LA PASION POR LO IMPOSIBLE-3

 


V

 

SER

 

El secreto de la rosa mística

 

Un día se abrirá la rosa mística en tu interior, y se liberará

su fragancia. Ni siquiera entonces le pongas nombre.

La existencia es eterna, y no existen límites para el

crecimiento. Hay cielos más allá de los cielos, y cumbres

más allá de las cumbres.

 

 

25

 

¿Cuál es el secreto de la rosa mística?

 

La rosa mística es un antiguo símbolo de enorme importancia.

Charles Darwin postulaba una teoría de la evolución. La mayor parte es válida, pero perdió de vista algo muy básico. Solo pensó en la evolución del esqueleto humano. Comparó los esqueletos de otros animales con los de los humanos. El simio, el chimpancé, ciertas especies de mono tienen un esqueleto similar; por eso llegó a la conclusión de que el hombre desciende de los simios, los chimpancés o los monos.

Naturalmente, todo el mundo se burló de él, sobre todo los cristianos, porque el cristianismo mantiene una actitud muy testaruda, fanática, que nunca se había mostrado tan abiertamente hasta que Darwin empezó a defender la teoría de la evolución. Ni siquiera en la actualidad se sabe muy bien en qué consiste el problema, por qué los cristianos atacan tanto a Darwin.

Los cristianos creen que Dios creó el mundo entero en seis días. Evidentemente, cuando Dios crea algo, tiene que ser entero y perfecto; por consiguiente, no se plantea la cuestión de la evolución. La evolución significa que las cosas evolucionan, mejoran, se perfeccionan, alcanzan niveles superiores. Esta teoría contradice la idea de una creación acabada, y por eso se critica y se condena a Darwin.

 

 

Ahora que recuerdo... Había una pequeña escuela en la que el maestro les explicaba a los alumnos cómo había creado Dios el mundo. Un niño, cuyo padre era científico y le había hablado de la teoría de la evolución, se levantó y dijo:

—Pues mi padre dice otra cosa. Dice que nacimos de los monos.

El maestro cristiano replicó:

—A lo mejor tiene razón con respecto a tu familia, pero no estamos hablando de tu familia. Puedes venir a verme después de clase.

 

 

Pero esa era la actitud en el mundo entero, no solo entre los cristianos, sino también entre los musulmanes y los hindúes. Pensaban que Darwin les había arrebatado su dignidad, su condición de creaciones superiores de Dios. Había destruido su complacencia del ego, que Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza. Y resulta que ese tipo dice que Dios creó al hombre a imagen y semejanza de un mono. Nadie estaba dispuesto a aceptarlo.

Tampoco yo estoy dispuesto a aceptarlo, pero por razones distintas. No se trata de comparar esqueletos; la evolución radica en la consciencia, no en el cuerpo. El hombre tiene cuerpo, como tienen cuerpo los monos y los chimpancés.

Incluso Darwin se sentía confuso: ¿cómo puede un mono convertirse de pronto en hombre? Que sepamos, al menos en los últimos diez mil años no ha habido ni un solo caso de un mono que saltara de un árbol y se convirtiese en hombre. Si no ha ocurrido en el transcurso de diez mil años, es inconcebible que haya ocurrido jamás.

Darwin se pasó la vida buscando eslabones perdidos: la distancia entre el mono y el hombre parece demasiado grande. Quería descubrir unos eslabones perdidos para acortar esa distancia: el mono se transforma en otro ser, ese otro ser se transforma en otro ser, y por último solo queda una pequeña diferencia... y el animal se transforma en hombre.

Pero no encontró ese eslabón perdido. Como había nacido en Occidente y tenía la actitud propia de un materialista, eso produjo los problemas. Por otro lado, proclamaba algo de gran importancia.

La evolución no tiene que producirse en el cuerpo, sino en la consciencia, y entonces se transforma en progreso espiritual. Pero Darwin no concebía el espíritu en el hombre. Para él, el hombre era solo el cuerpo, nada más.

Yo postulo una teoría de la evolución espiritual, que ha constituido la base de todos los misticismos del mundo.

El hombre nace como una semilla. Aceptar la semilla como tu vida es el mayor error que se puede cometer. Millones de personas nacen como semillas, frescas, jóvenes, con un tremendo potencial para crecer, pero como aceptan la semilla como si fuera la vida, mueren como semillas muertas; en su vida no ocurre nada.

El símbolo de la rosa mística consiste en que si el hombre se ocupa de la semilla con la que ha nacido, le proporciona la tierra adecuada, la atmósfera adecuada y las vibraciones adecuas, avanza por el buen camino, en el que la semilla puede empezar a crecer, y la floración última adquiere el símbolo de la rosa mística, cuando tu ser florece, abre todos sus pétalos y extiende su maravillosa fragancia.

A menos que florezcas hasta alcanzar el estado de rosa mística, tu vida no será sino un ejercicio inútil. Naciste innecesariamente, vives innecesariamente y morirás innecesariamente. Tu biografía entera puede reducirse a una sola palabra: innecesaria.

Pero si puedes florecer y liberar lo que está oculto en tu interior, habrás cumplido el vehemente deseo de la existencia, habrás devuelto a la existencia la fragancia que estaba oculta en tu semilla. Habrás cumplido tu destino.

Los místicos nunca han aceptado al hombre como el producto final. El hombre es solo un comienzo, y no se debería morir como un comienzo. Eso es feo, insulta y perjudica tu dignidad. El hombre debería lograr la realización absoluta, no solo para su propia satisfacción, sino para satisfacción del cosmos. Ese es el secreto de la rosa mística.

Cierto que en algunas tradiciones la rosa mística se conoce como la rosa mágica. Ambas palabras son muy elocuentes. Desde luego, es algo mágico cuando ves en tu interior el florecer de la rosa, su belleza, su divinidad, tu verdad: satyam, shivam, sundram. No das crédito a tus ojos, jamás te habías imaginado que hubiera tanto dentro de ti, que tuvieras un potencial tan valioso como ese, que tu interior fuera un tesoro inagotable, que no tuvieras que estar en deuda con la existencia para siempre. Puedes devolver a la existencia, multiplicado por un millón, lo que la existencia te ha dado. Es un momento de intensa alegría, no solo para ti sino para el cosmos entero.

La experiencia es tan misteriosa que no hay forma de desvelar el misterio. Puedes experimentarla, pero no explicarla —ese es el significado de la palabra «mística»—; puedes vivirla, pero te deja casi sin habla. No puedes pronunciar una sola palabra que exprese algo de esa rosa, su belleza, su fragancia, su danza, su música... nada que pueda expresarse con una palabra.

La palabra «mágico» también es muy elocuente. Cosas como esta solo ocurren en el mundo de la magia. Increíble... Ves con tus propios ojos cosas que no deberían estar ocurriendo, pero que están ocurriendo. Una de las peores pérdidas que sufrió la India fue la separación de Pakistán, y eso fue en lo último le pensaron los políticos. Yo lo veía prácticamente todos los días cuando era niño, porque las calles de todo el país estaban llenas de magos.

He visto con mis propios ojos cosas que ni siquiera ahora puedo comprender cómo ocurrían. Por supuesto, había muchos trucos; no se trataba de milagros, y nadie aseguraba obrar milagros. Eran personas sencillas, pobres, nada arrogantes, pero lo que hacían era casi milagroso.

En mi infancia vi a magos colocar una planta de mango, de apenas quince centímetros... Cavaban un agujero delante de todo el mundo, metían la planta, la tapaban y después entonaban un galimatías que no había forma de entender. Fingían que existía cierta comunicación entre la planta oculta y ellos. Al destaparla, la planta de apenas quince centímetros tenía mangos duros. Invitaban a la gente a que se acercara a comprobar que los mangos no estaban atados al tallo. La gente se acercaba y veía que eran frutos auténticos, que no estaban atados.

El mago ofrecía los mangos a unas cuantas personas para que los probaran y constataran que no eran falsos ni ilusorios, y, cuando la gente los probaba, decía: «¡No había probado un mango tan dulce en mi vida!». Y a nadie se le ocurría decir que se había obrado un milagro.

He visto a magos sacarse del estómago grandes bolas de acero. Eran tan grandes que les costaba trabajo sacárselas de la boca —se las tenía que sacar la gente—, y tan pesadas que cuando las tiraban al suelo formaban un hoyo. El mago se sacaba una bola detrás de otra, cada cual más grande... Era un truco, pero ¿cómo lo hacían? Y cuando lanzaban esas bolas, casi del tamaño de un balón de fútbol, cuando las lanzaban al aire y caían, hacían un hoyo enorme en el suelo. Decían a la gente: «A ver, intentadlo». Y la gente lo intentaba, pero las bolas eran tan pesadas que costaba mucho trabajo recogerlas. Y todas las bolas, una docena o más, habían salido del estómago del mago.

