LA PASION POR LO IMPOSIBLE-2

 


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¿Cómo puedo amar mejor?

 

El amor es suficiente por sí mismo. No necesita mejoras. Es perfecto tal y como es; no ha de ser más perfecto en ningún sentido. El deseo mismo demuestra que se ha comprendido mal el amor y su naturaleza. ¿Puedes tener un círculo perfecto? Todos los círculos son perfectos, y si no son perfectos, no son círculos.

La perfección es intrínseca al círculo, y lo mismo puede decirse de la ley del amor. No puedes amar menos, ni puedes amar más, porque no se trata de una cantidad. Es una cualidad inconmensurable.

Tu pregunta demuestra que jamás has probado el amor, y que intentas ocultar tu falta de amor con un deseo, el de «cómo amar mejor». Nadie que conozca el amor puede hacer una pregunta así.

Hay que comprender el amor no como un encaprichamiento biológico; eso es lujuria, que se da en todos los animales. No tiene nada de especial; existe incluso en los árboles. Es la forma que tiene la naturaleza de reproducirse. No tiene nada de espiritual ni nada especialmente humano.

De modo que lo primero que hay que hacer es establecer una clara distinción entre lujuria y amor. La lujuria es una pasión ciega; el amor es la fragancia de un corazón silencioso, tranquilo y meditativo. El amor no tiene nada que ver con la biología, las hormonas o la química. El amor es el vuelo de la consciencia hacia esferas más elevadas, más allá de la materia y del cuerpo. En el momento en que comprendes que el amor es algo trascendental, deja de ser una cuestión fundamental.

La cuestión fundamental radica en cómo trascender el cuerpo, en cómo conocer algo que hay en tu interior y que está más allá, más allá de todo lo conmensurable. Ese es el significado de la palabra «materia». Tiene una raíz sánscrita, matra, que significa «medida», aquello que puede medirse. La palabra francesa métre procede de la misma raíz.

La cuestión fundamental es cómo escapar de lo mensurable y cómo entrar en lo inconmensurable; en otras palabras, cómo sobrepasar la materia y abrir los ojos a una mayor consciencia. No hay límite para la consciencia; cuanto más consciente te haces, más comprendes hasta qué punto es posible algo más. Al alcanzar una cima, se te presenta otra cima. Es una peregrinación eterna.

El amor es un derivado de una consciencia creciente, como el perfume de una flor. No lo busques en sus raíces; no está allí. Tu biología son tus raíces; tu consciencia, tu flor.

A medida que te vayas transformando en un loto abierto de consciencia, te sorprenderá, incluso te desconcertará, una tremenda experiencia que solo puede llamarse amor. Desbordas de alegría, de dicha, y cada fibra de tu ser baila en pleno éxtasis. Eres como una nube que quiere llover a raudales. En el momento en que desbordas de dicha, se despierta un enorme anhelo en tu interior, el anhelo de compartir. Ese compartir es el amor.

El amor no es algo que pueda ofrecerte quien no ha alcanzado la dicha. Y esa es la desgracia del mundo entero: todos piden ser amados y fingen amar. No puedes amar porque no sabes lo que es la consciencia. No conoces el satyam, ni el shivam, ni el sundram.

No conoces la verdad, no conoces la experiencia de lo divino, ni la fragancia de la belleza. ¿Qué puedes dar? Estás tan vacío, tan hueco... En tu ser no crece nada, nada es verde. Dentro de ti no hay flores. Tu primavera aún no ha llegado.

El amor es un derivado... cuando llega la primavera y empiezas a florecer, a madurar y sueltas tu potencial fragancia. Compartir esa fragancia, compartir esa gracia, esa dicha... eso es el amor.

Y no hay que plantearse mejorarlo. Ya es perfecto; siempre es perfecto. Si es, es perfecto. Si no es perfecto, no existe. La perfección y el amor no pueden ir separados.

Si me hubieras preguntado: «¿Qué es el amor?», habría sido más honrado, sincero, auténtico. Pero me has preguntado «¿Cómo puedo amar mejor?». Has aceptado como un hecho que sabes lo que es el amor; y no solo eso, sino que tu pregunta implica que ya amas. Tu pregunta consiste en cómo mejorar ese amor.

