YOGA: LA CIENCIA DEL ALMA

 VOL 4 


 

Capítulo 9

 

El que Ve no es lo Visto

 

XV

 

Aquél que discrimina se da cuenta de que todo conduce al sufrimiento debido al cambio, a la ansiedad, a las experiencias pasadas y a los conflictos que surgen entre los tres atributos y las cinco modificaciones de la mente.

 

XVI

 

El sufrimiento futuro puede ser evitado.

 

XVII

 

La relación entre el que ve y lo visto

-la causa del sufrimiento- ha de ser eliminada.

 

La vida es un misterio y el primer misterio sobre la vida es que puedes estar vivo y no tener vida alguna. El simple hecho de nacer no es suficiente para tener vida. Nacer es tan sólo una oportunidad. Puedes emplearla para obtener la vida y tam­bién puedes desperdiciarla. Entonces vivirás una vida sin vida. Sólo aparentemente parecerá vida, pero en tu interior no habrá ninguna corriente de vida.

Has de alcanzar la vida; te has de esforzar por conseguirla. En ti es como una semilla; necesita mucho esfuerzo, un suelo-un buen suelo-, cuidado, amor, consciencia. Solamente entonces germinará la semilla. Solamente entonces existirá la posibilidad de que algún día el árbol fructifique, de que algún día florezca. A menos que alcances el florecimiento, estarás vivo sólo en apa­riencia, pero habrás perdido la oportunidad. A menos que la vida se convierta en una celebración, no es en absoluto vida.

El éxtasis, el nirvana, la Iluminación, como quieras llamar­lo... ése es el florecimiento. Si sigues sufriendo, no estás vivo. El sufrimiento mismo revela que no has dado el paso. El sufrimiento mismo te indica que la vida está luchando en ti para explotar, pero el caparazón es demasiado duro. La cáscara de la semilla no le permite germinar; hay demasiado ego y las puertas están cerra­das. El sufrimiento no es más que la lucha de la vida por explotar en millones de colores, en millones de arco iris, en millones de flores, en millones de canciones.

El sufrimiento es un estado negativo. En realidad, el sufri­miento no es más que la ausencia de éxtasis. Has de comprender esto en profundidad, porque sino, empezarás a luchar contra el sufrimiento y nadie puede luchar contra algo que no existe. Es como la oscuridad; no puedes combatir la oscuridad. Si luchas contra ella, eres simplemente un estúpido. Puedes encender una luz y la oscuridad desaparecerá, pero no puedes luchar contra la oscuridad. ¿Contra quién lucharás? La oscuridad no existe, no es nada. No es algo que puedas tirar, matar, o derrotar. No puedes hacer nada con la oscuridad. Si haces algo, disiparás tus propias energías y la oscuridad seguirá siendo la misma, no resultará afec­tada. Si deseas hacer algo respecto a la oscuridad, tendrás que actuar con la luz, no sobre la oscuridad. Tendrás que encender una luz y de repente dejará de haber oscuridad.

El sufrimiento es como la oscuridad; no existe. Y si empiezas a luchar contra el sufrimiento, continuarás luchando con él, pero crearás más sufrimiento. Es simplemente una indicación, una in­dicación natural para que tu ser se de cuenta de que la vida está pugnando por nacer. La luz no ha sido todavía encendida, de ahí el sufrimiento. La ausencia de éxtasis es el sufrimiento. Y puedes hacer algo en favor del éxtasis, pero no puedes hacer nada contra el sufrimiento. Eres miserable y continúas tratando de arreglarlo. Aquí, en este punto, los caminos de un hombre religioso y de un hombre irreligioso se dividen, se separan. El hombre irreligioso empieza a luchar contra el sufrimiento, tratando de crear situacio­nes en las que deje de sufrir, arrinconando el sufrimiento hacia algún lugar fuera del alcance de su visión, de su vista. El hombre religioso empieza a buscar el éxtasis, empieza a buscar el gozo, empieza a buscar el sat-chit-ananda; puedes llamarlo Dios. El hombre irreligioso lucha contra una ausencia. La persona religiosa trata de que aquello-que-existe-la presencia de luz, el gozo, ­aparezca.

Estos caminos son diametralmente opuestos; nunca se encuen­tran. Pueden discurrir paralelamente durante kilómetros, pero nunca se encuentran. La persona irreligiosa ha de alcanzar el lu­gar desde el cual esos dos caminos se dividen y separan. Ha de llegar a comprender que el luchar contra la oscuridad, contra el sufrimiento, es absurdo. Olvídalo y trata más bien de conseguir la luz. Una vez la luz esté presente, no necesitarás nada; el sufri­miento desaparecerá.

La vida existe sólo como una potencialidad. Has de desarro­llarla, has de actualizarla, has de convertirla en un estado existen­cial. Nadie nace vivo; sólo con la posibilidad de estar vivo. Nadie nace con ojos, sólo con la posibilidad de ver. Jesús dice a sus discípulos, "Si tenéis oídos, escuchad; si tenéis ojos, ved". Esos discípulos fueron igual que tú: tenían ojos, tenían oídos, no eran ni ciegos, ni sordos. ¿Por qué Jesús insistía en que vieran si ya tenían ojos? Hablaba de la capacidad de ver a Cristo; hablaba de la capacidad para oír a Cristo. ¿Cómo podrás oír a Cristo si no has podido escuchar tu propia voz? Imposible. Porque Cristo no es más que tu propia voz. ¿Cómo vas a ver a Cristo si aún no te has visto a ti mismo? Cristo no es más que tú mismo en tu gloria absoluta, en el florecimiento final.

Vives siendo una semilla. Hay algunas razones por las cuales sigues viviendo como una semilla; y el noventa y nueve por ciento de la gente vive como semilla. Eso implica algo. Vivir como semi­lla te hace sentir cómodo. La vida parece algo peligroso. Si sigues siendo una semilla, te sientes más seguro. La seguridad te rodea. Una semilla no es vulnerable. Una vez germina, se vuelve vulnera­ble; puede ser atacada, muerta-hay animales, hay niños, gente. Una vez la semilla germina como planta, se vuelve vulnerable, insegura; surgen peligros.