Medio desnudo, desnudo de cintura para arriba, mostraba cómo la bola iba ascendiendo. Se veía cómo ascendía la bola, cómo se le atascaba en la garganta, y tenías la sensación de que podías tocar y notar aquella bola dentro de su cuerpo. Después, llevaba la bola hasta su boca, con gran dificultad, y entre gritos y lágrimas le pedía a la gente que lo ayudara a sacarla, porque él no era capaz. Se partían el pecho por ayudarlo, y el milagro consistía en que mientras la sacaban, la bola aumentaba de tamaño. Cuando estaba totalmente fuera, era tan grande que el estómago no podría haber albergado ni una sola bola, y mucho menos una docena.

Pero todos esos magos eran musulmanes, porque no era un trabajo decente. Eran gente de la calle. Debido a la partición, todos esos magos musulmanes se trasladaron a Pakistán. Eran de muchos sitios, hasta de Afganistán. Pero ahora las carreteras están cortadas; ya no se ven a esos magos por ninguna parte.

Entonces pasaba casi a diario: en ese mercado, en aquella calle, junto al colegio, en cualquier sitio en el que pensaran que podían reunir suficiente gente.

Es algo que he visto con mis propios ojos y a veces me pregunto si lo he visto realmente o lo he soñado. No llevo treinta y cinco años soñando... pero es algo que parece absolutamente increíble que haya pasado.

Vino un mago a nuestro colegio. El colegio era muy grande, con casi mil alumnos y unos cincuenta profesores. Al principio el director, que tenía un posgrado en ciencias, rechazó la presencia del mago.

—No quiero estupideces en este colegio —dijo.

Pero yo había visto a aquel hombre haciendo cosas inverosímiles, y le dije:

—Tú espera aquí.

Fui al despacho del director y le dije:

—Va a desaprovechar una oportunidad única. Usted es científico... y yo conozco a ese hombre. Lo he visto actuando. Puedo pedirle que haga cuanto pueda, ¿y qué puede pasar con eso? Cuando terminen las clases, que se queden a verlo los que quieran.

Aquellos magos eran tan pobres que les parecía incluso demasiado cuando les dabas cinco rupias. Le conté a aquel mago que había convencido al director, que estaba dispuesto a dejarlo trabajar después de las clases, pero que tenía que hacer el mejor truco que conociera, porque yo lo había prometido en su nombre, y el director era un hombre de mente científica y tenía que andarse con cuidado. Habría cincuenta profesores, y debería estar muy alerta.

—Que no te pillen —le dije—, porque también está en juego mi prestigio.

—No te preocupes, hijo —replicó el mago.

E hizo tales cosas que el director me llamó y me dijo:

—No deberías relacionarte con personas así. Es muy peligroso.

—¿Tiene idea de lo que ha hecho? —le pregunté.

—No tengo la menor idea, y ni siquiera puedo creer que haya ocurrido —me contestó.

El mago había lanzado una soga al aire que se mantuvo como una columna, una soga sin ningún tipo de soportes, sin nada; la llevaba enrollada al hombro, era una soga normal y corriente. La desenrolló y empezó a lanzarla hacia arriba, hasta que dejamos de ver el otro extremo. ¿Qué había pasado con el otro extremo?

Todos los magos tenían a un niño que los ayudaba. Llamó al chico y le dijo:

—¿Estás listo para subir por la soga?

El chico dijo: «Sí, maestro», y empezó a subir por la soga. Y justo cuando el otro extremo de la soga desapareció, también desapareció el chico. Entonces el mago dijo, dirigiéndose a la multitud:

—Voy a bajar al chico, trozo a trozo.

Yo estaba sentado junto al director. Me dijo:

—No irás a crearme problemas... Si viene la policía y ve a ese chico hecho pedazos...

Le dije:

—No se preocupe. No es más que un truco. No va a pasar nada. Lo he visto en muchas actuaciones... pero esto no lo había visto nunca.

El mago lanzó un cuchillo y al chico se le cayó una pierna; la gente se quedó casi sin respiración. Siguió lanzando cuchillos... otra pierna... una mano... otra mano... y todo quedó allí en el suelo, delante de nosotros, sin sangre, como si el chico fuera de plástico o algo parecido. Pero hablaba y hacía lo que le decía el mago. Por último cayó el cuerpo, y solo se quedó arriba la cabeza.

El director gritó:

—¡No le corte la cabeza!

—No se preocupe —le dije—. Si lo ha cortado... ¿Qué significa? Si viene la policía, a usted lo cogerán.

Replicó:

—Lo dije desde el principio, que no quería estupideces aquí, y ahora me sales con lo de la policía. Siempre he desconfiado de ti. Quizá hayas avisado a la policía para que vengan en el momento oportuno.

Yo insistí:

—No se preocupe.

Y entonces el mago gritó hacia el cielo:

—¡Chico, solo te queda la cabeza ahí arriba! ¡Tírala!

La cabeza cayó rodando, y el mago empezó a ensamblar los trozos del chico. Los juntó perfectamente, el chico se puso a recoger sus cosas y preguntó:

—¿Qué hago con la soga? ¿La vuelvo a enrollar?

—Sí—contestó el mago.

Y el chico tiró de la soga y la enrolló.

Yo conocía el truco de la soga solo de oídas, pero es algo que se conoce en todo el mundo. Akbar lo menciona en Akbar nama, su autobiografía. Desde Akbar se rumorea que hay magos capaces de hacerlo, pero no existe ningún dato fidedigno. Curzon, un virrey británico, asegura en sus memorias haber presenciado el truco de la soga con toda la corte en Nueva Delhi.

Yo estaba empeñado en encontrar a algún mago... Por mi pueblo pasaban muchos magos, y yo les preguntaba:

—¿Saben hacer el truco de la soga?

Ellos me decían:

—Es el no va más, y quedan muy pocos maestros de la magia que puedan hacerlo.

Pero aquel hombre... Yo no le había pedido el truco de la soga, pero lo hizo. Todavía no me lo creo. Aún puedo ver la escena, al director del colegio alucinando... y lo único que se llevó el mago fueron cinco rupias.

La magia significa simplemente algo increíble, tan absurdo e irracional que no hay forma de entenderlo. Por eso se emplean las dos palabras, la rosa mística y la rosa mágica, pero ni siquiera el truco de la soga se puede comparar con el florecimiento interior, porque piensas que no tienes nada en tu interior, solo un vacío... pero en ese vacío se encuentran la posibilidad y el potencial para que florezca una rosa.

Y no se trata de una rosa normal y corriente, porque no muere. No es que se abra por la mañana, dance durante todo el día, cante, juegue con el viento, la lluvia y el sol y que por la noche se le caigan todos los pétalos y a la mañana siguiente no encuentres ni rastro de ella. La rosa interior es eterna. Una vez encontrada, se quedará dentro de ti para siempre.

 

 

26

 

¿Es posible que se haya acabado el sexo para mí? Soy sannyasin tuyo desde hace cuatro años y medio y mi cuerpo tiene treinta y un años. No tenía pensado abandonar el sexo, pero me da la sensación de que él me ha abandonado a mí. ¿Voy demasiado rápido o qué?

 

El sitio en el que estás y el espacio en el que estás... cuatro años y medio es demasiado. Puedes entenderlo por la risa de la gente. Están metidos en lo mismo. Si meditas, el sexo desaparecerá por sí mismo.

El sexo forma parte de tu inconsciente, y si desaparece por sí mismo es una experiencia gozosa. Si te obligas a abandonarlo, nunca te abandonará. Por el contrario, se pervertirá, empezará a buscar malos caminos, por la puerta falsa. A menos que desaparezca por sí mismo, no desaparecerá.

La meditación es el método más secreto para traspasar el cuerpo y todo lo que contiene el cuerpo. El sexo forma parte del cuerpo, de la biología, no de la consciencia. En cuanto empiezas a elevarte en la consciencia, el sexo se queda atrás. Naturalmente, a los treinta y un años, uno empieza a decirse: «Aquí pasa algo raro». Pero no pasa nada raro; todo va bien. Deberías sentirte dichoso por haberte librado de la mayor cadena de tu ser.

