Extractos de diferentes entrevistas con U. G. realizadas en India y Suiza entre 1977 y 1980
El estado natural es un estado de no-conocimiento. No sabes verdaderamente qué es lo que miras. Puede darse el caso de que me pase una hora mirando un reloj de pared, sin saber que hora es y sin darme cuenta, ni siquiera, de que se trata de un reloj. En mi no hay más que ensimismamiento: «¿Qué es lo que estoy mirando?» Pero la pregunta no se plantea así, en frases contrapuestas por palabras. Todo mi ser es un enorme y único punto de interrogación. Es un estado de asombro, de perplejidad, precisamente porque no sé qué es lo que miro. El conocimiento que había adquirido en otro tiempo está relegado a un segundo plano, salvo en caso de necesidad. Se trata de un estado inconexo... Si usted me pregunta que hora es; puedo decirle «las tres y media». La respuesta vendrá con la rapidez de una flecha y volveré inmediatamente a mi estado de no-conocimiento, de admiración...
Usted no sabría comprender la inconmensurable paz que hay dentro de usted y que es su clima natural. Su esfuerzo por establecer en usted un estado de espíritu apacible no hace más que introducir la tribulación. Puede hablar de paz, crear en usted cierto estado de espíritu y decirse que está en paz: eso no es paz, sino violencia. Es inútil «practicar» la paz. No tiene sentido «practicar» el silencio. El verdadero silencio es explosivo; no es ese silencio de muerte al que se aferran los buscadores espirituales. «¡Estoy en paz conmigo mismo!» Dicen: «¡Hay un silencio formidable!» «¡Siento la experiencia del silencio!» Todo eso no quiere decir nada. El estado natural es volcánico, está en constante ebullición: la energía, la vida, éstas son sus cualidades peculiares. Puedes preguntarme cómo lo sé. No sé... la vida es lúcida. Digamos que es consciente de sí misma.
Lo que lo agota es el mecanismo repetitivo
del pensamiento; pero ¿qué puede hacer usted para salir de él? Esta es la
sola y única pregunta y cualquier respuesta que se le dé no hace más que
reforzar el movimiento del pensamiento... ¿Qué podemos hacer entonces?
Absolutamente nada. Este movimiento es demasiado fuerte: tiene una fuerza
vital acumulada durante millones de años. Usted se encuentra completamente
impotente y ni siquiera es consciente de su impotencia.
Si usted pudiese estar en estado de conciencia pura durante un solo segundo,
una sola vez en su vida, su continuidad se desmoronaría, la ilusión de la
estructura de las experiencias, del «yo» –todo se derrumbaría y volvería a
caer en el ritmo del estado natural. Este estado, en el que no sabe qué es
lo que ve, éste es en realidad la pura conciencia. Si reconoce lo que ve,
está de nuevo experimentando el pasado, lo que sabe.
Qué es lo que hace que vuelva una persona a su estado natural, una persona y
no otra distinta, no lo sé. Tal vez esté inscripto en las células. Es
a-causal. No es, por su parte, un acto «voluntario»: usted no puede
provocarlo. No hay nada que pueda hacer. Puede desconfiar del hombre que le
diga cómo ha llegado a ese estado. Hay una cosa de la que puede estar
seguro: no lo sabe ni él mismo ni tiene posibilidad de comunicárselo a
usted. En la estructura del cuerpo hay un mecanismo de disparo. Si se
detiene la estructura de la experiencia, automáticamente entra en
funcionamiento el otro proceso. A partir de ese momento, el funcionamiento
del cuerpo es completamente diferente, sin que intervenga el pensamiento
salvo cuando sea necesario para comunicarse con alguien. Usando una fórmula
de boxeo, no tiene que hacer más que «tirar la toalla». Nadie puede venir en
su ayuda ni puede usted tampoco ayudarse a sí mismo.