La vida es una gran aventura. En la semilla, escondido en la semilla, estás seguro y protegido. Nadie te va a matar. ¿Cómo se te puede matar si no estás vivo? Es imposible. Solamente cuando estás vivo puedes ser muerto. Cuanto más vivo estás, más vulne­rable eres. Cuanto más vivo estás, más son los peligros a tu alre­dedor. Un hombre perfectamente vivo, vive en el mayor de los peligros. Por esto a la gente le gusta vivir como semilla: protegi­da, segura.

Recuerda: la vida, la naturaleza misma de la vida, es la inse­guridad. No puedes tener una vida segura; sólo puedes tener una muerte segura. Todas las seguridades pertenecen a la muerte. No puede haber ninguna seguridad para la vida. Toda seguridad im­plica protegerte, asegurarte, permanecer cerrado. La vida es peli­grosa, hay millones de peligros a tu alrededor. Por eso, el noventa y nueve por ciento de la gente elige seguir como semilla. Pero ¿qué es lo que estás protegiendo? No hay nada que proteger. ¿A quién das seguridad? No hay nadie a quien ofrecerla. Una semilla está tan muerta como una piedra del camino. Y si sigue siendo una semilla, surgirá el sufrimiento. Sufrirás porque no estás des­tinado a ser esto. Tu destino no es ser una semilla, sino nacer de ella. El pájaro ha de dejar la seguridad del huevo y elegir el vasto y peligroso cielo donde todo es posible.

Y con todas esas posibilidades, también existe la posibilidad de la muerte. La vida asume el riesgo de la muerte. La muerte no está contra la vida; la muerte es el trasfondo sobre el cual la vida florece. La muerte no es el opuesto de la vida. Es simplemente como una pizarra en la cual escribes con tiza blanca. Puedes es­cribir en una pared blanca, pero entonces no podrán verse las palabras. Sobre una pizarra, ves todo lo que escribes en blanco. La muerte es como una pizarra: las blancas líneas de la vida se destacan sobre ella. No es su contrario; es el fondo mismo. Aque­llos que desean estar vivos han de tomar una decisión: han de aceptar la muerte. Y no sólo han de aceptar la muerte; han de darle la bienvenida. Han de estar preparados en todo momento para recibirla. Si no aceptas la muerte, seguirás muerto desde el principio. Ésa es la única forma de protegerte: seguir siendo una semilla. El pájaro morirá en el huevo... muchos pájaros mueren en el huevo.

Estás aquí. Si quieres mi ayuda, deja que rompa tu huevo, tus seguridades, tus cuentas bancarias, tus seguros de vida; déjame hacerte vulnerable. Siendo invulnerable, permanecerás en el hue­vo y pronto te pudrirás. Sal. El huevo está para protegerte, no para matarte. Eso no. quiere decir que debas permanecer en el huevo. Es bueno; al principio-cuando eres demasiado débil para salir de él-te protege. Pero cuando estás preparado, entonces has de romper el huevo. Por muy cómodo y seguro que te encuentres, un sólo minuto más en el huevo y perderás toda posibilidad, perderás la oportunidad de estar vivo y volar por el cielo. Eviden­temente existirán peligros, pero los peligros son hermosos. Un mundo sin peligros sería horroroso y una vida sin peligros no podría ser muy viva.

Por esto, en el interior de cada hombre y de cada mujer, existe la urgencia de vivir peligrosamente. Ésa es la exigencia por vivir. Por eso vas a las montañas, por eso emprendes viajes a lo desco­nocido, por eso el hombre trata de alcanzar la Luna, por eso trata de llegar al Everest, y otros emprenden un viaje por mar en peque­ñas barcas caseras. Hay una profunda necesidad de peligro; esa necesidad busca la vida. No acabes con esa necesidad, porque sino, estarás aquí, pero muerto.

Si me comprendes bien, cuando te hago sannyasin, cuando te inició en el sannyas, te inicio en una vida de inseguridad, de vul­nerabilidad. El sannyas es salir del huevo; y el huevo es el ego. El ego es una protección. El ego es como una pared invisible que te rodea. Por eso el ego es muy sensible. Alguien dice algo o sim­plemente te sonríe y por la forma en que sonríe te sientes herido. Empiezas a protegerte; estás dispuesto a pelear. El ego es una tremenda disposición para pelear con todo aquello que parezca peligroso. El ego es una lucha constante contra la vida, porque la vida es peligrosa. El ego es como una roca que te protege contra todas las formas en que la vida trata de alcanzarte. Salta, sobre esta roca, rompe el caparazón del huevo, sal de él.

El cielo es peligroso. No te digo que no exista peligro, no puedo decirlo; existe peligro. Hay peligros y más peligros, pero la vida se alimenta del peligro, el peligro es su alimento. El peli­gro no amenaza la vida; el peligro es el alimento mismo, la sangre misma, el oxígeno mismo de la vida.

Vive en peligro; ése es el significado de "sannyas". El pasa­do-lo conocido, lo familiar-te protege. Con el pasado, te sien­tes en casa. El futuro es desconocido, no te es familiar. Con el futuro te sientes un extraño, no lo conoces. El futuro es siempre un extraño llamando a la puerta. Abre siempre la puerta al futuro. En realidad, te gustaría que tu futuro fuera igual que tu pasado, una repetición. Esto es miedo. Y recuerda: crees siempre que te­mes a la muerte, pero yo te digo que no temes a la muerte; temes a la vida.

El miedo a la muerte es, básicamente, un miedo a la vida, por­que sólo la vida puede morir. Si tienes miedo a la muerte, tendrás miedo a la vida. Si tienes miedo a caer, tendrás miedo a levantar­te, porque sólo una ola que se alza puede bajar. Si temes ser re­chazado tendrás miedo, miedo de acercarte a cualquiera. Si temes ser rechazado, te volverás incapaz de amar. Temiendo a la muerte te incapacitas para la vida. Entonces vives tan sólo de palabra y sólo el sufrimiento, la oscuridad y la noche te rodean.

Sólo nacer no basta; es necesario, pero no suficiente. Has de nacer dos veces. Los hindúes tienen para ello una palabra; lo de­nominan "dwij", el nacido dos veces. Un nacimiento-el primer nacimiento a través de tus padres-es simplemente una posibili­dad, algo potencial, no una realidad. Es necesario un segundo nacimiento. Eso es lo que Jesús denomina "resurrección"; un se­gundo nacimiento en el que rompes todas las protecciones, todos los huevos, todos los egos, con todo pasado, con lo familiar, con lo conocido, y te adentras en lo desconocido, en lo extraño, en una existencia llena de peligros. A cada instante surge la posibi­lidad de morir. Y con la posibilidad de morir, a cada instante te vuelves más y más vivo.