 

 

Estaban Adán y Eva bajo el árbol de la ciencia del bien y del mal, contemplando la manzana que tenía Eva en la mano. Eva le preguntó a Adán: «Y cuando nos hayamos comido la manzana, ¿qué es lo que vamos a hacer?». Naturalmente, la pobre mujer todavía no era consciente de ese «qué». Y solo se comieron una manzana... Me da la impresión de que tú te has comido demasiadas manzanas, y entonces vas demasiado rápido.

 

 

La madre del pequeño Ernie estaba preocupada por sus progresos en el colegio y lo llevó al psiquiatra. El loquero decidió hacerle una prueba de aptitud y le pidió a la enfermera que pusiera sobre la mesa un martillo, una llave inglesa y un destornillador. «Si coge el martillo, será carpintero. Si coge la llave inglesa, será mecánico, y si coge el destornillador, electricista», le explicó a la madre.

Ernie los engañó a todos. Agarró a la enfermera.

 

 

No importa la edad; el sexo no tiene nada que ver con la edad. Puede desaparecer en cualquier momento o no desaparecer ni siquiera cuando estás con un pie en la tumba. Todo depende de si tu vida es un fenómeno horizontal o también vertical.

La verticalidad puede darse en cualquier momento, sobre todo en quienes practican la meditación. Puedes empezar a moverte de una forma de la que no es capaz ningún otro animal, salvo unos cuantos hombres. Por desgracia, tengo que decir «unos cuantos hombres», porque, intrínsecamente, todo hombre es capaz de traspasar el sexo.

Pero la gente piensa que el sexo es la vida, que en cuanto desaparece no tiene sentido seguir viviendo. El sexo es para ellos el significado, la sal de la vida. Son las personas más pobres del mundo, las que no han conocido nada sino lo más bajo y jamás han alzado los ojos hacia las estrellas.

«Un hombre se hace viejo cuando no puede aceptar un sí por respuesta.»

Así que no te preocupes... A los treinta y un años de edad eres un viejo sabio. Y la belleza de un viejo sabio es inmensamente valiosa en comparación con la estupidez de cuantos son simplemente jóvenes. Los jóvenes hacen el tonto; a esa edad es raro ser capaz de salir de esa estupidez que llamamos juventud.

Tú eres exactamente lo que me gustaría que fuera todo sannyasin. Este lugar es un lugar para la transformación, y la única energía de la que dispones para transformarte es el sexo. El sexo es la fuerza básica de tu vida. Si la transformas en formas más elevadas, desaparecerá de sus manifestaciones más bajas. Pero no te vas a perder nada; en cada estado más elevado la energía te proporcionará más dicha. Cuanto más se eleve... será como una oleada de dicha. Te sentirás orgásmico en todas y cada una de las fibras de tu ser. El orgasmo sexual te parecerá un eco lejano, como algo experimentado en un sueño, como un recuerdo.

Como lo que estás experimentando ahora es tan auténtico, tan real, tan tangible, no necesitarás compañero o compañera. Esa es también una de las dependencias básicas, y el motivo por el que todas las parejas se pelean continuamente. El motivo es que nadie quiere depender de nadie. Te quita la dignidad, la individualidad, la libertad; te convierte en esclavo, en un sentido muy sutil.

El hombre que ama a una mujer la odiará, porque esa mujer se convierte en una necesidad para él, y detestamos el hecho de depender de alguien. Y a la mujer le ocurre lo mismo. Toda mujer odia a su marido, tiene que odiarlo, porque se ha hecho dependiente de él por unos placeres momentáneos, que no duran. Quien medita acaba por llegar a un espacio en el que no necesita a nadie para proporcionarle placer. Es tal su dicha que lo desborda, que puede compartirla, que puede cubrir el mundo entero con su dicha. Su ser mismo desborda de orgasmos.

Y debéis recordar una cosa, porque es importantísima: sois las dos cosas, hombre y mujer. Habéis nacido de un padre y una madre —la mitad de vuestro ser lo ha aportado el padre y la otra mitad la madre—, y, naturalmente, no podéis ser solamente hombre o mujer. Es una falsedad que se ha perpetuado en el transcurso de los siglos, que el hombre es hombre y la mujer, mujer. Es absurdo.

Todo hombre lleva una mujer dentro de sí, y toda mujer lleva un hombre dentro de sí.

Solamente quien medita llega a conocer su ser. De repente, la mujer que tiene dentro de sí y el hombre que tiene dentro de si se funden y se confunden el uno en el otro. Eso produce un estado orgásmico, y deja de ser una experiencia momentánea, pasajera. Es algo que continúa, día tras día, como los latidos del corazón o la respiración. Es un continuo estado orgásmico.

Y el sexo desaparece de una forma natural, porque se da una experiencia más importante. Si ha salido el sol, ¿por qué encender una vela? Seguro que vas a apagarla, y si alguien mantiene una vela encendida cuando está brillando el sol, lo único que demuestra es que está ciego.

Quien medita llega a conocer tal experiencia de gozo que los demás placeres se desvanecen.

Me preguntas: «¿Es posible que se haya acabado el sexo para mí?».

Sí, es posible, y no tienes por qué arrepentirte. No mires hacia atrás; mira hacia delante. En tu ser se va a abrir algo más grande, algo como un loto, que te proporcionará una satisfacción y una alegría inmensas, y libertad, independencia e individualidad. Te sentirás capaz de volar tú solo hacia el inmenso cielo de la existencia. Habrá desaparecido tu necesidad del otro (en eso consiste el sexo, en necesitar al otro), y en ese estado de experiencia orgásmica interior eres capaz de compartir tu amor sin la ayuda de nadie, sin negociar, sin esperar nada a cambio. En otras palabras, es lo mismo de lo que ya he hablado: la fraternidad, la fraternidad con la existencia entera. No hay nada más grande, más esplendoroso, más milagroso.

Dices: «Soy sannyasin tuyo desde hace cuatro años y medio y mi cuerpo tiene treinta y un años». El cuerpo puede tener cualquier edad...

Hay dos cosas que no necesariamente tienen la misma edad que el cuerpo. Una es la edad mental. Una persona puede tener setenta años, pero una edad mental de catorce, o viceversa. Es el caso de Mozart, que a la edad de cuatro años tocaba diversos instrumentos musicales con gran maestría y ya era famoso a los cinco. Los grandes maestros musicales no daban crédito ante la prodigiosa energía de Mozart. A los cinco años era casi tan maduro mentalmente como muy pocas personas lo son a los setenta.

La psicología acepta que cuerpo y mente no crecen al unísono. A veces, en la mayoría de los casos, la mente se queda rezagada mientras el cuerpo sigue creciendo. En raros casos, la mente se adelanta y el cuerpo se queda rezagado.

 

En una ocasión preguntaron a Emerson su edad, un hombre muy sensible y creativo, y contestó:

—Trescientos sesenta años.

Los presentes no se lo creyeron; no podían creerse que Emerson, un hombre veraz, muy inocente, querido y respetado por todos, que comprendía las alturas de la consciencia... ¿Por qué iba a mentir sobre una cosa así? ¿Trescientos sesenta años? Si no aparentaba más de sesenta... ¿Qué sentido tenía?

Alguien dijo:

—Quizá no lo he entendido bien. ¿Sería tan amable de repetirlo?

Emerson se echó a reír y dijo:

—¿Por qué le da tantas vueltas? ¿Por qué no dice directamente que no se cree que tenga trescientos sesenta años?

Otro hombre dijo:

—Tenemos que preguntárselo. Aparenta sesenta como mucho. Tendrá que demostrarnos que su edad es de trescientos sesenta años. Y, supuestamente, un hombre de su integridad no miente.

Emerson replicó:

—No miento. He vivido tanto en sesenta años que ustedes tendrían que vivir trescientos sesenta. Por la intensidad y la totalidad de mi vida, he vivido en sesenta años lo que viviría un hombre normal y corriente en trescientos sesenta. No miento; todo depende de cómo se viva.

 

La meditación cambia por completo tu modo de vida, algo que aún no ha aceptado la psicología, pero la psicología de los iluminados sabe muy bien que la consciencia puede seguir creciendo y que no necesariamente crece al mismo ritmo que el cuerpo.

Adi Shankara, fundador de un sistema filosófico para los hindúes, murió a la edad de treinta y tres años. Se iluminó en algún momento cercano a los siete años. A esa edad murió su padre, que era pobre, un brahmín pobre, y la madre solo vivía para él, que era hijo único. A los siete años de edad, Adi Shankara le dijo a su madre que quería renunciar al mundo. ¿Os imagináis a un niño de siete años pensando en renunciar al mundo? Debía de ser otro Mozart, un Mozart de la espiritualidad.