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UG: Usted se convertirá en
usted mismo cuando sufra el choque provocado por el descubrimiento de que la
herencia global de la especie humana es un error. Esa revelación que
amanecerá en usted y le golpeará como un rayo mostrándole que su dependencia
de la cultura, sea oriental u occidental, es responsable de su situación; le
hará ver todo claro. Esto influye en el conjunto ya que una nación es la
prolongación del individuo y el mundo no es más que la totalidad de las
diferentes naciones.
No existe relación entre dos flores, y de nada sirve comparar u oponer esas
flores únicas que la Naturaleza de tiempo en tiempo hace brotar. A su manera
esas individualidades tuvieron un impacto, aunque nosotros no veamos más que
unas «colonias» mezquinas que se dedican a luchar unas contra otras. ¡Qué
pobre resultado! ¿Quién cree usted que podría salvar este mundo?
E: ¿Es una colonia de flores?
UG: Cada flor tiene su perfume particular. Y si no fuese
por esa herencia de la que estamos tan orgullosos, hubiéramos tenido muchas
más flores.
¿Qué valor tiene una de estas flores para la especie humana? Podemos verla,
admirarla, escribir un poema sobre ella o pintarla, podemos también
machacarla, tirarla, y alimentar con ella nuestra vaca; pero ella
permanecerá siempre ahí. Parece no tener ninguna utilidad para la sociedad,
pero ahí está.
Si no hubiera sido por la cultura el mundo hubiera producido muchas más
flores, de diferentes especies, diferentes variedades en lugar de la única
rosa de la que usted está tan orgulloso. Usted quiere acomodarlo todo a un
modelo único. ¿Por qué? La Naturaleza hubiera podido engendrar de tiempo en
tiempo flores diferentes, cada una, única a su manera, hermosa a su manera.
Esta posibilidad ha sido destruida por esta cultura que tiene al hombre
tomado por el cuello y le impide deshacerse de su pasado.
E: Quienes han sufrido una transformación tal ¿tienen
características comunes?
UG: Esa pregunta no se presenta. Si yo intentara compararme
a un santo sería mi tragedia. No pertenecemos a una fraternidad común ni a
ninguna comunidad de ese tipo. ¿Qué puede haber de común entre una rosa, un
junco y una flor silvestre? Cada uno tiene una belleza particular, una
belleza que le es propia. Que usted prefiera una u otra, es ya otro
asunto...
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Yo nunca tomo la iniciativa en una
conversación. La gente viene y se sienta alrededor mio ¡pueden hacer lo que
les plazca! Si de repente alguien me hace una pregunta, trato de responderle
haciéndole ver claramente que su pregunta no tiene respuesta. Me limito pues
a reformular, a reestructurar la pregunta antes de devolvérsela. No es un
juego, ni me preocupa convencer a nadie para que comparta mi punto de vista.
No deben tomar mis palabras al pie de la letra. La confusión se instala en
aquellos que lo hacen. Deben examinar cada palabra, cada frase para ver si
tiene alguna relación con la forma en que ustedes funcionan. Deben
examinarlas, pero no están en condiciones de aceptarlas. Desgraciadamente es
algo que se toma o se deja. Ven que me encuentro en una situación difícil:
no puedo ayudarlos, y todo lo que digo no es sino fuente de malosentendidos.
Un individuo no puede vivir escondido en una cueva, debe vivir en le mundo.
Aunque no tenga ningún sitio donde ir. Es una flor particular...
Ustedes no saben nada del perfume de esa flor, y por eso la comparan con
esta o con aquella otra. Es todo lo que ustedes saben hacer. Pero cuando
algún día dejen de hacerlo, dejen de tratar de comprender qué tipo de flor
es esta y cuál es su perfume, verán surgir una flor completamente nueva, no
una copia, no una rosa ya conocida que tantos miran, ni un junco. ¿Por qué
toma la rosa tanta importancia? Porque a todo el mundo le gustan las rosas.
En el momento en que dejen de comparar y de imaginar qué flor es esta y de
definir su perfume, serán capaces de ver una flor totalmente nueva que no
tiene que ver con todas las que la rodean.