No quiero hacerte daño, pero tampoco puedo evitar decirte la verdad. No sabes lo que es el amor. No puedes saberlo porque aún no has profundizado en tu consciencia. No has tenido la experiencia de ti mismo. No sabes nada de quién eres. El amor no crece en medio de esa ceguera, de esa ignorancia, de esa inconsciencia. Vives en un desierto. No hay posibilidad de que crezca el amor en esa oscuridad, en ese desierto.

En primer lugar tienes que llenarte de luz, de gozo, llenarte hasta el extremo de empezar a desbordarte. Esa energía desbordante es el amor. Entonces se conoce el amor como la mayor perfección del mundo. Nunca es menos, ni más.

Pero nuestra educación es tan neurótica, tan psicológicamente enferma que destruye toda posibilidad de crecimiento interior. Te enseñan desde el principio a ser perfeccionista, y naturalmente aplicas tus ideas perfeccionistas a todo, incluso al amor. El otro día leí la siguiente frase: «Un perfeccionista es quien se toma grandes molestias y quien causa aun mayores molestias a los demás. Y el resultado es un mundo deprimente».

Todos intentan ser perfectos, y en el momento en el que alguien intenta ser perfecto, empieza a esperar que los demás sean perfectos, y los censura, los humilla. Eso es lo que llevan haciendo los supuestos santos en el transcurso de los siglos. Eso es lo que han hecho las religiones con vosotros: envenenar vuestro ser con la idea de la perfección.

Como no puedes ser perfecto, empiezas a sentirte culpable, pierdes el respeto por ti mismo. Y quien pierde el respeto por sí mismo pierde la dignidad del ser humano. Han aplastado tu orgullo, han destruido tu humanidad con palabras bonitas como «perfección». El hombre no puede ser perfecto.

Sí, hay algo que el ser humano puede experimentar, pero que está más allá de su percepción habitual. A menos que también experimente algo de lo divino, no puede conocer la perfección.

La perfección no es como una disciplina, no es algo que se pueda practicar. No es algo que haya que ensayar. Pero eso es lo que se enseña a todo el mundo, con la consecuencia de un mundo lleno de hipócritas, que saben muy bien que están vacíos y huecos pero fingen toda clase de cualidades que no son sino palabras vacías.

Cuando le dices a alguien: «Te amo», ¿te has parado a pensar lo que quieres decir? ¿Es simple encaprichamiento biológico entre los dos sexos? Entonces, una vez satisfecho tu apetito animal, desaparecerá eso que se llama amor. Era solamente hambre, y una vez satisfecha el hambre, se acabó. La misma mujer que te parecía la más bella del mundo, el mismo hombre que te parecía un Alejandro Magno... Empiezas a pensar en cómo librarte de ella o de él.

 

 

Te resultará muy esclarecedor comprender esta carta que le escribió Paddy a su amada Maureen.

Mi querida Maureen:

Te conocí anoche pero tú no apareciste. La próxima vez te conoceré, aparezcas o no. Si llego yo primero, escribiré mi nombre en el poste para que lo sepas. Y si llegas tú primero, bórralo y nadie se enterará.

Querida Maureen, por ti escalaría la montaña más alta y atravesaría el más proceloso mar, soportaría cualquier penuria con tal de pasar un momento a tu lado. Tuyo para siempre, PADDY.

P.S. Iré a verte el viernes si no llueve.

 

 

En cuanto le dices a alguien «te amo», ya no sabes lo que dices. No sabes que es simple lujuria oculta tras una hermosa palabra, «amor». Desaparecerá. Es algo momentáneo.

El amor es eterno. Es la experiencia de los budas, no de las personas inconscientes de las que está lleno el mundo. Muy pocas personas han conocido el amor, y son las más despiertas, las más iluminadas, las cimas más altas de la consciencia humana.

Si realmente quieres conocer el amor, olvídate del amor y recuerda la meditación. Si quieres llevar rosas a tu jardín, olvídate de las rosas y cuida del rosal. Dale alimento, riégalo, ocúpate de que reciba la cantidad adecuada de sol y agua. Si te ocupas de todo eso, las rosas brotarán a su debido tiempo. No puedes hacer que broten antes, no puedes obligarlas a que se abran antes, y no puedes pedirle a una rosa que sea más perfecta. ¿Alguna vez has visto una rosa que no sea perfecta? ¿Qué más puedes pedir? Toda rosa es perfecta en su singularidad. Baila al viento, en medio de la lluvia, al sol... ¿No ves la enorme belleza, la alegría absoluta? Una rosa común y corriente irradia el esplendor oculto de la existencia.