La madre dijo:

—Tu padre ha muerto y tú quieres renunciar al mundo. ¿Es que no piensas en mí?

Adi Shankara replicó:

—Solo puedo prometerte una cosa: que yo estaré presente en el momento de tu muerte, de modo que morirás en paz. Pero, ahora, permíteme que renuncie al mundo. Quiero ser sannyasin y buscar.

La madre se negó.

Para no hacerle daño, Shankara se quedó en casa unos días más. Un día fue al río. Iba allí a bañarse a diario, pero aquel día se empeñó en que su madre lo acompañara. La madre empezó a preocuparse; ¿por qué insistía tanto? Pero su empeño llegó a tal extremo que le dijo que si no iba con él, no se bañaría, y entonces no podría ni hacer el ritual del culto ni comer. La madre accedió.

Mientras la madre se quedaba en la orilla, al niño, de siete años, lo atrapó un cocodrilo. Empezó a llegar gente, pero nadie podía hacer nada. Los pies del niño estaban entre las fauces del cocodrilo, y Shankara le gritó a su madre:

—¡Ahora solo hay dos posibilidades: o me das permiso para renunciar al mundo y ser sannyasin o el cocodrilo me comerá! Tú decides, pero ¡rápido!

Es una historia extraña. ¿Cómo se confabuló el cocodrilo con el chico? Pero, naturalmente, la madre gritó enseguida:

—¡Te lo permito, puedes ser sannyasin! Hasta eso me servirá de consuelo, con tal de que sigas vivo.

Y, según cuentan, el cocodrilo lo dejó en paz y desapareció. Debía de ser un cocodrilo muy piadoso...

Sea como fuere, y quizá se trate solo de una parábola, una cosa es cierta: que, a los siete años de edad, Adi Shankara convenció a su madre de que o le permitía ser sannyasin o debía prepararse para que muriera. Cómo lo consiguió es otra historia. Pero hay algo innegable, que le presentó a su madre una elección ineludible: o la muerte o sannyas. Evidentemente, la madre no tenía elección, y dio su permiso.

Adi Shankara empezó a ser sannyasin a los siete años. No existe un caso semejante al de Shankara en la historia de la humanidad. Entre los siete y los once años (no existen datos históricos, pero parece que ocurrió entre los siete y los once años) se iluminó. A los once empezó a escribir sus grandes comentarios sobre los Upanishads, y sobre una de las escrituras más complejas de la India, los Brahmasutras de Badrayana.

Es casi imposible comprender esos escritos a los once años, pero Shankara escribió los comentarios más importantes. Los grandes comentaristas del pasado no pudieron comprenderlo, ni tampoco los grandes comentaristas posteriores a Shankara. Nadie ha podido superar esos vuelos de la consciencia y dar tanto significado a los escritos, casi muertos, de Badrayana, los Brahmasutras. Su interpretación solo es posible tras la iluminación. En cada palabra... le da un significado distinto. Algo que parece normal y corriente se transforma en algo extraordinario. Shankara posee ese toque que lo convierte todo en oro.

Cuando contaba treinta y tres años había escrito todos los excelentes comentarios sobre todos los escritos importantes, había viajado por todo el país y había derrotado a los llamados grandes filósofos, teólogos, sacerdotes. Y a esa edad murió.

La consciencia no se limita a la edad física. La consciencia puede adelantársete, adelantarse a tu cuerpo. De modo que no te preocupes.

Dices: «No tenía pensado abandonar el sexo, pero me da la impresión de que el sexo me ha abandonado a mí».

Y así debe ser. No se debe abandonar el sexo con un esfuerzo consciente, porque eso es simple represión. Lo mejor es no darle importancia al sexo. Debes centrarte en la meditación, y un día el sexo se vendrá abajo por sí mismo, como una hoja seca cae del árbol, sin hacer ruido, silenciosamente, para acabar desapareciendo.

 

 

27

 

¿Por qué soy tan sensible? ¿De dónde sale esta sensibilidad, y es posible compartirla?

 

Al nacer todo niño es sensible, sumamente sensible, pero la sociedad no quiere tantas personas sensibles en el mundo; quiere personas endurecidas. Necesita trabajadores, soldados, personas duras y capaces de pasar por encima del corazón. Necesita profesores, intelectuales, científicos, esas personas que no saben nada del corazón, de la sensibilidad.

Ser sensible es de bienaventurados. Quizá una mujer tenga más capacidad de ser sensible que un hombre porque no va a ser soldado, porque nadie espera que vaya a matar a nadie. La mujer es más sensible que el hombre porque la sociedad la rechaza para cualquier trabajo importante.

No hay mal que por bien no venga. La mujer sigue siendo humana, mientras que el hombre se ha convertido en un monstruo. Su trabajo parece consistir en matar o que lo maten. Su vida entera está dedicada a acumular armas mortíferas. No parece sentirse satisfecho con la Segunda Guerra Mundial; ya se está preparando para la tercera. Y no olvidéis que cuando un soldado muere en el frente de batalla, muere un padre, muere un hijo, muere un marido, y las mujeres sufren.

Y como las mujeres sufren desde hace siglos, se han hecho muy sensibles a los delicados matices de la alegría, del sufrimiento, del dolor, del placer. No debes preguntar: «¿Por qué soy tan sensible?». Naces sensible; estás en tu derecho. Cuando no seas sensible, sí podrás preguntar: «¿Por qué no soy sensible?».

La sensibilidad es una de las grandes cualidades de la religiosidad.

 

Cuentan de uno de los grandes hombres del siglo XX, George Bernard Shaw, que cuando cierta persona fue a conocerlo, un artista muy creativo, novelista, vio tal profusión de hermosas flores en el jardín de Shaw que no daba crédito a sus ojos. Al entrar en la casa no vio ni una sola flor. Le dijo:

—Qué curioso... Con tantas flores y tan bonitas en el jardín... Podría cortar unas cuantas y ponerlas en un jarrón.

Shaw replicó:

—También me encantan los niños. Son tan hermosos como las flores, pero no les corto la cabeza para decorar mi salón. Las flores se abren, danzan en medio de la lluvia, con el sol, al viento. Están vivas. No soy carnicero; no podría arrancar una flor de su fuente vital, y además no me gustan los cadáveres en mi salón.

 

Tenía razón. Era un hombre sensible, muy sensible.

Me preguntas: «¿De dónde sale esta sensibilidad?». Sale de tu ser. No busques otro origen. Es tu naturaleza misma. «¿Es posible compartir la sensibilidad?». Por supuesto.

Quizá hayas observado que cuando estrechas la mano a ciertas personas tienes la sensación de estrecharle la mano a una rama de árbol seca: no tiene vida, no tiene calor ni energía. Y también habrás vivido la experiencia de estrecharle la mano a otras personas y de haber sentido que se transmitía algo, que algo pasaba de una energía a otra... una cálida corriente de simpatía. Esas son las personas con las que, cuando estás a su lado, te sientes alentado. Y las otras, como ramas secas de un árbol... si estás a su lado te sentirás como si te estuvieran vaciando.

La sensibilidad se puede compartir de mil maneras. La fundamental es el afecto, no una relación amorosa, sino el puro afecto, sin condiciones, sin pedir nada a cambio, simplemente derramando el afecto de tu corazón, incluso sobre los desconocidos, porque desborda de sensibilidad. Ahora los científicos dicen que puedes estrecharle la mano a un árbol, y que si eres amable notarás una inmensa sensibilidad en el árbol mismo.

Se cuentan viejas historias, que no pueden ser ciertas... pero nunca se sabe, a lo mejor sí lo son. Se cuenta que siempre que Buda Gautama pasaba por un sitio, los árboles que no tenían hojas de repente se cubrían de hojas para darle sombra. Siempre que se sentaba bajo un árbol, brotaban de repente miles de flores y se derramaban sobre él. Puede ser simple simbolismo, pero también existe la posibilidad de que sea algo real. Y al decir esto, cuento con las investigaciones científicas como apoyo.

Fue el primer Nobel indio, Jagdishchandra Bose, quien demostró a la comunidad científica que los árboles no están muertos. Por eso le concedieron el premio Nobel. Pero han pasado muchas cosas desde Jagdishchandra Bose. Sería inmensamente feliz si pudiera ver lo que han conseguido los científicos. En la actualidad se puede aplicar una especie de cardiograma a un árbol. Una persona cariñosa, un amigo con amor en el corazón, se acerca al árbol, y el árbol se pone a bailar aunque no haya viento, y el cardiograma es simétrico. El gráfico del papel es casi de una belleza armoniosa.