En realidad, la vida nunca muere, pero ésa es la experiencia de aquél que sabe lo que es la vida. Tú nunca has tenido el suficiente valor como para salir de tu cáscara de huevo. ¿Cómo vas a saber qué es la vida y como podrás descubrir que la vida es eterna? Tú morirás; la vida nunca muere. Vivirás sufriendo porque eres la negación de la vida; el ego es la negación de la vida. Niega el ego y la vida surgirá en ti. De ahí la insistencia de todos los grandes hombres-Jesús, Buda, Mahoma, Mahavira, Zarathustra, Lao Tse. Todos insisten únicamente en esto: niega el ego y la vida brotará en ti en abundancia. Pero te aferras al ego. Aferrarse al ego es aferrarse a la oscuridad, al sufrimiento. Estos sutras son muy be­llos; trata de comprenderlos.

 

Aquél que discrimina se da cuenta de que todo conduce al sufrimiento, debido al cambio, a la ansiedad, a las experiencias pasadas y a los conflictos que surgen entre los tres atributos y las cinco modificaciones de la mente.

 

 

La vida, tal y como la conoces, es sufrimiento. La vida, tal y como yo la conozco, es gozo. Debemos pues estar hablando de cosas diferentes porque ¿cómo va a ser la vida sufrimiento para ti y para mí gozo? No hablamos de lo mismo. Cuando hablas de la vida, hablas de la vida como semilla, de una vida de esperanzas, una vida de sueños, de fantasías, no de la vida auténticamente real. Estás hablando de una vida que tan sólo deseas, pero que no conoces; que anhelas, pero que nunca alcanzas; una vida que está siendo siempre asfixiada. Pero tú crees que ese ahogo es confort; una vida que es un infierno de sufrimientos, pero tú consideras que algo saldrá de este infierno, que el cielo surgirá de este infierno.

¿Cómo podrá surgir un cielo del infierno? ¿Cómo podrá el éxtasis surgir de tus sufrimientos? No, más y más sufrimiento surgirá de tu vida miserable. Un niño no es tan desgraciado como lo es un viejo. Debería serlo puesto que el viejo ha vivido mucho, casi está llegando a la culminación, a la cima de la experiencia, a la flor. Pero no se parece a nada de esto. Exactamente al contra­rio; para él la vida no ha sido una ola ascendente, no ha alcanzado ningún cielo. Ha sido más bien un descenso a un infierno, cada vez más y más profundo. El niño parece ser más celestial que el viejo. Es simplemente absurdo, va contra la naturaleza. Un niño es sólo una semilla. Un viejo debería haberse convertido en un gran árbol, en un viejo roble, pero no es así; ha alcanzado las zonas más oscuras del infierno. Es como si la vida fuera un des­censo, no un ascenso, como si estuvieras cayendo hacia zonas más y más oscuras, en vez de ascender hacia el sol.

¿Qué le sucede a un viejo? Un niño es desgraciado; el viejo también es desgraciado. Caminan por el mismo camino. El niño acaba de empezar el viaje y el viejo ha acumulado todos los sufri­mientos de todo el viaje.

El cielo no nace del infierno. Si hoy eres desgraciado, ¿cómo puedes pensar que mañana serás feliz y dichoso? El mañana nace de ti. ¿De qué otra parte podría salir? El mañana no te lo da el reloj; el mañana-tu mañana-nace de ti. Todos tus ayer juntos, más el hoy, eso va a ser tu mañana. Es pura aritmética. Hoy eres infeliz y desgraciado, ¿como será posible que mañana seas feliz y dichoso? ¡Es imposible! Es imposible,... hasta que mueras. Por­que con tu muerte, todos los ayeres morirán. Entonces no surgirá de tus sufrimientos, entonces será algo fresco, algo que sucede por primera vez. Entonces no surgirá de tu mente; surgirá de tu ser. Serás un dwij, el dos veces nacido.

Trata de comprender el fenómeno del sufrimiento. ¿Por qué eres tan desgraciado? ¿Qué crea tanto sufrimiento? Yo te voy ob­servando, miro en ti: sufrimiento tras sufrimiento, capa tras capa. Es realmente un milagro cómo consigues seguir viviendo. Debe ser que la esperanza es más fuerte que la experiencia, el sueño es más poderoso que la realidad. Si no fuera así, ¿cómo podrías se­guir viviendo? No tienes nada por lo que vivir, excepto la espe­ranza de que mañana algo, de alguna forma, suceda y lo cambie todo. El mañana es el milagro... lo has estado creyendo durante millones y millones de vidas. Millones de mañanas llegan y se convierte en el hoy, pero la esperanza sobrevive. Una y otra vez la esperanza subsiste. No vives gracias a que tengas vida, sino por­que tienes esperanzas.

Ornar Kayyam dice en alguna parte que preguntó a grandes doctores, a teólogos, a sacerdotes, a filósofos, "¿Por qué conti­núa viviendo el hombre?" Nadie pudo contestarle. Todos enco­gieron sus hombros. Ornar Kayyam dice, "Me presenté ante mu­chos que eran conocidos por su saber, pero tuve que irme por la misma puerta que había entrado. Un día, desesperado, sin saber a quién preguntar, se lo grité al cielo una noche. Se lo pregunté al cielo; le dije al cielo, "¡Tú has de haber sido testigo! Has de haber contemplado todos los sufrimientos que ha habido en el pasado; millones y millones de miserias. ¡Debes saber por qué la gente continúa viviendo!" Una voz surgió del cielo, "Porque tienen es­peranzas".

La esperanza es tu única vida. Con la fibra de la esperanza puedes soportar todas las miserias. Soñando con el cielo, te olvi­das del infierno que te rodea. Vives en sueños; los sueños te man­tienen. La realidad es repugnante. ¿Por qué hay tanto sufrimiento y por qué no puedes darte cuenta de lo que está ocurriendo? ¿Por qué, no puedes descubrir su causa?