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¿Cuál es exactamente la pregunta? La
respuesta está siempre contenida en la pregunta. Así no tengo que darla. Lo
que habitualmente hago es reestructurar la pregunta y volver a formularla de
tal manera que les parece no tener sentido. Y así descubrirá usted por sí
mismo y sin que yo se lo diga, que su pregunta no tenía ningún sentido.
Todas esas preguntas que ustedes formulan aquí, deben ser sus preguntas
personales. Sólo así el diálogo puede tener algún sentido. Deben ser sus
preguntas. Así pues, ¿tienen ustedes alguna pregunta que sea suya personal?
¿una pregunta que nadie más haya formulado?
E: ¡Hay tantas preguntas que despiertan el interés de la
gente, y que nosotros sentimos que son las nuestras propias!
UG:... ¡Pues no lo son! Descubrirán que no son en absoluto
vuestras preguntas. No existe el cuestionante. Fue él quién creó la
respuesta, y fue él quien vino a la existencia partiendo de la pregunta. No
estoy tratando de jugar con las palabras. Ustedes conocen la respuesta y
esperan de mí una confirmación, o algún tipo de luz sobre un problema
personal, o simplemente sienten curiosidad. Si intentan entablar algún
diálogo conmigo por alguna de estas razones, pierden el tiempo; deberían ir
a ver a un erudito, un pandit, un hombre cultivado; ellos sí están en
condiciones de arrojar un chorro de luz sobre tales cuestiones. Lo que me
interesa en este tipo de diálogo es ayudarlos a formular su pegunta; una
pregunta que sea verdaderamente personal.
En lo que a mí respecta no tengo problemas. Vengo a sentarme aquí ante este
vacío. Pero no vacío en el sentido en que ustedes empelan este término. La
vacuidad y la plenitud no son dos cosas diferentes. No pueden establecer una
línea de separación entre el vacío y la plenitud. Aquí no hay nada, ¡nada!
No se lo que voy a decir. No tengo una exposición preparada. Lo que ustedes
obtengan de mí, es asunto suyo, no mío. No existe nada que yo pueda
considerar como mío. Es propiedad de ustedes ya que es su respuesta que han
extraído de mí... yo no la quiero para nada.
Todo ocurre como en cualquier acto reflejo: ustedes hacen la pregunta, y la
respuesta surge. ¿Cómo funciona esto? No lo sé. No es un producto de la
mente. Lo que sale de mí no es fabricado por el pensamiento, y sin embargo
algo sale. Ustedes lanzan la pelota, que rebota en sentido contrario, y eso
es lo que llaman respuesta.
E: ¿Llama la pregunta a la respuesta?
UG: La pregunta no tiene respuesta, con lo cual dicha
pregunta no puede subsistir. A este respecto no tengo problemas de ningún
tipo, salvo aquellos relacionados con mi existencia en este mundo; aparte de
esto para mí no existe ninguna «pregunta».
E: Su respuesta ¿no es más que un reflejo de la pregunta?
UG: No es mi respuesta, pues la pregunta ya no existe. La
pregunta se convierte de alguna forma en mi respuesta, y como no tiene
respuestas, ella misma se consume y lo que queda es energía. Nadie puede
funcionar nueve o diez horas seguidas. Yo sí puedo. La palabra en sí es
energía. La palabra es la expresión de esa energía.
E: Supongamos que yo le pregunto sobre la mecánica
cuántica.
UG: De eso no sé nada. Esa es mi repuesta. De cualquier
forma la pregunta desaparece. Todo conocimiento o información que yo pudiese
tener sobre mecánica cuántica, sale de mí como una flecha, en línea recta.
Sin embargo preguntas como: «¿existe Dios? ¿es la vida una simple
consecuencia de la casualidad? ¿está gobernado el mundo por una justicia
perfecta?» estas preguntas no tienen respuesta. Así la pregunta se consume
ella misma.
E: ¿Quién soy yo?
UG: Ese «¿quién soy yo?» ¿es realmente su pregunta? En
absoluto. Es algo que ha captado usted de alguna parte. En este caso el que
pregunta crea la confusión, no la pregunta. Si no hubiera usted captado esta
pregunta, hubiese captado otra. Un hombre vivo, jamás hace una pregunta así.