Cuando otra persona se aproxima al árbol con un hacha, con la intención de talarlo, aunque no haya llegado muy cerca, el gráfico del cardiograma se dispara. Pierde la simetría, la armonía; se vuelve loco. Algo le va a pasar al árbol. Es extraño, porque al árbol aún no le ha pasado nada; es solo una idea en la mente del leñador. El árbol es tan sensible que percibe incluso las ideas de una persona. Y si vuelve la misma persona con el hacha, pero sin la idea de talarlo, el gráfico se mantiene normal. El árbol no tiene miedo, no se pone nervioso.

Y otra cosa de la que se han dado cuenta es que si un árbol tiembla de miedo... No se les había ocurrido. Un científico puso unos cardiogramas en árboles cercanos, y cuando un árbol se puso a temblar de miedo, también empezaron a temblar los demás. Debían de ser viejos amigos. Al crecer en la misma arboleda, debieron de compartir amor y amistad. Por eso reaccionaron inmediatamente.

La existencia entera desborda de sensibilidad, y el hombre es el producto más elevado de la existencia. Es natural que tu corazón, tu ser esté a punto de desbordarse. Lo has estado ocultando, reprimiéndolo; tus padres y tus profesores te han dicho que hay que ser duro, que hay que ser fuerte, porque vivimos en un mundo en el que hay que luchar. Si no puedes luchar y competir, no eres nadie.

Por eso solo unas cuantas personas como los poetas, los pintores, los músicos o los escultores, que no viven en el mundo de la competición, que no esperan acumular millones de dólares, son las únicas en las que se puede encontrar rastros de sensibilidad.

Pero el meditador sigue el camino del místico, y será cada vez más sensible. Y cuanto más compartas tu sensibilidad, tu amor, tu fraternidad, tu compasión, más cerca estarás del objetivo de la mística.

Incluso a los niños, sobre todo a los chicos, se les dice que no tienen que llorar, que llorar es algo vergonzoso. Las mujeres sí pueden llorar porque hasta ahora no se las ha considerado iguales como seres humanos. En cierto sentido son subhumanas, y por eso se les consiente... Ya se sabe, las mujeres son débiles. La sensibilidad se considera una debilidad.

La persona fuerte no debe tener sensibilidad. Cuando corta la cabeza a un montón de personas no tiene que pensárselo dos veces. El día que el presidente Truman ordenó que se lanzaran las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que causaron la muerte de más de doscientas mil personas, se quedó despierto hasta que recibió la noticia de que habían soltado las bombas y que, según los cálculos, habían funcionado estupendamente. Y después se fue a dormir. Por la mañana, lo primero que le preguntaron los periodistas fue:

—Después de haber matado a doscientas mil personas inocentes (porque eran civiles, no militares), ¿pudo dormir por la noche?

Y el presidente Truman contestó:

—¡Claro que sí! Dormí como un tronco, por primera vez desde hacía meses. El trabajo se había hecho a la perfección. Ahora Japón no tiene más remedio que rendirse. Cuando recibí la noticia me puse tan contento que dormí durante toda la noche, sin despertarme ni una sola vez.

Así son las personas insensibles... Y encima él se llamaba Truman, True man. Desde entonces yo lo llamo presidente Untrueman.1

Pero desde la infancia se educa la cabeza y se deja sin educar el corazón.

 

1Juego de palabras entre Truman, que se pronuncia como true man (hombre veraz, fiel) y untrue man que significa todo lo contrario. (N. del T.)

 

 

Ernie estaba hablando con Ronnie, el niño de la casa de al lado.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó Ernie.

—No lo sé —contestó Ronnie.

—¿Te preocupan las mujeres? —preguntó Ernie.

—No —respondió Ronnie.

—Entonces tienes cuatro años —replicó Ernie en tono cómplice.

 

 

Por último, me gustaría aconsejarte que siguieras ascendiendo. A lo mejor nunca llegas a la cumbre, pero ese es el camino que debes seguir. La sensibilidad es el comienzo de una nueva apertura de tu ser. No tengas miedo; sigue ascendiendo más y más. Sé cada día más sensible. Y es de esperar que te lleve al florecer máximo de la humanidad: la rosa mística.

 

 

Era un día muy especial en casa de Paddy, y Maureen bajó a desayunar con aire expectante.

—Es el décimo aniversario de nuestra boda —le dijo en un susurro a Paddy, que estaba leyendo el periódico—. Vamos a preparar un pollo de nuestra granja.

Paddy alzó la mirada y dijo:

—¿Y para qué vamos a matar un animal inocente por algo que pasó hace diez años?

 

 

—¡Hay un joven intentando entrar por la ventana de mi habitación! —gritó por teléfono la señora Kleinman, una anciana.

—Perdone, señora, pero ha llamado a los bomberos —le contestaron—. Tiene que llamar a la policía.

—¡No, por favor! —replicó la anciana, suplicante—. Quiero hablar con los bomberos. ¡Si lo que necesita ese joven es una escalera más larga!

 

 

—Fíjese, doctor, mi pobre marido —dijo la señora Ginsberg a su psicoanalista, tirando de su marido—. Está convencido de que es un parquímetro.

El psicoanalista miró a aquel hombre, todo silencioso, hecho un asco y preguntó:

—¿Por qué no dice nada? ¿Es que no puede hablar?

—¿Y cómo va hablar con todas las monedas que tiene en la boca? —replicó la señora Ginsberg.

 

 

Vivimos en un mundo de locos, en un mundo penoso. Si no te distancias de la psicología de las masas y manifiestas tu auténtica realidad, acabarás ahogándote en la porquería de este mundo.

Desde mi punto de vista, el sannyasin es quien hace todos los esfuerzos posibles por librarse de la locura para la que lo han condicionado.

La sensibilidad te ayudará enormemente a ser cuerdo, sensible. Y si sigues por el buen camino, acabará en la meditación, y por último en la experiencia mística de la iluminación.

 

 

28

 

¿Qué es la religión?

 

La religión no es lo que la gente entiende como tal. No es ni el cristianismo, ni el hinduismo, ni el islamismo. La religión es una roca muerta.

Yo no enseño religión, sino religiosidad... un río que fluye, que cambia continuamente su curso, pero que acaba por desembocar en el mar.

Una roca puede ser muy antigua, mucho más vieja y con mucha más experiencia que cualquier Rigveda, pero una roca es una roca, y está muerta. No se mueve con el cambio de las estaciones, no se mueve con la existencia; simplemente está ahí. ¿Y habéis visto una roca que cante, que baile?

La religión es para mí una cualidad, no una organización.

Todas las religiones que existen en el mundo (y no son pocas: hay trescientas) son rocas muertas. No fluyen, no cambian, no se mueven con los tiempos. Y algo muerto no va a ayudarte, a menos que quieras abrir una tumba, en cuyo caso una roca sí podría servirte de algo.

Y las llamadas religiones no han parado de abrir tumbas, de destruir vuestra vida, vuestro amor, vuestra alegría, y de llenaros la cabeza de fantasías, ilusiones, alucinaciones sobre Dios, sobre el cielo y el infierno, la reencarnación y toda clase de estupideces.

Yo confío en el fluir, en el cambio, en el movimiento... porque esa es la naturaleza de la vida, que solo conoce algo permanente: el cambio.

Solo el cambio nunca cambia; todo lo demás cambia. En otoño los árboles se quedan desnudos. Se les caen todas las hojas, sin quejarse. Caen silenciosa, pacíficamente, y vuelven a fundirse con la tierra de la que nacieron. Los árboles desnudos recortándose contra el cielo tienen una belleza especial, y sus corazones deben de albergar una tremenda confianza, porque saben que, aunque hayan desaparecido las hojas viejas, aparecerán las nuevas. Y pronto empiezan a brotar hojas nuevas, frescas, más jóvenes, más delicadas.

Una religión no debería ser una organización muerta, sino una especie de religiosidad, una condición que abarca la sinceridad, la veracidad, la naturalidad, un profundo estado de abandono en el cosmos, un corazón amante, una amistad hacia el todo.

Para eso no se necesitan escrituras sagradas. Es más: no existe ninguna escritura sagrada. Las llamadas sagradas escrituras ni siquiera son buena literatura. Más vale que no las lea nadie, porque están plagadas de asquerosa pornografía.