Para descubrir la causa del sufrimiento uno ha de dejar de huir de él, ¿cómo vas a conocer algo si huyes de ello? ¿Cómo vas a cono­cer algo si lo evitas? Si deseas conocer algo, has de encararlo frente a frente. Siempre que te sientes desgraciado comienzas con las esperanzas; inmediatamente el mañana se vuelve más impor­tante que el hoy. Esto es evadirse. Has huido y ahora la esperanza actúa como una droga: te sientes desgraciado, tomas la droga y te olvidas. Ahora estás borracho, borracho de esperanzas. No hay droga igual a la esperanza. No hay marihuana, ni LSD compara­ble. La esperanza es el LSD supremo. Gracias a la esperanza puedes soportarlo todo, ¡todo! Infinitos infiernos no son nada.

¿Cómo funciona el mecanismo de la esperanza? Siempre que te encuentras triste, deprimido, siempre que sufres, escapas de inmediato, tratas de olvidarlo. Así se perpetúa. La próxima vez que sufras-y no tendrás que esperar mucho; tan sólo a que acabe con mi discurso-no trates de escapar. Lo que digo puede tam­bién funcionar como escape-escuchándome, te olvidas de ti mis­mo. Me escuchas, centras tu atención en mí, pero te das la espal­da a ti mismo. Te olvidas, te olvidas de cuál es tu verdadera situación. Yo hablo de gozo, hablo éxtasis. Para mí eso es real, pero para ti se convierte en un sueño. De nuevo surge la esperanza: si meditas, si te esfuerzas, entonces te puede suceder a ti también. No lo utilices como droga. Puedes utilizar a un Maestro como si fuera una droga y puedes resultar drogado.

Todo mi esfuerzo radica en hacerte más consciente para que cuando sufras no trates de escapar. La esperanza es el enemigo. No tengas esperanzas y no sueñes oponiéndote a la realidad. Si te sientes triste, entonces la tristeza es la realidad. Permanece en ella, quédate con ella, no te muevas, concéntrate en ella. Encára­la, acéptala, no te vayas hacia el opuesto. Al principio será una experiencia realmente amarga porque cuando afrontas la tristeza sientes que te rodea por todas partes. Te conviertes en una peque­ña isla y la tristeza es un océano a tu alrededor iy qué tremendas son las olas de la tristeza! Uno tiene miedo, empieza a temblar hasta los mismos huesos. Tiembla, ten miedo; solamente has de hacer una cosa: no escapes. Permítela, penetra en ella. Obsérvala, contémplala; no juzgues. Has estado haciendo eso durante millo­nes de vidas. Simplemente obsérvala, penetra en ella. Pronto, esa amarga experiencia no será tan amarga. Pronto-afrontando la amargura-surgirá la realidad. Pronto te irás moviendo, penetrando más y más profundo y descubrirás la causa, la causa que origina el sufrimiento, el por qué eres tan desgraciado.­

La causa no está en el exterior; está en ti, oculta en tu sufri­miento. El sufrimiento es como el humo. En alguna parte en tu interior está el fuego. Penetra en la profundidad del humo para poder descubrir el fuego. Nadie puede eliminar el humo porque es un sub-producto. Pero si apagas el fuego, el humo desaparecerá por sí mismo. Descubre la causa; el efecto desaparecerá porque entonces podrás actuar. Recuerda: solamente puedes hacer algo con la causa, nunca con el efecto. Si continúas luchando con el efecto, desperdiciarás tu lucha. Ése es el significado de prati­prasav, del método de Patanjali: retrocede hasta la causa; penetra en el efecto y alcanza la causa. La causa ha de estar allí, en alguna parte. El efecto es sólo como el humo que te rodea, pero en cuanto te envuelve, te escapas refugiándote en la esperanza. Sueñas con los días en que deje de haber humo. Es una estupidez. Y no sólo es una estupidez, sino un suicidio, porque de esta forma es­tás evitando la causa.

Patanjali dice, "Aquél que discrimina...". La palabra sánscrita es “vivek"; significa "consciencia", significa "ser consciente", sig­nifica "poder discriminador". Porque mediante la consciencia eres capaz de discriminar qué es que: lo que es real, lo que es falso, cuál es el efecto y cuál es la causa.

Aquél que discrimina, el hombre de vivek, el hombre de cons­ciencia, se da cuenta de que todo conduce al sufrimiento.

Tal y como eres todo te conduce al sufrimiento y si sigues tal como eres, todo continuará conduciéndote al sufrimiento. Lo im­portante no es cambiar las situaciones; lo importante es algo que tienes arraigado muy dentro de ti. Hay algo en tu interior que frustra todo tu gozo. Algo en ti se opone a tu florecimiento como estado de gozo. El hombre de consciencia descubre que todo con­duce al sufrimiento.

Lo has intentado todo pero, ¿has observado que todo conduce al sufrimiento? Si odias, eso te lleva a sufrir; si amas, eso te lleva a sufrir; parece que en la vida no exista un sistema lógico. Un hombre odia; eso le conduce al sufrimiento. La pura lógica te dirá que si el odio te conduce al sufrimiento, entonces el amor te ha de conducir a la felicidad. Entonces amas y también el amor te condu­ce al sufrimiento. ¿Qué ocurre? ¿Es la vida absolutamente absurda, irracional? ¿Acaso no existe una lógica? ¿Es un caos? Hagas lo que hagas, finalmente surge el sufrimiento. Parece que el sufri­miento es la carretera y que todos los caminos conducen a ella. Empieces desde donde empieces, llegas allí: desde la derecha, desde la izquierda, desde el medio; hindú, musulmán, cristiano, o jaino; hombre o mujer; sabiduría o ignorancia; amor u odio­ todo lleva al sufrimiento. Si te enfadas, eso te lleva al sufrimien­to; si no te enfadas, eso también te conduce al sufrimiento. Pare­ce que el sufrimiento es lo que existe y que hagas lo que hagas no puedes escaparte. Al final te encuentras con él.

He oído una historia y siempre me ha gustado. Un psicoana­lista estaba visitando un manicomio. Preguntó al superintendente sobre un hombre que estaba sollozando y gimiendo, golpeándose la cabeza contra la pared. En su mano sostenía el retrato de una hermosa mujer. El psicoanalista preguntó, "¿Qué le ha sucedido a este hombre?" El superintendente le contestó, ''Este hombre amaba mucho a esa mujer. Se volvió loco porque la mujer no accedió a casarse con él. Por eso se volvió loco". Lógico, simple,... pero en la habitación siguiente había otro loco que también estaba lloran­do y gimiendo y golpeándose la cabeza. En sus manos tenía el retrato de la misma mujer y estaba insultando y escupiendo al retrato. El psicoanalista preguntó, "¿Qué le pasa a este hombre? Tiene la misma foto. ¿Qué le ocurre?". El superintendente le con­testó, "También este hombre estaba locamente enamorado de la misma mujer y ella accedió a casarse con él; por eso está loco".