El amor es una rosa en tu ser, pero tienes que preparar tu ser, disipar la oscuridad y la inconsciencia. Debes estar cada día más alerta y consciente, y el amor llegará por sí solo, a su debido tiempo. No tienes que preocuparte por él. Y cuando llega, es perfecto. El amor es una experiencia espiritual; no tiene nada que ver con los sexos ni con los cuerpos, sino con el ser más íntimo.

Pero tú ni siquiera has entrado en tu propio templo. No sabes quién eres, y preguntas por el amor. En primer lugar, sé tú mismo; en primer lugar, conócete a ti mismo, y el amor llegará como recompensa. Es una recompensa del más allá. Cae sobre ti como las flores... llena tu ser. Y sigue cayendo sobre ti, acompañado de un enorme deseo de compartir. En el lenguaje humano compartir solo puede señalarse con «amor». No explica gran cosa, pero señala la dirección a seguir. El amor es una sombra de la vigilancia, de la consciencia.

Yo te enseño a ser más consciente, y el amor llegará cuando te hagas más consciente. Es un huésped que llega inevitablemente a quienes están dispuestos y preparados para recibirlo. Tú ni siquiera estás preparado para reconocerlo...

Si el amor llama a tu puerta, no lo reconocerás. Si el amor llama a tu puerta, encontrarás mil y una excusas; a lo mejor piensas que es el viento soplando con fuerza, o pondrás cualquier otra excusa para no abrir. E incluso si abres la puerta no reconocerás el amor porque nunca lo has visto. ¿Cómo vas a reconocerlo?

Solo se reconoce lo que se conoce. Cuando el amor llega por primera vez y llena tu ser te sientes completamente abrumado y desconcertado. No sabes qué está pasando. Sabes que tu corazón está danzando, que te rodea una música celestial, conoces unas fragancias que no conocías. Pero se tarda un poco en encajar todas estas experiencias y en recordar que quizá sea el amor. Y poco a poco va calando en tu ser.

El amor no se encuentra en la poesía. Según mi experiencia, quienes escriben poesía sobre el amor son quienes no conocen el amor: Conozco personalmente a grandes poetas que han escrito hermosos poemas amorosos, y sé que nunca han experimentado el amor. En realidad, sus poemas son simples sustitutos, consuelos. Al escribir sobre el amor se engañan a sí mismos y a los demás, fingiendo conocer el amor.

Solamente los místicos conocen el amor. Aparte de los místicos no existe otra categoría de seres humanos que hayan experimentado el amor. El amor es monopolio de los místicos. Si quieres conocer el amor, tendrás que entrar en el mundo del misticismo.

Jesucristo dice: «Dios es amor». Él formó parte de una escuela mistérica, los esenios, una antigua escuela de místicos, pero quizá no se graduara en la escuela mistérica, porque lo que dice no acaba de ser verdad. Dios no es amor; el amor es Dios, y la diferencia es enorme; no se trata solo de un cambio de palabras.

Si dices que Dios es amor, afirmas que el amor es simplemente un atributo de Dios, mientras que también es sabiduría, compasión, perdón. Puede ser millones de cosas además de amor; el amor es uno de los atributos de Dios. Y, en realidad, convertirlo en un pequeño atributo de Dios es irracional e ilógico, porque si Dios es amor no puede ser justo; si Dios es amor no puede ser lo suficientemente cruel como para arrojar a los pecadores al fuego eterno. Si Dios es amor, no puede ser la ley.

Ornar Jayam, gran místico sufí, muestra más comprensión que Jesucristo cuando dice: «Yo seguiré siendo yo mismo. No haré caso de los sacerdotes ni los predicadores porque confío en que el amor de Dios es suficientemente grande; no puedo cometer un pecado mayor que su amor. Entonces ¿por qué preocuparse? Nuestras manos son pequeñas como son pequeños nuestros pecados. Nuestra trascendencia es pequeña; ¿cómo podemos cometer pecados que no pueda perdonar el amor de Dios? Si Dios es amor, no puede estar presente en el juicio final '' para separar a los santos de los demás millones y millones de personas y arrojarlas al infierno para toda la eternidad».