Cuando se lo comenté a un amigo, se puso a estudiar la Biblia y encontró nada menos que quinientas páginas de pornografía pura y dura. Si hubiera que prohibir algún libro, tendría que ser la Biblia. Pero ese amigo no sabe que la Biblia no es nada. Si leéis los Puranas hindúes, os quedaréis sorprendidos. Son las ediciones más antiguas de Playboy. No solo los seres humanos, sino los dioses que aparecen descritos son personas tan feas, tan sucias... Y curiosamente, se les sigue rindiendo culto como dioses.

Por ejemplo: los hindúes y los jainistas adoran a la luna como una deidad masculina. Pues bien, según el mito, le atrae sexualmente una hermosa mujer que es la esposa de un santo. En la India, los santos van a bañarse a primera hora de la mañana, antes de que salga el sol, y ese es el momento en el que aparecía la luna, disfrazada, por supuesto, porque los dioses pueden hacer lo que les dé la gana. Llamaba a la puerta y la esposa pensaba que el marido había vuelto. La luna hacía el amor con la esposa de otro y desaparecía.

Casi todos los llamados dioses hindúes son violadores. Y no les satisface que en el cielo tengan a las mujeres más hermosas, por supuesto, no cubiertas de piel, sino de plástico. Pero al parecer no conocían una palabra para denominar el plástico en aquella época. Dicen que las chicas celestiales (la palabra es apsara, que podría traducirse con bastante precisión por prostituta que se contrata por teléfono; no son prostitutas callejeras, sino de alto copete) no sudan.

Cuando me enteré de ese detalle, que no sudan, me puse a pensar: ¿cómo es posible que una mujer o un hombre con piel no sude? El plástico parece la única alternativa. Y dejan de cumplir años a los dieciséis; no se hacen mayores. Tienen dieciséis años durante siglos... ¿Y cuántos santos han disfrutado de ellas? No creo que puedan recordar cuántos en el transcurso de tantos milenios.

Una auténtica religiosidad no necesita de profetas, salvadores, sagradas escrituras, iglesias, papas ni sacerdotes, porque la religiosidad es el florecimiento de tu corazón, llegar al centro mismo de tu ser. Y cuando llegas al centro mismo de tu ser se produce un estallido de belleza, de dicha, de silencio, de luz. Empiezas a transformarte en una persona completamente distinta. Desaparece cuanto era oscuro en tu vida, y también desaparece todo cuanto era malo. Todo cuanto haces lo haces en su totalidad y con absoluta conciencia. Yo solo conozco una virtud, y es la conciencia.

Si la religiosidad se extendiera por el mundo entero, las religiones se apagarían.

Y supondría una verdadera bendición para la humanidad que el hombre fuera simplemente hombre, ni cristiano, ni musulmán ni hindú. Esas demarcaciones, esas divisiones han sido la causa de miles de guerras en el transcurso de la historia. Si examinamos la historia de la humanidad, no podemos resistir la tentación de decir que hemos vivido en la locura. En el nombre de Dios, en el nombre de la iglesia, en el nombre de ideologías sin base alguna la gente no ha parado de matarse entre sí. La religión aún no ha llegado al mundo.

A menos que la religiosidad llegue a ser el clima mismo de la humanidad, no habrá religión, pero yo me empeño en llamarlo religiosidad para que no se convierta en algo organizado. El amor no se puede organizar. ¿Acaso existen iglesias del amor, templos del amor, mezquitas del amor?

El amor es un asunto individual con otro individuo y la religiosidad es una cuestión más amplia, con el individuo dirigido hacia el cosmos entero.

Cuando una persona se enamora del cosmos entero, de los árboles, las montañas, los ríos, los mares, las estrellas, conoce la oración. Es algo sin palabras... Conoce una profunda danza en su corazón y una música sin sonidos. Experimenta por primera vez lo eterno, lo inmortal, lo que permanece con todo cambio, que renueva la vida.

Y quien se transforma en una persona religiosa y abandona el cristianismo, el hinduismo, el islamismo, el jainismo, el budismo... declara por primera vez su individualidad.

La religiosidad es un asunto individual, un mensaje de amor que diriges al cosmos entero. Solo entonces habrá una paz que supere todos los malentendidos.

Todas las religiones han sido parásitos que han explotado a las personas, las han esclavizado, las han obligado a creer. Y todas las creencias se oponen a la inteligencia, obligan a la gente a rezar oraciones, palabras que no tienen sentido porque no salen del corazón, sino de la memoria.

 

 

He contado varias veces un hermoso relato de Lev Tolstói. Habla de tres aldeanos incultos que vivían en una pequeña isla en medio de un gran lago. Millones de personas acudían a verlos, a adorarlos, y el arzobispo de la antigua Rusia, antes de la revolución soviética, empezó a preocuparse. Las iglesias estaban vacías; nadie iba a ver al arzobispo. Y resulta que la iglesia ortodoxa rusa es una de las más antiguas del mundo, muy ortodoxa, pero la gente acudía a esas tres personas que ni siquiera estaban iniciadas en los secretos del cristianismo... ¿Cómo habían llegado a santos?

En la India resulta muy fácil llegar a santo, pero no tanto en el mundo cristiano. La palabra «santo» deriva de «sanctus», de sancionar, aprobar, es decir, que a menos que el Papa o el arzobispo den su aprobación, no se te puede aceptar como santo. Pero la gente decía que aquellos tres hombres eran auténticos santos...

El arzobispo se enfadó, se subió a una barca un buen día y fue a ver a aquellos tres hombres, que estaban sentados bajo un árbol. No daba crédito a sus ojos: ¿qué clase de santos eran? Empezó por presentarse con toda solemnidad.

—Soy el arzobispo —dijo.

Los tres santos se postraron a sus pies. Entonces empezó a sentirse más tranquilo, pensando «menudos idiotas... Las cosas no han llegado demasiado lejos. Todavía se les puede controlar». Les preguntó:

—¿Sois santos?

Los tres hombres se miraron y contestaron:

—Pues nunca habíamos oído esa palabra. Es que somos analfabetos, incultos. Es como si nos hablaras en chino. ¿Puedes explicarnos qué quieres decir?

—¡Dios mío! —exclamó el arzobispo—. ¿No sabéis lo que es un santo? ¿Conocéis la plegaria cristiana?

Los tres hombres volvieron a mirarse y se dieron un codazo como para decir: «Venga, cuéntaselo tú».

El arzobispo se creció ante aquello. Dijo:

—A ver, cuál es vuestra plegaria.

Los hombres contestaron:

—Es que somos incultos, y no sabemos nada de la plegaria cristiana. Tenemos nuestra propia plegaria.

El arzobispo se echó a reír y dijo:

—Nadie se inventa su propia plegaria. Las plegarias tienen que ser autorizadas por la Iglesia. Pero en fin... ¿cuál es vuestra plegaria?

Aquellos hombres se morían de la vergüenza, pero por fin uno de ellos dijo:

—Como nos lo preguntas, no podemos negarnos a contestar, pero no es en realidad una plegaria... Hemos oído contar que Dios tiene tres formas, Dios, el Espíritu Santo y el Hijo, así que se nos ocurrió una plegaria, que es así: «Tú eres tres, nosotros somos tres, o sea que ten misericordia de nosotros».

El arzobispo exclamó:

—¡Si seréis idiotas! ¿Eso es una plegaria? Yo os voy a enseñar la plegaria autorizada por la Iglesia.

Pero la oración era demasiado larga, y los tres hombres dijeron al unísono:

—Esta plegaria tan larga no podemos recordarla. Vamos a intentarlo, pero a ver si puedes repetirla. —Y le pidieron que la repitiera por tercera vez, porque era demasiado larga—. Es que si nos acordamos del principio se nos olvida el final, y si nos acordamos del final se nos olvida el principio. Y si nos acordamos del principio y del final, se nos olvida lo de en medio.

El arzobispo dijo: —Os tienen que educar un poco.

Pero ellos replicaron:

—No sabemos escribir, que si no habríamos escrito tu plegaria. Repítela otra vez, que vamos a hacerlo lo mejor posible.

El arzobispo estaba encantado de haber convertido a tres imbéciles a quienes rendían culto millones de personas. Recitó la oración una tercera vez, los hombres se postraron a sus pies, y él volvió a su barca.

Cuando estaba en medio del lago vio algo enorme que se acercaba a él. No daba crédito a sus ojos. ¿Qué sería aquello? Se puso a rezar. Al aproximarse, se dio cuenta de que eran los tres imbéciles andando sobre el agua.

—¡Dios mío! ¡Pero si solo Jesucristo fue capaz de andar sobre las aguas!