Tanto si una mujer te rechaza, como si te acepta, no existe ninguna diferencia. Tanto si te casas, como si no te casas, no hay diferencia. He visto a pobres sufriendo, he visto a ricos sufrien­do; he visto a fracasados sufriendo, he visto a triunfadores su­friendo. Hagas lo que hagas, finalmente llegarás a la meta... y ése es el sufrimiento. ¿Conducen todos los caminos al infierno? ¿Qué ocurre? Parece que no haya elección.

Sí, todo conduce al sufrimiento... si tú sigues siendo el mis­mo. Te diré otra cosa: si cambias, todo conduce al cielo. Si sigues siendo el mismo, es lo que tú eres lo que te hace sufrir, no lo que hagas. Lo que hagas es irrelevante. En lo profundo, eres tú. Si odias, eres tú el que odia; si amas, eres tú el que ama. Eres tú el que finalmente crea toda la miseria y el éxtasis, el sufrimiento o el gozo-a menos que cambies. Con sólo pasar del odio al amor, de ésta a esa mujer, de ésta a esa casa, no te servirá. Estarás per­diendo tiempo y energía. Has de cambiarte a ti mismo. ¿Porqué todo conduce al sufrimiento?

Patanjali dice,

 

Aquél que discrimina se da cuenta de que todo conduce al sufrimiento, debido al cambio, a la ansiedad, a las experiencias pasadas....

 

Has de comprender estas palabras. En la vida todo es flujo. Al ser, la vida un continuo fluir, no puedes tener expectativas. Si las tienes, sufrirás porque las expectativas son posibles sólo en un mundo fijo y permanente. En un mundo fluctuante, en un mundo que fluye, no es posible tener expectativas. Amas a una mujer; ella parece ser muy, muy feliz, pero a la mañana siguiente ya no lo es. La amabas por su felicidad, la amabas porque siempre estaba sonriendo, la amabas porque poseía la cualidad de ser alegre. Pero a la mañana siguiente, la alegría ha desaparecido. La cualidad ha dejado de estar presente y ella se ha convertido exactamente en lo opuesto a sí misma. Se siente desgraciada, está enfadada, triste, peleona, desagradable... ¿qué hacer? No puedes tener expectati­vas; todo cambia, todo cambia a cada instante. Todas tus expecta­tivas te conducirán al sufrimiento.

Te casas con una hermosa mujer, pero ella enferma y su belle­za desaparece. Contrae la viruela y su rostro queda desfigurado. ¿Qué hacer entonces?

La esposa de Mulla Nasrudin le dijo una vez, "Parece que has dejado de quererme, ¿Recuerdas-lo has olvidado acaso-que delante del sacerdote prometiste amarme siempre, tanto en la feli­cidad como en la infelicidad? Dijiste que siempre me amarías, que siempre estarías conmigo en la alegría y en la tristeza". Mulla Nasrudin dijo, "Sí, lo prometí. Lo prometí y lo recuerdo bien: tanto en la felicidad como en la infelicidad, estaré contigo. Pero nunca le dije al sacerdote que te amaría cuando fueras vieja. Eso nunca formó parte de la promesa".

Pero la vejez llega y las cosas cambian: un hermoso rostro se vuelve feo; una persona feliz se vuelve infeliz; una persona dulce se vuelve muy dura. Desaparecen las canciones y aparecen las actitudes peleonas. La vida es un flujo y todo cambia. ¿Cómo vas a tener expectativas? Si las tienes, entonces habrá sufrimiento.

Patanjali dice, "El sufrimiento aparece debido al cambio". Si la vida estuviera perfectamente delimitada y no hubiera cambios­-si amarás a una chica y la chica tuviera siempre dieciséis años, si siempre cantara, si siempre estuviera feliz y alegre y tú también fueras el mismo; si tuvierais personalidades fijas, evidentemente dejaríais de ser personas; la vida no sería vida. Seríais como pie­dras, pero al menos vuestras expectativas se verían colmadas. Pero habría una dificultad: surgiría el aburrimiento y eso crearía sufri­miento. Nada cambiaría; entonces uno se aburriría.

Si las cosas no cambian, entonces te aburres. Si la esposa son­ríe y sigue sonriendo cada día, día tras día, al cabo de unos días empezarás a preocuparte un poco; "¿Qué le ha ocurrido a esta mujer? ¿Es su sonrisa algo real o simplemente está actuando?".

Al actuar puedes continuar sonriendo. Puedes disciplinar tu boca; he visto a gente que incluso al dormir, sonríen; políticos y esa clase de gente que tiene que sonreír continuamente. Entonces sus labios adoptan un ademán permanente. Si les dices que no sonrían, no pueden evitarlo; han de sonreír; eso se ha convertido en una pauta fija. Pero entonces surge el aburrimiento y el aburri­miento te conducirá al sufrimiento.

En el cielo todo es permanente, nada cambia, todo sigue sien­do tal y como era; todo es hermoso. Bertrand Russell escribe en su autobiografía, "No me gustaría ir al cielo o al paraíso porque resultaría demasiado aburrido". Sí, resultaría demasiado aburri­do. Piensa tan sólo en un lugar donde estuvieran todos los sacer­dotes, todos los profetas, todos los Tirtankaras y todos los Bu­das, y nada cambiara, todo permaneciera estático, sin movimien­to. Parecería una escena pintada, no estaría realmente viva. ¿Du­rante cuánto tiempo lo resistirías? Russell está en lo cierto: uno llega a aburrirse, a aburrirse mortalmente. Russell dice, "Si el cielo fuera así, entonces preferiría el infierno. Al menos allí ha­bría algún cambio".

En el infierno todo está cambiando, pero entonces no puede haber expectativas que satisfacer. Éste es el problema de la men­te. Si la vida es un flujo, las expectativas no pueden ser colmadas. Si la vida fuera algo fijo, esas expectativas podrían ser satisfe­chas hasta la saciedad, de forma que uno llegaría a sentirse aburrido.