Es evidente que usted no encuentra ningún sentido a la existencia. Usted no
vive. Usted está muerto. Si yo le explicara el sentido de la vida ¿de qué
serviría? ¿significaría algo para usted?
E: ¿Existe quién pregunta?
UG: No existe. Sólo existe la pregunta. Y esto se aplica a
todas las peguntas; realmente no son más que la repetición mecánica de un
concepto memorizado previamente. Que usted me pregunte «¿quién soy yo?»
«¿existe Dios?» «¿tiene algún sentido la vida?» Todas estas preguntas tienen
su origen en la memoria. Por eso les digo que sus preguntas sean realmente
personales, de ustedes.
E: Usted ha dicho que la pregunta «¿quién soy yo?» deja de
existir cuando se la examina seriamente.
UG: Porque no se puede distinguir la pregunta de quién la
hace. Quién pregunta y la pregunta, son uno. Si usted acepta este hecho, es
muy simple: cuando desaparece la pregunta, quien la hace desaparece con
ella. Pero si el interrogador no quiere desaparecer, la pregunta permanece.
Él quiere una respuesta a su pregunta, y como no hay respuesta, sigue
permanente. El interés es continuar, más que conseguir una respuesta.
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E: ¿Podría usted hablarnos
de la diferencia entre su estado y el de la mayoría de la gente?
UG: Apenas la hay: el grosor de un cabello.
E: pero su cuerpo ha sufrido mutaciones biológicas.
UG: Sí, pero no hay ningún secreto oculto. No tengo nada
que ofrecerles más que la certeza de que toda búsqueda, toda discusión
filosófica es inútil. Que ningún diálogo es posible y que todas vuestras
preguntas, así como las de los otros, no pueden tener ninguna respuesta.
Comprender, en el sentido en que yo lo entiendo es un estado del ser en el
que las preguntas dejan de surgir.
Nada exterior puede ayudarnos –ni nadie. ¡Ni siquiera este aquí presente que tanto les habla! («por lo menos es honrado» están pensando, es una conclusión fácil de aceptar). No tienen que ir a ver a nadie, ni escuchar a nadie, ni siquiera al más santo de entre los hombres. Puede ser dios de dioses, y proclamar que ha venido para salvar a la humanidad, aún así no deben ir a verlo, ¿lo comprenden? (si van a visitarlo para satisfacer su curiosidad, es otro asunto). No esperen nada de ninguna fuente externa. Así llegarán a ustedes mismos y a una ignorancia total. Entonces llegaran al descubrimiento, trabajando siempre con la misma pregunta: «¿cómo puedo comprender?» Cuando hayan terminado con todas las preguntas externas, y ninguna respuesta les llegue del interior ¿qué le ocurre a la pregunta? Se disuelve. La ionización del pensamiento tiene lugar porque el pensamiento no puede escaparse, y eso, es la energía, es la vida.
E: ¿Qué es la vida?
UG: Nunca sabrás lo que es la vida. Nadie te podrá decir
nada de la vida. Se pueden dar definiciones pero en realidad no tienen
ningún sentido. Pueden elaborar muchas teorías sobre la vida, pero ninguna
de ellas les servirá de nada. Ninguna les servirá para comprenderla. Luego,
no formules esa pregunta: no hay respuesta; la pregunta no puede subsistir.
No la dejas desaparecer porque crees que alguien en este mundo te puede dar
una respuesta.
¿Qué es la vida? Verdaderamente no sabemos nada... la pregunta va pues a
quemarse y desprenderá energía. Cuando el pensamiento se consume desprende
una energía física. Con la pregunta, el que interroga desaparece. Sobre esa
energía no puedo decir nada. Se manifiesta, y salta sin límite ni fronteras.
No pertenece ni a ti ni a mí. Pertenece a todos. Tú eres parte de ese poder.
Eres una de sus expresiones. Como una flor, pero de otra manera, así eres
una de sus experiencias. Lo que está detrás de todo esto, es la vida. Pero
¿qué es? Eso, jamás lo sabrás.
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