Y aparecieron los tres hombres, con las manos juntas, y dijeron:

—Perdón, es que se nos ha olvidado la oración y hemos pensado... bueno, a ver si la puedes repetir otra vez.

Al verlos caminando por las aguas, el arzobispo lo comprendió todo. Dijo:

—No necesitáis mi oración. Vuestra oración es perfecta. Llevo toda la vida orando, he llegado a lo más alto en la Iglesia ortodoxa de Rusia, pero no puedo andar sobre las aguas. Dios debe de estar con vosotros. Seguid con vuestra antigua plegaria.

Y todos felices, dijeron:

—Estamos muy contentos, porque esa plegaria tan larga nos tenía destrozados.

 

 

Es una preciosa historia sobre la muerte de la religión tradicional, ortodoxa. La religiosidad debe surgir en tu corazón como una ofrenda individual de amor y fragancia al cosmos.

La persona religiosa ni siquiera necesita a Dios, porque Dios es una hipótesis no demostrada, y una persona religiosa no puede aceptar nada que no esté demostrado. Solo puede aceptar lo que siente.

¿Qué sientes? La respiración, los latidos del corazón... La existencia inspira y espira, la existencia te da la vida un momento tras otro, pero nunca te has parado a mirar los árboles, nunca te has parado a mirar las flores, su belleza, y nunca has pensado que son divinas. Son el único Dios que existe. La existencia entera es divinidad.

Si te invade la religiosidad, la existencia entera se llenará de divinidad. Eso es para mí la religión.

 

 

29

 

Todas tus respuestas, aunque yo no haya formulado la pregunta, me las tomo como algo personal. ¿Es eso normal?

 

En cierto sentido todo lo que digo puede aplicarse a todos, más o menos, porque hablo sobre la estructura de la consciencia y del ser humano. Las personas no son demasiado distintas, así que cualquiera puede formular una pregunta que coincida con tu pregunta. De modo que existe la posibilidad, y en realidad así debería ser, de que no hagas tú la pregunta pero que la respuesta vaya dirigida a ti. Alguien ha formulado la pregunta en tu lugar. Según mi experiencia, es bueno que otra persona formule tu pregunta. Así escucharás con mayor atención, con más tranquilidad.

¡Ay del pobrecillo que formula la pregunta...! No es capaz de escuchar la respuesta en silencio, con tranquilidad. Se pondrá tenso, se preocupará... porque nadie sabe lo que yo voy a contestar. Como lo más probable es que se vaya a llevar unos cuantos golpes, se pondrá a la defensiva. Los demás están encantados, riéndose a costa del pobrecillo que ha formulado la pregunta.

Pero no hay ningún problema. Ya te desquitarás cuando alguien haga otra pregunta; la escucharás tranquilamente, y te reirás. Pero debes recordar una cosa: que cualquier pregunta que pueda plantear cualquier ser humano te afectará, porque todos estamos metidos en lo mismo. Quizá desde un punto de vista cuantitativo algunos estén más metidos en el asunto y otros no tanto, pero a menos que estés iluminado, a menos que no tengas que hacer ninguna pregunta, que solo conozcas la respuesta, es imposible que...

Es uno de los milagros de la existencia: cuando hay preguntas, no hay respuestas, y cuando llega la respuesta, la pregunta desaparece como cuando enciendes la luz en una habitación y se desvanece la oscuridad. Nunca coinciden las preguntas y las respuestas. No pueden estar cara a cara, porque la pregunta es solo una sombra, la oscuridad, la ausencia de luz.

Pero mi respuesta no puede llegar a ser tu respuesta. Tu respuesta está oculta en tu propio ser, en lo más profundo. Tienes que buscarla. Yo puedo darte ciertas indicaciones, puedo recomendarte ciertos trucos. Puedo mostrarte el camino, pero tendrás que recorrerlo tú solo. Yo no puedo acompañarte porque es un viaje interior.

 

 

En su noveno cumpleaños, Hymie entró en el bar del barrio y le gritó a la camarera que le pusiera un whisky con hielo.

—¡Pero bueno! —exclamó la camarera, muy guapa ella— ¿Qué quieres, meterme en líos o qué?

—Pues a lo mejor más tarde —replicó el niño—. Pero de momento ponme una copa.

 

 

Hay muy pocas personas que superen mentalmente la edad de trece o catorce años, y eso provoca una situación muy extraña.

Parecen mayores físicamente, y se supone que son sensatos, pero no sabes que su edad mental es de trece o catorce años y que actuarán según su edad mental, no según su edad física.

 

 

En la reunión anual del clan MacTavish, Hamish MacTavish se precipitó hacia el micrófono, interrumpiendo a los que cantaban «Las azules campanas de Escocia» y gritó:

—¡A ver, honrados y leales MacTavish! ¡Escuchad esto! ¡Es mi cartera, la he perdido! Hay cien libras en esa cartera, y a quien me la traiga le daré una recompensa de quince libras.

Se oyó una voz al fondo de la sala:

—Yo doy veinticinco.

 

 

En las situaciones reales actúas de acuerdo con tu estado mental real. Normalmente puedes fingir ser un viejo sabio, pero los viejos sabios son tan retrasados como los demás.

 

 

El mulá Nasrudín estaba sentado en el balcón de su casa cuando le gritó a su criado:

—¡Tráeme las gafas, rápido!

El criado le llevó las gafas y le preguntó:

—¿A qué viene tanta prisa?

El mulá contestó:

—Si serás idiota... Ha pasado una mujer guapísima y no he podido distinguir si era hombre o mujer. Me hacían falta las gafas inmediatamente. Pero tú has llegado tarde y esa mujer guapísima ya no está en la calle. Ha doblado la esquina y se ha metido en un callejón.

 

 

Un día, el mulá Nasrudín va andando por la calle. Se le había puesto el pelo completamente blanco. Ve a una chica guapísima y le da un pellizco en el trasero. La chica suelta un grito y le dice:

—¡Eres un viejo, de la edad de mi abuelo! Tienes el pelo blanco... ¿Qué haces?

—Es verdad que tengo el pelo blanco, pero mi corazón todavía es negro... y me fío de mi corazón, no de mi pelo.

 

 

Está muy bien que te tomes las respuestas a preguntas que tú no has formulado como algo personal. Es la actitud correcta. No importa quién pregunte; lo que importa es que la pregunta también es tuya, que estaba latente en tu inconsciente, y como alguien la ha planteado, ha salido a la luz. Mi respuesta también va dirigida a ti, tanto como a quien la ha formulado.

Os hablo a todos vosotros casi como si me dirigiera a una sola individualidad. No respondo a preguntas para distintas personas, porque, desde mi punto de vista, todas las preguntas son humanas, y quienes tienen suficiente entendimiento obtendrán cuanto puedan de la respuesta sin pensar en quién la ha formulado.

E insisto en que resulta más fácil comprender la respuesta cuando tú no la has formulado porque te sientes más relajado. No tiene nada que ver contigo, es problema de otra persona, y puedes escuchar con más atención. La persona que se ha molestado en preguntar no puede relajarse mientras yo respondo.

Lo estarás notando. Te sientes tenso, porque yo no soy de fiar. A veces soy bueno, a veces no; a veces me vuelvo completamente loco. Si me provocas con tu pregunta, puedo ponerme hecho una furia.

 

 

30

 

Cuando estoy contigo veo que en mí funcionan dos partes opuestas. Una parte te quiere y confía en ti más que en ninguna otra persona que he conocido. La otra parte te tiene un miedo terrible... miedo a tu verdad incontestable y a la autoridad que te otorga... miedo a lo vulnerable que me siento en tu presencia... miedo a que me hagas daño. Sin embargo, en el fondo sé que jamás me harías daño. ¿Podrías hablar sobre la confianza y el miedo del discípulo hacia el maestro?

 

Que te dividas en dos partes es un enorme malentendido... una parte me ama y la otra me tiene miedo. Te estás dividiendo en dos personas, tienes una personalidad dividida, y eso porque no comprendes la profunda relación ente amor y temor. Hay que comprender el trasfondo psicológico.

El amor es casi como una muerte. Cuando mueres, muere tu cuerpo físico y no lo experimentas, porque en la mayoría de los casos se muere tras la inconsciencia, de modo que no sientes la muerte. Solo quienes han llegado a completar la meditación ven su muerte, porque no se quedan inconscientes.

El miedo que se tiene es a reemplazar la palabra amor por muerte... El amor es una muerte consciente, no del cuerpo sino del ego. El ego te ha dominado durante muchas vidas, su dominación ha sido casi permanente. El amor es la única experiencia que puede destronarlo.