Entonces no habría entusiasmo, pasión. Todo resultaría abu­rrido, monótono, sin sensaciones, sin excitación, sin que suce­diera nada nuevo. En la vida que vives, el cambio crea el sufri­miento, la ansiedad. En tu interior siempre hay ansiedad; te digo que siempre. Si eres pobre, surge la ansiedad: ¿cómo hacerte rico? Si llegas a ser rico, surge la ansiedad: ¿cómo mantener aquello que has logrado? Siempre sientes miedo de los ladrones, de los delincuentes y de los recaudadores de impuestos del gobierno ­que es una delincuencia organizada. Y los comunistas siempre te persiguen. Si eres pobre, estás ansioso-¿cómo volverte rico? Si lo consigues, estás ansioso-¿cómo retener aquello que has ob­tenido? Pero la ansiedad continúa.

Justo el otro día una pareja vino a verme y el hombre me dijo, "Si estoy con mi mujer, estoy ansioso, porque es una pelea conti­nua. No me encuentro feliz. Si no estoy con mi mujer, también estoy siempre ansioso; estoy solo". Sin la mujer, la soledad es tu ansiedad. Con la mujer, el otro te acerca a sus propios problemas. Y cuando dos personas se encuentran, los problemas no son du­plicados, son multiplicados. El hombre no puede vivir sólo por­que la soledad crea en él ansiedad. El hombre no puede vivir con una mujer porque la mujer le crea ansiedad. Lo mismo vale tam­bién para las mujeres. La ansiedad se ha convertido en tu estilo de vida; suceda lo que suceda, sigue habiendo ansiedad. Las expe­riencias del pasado-los samskaras-crean sufrimiento porque siempre que pasas por una experiencia, esa experiencia deja en ti un rastro. Si la experiencia es repetida en muchas, numerosas ocasiones, ese rastro va haciéndose más y más profundo. Y luego, si la vida va en otra dirección y la energía deja de fluir por el surco de tus pasadas experiencias, te sientes insatisfecho. Pero si la vida continua igual y sigue fluyendo por el mismo surco, te aburres; entonces quieres algo de excitación. Si no hay excitación, ¿para qué seguir viviendo?

No puedes estar comiendo la misma comida cada día. Yo sí puedo comer lo mismo; no te fijes en mí. Tú no eres capaz de comer lo mismo cada día. Si comieras lo mismo te sentías frustrado, porque al comer diariamente lo mismo, la comida va perdiendo sabor, atractivo. Si cambias cada día de comida, también eso creará en ti ansiedad y problemas porque el cuerpo se acostumbra a un tipo de comida. Y si cada día la cambias, la química corporal cambia y el cuerpo se siente incómodo. El cuerpo se siente bien si ingieres la misma comida, pero entonces la mente no se siente cómoda.

Si vives en función de tus hábitos pasados, el cuerpo siempre se sentirá bien, porque el cuerpo es un mecanismo. No anhela lo nuevo; simplemente quiere siempre lo mismo. El cuerpo necesita una rutina. La mente necesita siempre cambiar porque la mente es en sí, un flujo. No es la misma durante un solo instante. Va cambiando.

He oído decir que Lord Byron vivió con cientos de mujeres. Se sabe con certeza de al menos sesenta; existen pruebas de que amó a sesenta mujeres. No vivió mucho, de modo que debió de cambiar de mujer día sí y día no. Pero una mujer le atrapó y le obligó a casarse con ella. No quería entregarse a él hasta que se casara con ella, no le quería entregar su cuerpo hasta que él se casara con ella. Ella sabía que había mantenido amoríos con mu­chas mujeres. Y que una vez conseguía hacer el amor con una mujer, sencillamente se olvidaba por completo de esa mujer; acababa con ella. Su mente era la de un poeta romántico y los poetas nunca son fieles. No pueden serlo; viven en la mente. Su mente es como un flujo, como su poesía. Vibra. La mujer insistió, era obs­tinada, de modo que Byron tuvo que claudicar: se casó con ella. Para él, ella se convirtió en una obsesión porque no se le entrega­ba. Su ego se sintió retado.

Mientras salían de la iglesia, con las campanas todavía repiqueteando y los invitados partiendo-estaban en la escalina­ta-Byron sostenía la mano de la mujer, de la recién casada. Aún no habían hecho el amor y de repente vio a otra mujer pasando por la calle. Se olvidó por completo de la mujer a la cual sostenía la mano y le dijo, "Es increíble, pero en cuanto he visto pasar a esa mujer, por un instante me he olvidado de ti por completo; de mi matrimonio y de todo. Tu mano no estaba en mi mano; no me daba cuenta". Su mujer también se había dado cuenta-no se puede engañar a las mujeres. Incluso antes de que mires a otra mujer, ellas lo saben. Con sólo tintinear esa idea en tu cabeza, ellas la detectan. Son grandes detectores, detectores de mentiras. La mu­jer también lo había visto y le dijo, "Lo sé".

  Así es la mente. Ahora él ha acabado con esa mujer; se ha casado y ha acabado; lo ha logrado y se ha acabado. Ahora ya no hay excitación alguna. Ahora la posee; es su propiedad. El reto ya no existe.

El reto crea ansiedad porque has de luchar por lo que quieres. Luego, cuando lo logras, cuando lo posees, surge otra ansiedad: la ansiedad por haber terminado con ello. Todo ha desaparecido. Es ya algo aburrido, algo muerto. La ansiedad está siempre pre­sente porque la forma que tienes de vivir crea ansiedad. No eres capaz de sentirte satisfecho. Mediante las experiencias del pasado -­los samskaras-vas sintonizándote con algo determinado... y la mente dice que se necesita excitación, que se necesita cambio. Entonces todo el cuerpo resulta alterado. Y eso crea también ansiedad.

 

... y a los conflictos que surgen entre los tres atributos y las cinco modificaciones de la mente.

 

Entonces surge una continua lucha entre las modificaciones de la mente y los tres atributos que según los hindúes constituyen tu ser. Ellos dicen que satva, rajas y tamas son los tres constitu­yentes de tu ser. Satva es el más puro, la esencia de la bondad, de la pureza, de toda santidad; el elemento más sagrado que en hay en ti. Luego existe rajas, el elemento de energía, vigor, fortaleza, poder. Y tamas, el elemento de pereza, inercia y entropía. Estos tres constituyen tu ser. Y parece ser que los hindúes lo intuyeron correctamente porque ahora los físicos dicen que esos tres son los constituyentes de la materia, de la misma energía atómica. Los denominan: electrón, protón y neutrón, pero eso sólo son dife­rencias en el nombre. Los hindúes los llaman satva, rajas y ta­mas. Los científicos coinciden en que esas tres clases de cualida­des son necesarias para que exista la materia, o para que exista cual­quier cosa. Los hindúes dicen que esas tres cualidades son nece­sarias para que la personalidad exista; y no sólo para la persona­lidad, si no para que toda la Existencia exista.