Los esenios enseñaban justo lo contrario; la cita que da Jesucristo es errónea. Quizá sus enseñanzas no habían arraigado demasiado en él. Ellos decían: «El amor es Dios». Una diferencia enorme. Así, Dios se convierte en un atributo del amor, solo en una cualidad de la extraordinaria experiencia del amor. Dios no es una persona, sino solo una experiencia de quienes han conocido el amor. Dios tiene menos importancia que el amor. Y yo os digo que los esenios tenían razón. El amor es el valor absoluto, el florecimiento último. No hay nada más allá. Por consiguiente, no se puede perfeccionar.

Lo cierto es que antes de que lo logres tendrás que desaparecer. Cuando el amor esté ahí, tú no estarás ahí.

Kabir, gran místico oriental, dice algo muy significativo, unas palabras que solo puede pronunciar alguien que ha experimentado, que ha comprendido, que ha entrado en el santuario interior de la realidad suprema: «Había buscado la verdad, pero resulta extraño que mientras el buscador estaba allí, la verdad no era hallada. Y cuando la verdad fue hallada, miré a mi alrededor... yo estaba ausente. Cuando fue hallada la verdad, no estaba el buscador, y cuando estaba el buscador, la verdad no estaba».

No hay coexistencia posible: o tú o el amor; tú eliges. Si estás dispuesto a desaparecer, a fundirte y fusionarte, dejando tras de ti solo una consciencia pura, florecerá el amor. No puedes perfeccionarlo porque no estarás presente. Y además, no necesita perfeccionamiento. Siempre llega perfecto. Pero «amor» es una de esas palabras que utiliza todo el mundo y nadie comprende. Los padres les dicen a sus hijos: «Os amamos», y son los mismos que destruyen a sus hijos. Son los que transmiten a sus hijos toda clase de prejuicios, toda clase de supersticiones del pasado. Son quienes imponen a sus hijos la carga de toda la porquería que se ha ido transmitiendo de una generación a otra. La locura continúa... hasta que se hace gigantesca.

Sin embargo, todos los padres creen amar a sus hijos. Si realmente los amaran, no les gustaría que fueran como imágenes suyas, porque ellos son desgraciados, sufren... La vida no ha sido una bendición para ellos, sino una maldición. Y a pesar de todo, quieren que sus hijos sean como ellos.

 

 

Una familia me invitó a pasar unos días en su casa. Yo estaba sentado una tarde en el jardín. Se estaba poniendo el sol y era una tarde preciosa, silenciosa. Los pájaros volvían a sus árboles, y el hijo, un niño pequeño, estaba a mi lado. Le pregunté:

—¿Sabes quién eres?

Los niños son más perceptivos, comprenden con más claridad que los adultos, porque los adultos ya están echados a perder, corrompidos, contaminados, con toda clase de ideologías y religiones. Aquel niño me miró y dijo:

—Me preguntas una cosa muy difícil.

Yo le dije:

—¿Por qué es tan difícil?

Respondió:

—Es difícil porque soy el único hijo que tienen mis padres, y desde que puedo recordar, cuando vienen invitados a casa uno dice que en los ojos me parezco a mi padre, otro que en la nariz a mi madre, otro que tengo la cara de mi tío, así que no sé quién soy, porque nadie dice que se parece a mí.

Repliqué:

—Sí, realmente difícil.

Pero eso es lo que les hacen a todos los niños: No les dejan experimentar a ellos solos y no les permiten ser ellos mismos. Cargan sobre el hijo sus ambiciones insatisfechas.

 

 

El doctor Amrito es mi médico personal. Su padre también era un médico de renombre. En su testamento, el padre dejó una extraña condición: que Amrito accediera a la herencia si cumplía esa condición. La condición consistía en que podría sacar el dinero del banco el día en que lo aceptaran como miembro del Real Colegio de Médicos. Si no era aceptado como miembro, si no lo aceptaban en el Real Colegio de Médicos, que es el cuerpo más importante del mundo en lo referente a los médicos...

Cuando me enteré, comprendí la ambición frustrada del pobre padre. Llevaba toda la vida deseando pertenecer a esa prestigiosa organización, y por eso cargó al hijo con su ambición. Se iría de este mundo, pero aún deseaba realizar su ambición. Y si el hijo no podía cumplir aquella condición se quedaría mendigando por la calle, no podría heredar los ahorros que su padre había acumulado durante toda una vida. Y a pesar de ser hijo único, el dinero se pudriría en el banco, sin que él pudiera sacarlo.