Si no puedes perder tu ego en el amor, no lo perderás nunca. Y recuerda que tú no eres el ego; es una idea falsa que tienes de ti mismo, adquirida y aceptada por la ignorancia. En el amor necesitas humildad; en el amor la confianza surge por sí misma. Puedes mostrarte totalmente vulnerable ante la persona que amas, pero no sabes que con el amor esa sombra siempre estará allí, que es una especie de muerte. Tu personalidad siente una inmensa preocupación porque te encuentras sumergido en un amor tan profundo como ese.

Yo no veo disociación en ti; sencillamente no comprendes la relación entre el amor y el temor. Es completamente natural que la persona que ama sienta miedo, porque no sabe que el amor no es sino una tumba para el ego, y porque, como se identifica con el ego, piensa que va a significar su muerte.

Puede que esto no suceda en el nivel consciente; quizá se desarrolle en lo subterráneo, en medio de la oscuridad, en la parte inconsciente de tu psicología.

Quizá en el nivel consciente pienses que estás dividido en dos campos opuestos. No son campos opuestos, sino dos ramas del mismo árbol, pero el árbol está oculto en el inconsciente y tú solo ves las ramas en lo consciente. Como es natural, parecen dos cosas distintas.

Por eso, lo primero que hay que hacer es comprender que el amor es la muerte del ego, de la personalidad, de lo falso. No se puede tener las dos cosas, el amor y el ego. O tienes el ego o tienes el amor, pero tienes que hacerlo algo consciente...

Avanzas en la dirección opuesta al ego. Avanzas hacia el amor, la confianza; avanzas hacia la verdad, el ser. Hay que dejar atrás el ego, dejarlo por completo, y únicamente podrás dejarlo si eres consciente de ello.

También dices: «La otra parte te tiene un miedo terrible».

Todo el mundo le tiene miedo al amor, y por eso incluso los amantes mantienen cierta distancia, e incluso los amantes no paran de pelearse para no acortar esa distancia. Jamás se aproximan demasiado, de modo que puedan hacerse uno solo, porque hacerse uno con el otro significa perderte a ti mismo. Esa es la influencia del ego. A menos que tu amor sea tan grande que puedas hacerte uno con el amado, tu amor seguirá siendo incompleto y seguirás dividido entre el amor y el temor.

¿Qué tienes que perder? ¿Por qué tener miedo? A veces no lo entiendo. No tienes nada que perder... ¿y qué has ganado con tu ego? ¿Qué beneficios te ha reportado? Quizá peleas, conflictos... Si eres muy susceptible, te sentirás insultado por cualquier cosilla: si alguien que siempre te saludaba pasa un día a tu lado sin decirte «hola» es suficiente para que te pases la noche en vela, pensando: «Se va a enterar ese hijo de puta. ¡Vamos, que no saludarme...!».

No tienes nada que perder, solo un temor del que no has tomado conciencia. Pero ha llegado el momento de tomar conciencia.

Dices: «... miedo a lo vulnerable que me siento en tu presencia... miedo a que me hagas daño». ¡Claro que voy a hacerte daño! Pero no tienes que sentir miedo. En eso consiste mi labor, en hacerte daño, en hacerte daño hasta que acabes por desprenderte del ego, porque eso es lo que se siente herido. Nadie puede hacer daño, ni humillar ni insultar a tu auténtico ser; es la parte falsa la que se enfada, la que se siente herida por tonterías.

Pero te aseguro que yo sí voy a hacerte daño, te lo prometo. Así que al menos puedes relajarte, no tienes por qué seguir con esa incertidumbre: «¿Y si me haces daño?». Desde luego que voy a hacerte daño, porque a menos que te haga daño, no podré cambiarte. Pero no te haré daño a ti, sino a lo falso que hay en ti.

Tú quieres que te prometa algo distinto. Dices: «Pero en el fondo, sé que no vas a hacerme daño». Te equivocas. No puedes convencerme de que no te haga daño... ¡no puedo perder mi trabajo!

Y por último dices: «¿Podrías hablar sobre la confianza y el miedo del discípulo hacia el maestro?». Ambas cosas van juntas, son uno y lo mismo. Cuando confías en el maestro, esa confianza brota de tu verdadero ser (el ego no confía en nadie) y el miedo brota del ego.

Si tienes demasiado miedo, te volverás contra el maestro y lo criticarás, dirás mentiras de él para protegerte de quienes dicen que estás traicionándolo. Es curioso, pero personas que han vivido conmigo diez, doce, catorce años, que han trabajado conmigo... se marcharon en cuanto su ego se sintió herido. Incluso después de estar aquí conmigo durante diez o doce años seguían sin comprender.

¿Cómo puedo ayudarte si no influyo en tu ego y lo separo de ti?

Decía Buda Gautama: «Yo soy médico». Veinticinco siglos más tarde, no puedo decir que yo sea solamente médico; soy cirujano. Se necesita cierta evolución tras veinticinco siglos.

Esas personas que vivieron conmigo durante doce años jamás escribieron una sola palabra sobre mí, jamás trajeron una sola persona a verme, pero en cuanto me dejaron empezaron a escribir libros contra mí, y de repente se convirtieron en grandes escritores.

Se trata de un simple mecanismo de defensa. Intentan contarle al mundo entero que me han dejado... porque ya no soy lo que ellos pensaban. Sin embargo, siguen sin darse cuenta de que no es asunto mío que ellos me dejaran, que no me importa. Aquí han llegado millares de personas, y se han ido; ni siquiera conozco sus nombres. Mientras están aquí, en mi sala de operaciones, hago lo que puedo, pero algunos imbéciles se escapan cuando la operación quirúrgica está a medias.

 

 

Me han contado una historia de un político que fue a ver a un cirujano de gran prestigio, un neurocirujano. El político era muy importante y se iba a presentar a las elecciones para presidente del país. El neurocirujano reunió a todos sus colegas y les dijo que tuvieran mucho cuidado. Pero vieron tanta porquería en el cerebro del político que decidieron que lo mejor sería dejarlo en coma, quitarle el cerebro y hacerle una buena limpieza en seco.

Mientras limpiaban el cerebro en otra sala, el político recobró el conocimiento y en ese momento entró un hombre y dijo: —Pero ¿qué hace ahí? ¡Acaban de elegirlo presidente del país!

El político saltó de la camilla de operaciones, y los cirujanos no daban crédito. Dijeron:

—¡Un momento, que le estamos limpiando el cerebro! —No voy a necesitarlo al menos hasta dentro de cinco años replicó el político—. Quédenselo y límpienlo a fondo. Soy residente del gobierno. ¿Para qué necesito el cerebro?

 

 

…Al menos eres consciente de la disociación. Profundiza un poco más en la meditación y desaparecerá la disociación. Es sencillamente una confusión, porque no sabes que al amor lo sigue el miedo como una sombra. A menos que se desvanezca la sombra, el amor no llegará a florecer por completo.

Pero a veces las palabras son muy peligrosas. No existe ningún diccionario en el que encuentres la palabra amor relacionada con el temor, pero la verdad es que sigue al amor hasta el final cuando el maestro desenvaina la espada y le da el toque de gracia.

Por eso no puedo prometerte que no te haré daño, pero la mía será una herida curativa. Te llevará a una situación más sana, de mayor unidad, a tu autenticidad y tu ser.

No te dejes engañar por las palabras, porque las palabras no han sido acuñadas por los iluminados.

 

 

Un caballero impecablemente vestido se aproximó al mostrador de ropa para hombre y fue recibido por la encargada, una mujer joven, guapa y con buen tipo.

—Buenas tardes —susurró la chica—. ¿Qué desea?

—Lo que deseo —contestó el hombre tras dedicarle una prolongada mirada— es tomarla en mis brazos, ir a mi casa, abrir una botella de champán, poner música romántica y hacer el amor con usted. Pero, en fin, lo que necesito son unas camisas.

 

 

De la palabra «desear» es de donde surgió el problema. El hombre solo había ido a comprar camisas; si la chica le hubiera preguntado: «¿Qué necesita?» o algo parecido, las cosas habrían sido distintas.

A veces las palabras desempeñan un papel tremendamente importante en nuestra vida. Con una sola palabra, tu ego se apodera de ella y tu consciencia se oscurece, se llena de nubes.

Es bueno que lo hayas sacado a luz, porque eso demuestra que tu amor es mayor que tu miedo. Traslada tu energía hacia el amor y deja el miedo sin energía. Se morirá por sí mismo. No es sino una sombra.