Patanjali dice que las tres se oponen entre sí y eso genera pro­blemas. Y las tres están en ti. Existe el elemento de pereza, pues si no, no podrías dormir. La gente que sufre de insomnio, lo sufre porque el elemento tamas no existe en ellos en suficiente canti­dad. Por eso los tranquilizantes ayudan, porque un tranquilizante es un agente creador de tamas. Crea tamas-pereza-en ti. Si la gente es demasiado rajásica-con exceso de vigor y energía-no puede dormir. Por esto, ahora en Occidente, el insomnio se ha convertido en el mayor problema. En Occidente hay un exceso de rajas, de elemento energético. Por eso Occidente gobernó el mun­do entero. Un pequeño país como Inglaterra estuvo rigiendo medio mundo. Han de haber sido muy rajásicos. Un país como la India con sesenta crores de personas sigue en la pobreza; hay demasia­da gente que no hace nada. Se están convirtiendo más y más en una carga. No constituyen ningún capital; son la carga del país. Hay un exceso de tamas, de pereza. Y luego existe el satva que se opone a ambos. Esos tres elementos te constituyen; y los tres van en direcciones diferentes. Son necesarios, los necesitas todos en su complementariedad porque a través de la tensión que generan, existes. Si no hubiera esa tensión, si se armonizaran, sobreven­dría la muerte. Los hindúes dicen que cuando esos tres elementos están tensionados, la Existencia surge, surge la creación. Cuando esos tres elementos se armonizan, la Existencia se disuelve, sobreviene el pralaya, la creación desaparece. Tu muerte no es más que la armonización en tu cuerpo de esos tres elementos; enton­ces te mueres. Si no hay tensión, ¿cómo podrás vivir?

Éste es el problema: no puedes vivir sin esas tres tensiones; morirías. Y tampoco puedes vivir con ellas porque se oponen en­tre sí y tiran de ti en diferentes direcciones. Has de haber sentido muchas veces que tiran de ti hacia diferentes direcciones. Dice una parte, "Sé ambicioso". Otra parte dice, "La ambición creará ansiedad. Más bien medita, reza, conviértete en un sannyasin". Una parte dice, "El pecado es hermoso, el pecado posee un atrac­tivo, una cierta fuerza magnética. Disfruta, porque, antes o des­pués, llegará a la muerte. El polvo se convierte en polvo y nada queda. Disfruta antes de que la muerte se presente; no te lo pier­das". Una parte de ti dice esto y otra parte de ti dice, "La muerte se está aproximando; todo es fútil. ¿Para qué disfrutar?" Estas partes hablando en ti no son la misma parte. Tú, tienes tres partes. En realidad en ti existen tres egos, tres individuos.

Patanjali dice-y Mahavira también-que el hombre es polipsíquico. No posees una sola psique; posees tres psiques. Y las tres psiques pueden convertirse en tres mil a través de las dis­tintas permutaciones y combinaciones. Tienes muchas mentes, eres polipsíquico. Cada mente tira de ti en una dirección determinada. Eres una multitud. Evidentemente, ¿cómo vas a estar en paz, cómo vas a ser dichoso? Eres como una carreta que esta siendo tirada por muchos bueyes en diferentes direcciones. Uno uncido en dirección norte, otro uncido en dirección oeste y otro uncido hacia el sur; los tres simultáneamente. No puede moverse. Empezará a crujir con gran estruendo y finalmente se colapsará, pero no po­drá moverse. Por eso tu vida continúa siendo una vida vacía. Los tres están en conflicto y entonces las modificaciones de la mente-­los vrittis-entran en conflicto con las gunas.

Por ejemplo, conozco a un hombre muy perezoso. Me estaba diciendo, "Si no tuviera esposa, me gustaría descansar. Tengo sufi­ciente dinero, pero esta esposa mía me obliga a seguir trabajando. Nunca tiene suficiente". Entonces su esposa murió, de modo que le dije, "Debes de ser feliz, ¿por qué lloras? ¡Has de ser feliz! Has dejado de tener esposa y ahora puedes descansar". Pero él lloraba y gemía como un niño. Me dijo, "Ahora me siento solo. Ya se había convertido en un hábito". Esposas y maridos se convierte en hábitos. Él me dijo, "Ahora era ya un hábito. Ahora no puedo dormir sin una mujer". Yo le dije, "¡No seas estúpido! No intentes volverte a casar porque ya has sufrido toda tu vida y otra mujer será, de nuevo, una mujer; te coaccionará. No tendrás suficiente dinero".

He oído de un hombre muy rico, Rothschild. Alguien le pre­guntó, "¿Cómo te hiciste tan rico? ¿Cómo lo lograste? ¿Qué de­seo tenías? ¿Cómo te volviste tan ambicioso?" Él había nacido pobre y se convirtió en el hombre más rico del mundo. Dijo, "Se debe a mi esposa. Trataba de ser tan rico como fuera posible por­que deseaba saber si mi esposa podría sentirse o no sentirse algún día satisfecha. Fracasé. Siempre me pedía más. Había entre noso­tros una cierta competitividad. Yo trataba de ganar más y más para ver el día en que en ella me dijera, «Ya es suficiente». Nunca me lo dijo. Por esto continué ganando dinero, continué ganando dinero como un loco. Ahora tengo tanta riqueza que no sé qué hacer, pero mi esposa no se siente aún satisfecha. Si alguna vez deseo relajarme y no levantarme temprano por la mañana, ella viene y me dice, «¿Qué ocurre? ¿No vas a la oficina?»".

Le dije a ese hombre, "No te dejes atrapar de nuevo. Toda tu vida has deseado descansar e incluso ahora ella está presente".

Un hombre perezoso quiere descansar, pero cuando vive con su esposa, en su mente surge una modificación. Ahora esa mujer se convierte en dueña y señora de su ser. No sabe vivir con ella porque suele discutir todos los días, pero también eso se consti­tuye en hábito. Si al llegar a casa no tiene a alguien con quien pelear, él no se siente en casa.