Por suerte lo consiguió, y mucho mejor de lo que podría haberse imaginado su padre. Fue aceptado como miembro del Real Colegio de Médicos, el más joven en la historia de la asociación. Allí los aceptan cuando son viejos, experimentados, cuando han escrito muchos libros y artículos, cuando han hecho muchas investigaciones y aportado muchos datos. Amrito lo consiguió rápidamente. Fue el miembro más joven que ingresó en el real colegio.

Todo padre desea que su hijo sea como una imagen suya, pero todo niño tiene su propio destino; si se convierte en tu imagen nunca llegará a ser él mismo. Y sin ser tú mismo jamás te sentirás satisfecho, jamás te sentirás a gusto con la existencia. Siempre sentirás que te falta algo.

Tus padres te aman, y te dicen que tienes que amarlos porque son tus padres. Es un fenómeno extraño del que nadie parece darse cuenta: solo porque seas su madre, el niño no tiene por qué amarte. Tienes que ser digna de ser amada; el hecho de ser madre no es suficiente. Por ser padre, eso no significa que seas inmediatamente digno de ser amado. El hecho de que seas el padre no significa que se cree un enorme sentimiento de amor en el niño.

Pero es lo que se espera... y el pobre niño no sabe qué hacer. Empieza a fingir; es el único camino posible. Sonríe cuando en su corazón no hay sonrisas; da muestras de amor, respeto, gratitud: todo falso. Es actor, hipócrita, un político, desde el principio. Vivimos en este mundo en el que padres, profesores, sacerdotes, todos, te han corrompido, te han desplazado, te han alejado de ti mismo.

Yo me esfuerzo por devolverte a tu centro. A ese centrarse yo lo llamo «meditación». Simplemente quiero que seas tú mismo, con gran respeto por ti mismo, con la dignidad de saber que la existencia te necesita, y entonces podrás empezar a buscarte a ti mismo. En primer lugar llega al centro, y después empieza a averiguar quién eres.

Conocer tu naturaleza original es el comienzo de una vida de amor, de una vida en la que todo es una fiesta. Podrás dar amor porque no es algo que se agote, porque es inconmensurable y no puede agotarse. Y cuanto más des, más capaz serás de dar.

La mayor experiencia de la vida es dar sin condiciones, sin esperar ni siquiera un «gracias». Por el contrario, el amor verdadero, auténtico, siente agradecimiento por la persona que ha aceptado su amor. Podría haberlo rechazado.

Cuando empieces a dar amor con un profundo sentimiento de gratitud hacia cuantos lo aceptan, te sorprenderá ver que te conviertes en emperador, que dejas de ser un mendigo que va pidiendo amor como una limosna de puerta en puerta. Y las personas a cuya puerta llamas no pueden darte amor porque también son mendigos. Los mendigos se piden amor unos a otros, y se sienten frustrados y se enfadan porque no les llega el amor. Pero así tiene que ocurrir.

El amor pertenece al mundo de los emperadores, no al de los mendigos. Y eres emperador cuando estás tan lleno de amor que puedes darlo sin condiciones.

Y a continuación te llevas una sorpresa aun mayor: cuando empiezas a dar tu amor a cualquiera, incluso a los desconocidos, lo que se plantea no es a quién se lo das, sino que la alegría misma de dar es tan grande que ¿a quién le importa quién va a recibirlo? Cuando este espacio entra en tu ser, das a todos y cada uno, no solo a los seres humanos, sino también a los animales, a los árboles, a las remotas estrellas... porque el amor es algo que se puede transmitir incluso a la estrella más distante con una mirada amorosa. Solo con tocarlo, puedes transmitir amor a un árbol. Sin pronunciar una sola palabra... Se puede transmitir en absoluto silencio.

Y cuando lo digo, no me limito a decirlo. Yo estoy viviendo un ejemplo de cuanto os digo. ¿No sentís mi amor, aunque nunca os lo haya expresado? No hace falta decirlo; se declara por sí mismo. Tiene sus propios modos de llegar a lo más profundo, a vuestro ser.

En primer lugar llénate de amor, y después vendrá el compartir. Y, a continuación, la gran sorpresa... que, a medida que des, empezarás a recibir de fuentes desconocidas, desde rincones remotos, de personas desconocidas, de los árboles, los ríos, las montañas. El amor se derramará sobre ti desde cada rendija de la existencia. Cuanto más das, más obtienes, y la vida se transforma en una auténtica danza de amor.

Para mí, este es el estado de iluminación: puro amor. Y no hay otro dios que el puro amor.



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