrimas. Los ojos que han perdido las lágrimas han perdido su más hermoso, su más glorioso tesoro.

Me gustaría que los que me rodean fueran totalmente naturales, que fueran completamente inocentes, desinhibidos. Y cuando fluyan las lágrimas, alégrate: sigues vivo... porque ¿acaso no sabes que los muertos no pueden llorar, que los muertos no tienen lágrimas?

Y quienes piensan que están vivos y no pueden llorar, no pueden derramar lágrimas, viven una falacia. Han muerto hace tiempo. El mismo día en el que murieron sus lágrimas, también murieron ellos, porque murió su amor.

No tienes otra alma que el amor.

 

 

6

 

Cuando cierro los ojos y miro en mi interior, muchas veces entro en contacto con un profundo anhelo de mi corazón, por nada especial. Es solo anhelo. ¿Es un obstáculo en el camino, o es el fuego que me anima a seguir adelante?

 

Es una de las experiencias más hermosas sentir un anhelo puro, sin saber por qué. En cuanto sabes qué anhelas, el anhelo se convierte en deseo, y un deseo es un obstáculo, una atadura. Pero el anhelo puro, una especie de pena, sin saber por qué, sin objetivo visible, sin meta que alcanzar, solo un fuego puro... quema todos los obstáculos, quema todas las estupideces que los siglos han acumulado a tu alrededor.

Ese es el fuego que Zaratustra enseñó a adorar a sus discípulos. Pero como ha ocurrido con todos los grandes maestros, los seguidores de Zaratustra siguen adorando al fuego. Te sorprendería saber que aquí en la India, cuando los seguidores de Zaratustra huyeron de Persia, de la invasión musulmana y de la Conversión a su religión impuesta por los musulmanes... El islam solo conoce un argumento, el de la espada: o eres musulmán o te cortan la cabeza. No permiten otra alternativa.

De modo que en una época Irán estaba lleno de seguidores de Zaratustra. Ya no hay; se han convertido al islam, pero algunos escaparon y llegaron a la India, así que una gran religión ha quedado limitada a un espacio pequeño, el de Bombay. Pero no han olvidado una cosa: el fuego. Todavía sigue ardiendo el fuego ancestral en los templos de Zaratustra, tras veinticinco siglos. No dejan que se apague; ponen combustible continuamente, lo vigilan veinticuatro horas al día para que siga ardiendo. Zaratustra les enseñó que cuando el fuego se apaga, mueres.

Pero Zaratustra se refería al fuego del que tú hablas. Es el fuego del puro anhelo que arde en tu corazón y que quema todo lo que no eres tú. Y de ese fuego sale tu carácter de veinticuatro quilates, tú en tu autenticidad.

No debe desconcertarte. Es natural que cuando sientes por primera vez algo como un anhelo sin objetivo se desconcierte la mente. La mente conoce el anhelo de dinero, de sexo, de poder, de prestigio, pero el anhelo sin objetivo... eso la supera. Pero, pasar por ese fuego es la experiencia más hermosa. No es caliente; es fresco, tranquilo, magnífico. Te convierte en un templo. Quema todo lo falso y no auténtico que hay en ti, mata al hipócrita que hay en ti, destruye las divisiones de tu ser, tu estructura mental esquizofrénica. Te lleva a la pureza e inocencia absolutas. En ese fuego florecerá tu rosa mística.

De modo que sé feliz, canta y baila. Estás en el buen camino.

 

 

Dos ancianos caballeros ingleses estaban en su club de Londres. Uno dijo:

—Mi difunta esposa era una persona realmente excepcional, muy religiosa. No dejó de ir ni un solo día a la iglesia, y en casa se rezaba y se entonaban salmos de la mañana a la noche.

—Sí, realmente excepcional —replicó su amigo—. ¿Y cómo murió?

El otro hombre dio una chupada al puro que estaba fumando y contestó:

—La estrangulé.

 

 

Que los demás no sepan nada de tu fuego. No dejes que los demás conozcan la transformación que se está produciendo en tu interior, porque la gente se opondrá a tu transformación interior más que a ninguna otra cosa. Pueden tolerar que tengas gran poder como presidente, como primer ministro, o que seas el hombre más rico del mundo. Eso sí lo toleran, pero no que empiece a remontarse tu ser esencial en su pureza cristalina. Se lo toman como un gran insulto porque piensan que para ellos también fue posible pero han perdido el tiempo en juegos absurdos. Y ahora tú les recuerdas lo que han perdido. La única forma de olvidarlo es destruirte.

Todos los grandes iluminados han sido asesinados, destruidos, envenenados, por la sencilla razón de que la masa no podía tolerarlos, eran demasiado. Volaban tan alto que hacían daño a millones de personas: «Eran de los nuestros, estaban entre nosotros, y es humillante que hayan alcanzado tal altura y que vuelen mientras nosotros seguimos arrastrándonos por la tierra. La única forma de olvidar nuestra humillación es destruirlos». No piensan en la otra posibilidad.

Algunos sí piensan en ella, y esos pocos avanzan a través de la transformación. Esos pocos son bienaventurados. Esos pocos empiezan a considerar a quienes han alcanzado las alturas como pioneros, como visiones de su propio futuro y su potencial, y emprenden el mismo camino.

Pero esas personas escasean. La mayoría toma el camino más fácil, que consiste en destruir a quienes provocan alteraciones innecesarias, a quienes alteran tus asuntos, tus historias amorosas, todo.

Quien se siente más herido es el ego, porque tú no puedes alcanzar esas alturas y alguien sí las ha alcanzado.

 



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