Oí que Mulla Nasrudin fue a un restaurante. La camarera le dijo, "Le serviré lo que me pida". Era el primer cliente del día y estaban en la India. El primer cliente ha de ser tratado y honrado como un invitado porque comienza el día. Mulla Nasrudin le dijo, ''Trátame como si estuviera en casa. Tráeme lo que sea". La cama­rera le fue trayendo todo lo que pedía: café, esto y lo otro. Enton­ces le preguntó, "¿Algo más?" Mulla Nasrudin le dijo, "Ahora siéntate delante de mí y moléstame. Me siento nostálgico".

Aunque tu esposa discuta cada día, eso se convierte en un há­bito. No puedes permitirte perderlo; lo añorarás. Le dije a aquel hombre, "No empieces a preocuparte otra vez. Es simplemente ... una modificación de la mente, un hábito. Eres un perezoso".

Para los perezosos, el brahmacharya es lo mejor. Deberían permanecer célibes. Así pueden descansar, relajarse y hacer lo quieran. Pueden hacer sus cosas y no hay nadie que les moleste. Él me escuchó. Le resultó difícil, pero me escuchó. Al cabo de dos años se jubiló y entonces le dije, "Ahora estás perfectamente tranquilo; descansa. Durante toda tu vida has estado pensando en esto". Él me contestó, "Es verdad. Pero ahora, al cabo de cuarenta años de trabajar, se ha convertido en un hábito y no puedo perma­necer sin hacer nada".

Los jubilados mueren antes de lo que tenían predestinado; casi diez años antes. Si un hombre que tenía que morir a los ochenta, se jubila a los sesenta, morirá a los setenta. Estarás desocupado, ¿qué harás? Uno se muere lentamente.

Los hábitos se han formado y la mente adopta modificaciones. Tú eres perezoso, pero tenías que trabajar, de modo que la mente se ha acostumbrado al trabajo. Ahora no sabes relajarte. Aunque estés jubilado no puedes estar sentado, no puedes meditar, no puedes descansar, no puedes dormir. Conozco gente que está más inquieta durante las vacaciones que durante los días corrientes. El domingo es un día difícil; no saben qué hacer. Durante los seis días de la semana esperan el domingo. Durante seis días esperan que llegue el domingo, "Un día más y será domingo y entonces descansaremos". Y el domingo por la mañana, bien temprano, ya no saben qué hacer.

En Occidente la gente se va de fin de semana al mar, o a la montaña. En todo al país corren como locos; todo el mundo va a alguna parte. Nadie piensa que todo el mundo se va al mar y por lo tanto ¿adónde van ellos? Toda la ciudad estará allí. Hubiera sido mejor quedarse en casa. Eso hubiera sido más parecido a estar en el mar. Estás solo y la ciudad al completo se ha ido. To­dos se han ido a la costa. Y en vacaciones ocurren más acciden­tes, la gente está más cansada. Conduciendo ciento cincuenta kilómetros para ir y ciento cincuenta kilómetros para volver y están cansados. He oído decir que la gente se cansa tanto el domingo, que el lunes, martes y miércoles-esos tres días-descansan y recuerdan cómo se encontraban y que los tres días siguientes los pasan esperando y pensando en el domingo. Cuando llega el do­mingo, están de nuevo cansados.

La gente no puede descansar porque el descanso necesita una actitud diferente. Si eres perezoso y trabajas, la mente creará algo. Si no eres perezoso, también entonces la mente creará algo. La mente y sus gunas están siempre en conflicto. Patanjali dice que ésas son las razones por las cuales la gente sufre. De modo que ¿qué hacer? ¿Cómo modificar esas razones? Están ahí, no pueden ser cambiadas. Solamente tú puedes ser cambiado.

 

El sufrimiento futuro puede ser evitado.

 

No pienses en el pasado. El pasado ha pasado y no puedes deshacerlo. Pero puedes evitar el sufrimiento futuro. Has de evi­tarlo. ¿Cómo evitarlo?

 

La relación entre el que ve y lo visto

-la causa del sufrimiento- ha de ser eliminada.

 

Te has de convertir en el testigo de tus gunas, de tus atributos, de las modificaciones de la mente, de los trucos de la mente, de sus juegos, de las trampas mentales, de los hábitos, de los samskaras, del pasado, de las situaciones cambiantes, de tus ex­pectativas. Has de ser consciente de todo esto. Sólo has de recor­dar una cosa: el que ve no es lo visto. Todo lo que puedas ver, no eres eso. Si puedes ver el hábito de la pereza, no eres eso. Si puedes ver tu hábito de constante preocupación, no eres eso. Si puedes ver tus condicionamientos pasados, no eres esos condicionamientos. El que ve no es lo visto. Tú eres consciencia y la consciencia trasciende todo lo que puede ser visto. El observador trasciende lo observado.

Tú eres una consciencia trascendental. Esto es vivek, esto es consciencia. Esto es lo que un Buda ha alcanzado, aquello en lo que permanece en todo momento. Para ti no será posible alcan­zarlo constantemente, pero si-aunque sea sólo durante unos momentos-puedes alzarte hasta el que ve y más allá de lo visto, inmediatamente, el sufrimiento desaparecerá. Inmediatamente de­jará de haber nubes en el cielo y tendrás un vislumbre del cielo azul, de la libertad que llega a través de él y de la dicha que pro­porciona. Al principio sólo será posible durante unos instantes. Pero poco a poco, a medida que crezcas con ello, a medida que empieces a sentirlo, a medida que te embebas en su espíritu, ha­brá más y más. Llegará un día en el que de repente dejará de haber nubes; el que ve, habrá trascendido. De esta forma el sufrimiento futuro podrá ser evitado.

En el pasado, sufriste; en el futuro no hay necesidad de que sufras. Si sufres, tú serás el responsable. Y ésta es la clave, la llave maestra: recuerda siempre que tú estás más allá. Si puedes ver tu cuerpo, entonces no eres el cuerpo. Si cierras tus ojos y puedes ver tus pensamientos, entonces no eres los pensamientos, porque ¿cómo puede ser el que ve, lo visto? El que ve, está siempre más allá, el que ve es la trascendencia misma, el mismo más allá.



YOGA: LA CIENCIA DEL ALMA, VOL 4, oSHO

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